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jueves, 11 de abril de 2013

La novena



La primera, fue el ruido, la gente amontonada, sus ojos borrosos, las luces de colores.
La segunda, había un tren pasando a pocas cuadras y, por la noche, anunciaban tormentas.
La tercera, tuvo fiebre y un día de locos, se puso dos medias de pares distintos y el café estaba frío.
La cuarta, una novia, una mueca, un torbellino, una palabra casi a tiempo, y de la mano, y encima una canción mentirosa, y los ojos...dónde irían a parar esos ojos.
La quinta es la tarde soleada, la media estación, las hojas quejándose de un quiebre bajo las zapatillas, una espalda, un cuello y el desamor, un montón de agendas escritas a tachones y una madrugada en cuclillas por la cocina. 
La sexta es pensar que nada ocurrirá nunca y hacer medio minuto de silencio por aquella injusticia que mata flores antes que puedan ser tallos siquiera, que deja huérfana a la piel de un tacto que se había inventado para ella.
La séptima, quién lo diría, hubo un panadero atrapado al vuelo y una siesta, hubo el miedo de quedarse atrapada entre cejas de unos ojos que buscan el hueco, la puerta puente, el ventiluz a donde vive lo que cura.
La octava,  brújulas rotas y el flash de unas fotos que nadie sabría que por detrás tenían una duda y varios desvelos acumulados, y su corazón en las esquinas de ese barrio y rozarse los dedos como de sopetón por ver si decidían pegarse entre ellos y no había más que anudarse hasta quererse y quererse siempre quedar.

La novena fue la última primera mirada. La novena vez fue desandarse la ropa, desnudarse las calles y desprenderse las palabras maniatadas de tanto mirarse sin verse, de tanto cruzarse sin desarmarse, y de tanto todo indeciso, pero entonces, puede ser que, y qué si no... La novena vez fue dormir el mismo sueño, el antídoto, el beso limpio en la mirada y un latido en tres octavos lleno de pajaritos cantores y primaveras incipientes. 

El amor es, a veces, a novena vista y de tanto mirarse, se ve.

viernes, 22 de marzo de 2013

Un secreto



Usted y yo tenemos un secreto. No es gran cosa y, ya sabe cómo es esto: los secretos valen más cuando están callados, es la intriga la que lo salva del olvido y la mala prensa.
Mírenos a nosotros, por ejemplo. Hoy por hoy, lo único que tenemos en común, como un hilito azul brilloso que ata su muñeca a la mía, lo único, es un secreto. Nadie más lo ve, y poco importa, porque ocurre que nuestro secreto no modifica el curso de los días ni define algún futuro más o menos próximo. Nuestro secreto no le sirve a nadie y a nadie le importa, ni a usted, que se lo deja a menudo olvidado en el primer cajón de la mesa de luz. 
El nuestro es un secreto que poco ruido en el mundo y, en cambio a mí hay noches, le juro, que me retumba como estampida del otro lado de la ventana.
No se asuste, no voy a nombrarlo, dije que me lo guardaría para mí y eso voy a hacer. Los secretos no tienen fecha de vencimiento, digo yo, y aunque el calendario nos haya olvidado en el verano con todo y el amor, con todo y el sueño, a pesar de eso, sigue igual de secreto nuestro secreto.

Una vez me lo dijo usted al oído. Me lo sopló, como me soplaba un beso o la palabra que me andaba faltando, cuando había todavía palabras en el tintero, antes de que las agotásemos todas de un apuro y porque sí.
Usted me regaló el secreto para que lo guardara bajo de mi almohada, para que lo creyera y me ayudara a amanecer. Su secreto, que después fue mío también, estaba hecho de vidrios de colores y brillaba insistente de siesta, pintando de luces nuestro abrazo.
Hermoso secreto el suyo, capaz de mover el sol de la mañana, curvo como su sonrisa y redondito como los círculos que me dibujaron la vida entera. Hoy, a qué negarlo, está bastante deslucido, se apaga a cada rato y ha ido perdiendo su redonda perfección. Está torcido, tosco, improlijo. Quizá me esté apresurando a decirlo, pero tengo la impresión de que es él el culpable de los dolores en mi espalda y los sueños sangrantes que tuve estas semanas. Creo que su secreto me está desgarrando por dentro. Me duele, cómo me duele su secreto.

