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miércoles, 30 de mayo de 2012

A nadie nunca nada



Sucede que a veces los años se me amontonan en la boca. 
Me acuerdo de las cosas que no dije quizá por sentir que el silencio iba a volverlas olvido.      
El silencio a veces hace por mí esas cosas. Pero, otras, mastica sus secretos con tanta fuerza, que es un grito sordo que se me aparece en los sueños y, con esas mismas manos que ya no me envuelven, me aprieta la garganta con tanta fuerza que, después de una honda bocanada, empiezo a escupir un par de recuerdos.
Y entonces empiezo a sentir en voz alta todo eso que no dije.


A nadie pude contarle, por ejemplo, del reborde de su sonrisa. A  nadie pude decirle 'mirá que cuando sonríe se derrumban los techos de todo el barrio', que su perfume es trágico y cuando camina va dejando firuletes que enredan mi nariz y el corazón que va detrás.


A nadie pude dibujarle el trayecto que hacía yo hasta su casa, que siempre me quedaba tan lejos. A nadie le hice el croquis de mi amor de zapatillas gastadas. El mismo croquis que, sin saberlo o sabiéndolo muy de refilón, era mi mapa más confiable por los tiempos aquellos en que estuve perdida y sin lengua que me salvara.

Tampoco dije cuando dijo que no servía yo para escribir de amores, y entonces me desafió a un poema que le ganara el corazón, y a mí se me hizo chiquitita la voz y cortas las manos y tuve que perder, otra vez tuve que perder sin poder demostrarle que algo, algo aunque sea, tenía para decirle. Demostrarle que estaba hecha de golpes pero también de ternura, y que en mi boca de putear policías y gritar banderas y consignas, cabía también, tan cómodo, el beso demorado y un calor capaz de derretir segundas intenciones.


Nunca conté de cómo tuve fiebre la noche antes de partir: yo, todo el futuro por delante, 39 grados en la frente y su tacto, empezando a despegarse de la memoria de mi abrazo.
Jamás lo dije porque, de haberlo hecho, tendría que haberme reservado un lugar del día para lagrimear su ausencia que corta como un julio de madrugada. Y contar que me caí muchas veces de ese avión, y a bordo de una nube esponjosa hice el camino inverso, para que volvieran los pájaros a revolotearme la mirada enamorada.


A nadie, y esto me pesa, a nadie pude decirle que extrañé las historias que me contaba, porque a nadie dije que me habló de cosas sin nombre y otras de nombres muy sencillos, cosas que a algunos se les pasan de largo: de las vidas que ya tuvimos, de la luna y las mareas, de Ofelia flotando en sus ojos de agua verdosa.
Todas cosas que hoy se me han hecho material del sueño y por ahí se me aparecen, cada tanto, guiñándome su nombre por sílabas que ordeno como un juego, por si lo junto y un día quiere venir a reclamarlo de mis manos.


Yo, que repetí moralejas hasta el cansancio, no pude decir ni una sola vez que cuando estaba tan cerca de mí, me temblaban los arpegios de la guitarra y una mariposa, volando en francés, iba a posarse sobre el clavijero. No pude decir que quise ser más grande, más sabia, más sana y haber leído hasta el más ínfimo punto del último libro de la biblioteca de Babel, para interesarle profunda e inexplicablemente, como un capricho o el primer atisbo de una pasión.


No conté que fue mi peor invierno y mi mejor abrigo; que me llevaba las manos a su cicatriz para que sintiera latir ahí debajo la vida y los tropezones que cargaba con orgullo; que creo que me quería, peligrosa y cuidadosamente, para no espantar mi amor sin papeles, a punto de ser deportado; que creo que yo también, secreta e instintivamente, como movida por un viento venido de muy lejos.


A nadie le dije que tenía mi amor forma de cuento trunco, algo de verdad y algo de invento.
A nadie, nunca, hablé de lo que escribí en las últimas hojas de los cuadernos. Su nombre, las veinte versiones del poema del desafío que perdí y, más que una, casi más que muchas canciones desesperadas, rengas de una pata y de versos chuecos, para sus oídos distraídos y lejanos.


A nadie pude decirle que estuve a punto de un delirio. Que me paré en esa cima, sollocé una carcajada por el tiempo, mi tiempo, que fue el suyo también, que le tiré un beso así, a la marchanta, di media vuelta, y me fui. 
Es que, así fue: le dejé un beso del lado más suyo de la mañana, eso es. Y, debe ser, que ahí se me quedaron todas las palabras.

sábado, 28 de abril de 2012

De otoño

Tenés de otoño cosas que no me sé (yo no sé cómo cruje una hoja, no sé cómo hace para sonar arrastrada por el suelo y hacerme vibrar). Quiero decir que tenés mañas de estación que llega sin preguntar a dibujarme los días, a darles una tónica, un acorde luminoso, iluminado.


Tenés de otoño algún poema que late otra vez, ensimismado, mi lu mi lubidulia mi golocidalove, como si Oliverio me dijera al oído has llegado para crecer en sus versos. 
De otoño tenés que estás aquí cuando él está, y que te parecés a los recuerdos que me invento y a los que fueron verdad sin remedio. De otoño, el espacio entre nosotros, cortito y al pie, siempre al borde de la cama o del sillón por miedo a pisar el suelo, a pisar el frío, por miedo, en fin, al sosiego de estar un poco como muertos.


Yo cada vez hablo menos, me he atado un silencio con cintas rojas a las muñecas. Me fui dedicando a otros infalibles alfabetos: hasta este otoño yo no sabía que hablaban por mí las nubes deshechas de llover. Hasta que me limpiaste el verano de la cara, yo pensaba que mi silencio estaba vacío. Ahora resulta que dentro de él hacen remolino las hojas de todos los otoños juntos, en una orquesta que vas dirigiendo con mirada inquieta de recién nacido.


Tenés de otoño que me despertás la calma, el respiro hondo de acomodarse a este tiempo, un vientito fresco que baja por la garganta y me cura los pulmones del alquitrán y el humo.
De otoño, tu manera de revelarme cosas mías. Como que no miento más que en canciones, como que no canto si no es por volver (atrás, allá, a nunca jamás), como que mi mueca que no es sonrisa se achueca para el lado que me hace bien, como que mías son las cosas que toqué porque mío es el envión que me acercó a todas ellas.


Del otoño hemos heredado gestos, mañas, el pantalón, la camisa limpia y una bufanda que nos amontona desde el cuello.
Respiramos esta estación como si no existiera otra ni hacia atrás ni hacia adelante, y como si otros otoños no nos hubieran cortajeado ya la piel. No nos importan les feuilles mortes que se quedaron en el camino, las de la canción arañada de fracasos, las que nos costaron puñetazos de olvido. No nos importa el contrato ni el horario, el otoño hoy es acurrucarnos para que la formalidad y el tiempo pasen de largo.


