No volví a saber nada de la lucecita desde anoche.
Llegué a pensar, incluso, que la había soñado: una luz que me mostraba lo que quería ver...Al final, ¿no es ése el material del que están hechos los sueños?
El viento fuerte hizo sonar el llamador de ángeles de mi ventana y me desperté de madrugada, tanteando en la oscuridad, esperando el farolito. Pero no pasó nada.
Sin embargo, algo raro trajo ese viento. Tiró árboles y voló peluquines. Asustó de rayos a los cachorros y a los niños. Pero algo más, algo más trajo el temporal.
Cambió el aire.
Lo sentí esta mañana cuando, al olor de mi café se sumaron otros muchos olores, perfumes, ráfagas de aromas venidos quién se sabe de dónde.
Sin querer confiar demasiado en mi olfato, salí a la calle: quería saber cómo olía el mundo de afuera y si otras narices compartían el asombro de la mía.
En mi vereda, una mujer en sus cincuenta, lloraba sentada en el cordón. Entre las manos tenía un barquito de papel y había dejado caer, a su costado, un trompo de madera. Estaba ahogada de olores de infancia. La cocina de una abuela, los besos antes de dormir. El olor del verano en una montaña, el del dolor de ya no ser aquello que tanto y tan bien se era.
Un poco más allá, donde termina la plaza, un tipo en un banco releía cartas. Después se las acercaba a la cara, se las llevaba a la boca. Aspiraba su perfume, uno que sólo él habrá conocido, y el cielo se le dibujaba claro en los ojos. La nostalgia huele a cartas. A veces, también el amor.
La gente olía la vida diferente. Como si ese viento hubiera traído para cada uno, las ráfagas de lo que les estaba faltando. El olor de sus anhelos. El perfume de la ausencia.
Yo sentí una mezcla de cosas. Olores viejos que me revolvieron adentro. Olores nuevos que no tienen aún nombre. Y algún otro, que guardará mi nariz y mi memoria.
Perfumes secretos, sólo para mí.
1 comentario:
Guarde, guarde, que las sensaciones que generan los olores son de las mejores.
Publicar un comentario