Con todo, no voy a decir nada. Nada de nada. Su secreto está a salvo conmigo. No es un favor que le hago, no se crea. Ocurre que su secreto se ha vuelto también mío. Usted me lo confió de su boca, de sus manos, y yo lo escuché porque no pude hacer otra cosa. Ésa fue mi culpa, no haber sido impermeable a su secreto, lluvia que me desarmó al borde de una calle y que hoy, después de tanto, sigue mojándome todos los papeles.
Yo no sé cuánta verdad tenía pero yo me lo creí como si tal cosa. Había algo en la mezcla esa tan alquímica de palabras, algo en el hueco sin color de sus ojos, algo en el aire pesado de un enero que a mí me convenció.
De todos sus disfraces fue ése el que más me gustó. Y con ése me quedo: cierro los ojos y, ciega, voy a dejarme abrazar por ése, el del secreto. Los demás no me importan. Los demás están muertos o se han ido con otra. A mí, la verdad, me dan lo mismo, todos ellos.
El de la melancolía, el que se hace una bolita en un rincón muerto de miedo, el del desamor, el de la urgencia, el apasionado por hora y cuarto, el que habla por hablar. No me importan: tanto daño me han hecho, tanto me han mareado en esta calesita de apariciones mentirosas, tanto ruido hicieron, tanto desastre dejaron después de su fiesta que no me quedan ganas, ni fuerzas, de volver a saber de ellos. Los quiero lejos, tomándose el próximo bondi a cualquier parte. No se van a perder, son muchos y llenos de recursos para sobrevivir donde sea: a mí me sobreviven todos los días, con todo lo que los echo y les cierro puertas y ventanas. Son ellos los que me venden gato por liebre, los del amor descartable, los que se olvidan de mi nombre detrás de la primera esquina. Son ellos los que me engañan con cualquiera, los del antojo por delante de todo, lo de la peor mueca. Son los que ya no me quieren cerca y se inventan pesadillas que van a dar a mi almohada y a embrujarme todas las noches.

Yo quiero a uno solo. El que me confió ese secreto. Porque fue el único de todos esos que me quiso, el que pensó en que sería tal vez un lindo gesto regalarme una verdad delicada como una pluma paseando por el aire. Regalarme algo como quien inventa el color en un abrazo, como quien hace nacer calmas y vendavales, arrullos y gritos frenéticos, y los entrega para que vivan en otro y allí crezcan, con el tiempo y los buenos cuidados.
Ese secreto no sabe todo lo que vino después, es inocente, infantil y no conoce de malos tragos. El nuestro es un secreto de un tiempo blanco, de unas cosas nuevas y sin mancha, de un verano para escapar. Para qué decir más, usted ya lo conoce bien, es suyo, quien quiera que sea usted hoy por hoy, fue suyo y con usted se queda. 
Ya ha perdido vigencia, se ha oxidado y, si no lo agarro, es capaz de perderse por cualquier resumidero. Estuvo a punto, muchas veces, pero siempre lo rescato. Yo no sé porqué.

Usted y yo tenemos un secreto. Y es lo único, lo último que tengo de usted, y usted de mí. 
Qué triste es eso. Pero ése también es un secreto.


jueves, 14 de marzo de 2013

Versos de pájaro


Tiene algo de pajarito errabundo,
de nochecita cerrada.
Me tiene en sus alas, en su aliento
inventa mi voz en un montón de notas en su trino.

Hace conmigo lo que quiera
construye ciudades o hace fuego con todo lo respirado.
Me tiene en su boca o en la cima frágil de su nariz
y no aprendo de poesía sino es de sus manos
cuando rompen, como olas, en mi espalda.