Todo esto es cierto, cuando miento siempre digo la verdad.
Pero no se lo cuentes a nadie: este otoño va a ser nuestro secreto.


jueves, 19 de abril de 2012

Como todos saben

Se conocieron en un descuido. 
O casi. 
Se vieron de casualidad, eso sí. 
El resto estuvo hecho de los empujoncitos que cada uno dio. No es difícil, hay gente que, de a ratos, tiene rueditas, la empujás y se mueven a donde quieras.


La primera vez que hablaron a él se le derritió el hielo en el vaso y ella tuvo problemas para recordar datos y cifras. No quería decir nada, claro, casi nada quiere decir nada en estos casos y el que crea lo contrario será probablemente el más iluso de su barrio.
Como nada quiso decir nada, todos los sabemos, las cosas siguieron con su habitual sinsentido, su pobreza de palabras y su aburrimiento de domingo por la tarde.


A él le picaba algo en el pecho que, psicólogo mediante, interpretó como unas ganas peligrosas de seguir su sombra, de encontrarla por ahí, de decirle alguna cosa que nada quiere decir (como casi siempre, es igual), digamos que porque sí. Por eso fue a buscarla otra vez, a ella. 
A ella, que le gustaba decapitar margaritas, jugar al ta-te-ti-suerte-para-ti y nunca ocuparse del todo de lo que dijeran los de más allá. A ella, justo a ella, que era una señorita un poco cansada de cansarse, pero con mucha curiosidad.


Entonces fue que la segunda vez que se vieron empezó a oscurecer. Sucedió que fue de noche, cada vez más de noche, y que hubo una mano tembleque pero decidida, siempre más decidida. Y pasó que sus piernas, sus ojos que revuelven. Y fue que hubo tiempo de adivinarse debajo de una camisa, y después prescindir de todo, hasta del nombre, dormido e inútil sobre la mesa de luz. Pasaron gritos mordidos en la espalda, ardor de suspiro, y la transpirada carcajada que no se sabe esconder.


Mientras miraba al techo, identificando formas en las manchas de humedad, sintió que el escozor de antes empezaba a pasar. De a poco el pecho, o lo que fuera que viajara ahí dentro (dicen que 'el bobo' pero, es sabido, en estos casos casi siempre se habla de más) empezaba a aquietarse. Su sombra era ahora ese cuerpo palpable que latía contra el suyo: ningún misterio en un cuerpo desnudo, como todos sabrán bien, nada que desvele, nada que maree. No pudo más que dormirse en cierta gloria express, y aunque eso nada quiera decir y de casi igual, ella también se durmió, acurrucada en el pecho más quieto del hombre más callado de esa vereda, esa noche de algún mes.


Cuando se despidieron, en una puerta que no era la de ninguno de los dos, nadie se deshizo. Tuvo la mañana el color que suele tener y en la esquina ningún niño tropezó con una flor hermosa y extraña nunca antes vista. 
Entera, como suele quedar la gente aún después del amor más apasionado, siguió cada uno girando, en el cuerpo el recuerdo de un buen rato que hubiera sido de idiotas hacer durar.


Y nada tuvo porqué cambiar de rumbo. Nadie se perdió camino a casa, ni tuvo antojo de volver lo andado por pedir un número de teléfono. Como todos saben, no hay nada ni parecido al amor en pensar de vez en cuando en un tacto preciso, en el recuerdo difuso del color de un calor que sube por la espalda, o en la posibilidad de haber intercambiado unos cuantos números tan fríos como olvidables. 
No duele más ni menos la vida desde que ellos decidieron no repetir el impulso de enredarse.
Cosas,todas, que poco y nada significan, y da igual que así sea, qué más da.




Y no sé a qué va el cuento que acabo de contar. Probablemente no sirva de nada y nada quiera decir (si se ilumina, ¡dígamelo usted!).
Como todos saben, yo siempre cuento por contar.



miércoles, 18 de abril de 2012

Las cosas breves


Poema, hecho de retazos de muchos otros. Acompañó una muestra de dibujos llenos de infancia y colores. Los dibujos eran de una amiga, las palabras de los dibujos...Y yo, yo con una sonrisa de media boca, nada más me senté a mirar.


Te debo las cosas breves,
las simples cosas,
el avioncito que lastimaba el aire
con su trayectoria de papel en blanco;

Los barcos que iban a hundirse siempre
al mar del sur de una calle
en el diluvio universal de mi primera infancia;

Volantines a tu nombre,
sobrecitos de colores,
y en la lluvia sos las cosas que digo y lloro,
que digo y digo,
y cuando callo
es porque me has florecido,
en un recuerdo me has florecido
y te hacés más fuerte, tallito,
gajito mío.

Teníamos secretos a voces
entre estirones y bicicletas;
Confesiones descalzas
que hacían llorar a los paraguas más olvidados
sus gotitas guardadas.


Dibujos,
tierra mojada,
sombreros que ya nunca voy a usar,
los que voy a guardar en los cajones
entre botones, nubes grises y  otros azares,
como ese de cruzarnos al borde
de un banquito vacío
en alguna estación.

Hacíamos hogar en las alturas,
allá donde solían vivir las luciérnagas de todos los veranos,
y que eran a veces los farolitos que yo prendía
para ayudarte a amanecer.                      

Por eso te vas amontonando en los rincones,
pelusa limpia de mi acierto,
y yo siempre intentando hacer pie
y  todavía contar el cuento.

Te debo esos detalles,
la imaginación y la duda,
que me hamacan,
que me anudan
y casi siempre
se me vuelven canción.




sábado, 14 de abril de 2012

Conversaciones IV (libertad)





