No, no bailo.
De chiquita movía los pies para todos lados, decía que bailaba y la gente grande me celebraba la monería.
Pero después perdí en coordinación y en confianza. Me hice más tímida. Tuve más miedo(s). Aparecieron bailes nuevos, coreografías imposibles para mis piecitos mareados, y dejé de bailar.
Cuando estoy contenta hago otras cosas. No se ve, pero camino por las paredes, me subo a los techos a ver atardeceres, hago planes inútiles e imposibles y brindo con las sombras de mi casa.
No bailo, no insista. Leo los gestos de la gente, veo las pasiones del desborde. Los veo quererse y olvidarse hirviendo en un caldo de ruido y alcohol. Y escribo con tinta de aire las cosas que se me van ocurriendo de ver bailar a los demás. Escribo por echar mano a algo, por si así enamoro todo lo que no he podido bailar: voy mezclando palabras por si ellas hacen la chispa que yo no puedo hacer nacer (ellas que sí bailan, ellas que siempre tienen música adentro).
No bailo por miedo a pisarle los pies y que se de cuenta de lo rápidos que son los míos cuando se trata de salir corriendo. No bailo de la vergüenza de que mi impericia quede al descubierto y se sepa que no puedo ser más de lo que ve, con una canción en el bolsillo y un verso sin rima cerca del pecho queriendo latir por mí. Y porque todo eso junto le quite las ganas de tenderme la mano, de invitarme a bailar, a un copa, a un amanecer.
No insista, no bailo.
Pero si le dan ganas, lo invito a flotar.
1 comentario:
Qué importa eso. Flotar es, sin dudas, muchísimo más lindo.
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