Tiene espejos detrás de la mirada
mirarse en ellos es dejarse desnudar
y que el mundo rebalse por los bordes
de unos ojos entrecerrados. 

Pajarito equivocado de cielo,
azul alivio que enciende luciérnagas sin el menor esfuerzo
y ronda mi cama enredándome en amores:

Quieran los vientos que no cambies tu rumbo,
tu vuelo me cura el cielo
y el otoño vendrá para quedarse,
pajarito mío. 

viernes, 1 de marzo de 2013

Esa esquina


Tuve por mucho tiempo una esquina dormida. 
Una esquina de farolito apagado a donde no iba nadie a hacerse el compadrito con sombrero y bandoneón. La esquina por donde no pasaba el camión de la basura a llevarse el mes de julio, por donde mis amigos nunca han andado y en donde mis enemigos solían fumarse un fasito de vez en cuando y brindar a mi mala salud.

La descuidé, me olvidé de que existía. No la dibujé en los mapas que me hice para entenderme y llegarme al centro más rápida y efectivamente en caso de urgencia. No la tuve en cuenta para encontrarme con nadie ni para esperar ahí parada a que llegara quién sabe quién.
Maté una esquina de tan abandonada que la tuve, de tan vedada que la declaré. Fue el rincón de la pena que dejó por saldo un arrebato, el exacto punto donde mataron a quemarropa a la gente que quise y donde yo misma caí, vencida, al cabo de años de pocas lluvias.

No hubo más esquina, ni un naranjo ni un semáforo que indicase el paso allí por donde nadie iba a pasar. No hubo esquina en la esquina muerta, en la esquina matadora de mi corazón.
Duró tanto que la primavera de Benedetti le quedó chica: estaciones enteras tuve mi esquina rota. Yo misma tenía miedo de no sobrevivir a su recuerdo de cordón desatado, de baldosa y lágrima floja. Yo tuve miedo de volver a desarmarme de sólo pasar otra vez por esa esquina mía.

Anoche se me dio por espiar mi mapa. Y vi un farolito encendido en mi esquina dormida. Era oscuro y de madrugada, pero yo la vi despertarse.
Ya respira otra vez. Y es la esquina más ruidosa de mi ciudad.

lunes, 25 de febrero de 2013

Desnaturalizable

'...Vengo más sangre y menos desierto
y ella más canción parece
y vamos como de la mano hasta lo cierto...'
una canción de K. García & C. Lage


No me acostumbraré a esconder la mano. La calle soy también yo, es también mi mano. En las plazas me enamoro, y en los naranjos de las veredas dejo caer la pena loca, pena tonta, de haber perdido el corazón.
Sólo por biológicas convenciones es que lo llevo bajo la piel: en realidad, a quién engaño, siempre estuvo por fuera, en el pecho, apuntador de la boca para que diga, motor de la mano, para que toque y conozca, con el tacto, lo que antes sólo le era dado imaginar. 
El corazón en la calle, eso quiero yo.

No pienso negarle una certeza más a la ciudad. Quiero que lo cierto para mí sea cierto para todos, que se empachen todos, por un ratito, de mis verdades, de mis aciertos, de mi circunstancia feliz.
Quiero que uno de mis besos se quede enganchado de los cables y que mis luciérnagas enciendan los faroles del alumbrado público. Y que se mueran de envidia los policías y las señoras de barrio norte. Y que le crezcan alitas de colores a los nenes que salen del jardín y pueden verme y sonreír.

No voy a acostumbrarme a los secretos como si, por secretos, valieran más. Tampoco quiero hacer ruido vacío, ruido hueco. Quiero que mi voz tenga por garganta al mundo, que ningún vecino se queje por el volumen en el que canta, en el que dice, en el que siente. No voy a acostumbrarme a esos vecinos ni a lo que sea que se traigan entre manos.
Yo entre las mías traigo otras, souvenires de una primavera, calorcito hecho paz, rompiente de olas de bolsillo. Yo entre mis manos traigo el secreto de la magia que enseñan los ojos, el catalejo de hacer horizonte y una burbuja soplada de a dos.