- Y dígame, ¿qué es para usted la libertad?
- ...
- ¿Qué pasa? ¿Le hice una pregunta muy difícil?
- Me tomó por sorpresa. Pero no es muy difícil, no.
- Entonces...
- Bueno, es bastante simple. Es una cosa pequeñita la libertad, o una suma de cosas pequeñitas. Míreme a mí, que salí un día a la calle porque a eso me llamaban los pies. Y después quise mirar llover bajo un alero y alguien más quiso lo mismo. Y después caminamos juntos, y me convidó de su paraguas. Y nos reímos con ganas, queriendo reírnos, quiero decir, queriendo caminar bajo un paraguas, queriendo la lluvia y la charla, queriéndonos.
- Es una bonita historia...
- Está hecha de libertades, sencillas y chiquititas...Y no es que yo sea un privilegiado, ¿eh? No se crea... Todas, o casi todas las historias que puedan contarle llevan la misma receta.
- No termino de entender...Hay libertad en todo, eso quiere decirme...
- Sí. Pero no es eso lo que quiero decirle...Verá, ahora mismo por ejemplo. Aquí, en este bar. Con el simple acto de tomarla de la mano, así, como ahora, estoy hablándole de libertad. Yo la tomo de la mano y, con esa inocencia, estoy quebrando el tiempo, el curso normal de los acontecimientos. Estoy trazando una línea imaginaria, un hilito transparente, entre aquél que era y éste que soy, ahora, de su mano.
- ...
- No se sonroje, no pasa nada. Es apenas un ejercicio de la libertad. La mía, y la suya, que, pudiendo sacar su mano, la ha dejado ahí, debajo de la mía.
- Puede ser...
- Tal vez usted no esté muy segura de hacerlo. Quizá yo tampoco. Es probable que nuestras manos se equivoquen, como ya se habrán equivocado tantas veces antes de usted para mis manos, antes de mí, para las suyas. Pero lo que hacen es lo más parecido que yo conozco a la libertad.
- Así que, según usted, libertad es darse la mano
- Sí. Y mirarse. O dejarse de mirar. Quedarse en casa a llorar, o salir a bailar. Mear en la vereda o en el baño del mejor hotel. Da igual. Es tomar el hilo de la marioneta con toda la seguridad o todo el capricho y hacer que se mueva, a donde la queramos llevar.
- Quebrar el tiempo, dijo...
- El tiempo, claro. Y el espacio. De su mano, ya lo sabe, este bar es otro, diferente. No sé cómo se le figurará a usted, pero para mí de pronto se ha convertido en muchas cosas. En todos los bares en los que estuve de la mano. En una noche que leí en una novela. En la escena de una película de cuyo nombre no me puedo acordar. Este bar es ahora todo eso y seguramente algunas otras cosas que se me escapan. Y lo será por un rato, incluso después de que su mano vuelva a ser sólo suya...
- Pero, entonces ¿cuándo este bar volverá a ser sólo este bar que siempre ha sido?
- Quién sabe...Por lo pronto, en la memoria de mi mano quedará este lugar como el bar en el que usted me preguntó por la libertad y yo le dije que era una cosa chiquita que podía quebrar el tiempo.
- Mire usted...tan nuevo que parece y ¡cuánta historia tiene ya este lugar!
- Ya nada es lo que era... Tiene toda la libertad para irse ahora mismo, antes de que empiece a aburrirla y mañana en su balance sienta que ha perdido el tiempo y que éste es el bar del aburrido que le dio la mano.
- Ja... Y usted, que también es tan libre, ¿qué haría?
- Probablemente nada, la dejaría ir...Pero el hombrecito libre que tengo adentro andaría, seguramente, dándose golpes contra las paredes pensando en la frase justa que la hubiese retenido aquí.
- ¿No la intentaría, ahora, aquí?
- No me saldría ninguna.
- No soy muy exigente, una sola, cualquiera...
- Le diría... le diría que se quedase conmigo, al menos hasta el café. Que está muy cómoda mi mano en la suya...Que lo de quebrar el tiempo es mentira, si no me ayuda usted.
- Eso es muy bonito...
Volviendo a la libertad, no sé si es tan cierto lo que dice. Ahora mismo lo que siento es que mi mano no se quiere mover.





martes, 3 de abril de 2012

Me darás mil hijos

Algo así me contaron, allá por el 2008. El resto de la historia, sus firuletes y otros giros tragicómicos, se me fueron desparramando por la hoja mientras escuchaba (con insistencia en ese tiempo), las canciones dulces y sencillas de MDMH.


Vamos a ver, ésta es una carta de amor. Al corazón no lo ves, pero está sobre la mesa y no se piensa mover hasta que yo deje mi punto final (que ojalá sea más punto que final).


En realidad, partiendo del estado de la situación, no tengo mucho que agregar. Más bien lo que tengo para decir es que me gustaría que otra fuera la historia, que yo te conociera desde siempre o, en todo caso, desde algún viaje en que pensábamos que los besos durarían nada más que hasta febrero. Yo quiero el asunto de la primera mirada y las entradas de cine guardadas entre las hojas de un libro, y enamorarme como el joven Werther y pedirte que me salves, que te quedes conmigo.


Pero la cruel realidad es que apenas si nos vimos, y el tipo alto y de espalda ancha, que resultó ser tu novio, me ganó al truco y se llevó a su casa mis diez pesos y mi chica. Me ganó de mano el juego y el amor.
La verdad es también que no soy un poeta con casi tanta pasión como estilo, que laburo de fotocopiar palabras de otros (desde la Anatomía de Grays hasta las églogas de Garcilaso), y de doce a dos almuerzo y me echo una siestita.


Pero a mí me gustaría no trabajar a la hora en que vos te desocupás y pasarte a buscar o esperarte en casa con una cena, que vivamos juntos y saber cocinar. Y después, no sé, conocer a tus viejos, ponerme una corbata y ser algo así como un abogado exitoso que te llame desde Tribunales para decirte que ya te extraña (aunque nos hayamos despedido una hora y media atrás) y preguntarte cómo está tu panza, si tenés algún antojo, si querés que te busque ya. Porque, eso también: estás embarazada y estamos felices, repitiendo que sólo esperamos que salga sano y fuerte. Y en mi laburo, probablemente mi secretaria esté muy buena y me tire algunos palos pero yo solamente te querría a vos y a esa primera hija que está por venir (porque, secretamente, yo querría que fuera nena y se pareciera a vos).
Yo sé que el amor anda despacio y que lo mío es una autopista de desquiciados en hora pico, pero en la historia que yo quisiera todo es tan normal... En cambio esto de verte por casualidad cuando me pedís de la página 223 a la 310 doble fas, o perdiendo por un falta envido del tipo que te vio primero, no sé...En esta historia no me gusta vivir.


Entonces, escribo que somos otros, que tendremos una casa grande de fin de semana con flores de alfalfa, azules bien azules, y una acequia para mojarse los pies mientras comemos mandarinas a la sombrita de la siesta. Vos vas a quedarte así de joven y hermosa, siempre con tus mismos ojos de espantar inviernos, y vas a trabajar hasta que quieras y a pintar a tus anchas en el atelier que para alguno de tus cumpleaños te voy a regalar. A cambio, me darás mil hijos que se te parezcan, con nombres simples de gente que ama lo sencillo, que corta flores del vecino y se enamora sin manual.


En esta historia mía con forma de carta de amor, de promesa, nos hacemos viejos juntos y dormimos abrazados en una cama de madera oscura, y nos vamos olvidando de lo que hicimos un minuto atrás pero todos los días recordamos cómo fue la primera mirada, eso de ser tu amigo de siempre o el hombre que en un viaje te enamoró para todos los veranos.
Y cuando ya tenemos muchos años, somos cenizas sobre la acequia donde tantas veces nos mojamos los pies, mientras nos poníamos una sonrisa de gajo de mandarina, yo en tu boca, vos en la mía.


