domingo, 15 de enero de 2012
Souvenires callejeros
Mis zapatillas se empachan de vereda y caminan al sol de la siesta.
Mi calle se cansa de reconocerles las suelas lastimadas de demorar la ida al zapatero remendón.
Van adentro, envueltos, mis pies planos. No alcanzó ninguna plantilla que los corrigiera en la infancia. No alcanzó la infancia para corregirme algunos pasos. Supongo que así debe ser, y que uno es, en verdad, una serie de malos hábitos, de pasos en falso que no siempre vale la pena modificar.
Arrastro mis pies sin curar por las mismas esquinas de siempre. A cambio de caminarlas, de mi fiel andar por sobre sus baldosas rotas, ellas me regalan souvenires callejeros.
Monedas de diez y veinticinco centavos que se resbalaron de algún bolsillo distraído.
Papeles que alguien ya no quiere, boletos que nadie miró, cartas viejas que tiraron por algún balcón, tickets, entradas del cine.
Encuentro charcos en los que me pongo a chapotear y otros, chiquitos, que me dejan ver el cielo como por una ventanilla, sin tener que levantar la cabeza. A veces, si me concentro, los charcos que se hacen frente a la estación de servicio, hacen un arcoiris tímido que a mí me gusta pensar que sólo veo yo.
Sobre las veredas me cruzo con naranjas que paseo a pataditas lentas por varias cuadras, hasta que se me escapan y me culpo de haberlas dejado a su suerte en la calle, donde cualquier auto las va a dejar hechas jugo sobre el pavimento.
También están las flores, como lágrimas de colores que hacen los árboles. Mis zapatillas se llevan bien con los lapachos, cuando desparraman colores por toda la vereda y nadie sabe dónde termina el cordón, dónde empieza la calle y hasta el mundo.
Cada vez que siento una hoja deslizarse de mi cabeza a mis hombros y hasta el suelo, siento la mano de mi calle, que es el árbol que ahí mismo crece, haciéndome una caricia suave y crujiente.
Por la calle me doy con las cosas que a algunos les sobra, y otras que se pierden o se dejan perder, a veces por descuido, otras, sabiamente. Yo desobedezco el mandato materno y levanto todo, o casi, todo del suelo. Dejo las migajas para los pajaritos y el rocío para que lo mezclen con besos los madrugadores.
Me choco con sombras oscuras que me esperan, agazapadas, en las ochavas más tristes de pasado, que todavía mi barrio, irrespetuoso, no se ocupó de desaparecer de su humilde mapita. Sombras que me cortan la planta del pie como esos vidrios de la última botella del borracho abandonado. Quiero decir, la herida. También eso me dejan las calles: heridas y sombras, magia negra del no-hay-mal-que-por-bien-no-venga, del recuerdo en pos del nunca más.
Pero eso no importa, porque enseguida se arrepiente y me da de a chorros el sol de las siete de la tarde, el rojo, calmo, ese que salva el día.
Todo eso le dan las calles a mis zapatillas caminantes. Todo y un poquito más.
Todo y la luna sobre el boulevard. Todo y el viento que parte la noche y el corazón cuando no podía más que romperse y volverse a armar.
Todo y también, a veces, cuando me distraigo y camino sin rumbo, alguna que otra sorpresa vagabunda.
Todo y, a veces, otro par de zapatillas que, con sonrisa de cordones desatados, le hacen compañía a las mías.
Todo y, a veces, un poco más de todo. El gusto de andar levantando cosas del suelo, cosas del sueño, con alguien más.
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