No me acostumbraré a desnaturalizar lo que sana, lo que cuida y hace crecer. 
Para mí no hay nada más natural que el calor de otra mano. Y es el amor un regalo, un brindis, una carcajada estruendosa, una cosa digna de ser nombrada, un amuleto, un verso para ser recitado, un perfumador de calles, una verdad acorazada, un corazón en lo cierto.
No me harán creer que es otra cosa. Nunca me acostumbraré.


lunes, 18 de febrero de 2013

Un puerto en el mar




Hay un puerto a donde va. Conoce el mar como a mi lengua, como los bigotes de los gatos, como los colores que hacen a otros colores y que yo aprendo, como aprendo su risa, los botones de su pantalón, las curvas de su espalda. 
Ha nacido antes que yo y conoce unas cosas que yo nunca vi. Me las cuenta como quien inventa ciudades del futuro y yo me olvido del abecedario por escuchar de sus mundos desconocidos.

Por ahí me lleva. Contamos hasta tres, tomamos aire y nos quedamos bajo el agua. En una burbuja me dejo un miedo y una pesadilla. En otra, el corazón atado a unos cascabeles que le soplo al oído.

Me cura los mareos y el respeto al mar. Me salpica coraje y algo de ternura, y es el suyo un mar de noctilucas que nos devuelven titilando a la costa. Me da la mano hasta el final del agua y de la noche, y a mí algo se me derrama adentro: hablo del revés, lloro en carcajadas, respiro entrecortado. Quiero hacerle poemas nuevos o robados, quiero inventarle en cuentos el país donde quepan sus ojos que saben sonreír y decirle que no conocía el mar. Y que gracias. Por sus manos, envolvedoras de las mías, sus manos que hacen el mar.

lunes, 21 de enero de 2013

No más palomas mensajeras


Mis palomas mensajeras volvieron esta tarde agotadas de su vuelo. 
Creo que mis palabras pesan más de lo que ellas pueden cargar, por eso mando dos o tres y distribuyo mis escritos, mis versos, mis cartas y todo su peso. Se ve que, de todas maneras, el periplo se les hace largo y duro porque se desmayan sobre mi escritorio apenas llegan.
Yo, ansiosa como nena de cinco años, les pido que me lo cuenten todo. Les sacudo un poco las alas, les hago cosquillas en las patitas y el cuello. Quiero saber lo que han visto, cómo es volar sobre el mar y las montañas y cómo es finalmente llegar a sus manos, aterrizar en su hermoso paisaje de líneas de la vida, el amor y la muerte.
Pero mis palomas mensajeras llegan con sueño, hambre y frío y no quieren saber nada conmigo por varias horas. Tienen sus razones y no creo que accedan a partir de nuevo, no están para estos trotes.

Las tacho de la lista y sigo pensando. 
Si tuviera pulmones fuertes se las soplaría, y las palabras le despeinarían el jopo, como hacen las palabras aún sin viento, porque esa es su vocación, despeinadoras dueñas del aire.
Si supiese nadar de verdad, y no apenas para zafar en 'la parte honda', yo misma me aparecería nadando en su orilla, que es lo que hago siempre, que es lo que no puedo dejar de hacer, quedarme en su orilla para ver cómo amanece, cómo se hace de tarde y cómo se va a dormir, conmigo velándole el sueño, velero enamorado.

Pero yo nada más tengo letras. Me sobran cosas para contarle aunque nada muy grande haya pasado desde que me abrazó y de un 'hasta pronto' prometimos cuidarnos el corazón. 

Sigo pensando cómo contarle de estos días, de las palomas mensajeras cansadas, de los delirios de mi imaginación en donde nado hasta un río y en un puente muy grande e iluminado me espera para secarme y dejarme dormir a su lado.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Ser amanecer amaneciendo siendo...