Necesitaba escribirte una carta de amor pero pensé que, las cosas como están, no había material suficiente. Se me ocurrió entonces que nuestra mejor historia de amor es la que nos está por pasar. 
Por eso aquí voy: en honor a nuestro futuro, a lo felices que vamos a ser, y en nombre de nuestros miles de hijos sencillos y profundos, ¿no te enamorarías, aunque fuera por un ratito, hoy de mí?




Collar de flores - Me darás Mil hijos

domingo, 25 de marzo de 2012

Tan pero tan



Era tan pero tan frágil, que en la misma mirada reflejaba fragilidad. Cuando te ponía sus ojos encima, te volvía vidrio y a larga, pero a la corta, te quebraba en mitad de una calle.


Era tan pero tan frágil que construía castillos en el aire, mundos inventados que nadie más se quería creer. Flores de un día, burbujas de bañadera, palabras que son duda antes incluso de dejar la boca.



Tan frágil era, créame usted, que se rompía al tacto. Un soplido, tenue, de los míos, le torcía la piel. Unos versos bien puestos causaban derrumbes en su estructura de papel manteca.

Cuando afirmaba, el sí se le desarmaba en las manos. Cuando decía que no era a tirabuzón.
Nada duraba a su costado, las cosas se deshacían, se diluían, se perdían como un dibujo en el agua. Todo pasaba como desde arriba de un tren. Así miraban sus ojos, y así veían lo que querían ver, hoy sí, mañana quién sabe.


Probablemente venía con advertencias de fragilidad, como las cajas de cartón que viajan sobre el mar. Ocurre que, por miedo a romper el hechizo, nadie mira la letra chiquita, o casi que ninguna, en realidad. Y luego, cuando decide uno ponerse los anteojos, ya está envuelto en carnavales ruidosos con coloridas máscaras de cera que irán a deshacerse de mañana, cuando vuelva el sol.


Verá, se trataba de una especie de extraño Midas: a su paso, iba convirtiendo todo en cosas que se rompen, que se quiebran, que no pueden durar. Vidrio. Papel. Aire de bocanada. Luz intermitente. Incluso uno mismo a su lado se volvía borroso y se iba desdibujando de a poco. Porque la verdad es que la fragilidad es un espejo donde nunca conviene mirarnos: sin entender cómo, nos volvemos su reflejo a pesar de que sabemos que el mundo no es de cartón ni el futuro tan difuso, ni todo tan leve, tan bobo, tan ni chicha ni limonada.


Entiendo que le cueste hacerse a la idea, pero se lo juro por el nombre que tengo y las cosas que se quedan, era así tal cual le cuento, tan real como usted y yo.
Pero, bueno, ya sabrá cómo son estas cosas, lo frágil se nos hace polvo en las manos y en un abrir y cerrar de ojos ya no es nunca más lo que era: los castillos se derrumban, las burbujas explotan y las flores se secan sin más. 


Lo que intento decirle, al fin, es que era tan pero tan frágil que era mentira. Nada tenía de cierto un mundo que no terminaba de empezar y ya se acababa. Ninguna verdad, pesada verdad, cabía en una boca tan frágil, tan vidrio, tan viento, tan quién sabe. Eso de vender gato por liebre, ¿vio? 
Era mentira piadosa, blanda mentira que se desarmaría de intentar ser cierta, que de decir se quedaría sin voz, que de hacer terminaría por quedarse inmóvil. 
Pero mentira al fin.


Un día se hizo cada vez más aire y se perdió, en un 'plop' chiquitito que, de tan frágil que era, no sé si fue o creí oír.


¿Yo? 
Siempre he sido frágil. Luego supe otras cosas, firmes, llenas, ciertas como el piolín de un barrilete. Supe barcos de papel con una fragilidad sana de certeza y manos temblorosas que no pueden mentir.
Siempre he sido frágil, mire usted. Pero nunca tan pero tan. Nunca así.
Y con esa semi-fortaleza me despierto a los días más claros, tan pero tan de mí.



miércoles, 21 de marzo de 2012

Nicolás

'...pero supón que hablo sin parar
supón que el tiempo viene y va
supón que sigo original
supón que no nos desnudamos
y supón que ya eres mi canción...'


Nicolás tiene una nariz chiquita, enterrada en unos libros que no puedo ver bien de qué son.
Escribe con tinta azul y letra de molde, subraya con resaltador verde. Y tienes unos ojos preciosos.
Yo digo que estudia historia, o filosofía. Nada lo delata, pero a mí me da esa sensación: que justo está leyendo sobre la Revolución Francesa, Dantón, Marat y todos esos. O a Descartes y ese genio maligno que nos quiere dudosos.
No lo sé. Yo vuelvo a mis libros que me hacen ruido en la cabeza. Así pasa en las bibliotecas, hay tanto silencio que lo que aturde es el transcurrir de los hechos dentro de las novelas,las palabras amontonadas dentro  los tratados y sus capítulos soporíferos de teorías y análisis.


Pero el panorama ahí dentro no es tan interesante como la posibilidad de mirar a Nicolás.
Dan ganas de pedirle una lapicera, un chicle, un rato y un café. Así, en secreto, como vive la gente en las salas de lectura.
Dan ganas de escribirle una notita en el cuaderno, decirle cualquier cosa, hacer que levante la vista y entonces quizá mirarse y que se calle el ruido.


Me hace acordar a alguien que no sé, esa barba tímida, ese corte de pelo, los gestos de estar leyendo (somos muchos los que hablamos con los ojos mientras leemos todo, lo que sea: Nicolás también).
Me hace pensar en los que no están nunca en el mismo lugar, en los ojos del mundo, en algún poema viejo, en la verdad.


Nicolás lee no sé qué cosa, estudia no sé para qué. Y sonríe de lleno, que es como llorar del revés.


Se levanta, se calza su mochila, y alguien tal vez lo espera a almorzar.


No sabe que le he escrito estas palabras. En una de esas mañana se lo vaya a contar.



sábado, 3 de marzo de 2012

Desde adentro

Interior. Noche. Luz baja, bajísima, como de fósforos. Uno, tenuemente iluminado.


Uno que se endurece, como un puño, pero no pierde la ternura jamás (como dicen que se debe, como dicen que se puede).
El arte de arrancar la curita de un tirón, que es el arte del fracaso sin contemplaciones.
¿Duele? No ¿Duele? No. 
Pero duele, claro que duele. La piel es la piel, una cosa que se enciende y se apaga, una cosa que se arruga sin el tacto y el cuidado (y contra eso, no hay crema que valga).


Adentro, Uno que ha hecho todos los pactos con la palabra, aún tironeado como está por su rol de suplicante, de irracional, de atolondrado tropezador de todas las veredas. Aún a pesar de su verdad de rojo y palpitador, de nunca poder ser tripa ni volverse piedra, aún a pesar de sus pesares, se ha endurecido y ha buceado hasta el fondo por una palabra exacta, o muchas juntas, que dijeran que todo había sido muy injusto y muy triste. Y ya. Y que con la injusticia y la tristeza no hay más que hacer que sacudirse y caminar para el otro lado. 
Nadie quiere sentir el fiel de la balanza haciendo sobrepeso en su equipaje. Ni que la tristeza, que es fría, le queme como hielo.


Uno no se deshace, o no del todo. Será que tiene una reserva de buen tiempo en algún lado, o de lluvia, que limpia y es como si sanara. Pero sí se pregunta por las cosas que no vuelven, por dónde será que van a parar, por si ese montón de cosas que ya no le pertenecen a nadie merecen la pena de una canción.
Y es que Uno también se duele en lo que le falta, aunque la vida sea siempre esa historia entre mágica y seriota, entre beso y cachetada, entre pasión y rutina arrolladora.


Adentro, Uno cree que su capricho no tiene remedio, pero no puede dejar de darse la razón, como a los locos, como a lo que se es de a ratos y con cierto gusto. Y no es que fuera bueno para los negocios, pero algo le decía que vaciarse los bolsillos por pelusas, y soledades compartidas, un día sí cuarenta no, iba a dejarlo en números rojos. Y el rojo duele hasta el fondo, hay que tener cuerpo y amor propio que alcance.


Uno se desilusiona, por eso que tiene de querer siempre ser sorprendido, de esperar el giro extraño, el monigote de la caja de colores anunciando la broma de mal gusto. Uno se desencanta con el silencio que le deparan los lugares vacíos, o atorados de tan llenos, o qué sé yo (Uno tampoco lo sabe, nunca lo sabrá).
'...Tocó el diamante y lo volvió a carbón...'. Uno se desencanta cuando su cuello pareciera pender de un hilo finito y quebradizo, tembleque y siempre al borde de todo. Porque un dolor de hacha, debería nacer de un hacha firme y final.
Uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere. Eso dice un poema. Así debe ser. Y Uno lo sabe con dolorosa, con peligrosa seguridad.

La luz de los fósforos lo hace verse más rojo todavía. Y late como un loco. Se le ocurren mil cosas para contar, pero ya no quiere regalarle nada más al mundo, hay cosas sólo suyas que podrían ajarse al sol. Y Uno todo lo cuida, enfermedad de cajas guardadas, de memoria en las manos.

Ya no hay nada más que pedirle a la noche, otra será la luna de mañana y el brillo y su inverso. 
Uno late que late, sístole y diástole, como si hubiera corrido detrás de algo que no pudo alcanzar. Uno y su maratónica derrota, dibujándose sonrisa de arlequín (pero cuánto más Pierrot, cuánto más) para que se vaya poniendo cómoda en la boca. La sonrisa también es una costumbre, y nace sola, la vida se la inventa, y queda todo por inventar, por mezclar, por apostar, por intentar, por romper en pedazos y otra vez empezar.

Así se acuna Uno. Mal que mal, el futuro también es una verdad y una promesa. La adolescencia es un melodrama viejo que ya no pasan en ningún canal, y esto que tenemos, lo mejor que hemos podido ser. Crecerse es mirar las cosas sin lupas ni binoculares, en su justa medida de pesadilla y nacimiento.

Y con eso se queda Uno. Apaga el fósforo de un soplido. Apagón. 
En la oscuridad, despacito y en puntas de pie, llega el sueño.

..................................................

Una escena, más o menos así.
Le falta teatralidad y distancia. Le sobra metáfora. Más verosímil que verdadero. Menos yo que siempre.
Pero, en el fondo, y al final, Uno..."Uno sólo es lo que es y anda siempre con lo puesto."



miércoles, 22 de febrero de 2012

ardores que escriben


El problema de andar con el corazón en la mano, son las manos. Quedan rojas. Y ardientes.


Cuando vuelvo a mi guitarra se me desacomodan los acordes, se me rompe en el aire una melodía y pierdo el norte de la canción. 
Derrito todo lo que toco. A mí paso, la calle abre huecos de asfalto desarmado por donde caen los distraídos.


El corazón, que es del pecho, se muda hacia afuera y por ahí se va, encendido, encendiendo.
Cosa seria el corazón, que no se está quieto en ninguna parte. 


Las manos, que son del mundo, del golpe y de la caricia, se deshacen con el calor, y por los huecos de una quemadura entra todo el aire del mundo. Un aire que resoplando dentro se pregunta si tanto arder vale la pena. Y probablemente no. Y probablemente sí. Y al final, lo mismo da.


Y, mientras las manos y el corazón hacen fogones imposibles y escondidos, el cuerpo todo escribe. Por las paredes y la piel, por los huecos, sin renglones. Escribe y borra, como un ejercicio de salud y de belleza. Como arrancándose y volviéndose a armar de los pedazos, de las cenizas, de las letras desordenadas. 
En su delirio quisiera ser el que contara mejor las estrellas, pero en cambio escribe de cosas que soplan los días y a ellas se amarra, como los barcos mareados por las olas, siempre con un muelle a mano.
Plutôt ce coeur à cran d'arrêt, que cette mare aux murmures...Plutôt la vie...



Es así como del corazón en la mano crece el mundo: porque el ardor que las quema también sabe hacer luces, y de las luces, crepitando asoma, casi siempre, una palabra. 


Quizá quemarse es, a veces, justo la palabra que falta.

martes, 31 de enero de 2012

¿Nos conocemos?


La segunda vez que te conocí quise preguntarte si te acordabas de mí, esa primera vez que nos conocimos y yo no podía dejar de hablar de las cosas que me ponían triste, de los círculos y del azar.


La segunda vez, hablamos hasta tarde, como si todo recién empezara o como si nada, como si el tiempo y la primera vez que nos conocimos no hubieran sido tan profundos y claros, tan palpitantes en la memoria.


La segunda vez que nos conocimos, cuando la magia estaba como en stand-by, pensé en salir corriendo a casa con urgencia de pies apurados: quería bañarme, perfumarme y ponerme algo limpio y blanco para cuando tuviera que verte otra vez.
Es que, la tercera vez que se conoce a alguien no puede pasar así nomás: hay que causar una buena impresión.

miércoles, 25 de enero de 2012

Refugio


Ellos tienen un lugar para quererse.
No es que no se quieran un rato cada día, en una vereda que es cualquier vereda, detrás de una palabra que son muchas más, en el suspiro que es un secreto.
Pero además y a pesar de eso, tienen un lugar. Allá donde la ciudad se termina y se cae por un agujero de silencio compartido, sin el ruido de motos y prejuicios. 
Un lugar a donde van los colibríes a inventarse el vuelo. Un lugar donde hacerse fuertes.
Lo llevan consigo en la historia que no cuentan en las reuniones familiares, en el tatuaje debajo de la ropa, en el sol que saluda en colores después de la tormenta.


Ellos tienen un lugar y un lugar los tiene a ellos, mareadas marionetas buscando, con sus hilos enredados, un momento sólo de ellos. Pececitos fuera del agua, boqueando la promesa de verse otra vez. Como si la lluvia del mundo pudiera llorarse en una noche en un lado de la cama, y secarse de madrugada, del otro lado de la cama y del amor.
Como si la vida se detuviera en seco para dejarlos pasar, para ser esa mentira de patas cortas que sabe correr, que no se deja alcanzar por el susto ni la cordura.


Tienen un lugar para quererse porque, de otro modo, deberían dar por perdida alguna batalla. Porque hasta en esta ciudad jodida de humo y sombra, puede la ternura latir como una lucecita intermitente sobre el mapa arrugado.


Es su lugar para quererse. Cuando les falte, tendrá el amor un gusto amargo y será un sin-techo, huérfano de todo menos de corazón.


Por ahora, tienen sus pasos un destino para el descanso, para la libertad y la fragilidad de ser ciertos, de sacarse los zapatos y el escudo, de mirar a los ojos al miedo y matarlo del susto.


Ellos tienen un lugar para quererse. Y con eso basta.

miércoles, 18 de enero de 2012

Algo raro: perfumes del aire

No volví a saber nada de la lucecita desde anoche.
Llegué a pensar, incluso, que la había soñado: una luz que me mostraba lo que quería ver...Al final, ¿no es ése el material del que están hechos los sueños?


El viento fuerte hizo sonar el llamador de ángeles de mi ventana y me desperté de madrugada, tanteando en la oscuridad, esperando el farolito. Pero no pasó nada.


Sin embargo, algo raro trajo ese viento. Tiró árboles y voló peluquines. Asustó de rayos a los cachorros y a los niños. Pero algo más, algo más trajo el temporal.
Cambió el aire. 
Lo sentí esta mañana cuando, al olor de mi café se sumaron otros muchos olores, perfumes, ráfagas de aromas venidos quién se sabe de dónde.


Sin querer confiar demasiado en mi olfato, salí a la calle: quería saber cómo olía el mundo de afuera y si otras narices compartían el asombro de la mía.


En mi vereda, una mujer en sus cincuenta, lloraba sentada en el cordón. Entre las manos tenía un barquito de papel y había dejado caer, a su costado, un trompo de madera. Estaba ahogada de olores de infancia. La cocina de una abuela, los besos antes de dormir. El olor del verano en una montaña, el del dolor de ya no ser aquello que tanto y tan bien se era.


Un poco más allá, donde termina la plaza, un tipo en un banco releía cartas. Después se las acercaba a la cara, se las llevaba a la boca. Aspiraba su perfume, uno que sólo él habrá conocido, y el cielo se le dibujaba claro en los ojos. La nostalgia huele a cartas. A veces, también el amor.


La gente olía la vida diferente. Como si ese viento hubiera traído para cada uno, las ráfagas de lo que les estaba faltando. El olor de sus anhelos. El perfume de la ausencia.


Yo sentí una mezcla de cosas. Olores viejos que me revolvieron adentro. Olores nuevos que no tienen aún nombre. Y algún otro, que guardará mi nariz y mi memoria. 
Perfumes secretos, sólo para mí.

martes, 17 de enero de 2012

Algo raro: la lucecita que me habita


Hoy me pasó algo raro. Más o menos raro. Bueno, hagamos de cuenta que todavía me queda capacidad de asombro.
Volvía del oculista por el camino más largo para no aburrirme. Iba haciendo zig-zag, jugando a adivinar qué cosa me encontraría detrás de la próxima esquina, y tarareando todo el tiempo (así como en loop) esa que empieza con 'Se peinaba a lo garçon...' y es tan triste y tan hermosa.

Era la hora esa en que empieza a salir la noche y la gente empieza a aparecer por la calle, sacudiéndose tanto sol de encima. La hora que la gente usa para extrañarse, para bajar los brazos o dejarse llevar.

Y yo, volviendo a pie a casa, como una aburrida excepción a la regla. 

Pasando por la calesita de la plaza la vi aparecer. Me dio la impresión de que había salido disparada de ahí adentro, dondequiera que sea el adentro de una calesita (la misma curiosidad que tengo desde que me subí la primera vez, entre pucheros, de la mano de mi papá). 
Era una lucecita. Blanca. Chiquitita. Bailando cerca de mí, como buscándome el lado luminoso, no sé.
Lo único parecido a eso que había visto jamás eran los bichos de luz que cazaba en frasquitos algún verano en San Javier, y que, después de mirarlos apagados, los dejaba escapar, entre apenada y desilusionada.
Eso, y al hada de Peter Pan, dueña del polvo que ayudaba a volar.

Dudé de mi defectuosa visión (ahora confirmada por una autoridad competente). Y de paso, y sobre todo, de mi siempre sabida tambaleante cordura.
Pero se me hizo imposible ignorarla, mucho menos cuando dejó de dar vueltas y se me metió por la boca, atragantándome la canción de Sabina, para después ir a salir por mis orejas, dejándome en el camino, una melodía dulce como de xilofones y cascabeles.

No la entendí, pero me dejé atravesar por ella. Yo, que he visto en la vida muchas luces, nunca me había topado con una que quisiera meterse en mi garganta, que me empujara hasta mi casa, me cosquilleara en los dedos y me obligara a agarrar una guitarra.
Mientras cantaba con lucecita adentro y noche afuera, hubo un apagón.
Otra vez la compañía de luz nos hacía una bromita, y el boulevard quedó oscuro, oscurísimo, como si se lo hubiera tragado una sombra o un olvido.

Yo misma no podía saber si acaso tenía los ojos abiertos o los había cerrado ya, hasta que la lucecita de la garganta se me fue hasta las pupilas y pude ver. Muchas cosas. Todas amontonadas, una encima de otra, como contaba Borges que era el Aleph.

Vi una isla que no conozco, vacía, en donde siempre es de noche.
Vi remolinos levantándose, dibujando el caos en el aire, pero no tuve miedo. Abrí los brazos y sonreí.
Vi la forma de una duda. El color de mis canciones. Vi sábanas derramadas y al sol, delatando a los que se esconden debajo de ellas.
Vi gatitos negros que fueron más dulces que toda mi superstición. Y conejos blancos que no llevan a ninguna parte y en cambio se acomodan en los huequitos que encuentran y, en esa paz, se echan a dormir.
Vi romperse promesas, las escuché con su 'crack', con su crujir de volverse olvido. Las vi romperse a la fuerza, como si no hiciera falta, como si el mundo tuviera otros planes. Y vi esos planes, reflejos en el agua, mojando mis viejos papeles. Pero no me importó: en cambio, me reí con la mirada, como dedicándote la torpeza de ese gesto.

Te vi del otro lado de la noche contándome cosas que no conozco, con la emoción envuelta en un papelito, hecha palabra para que la pueda sentir yo.

Y entonces volvió la luz de la calle, y yo desperté de mi desmayo, deslumbrada de cosas ciertas, dormida de luz.

Así fue. Yo tampoco lo entiendo...¿me crees? Una lucecita me habita. Y todavía no se va.
Te lo tenía que contar.
Mañana, quién sabe qué farolitos irá a iluminar.




domingo, 15 de enero de 2012

Souvenires callejeros


Mis zapatillas se empachan de vereda y caminan al sol de la siesta.
Mi calle se cansa de reconocerles las suelas lastimadas de demorar la ida al zapatero remendón.
Van adentro, envueltos, mis pies planos. No alcanzó ninguna plantilla que los corrigiera en la infancia. No alcanzó la infancia para corregirme algunos pasos. Supongo que así debe ser, y que uno es, en verdad, una serie de malos hábitos, de pasos en falso que no siempre vale la pena modificar.


Arrastro mis pies sin curar por las mismas esquinas de siempre. A cambio de caminarlas, de mi fiel andar por sobre sus baldosas rotas, ellas me regalan souvenires callejeros.
Monedas de diez y veinticinco centavos que se resbalaron de algún bolsillo distraído.
Papeles que alguien ya no quiere, boletos que nadie miró, cartas viejas que tiraron por algún balcón, tickets, entradas del cine. 
Encuentro charcos en los que me pongo a chapotear y otros, chiquitos, que me dejan ver el cielo como por una ventanilla, sin tener que levantar la cabeza. A veces, si me concentro, los charcos que se hacen frente a la estación de servicio, hacen un arcoiris tímido que a mí me gusta pensar que sólo veo yo.


Sobre las veredas me cruzo con naranjas que paseo a pataditas lentas por varias cuadras, hasta que se me escapan y me culpo de haberlas dejado a su suerte en la calle, donde cualquier auto las va a dejar hechas jugo sobre el pavimento.
También están las flores, como lágrimas de colores que hacen los árboles. Mis zapatillas se llevan bien con los lapachos, cuando desparraman colores por toda la vereda y nadie sabe dónde termina el cordón, dónde empieza la calle y hasta el mundo.
Cada vez que siento una hoja deslizarse de mi cabeza a mis hombros y hasta el suelo, siento la mano de mi calle, que es el árbol que ahí mismo crece, haciéndome una caricia suave y crujiente.


Por la calle me doy con las cosas que a algunos les sobra, y otras que se pierden o se dejan perder, a veces por descuido, otras, sabiamente. Yo desobedezco el mandato materno y levanto todo, o casi, todo del suelo. Dejo las migajas para los pajaritos y el rocío para que lo mezclen con besos los madrugadores.
Me choco con sombras oscuras que me esperan, agazapadas, en las ochavas más tristes de pasado, que todavía mi barrio, irrespetuoso, no se ocupó de desaparecer de su humilde mapita. Sombras que me cortan la planta del pie como esos vidrios de la última botella del borracho abandonado. Quiero decir, la herida. También eso me dejan las calles: heridas y sombras, magia negra del no-hay-mal-que-por-bien-no-venga, del recuerdo en pos del nunca más.
Pero eso no importa, porque enseguida se arrepiente y me da de a chorros el sol de las siete de la tarde, el rojo, calmo, ese que salva el día.


Todo eso le dan las calles a mis zapatillas caminantes. Todo y un poquito más.
Todo y la luna sobre el boulevard. Todo y el viento que parte la noche y el corazón cuando no podía más que romperse y volverse a armar.
Todo y también, a veces, cuando me distraigo y camino sin rumbo, alguna que otra sorpresa vagabunda. 
Todo y, a veces, otro par de zapatillas que, con sonrisa de cordones desatados, le hacen compañía a las mías.
Todo y, a veces, un poco más de todo. El gusto de andar levantando cosas del suelo, cosas del sueño, con alguien más.





miércoles, 11 de enero de 2012

No te vayas a dormir


Es difícil competir con un sueño. Tienen la fuerza de un mar picado de olas, ese arrastre, esa peligrosa atracción.
Es difícil. Habría que tener manos de humo, ojos de fuego artificial, y un circo mágico de flores y prestigiadores en la sonrisa. 


Del lado de los despiertos el mundo es mucho más duro de habitar. Lo sé. De este lado de tus párpados pasa el tiempo sin dejarse atrapar, y las noticias tristes por la televisión. Pasa que hay gente que está sola o con frío. Pasan colectivos con viajes que no vamos a hacer. Pasa la muerte en camillas y en fotos guardadas en cajas, guardadas en placares, guardados en el fondo de la tramposa memoria.
Donde me quedo yo, aquí desde donde te miro y te adivino (porque en mi mirada caben aún las posibilidades de lo que habrá por mirar), no hay mucho más que el sabor agridulce de lo conocido. La vida es, sin sorpresas, este sencillo poquito de luz que atraviesa las cortinas un amanecer cualquiera, llegando sin que lo llamen, mezquinándonos la noche que tan nuestra nos parece.


En tu sueño te esperarán otros colores, seguro que sí. Quién sabe que pasados que se me escapan, te harán sus guiños locos para que te quieras quedar (¿o volver a ser lo que fuimos no es lo más tentador que todo sueño que se precie sabe ofrecer?).
Las bicicletas, los árboles, el aire limpio que buscás a bocanadas. Todo queda en un sueño al que no puedo entrar. Está bien que los sueños tengan puertas y que sólo sus dueños lleven esas llaves, responsable y felizmente.
No me quejo de eso: a cada uno su sueño a medida, su lugar en el mundo, su rincón sin miedo, su tregua, su más hermoso y profundo secreto.


Pero quisiera que esto tan gris pudiera pintarrajearse para hacerle frente al sueño. Que lo doméstico y opaco de este momento, tuviera alguna magia escondida, algo que no te dejara cerrar los ojos.
Quisiera saber la palabra que te paseara por lugares más dulces, más hondos, más llenos que los de por acá.


Voy a intentarlo. Voy a hacer lo posible. Pero necesito algo de tiempo. 
Mientras tanto, esperame con los ojos abiertos. No te vayas a dormir.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Espero no sea mucho



No le voy a pedir imposibles. Yo sé que no es así. Sé que cargarlo de responsabilidades será, después, llenarlo de culpas, y así no conviene; que hacerlo cargo de mis fracasos varios y de mis dos o tres aciertos es más bien injusto. 
Yo sé que el año que empieza es como un nene nuevo, largo y blanco, con ojos enormes de pupilas sin gastar. Tanta expectativa es demasiada exigencia para él.


Yo le pediría, no sé, que se venga paciente. Que no quiera darme empujones, porque a medida que crezco voy más lento, me distrae el paisaje, se me cansan los pies y ya sé bien que apurarlos es lastimarlos torpemente.
Le pediría que me ayudase a mirar y, con eso, a hacerme dueña de las cosas que miro. Porque si, como dijera algún poeta, el mundo es esa perversa inmensidad hecha de ausencia, algún rinconcito excepcional tendrá que haber, una guarida, un refugio, no sé, digo yo.
Le pediría ser de los que aprietan los puños y siguen, con un sol en el bolsillo para cuando el grande, el de todos, anda escaseando. Escondido en mi brindis iría el secreto deseo de hacerme fuerte sin dejar las cosas que hacen que se me rompa el alma: porque mis nudos en la garganta son también la vida y el motor que me habita, mi tinta que corre y mi voz que se larga a volar cualquier noche que no entiendo.


Que venga con canciones y pajaritos en los cables. Con juegos viejos y sobre la calle. Con azares que enganchan historias que enganchan personas que enganchan munditos que enganchan sueños que enganchan lo que sea que vendrá.
Que venga con acertijos pero de los buenos, los que dejan dormir. Que traiga besos abandonados: ¿quién podría dejarlos a la intemperie, quién se dejaría olvidado un beso? A todos esos los quiero yo. Que vengan conmigo, para mí.
Que traiga cuentos que nadie nunca contó, unos que me hagan llorar de la risa y reírme, por no llorar. Que traiga viajes sobre el avioncitos de papel, el mejor modo de viajar, lo más cierto y lo más frágil, como la misma verdad.


Que me traiga la manera de enderezar esto que me quema en las manos y se me hace agua en la garganta. Pero que no se olvide de reservarme dos o tres segundos de ternura. 
Que las treguas tengan gusto a treguas, a fugaz, a ratito, y que yo las sepa ver como eso que son y nada más. Que las que no, las otras, las más ciertas, las que amenazan con quedarse en el pecho, suenen tan fuerte que no pueda sentirlas sin temblar y sepa, así de duro, que no están sólo de paso.


No tanto, decía, y al final, todo todo le pido.
Que no me rompa el corazón, que me deje vivir en la ilusión de que el mundo es largo y ancho y esperando por mis ojos curiosos.
Que sea el volantín que dejé ir, hermoso y altivo, después de que fuera tan mío y lleno de mis colores. 
Eso nada más.
Espero no sea mucho.
Que el año que empieza me regale un hilito de la vida que, en general, se nos escapa.





miércoles, 28 de diciembre de 2011

Agridulce



Tengo un problema con lo agridulce.
No lo trago. Me cae mal. Me deja un gusto feo en la boca.
Me molesta que no se decida: que me pasee por tantos sabores y tan dispares. Que me desacomode el instinto, las papilas gustativas; que me engañe ese sentido (el tercero, el cuarto, cuál será), lo maree y lo deje del revés.


Me hace mal lo agridulce. Mi boca de extremos se desperdicia en esas medias tintas. Y pierde las ganas de probar y saborear. 
Me voy a dormir con la panza vacía y el corazón descontento de no encontrar qué llevarme a la boca. Con tanto agridulce, no hay nada más que hacer.


Nunca me gustó lo agridulce. Tampoco en cuestiones de comida.

martes, 20 de diciembre de 2011

No es lo mismo pero es igual



Le dije que sí. Se abrió la calle y el vapor del pavimento se desprendió en lluvia.
Yo empecé a resbalarme por dentro, a hacer equilibrio en los bordes de mi entraña, de su boca, del espacio entre todo eso, entre la verdad y el ruido.


Duró el abrazo hasta el invierno, nada cambió realmente. El frío se me hizo agua en las manos y chapoteando en las suyas me quise quedar. Pensé en nadar de noche en el Círculo Polar, en enamorarme bajo el agua y ser el batiscafo de tu abismo, si se me diera el tiempo y la razón.
Pensé también en las cosas que no vuelven y en las que no podemos hacer nacer. En que para mi corazón no basta tu pecho, por mucha poesía que haya en las mentiras dulces y blancas. En que vivo y vuelvo a vivir en los huecos, en las treguas, en los ratitos, en las grietas de lo que está roto. Quiero decir que respiro en donde me dejan y es todo tan frágil como un sueño de fiebre o una promesa de borracho a las 5 de la mañana.


A veces quiero escribir de mí.
Otras, quiero desterrarme completamente y que ninguna palabra me dibuje el momento.


Al final, todo se engancha y se enreda y ya no sé por quién hablo, si miento o digo la dura verdad; si me escondo o levanto la frente al sol para que me queme el cuerpo y la poesía, el amor y otros demonios, la vida y todo lo demás.


Siempre escribo para no quedarme callada. Y siempre después de escribir, hago silencio en duelo por todo lo que dejé caer.

jueves, 15 de diciembre de 2011

No bailo

No, no bailo.
De chiquita movía los pies para todos lados, decía que bailaba y la gente grande me celebraba la monería.
Pero después perdí en coordinación y en confianza. Me hice más tímida. Tuve más miedo(s). Aparecieron bailes nuevos, coreografías imposibles para mis piecitos mareados, y dejé de bailar.
Cuando estoy contenta hago otras cosas. No se ve, pero camino por las paredes, me subo a los techos a ver atardeceres, hago planes inútiles e imposibles y brindo con las sombras de mi casa.
No bailo, no insista. Leo los gestos de la gente, veo las pasiones del desborde. Los veo quererse y olvidarse hirviendo en un caldo de ruido y alcohol. Y escribo con tinta de aire las cosas que se me van ocurriendo de ver bailar a los demás. Escribo por echar mano a algo, por si así enamoro todo lo que no he podido bailar: voy mezclando palabras por si ellas hacen la chispa que yo no puedo hacer nacer (ellas que sí bailan, ellas que siempre tienen música adentro).


No bailo por miedo a pisarle los pies y que se de cuenta de lo rápidos que son los míos cuando se trata de salir corriendo. No bailo de la vergüenza de que mi impericia quede al descubierto y se sepa que no puedo ser más de lo que ve, con una canción en el bolsillo y un verso sin rima cerca del pecho queriendo latir por mí. Y porque todo eso junto le quite las ganas de tenderme la mano, de invitarme a bailar, a un copa, a un amanecer.


No insista, no bailo. 
Pero si le dan ganas, lo invito a flotar.