Fue esa mañana que descubrí la mañana
que supe que pueden tirársele los hilos al sol
y soplar a un costado la luna, lunera
tan llena de todo, tan llena de mí.

Fue esa mañana que descubrí la mañana, continuación del abrazo, viejo refugio de la posibilidad.
Esa mañana vi los trabajos de los pajaritos desde los árboles a la ventanas, vi el nacimiento de todas las cosas amontonándose porque las moje de luz el sol.
Todo siempre pasa, como la figurita más repetida del álbum del mundo. Pero fue esa mañana, y no otra, que yo descubrí la mañana. O la encontré de nuevo, tapada de años y de dudas.

Mientras la luna me bajaba un telón, el sol me levantaba otro. Todo iba pasando despacito. El cielo se amanecía tímidamente, poniéndose tan colorado y vergonzoso como el corazón que llevaba yo en mi bolsillo, mientras desandaba calles y respiraba las veredas de vuelta a casa.

Fue esa mañana que descubrí la mañana, y ese mecanismo tan secreto que tiene ella de hacer el día. 
No sé las otras, pero esa mañana, esa precisa mañana, había sido yo la responsable de que amaneciera en mi ciudad. Era mi amor y mi empeño, eran mis ojos bien abiertos para verla, era la mitad que completa mi abrazo y el hilo que va de la comisura de mis labios al primero de los rayos, lo que despierta al sol e inventa otra vez el día.

Esa mañana fue mía. Nació de mis manos. Fue verdad dentro mío. La regalé en un beso y la hice durar hasta que me venció el sueño.
Y no hubo caso: cuando me desperté ya era tarde. La tarde del día que hice amanecer.




martes, 18 de diciembre de 2012

Breve introducción al Manual del Buen Perdedor


Lo primero es no tratar de entender porqué se pierde.
No es importante: un buen perdedor sabe que nunca sabrá lo que hizo mal y, si lo supiera, poco importaría pues uno sólo puede hacer una y otra vez eso que hace, eterna e irremediablemente. De otra forma, uno no sería uno y sería tal vez el almacenero de la esquina, un instructor de esquí o corredor de bolsa.

Lo segundo es hacer todo lo posible por entender cabalmente, ahora sí, que se ha perdido algo. No hace falta ponerse melodramático, es posible tomarse una pérdida como un café por la mañana, ese que nos despierta del sueño. Tómeselo en serio pero nunca se lo tome a pecho: perder, lo que se dice perder, perdemos todos. La calle está llena de perdedores y de cosas perdidas que nadie reclama, los bolsillos se acostumbran a ciertas faltas y las manos, tarde o temprano, también.
Sepa que lo que se le ha perdido no volverá porque es imposible recuperar intacto un olor, un momento, una sensación. Perder es, de alguna manera, firmar un contrato con el tiempo, uno en donde alegamos saber que él siempre pasará y que, en ese sencillo acto de transcurrir, ya se habrán perdido cosas. Los calendarios y los relojes son máquinas de ir perdiendo.

El buen perdedor puede estar triste: saber perder no implica hacerse un nudo la pena y caminar anestesiado sin sentir ni el viento que despeina. Un buen perdedor se entristece porque la tristeza es la plena conciencia de la irreparable naturaleza de su pérdida. Lloriquea, berrea y maldice porque así es como se expresa la falta y el fracaso. Ocurre que es un perdedor en el gran sentido de la palabra, porque ha sido derrotado y porque se quedó sin algo, algo perdió, hay algo que ya no tiene.
No se consuela pensando en que hay muchas cosas que ganó. Chocolate por la noticia, claro que sí, pero eso no importa. Ningún perdedor piensa en eso, la lista de lo ganado suele ser corta, trivial y totalmente vana a la hora de lo perdido. Para un buen perdedor sólo existe lo perdido y pensar en el vaso medio lleno sería como faltarle el respeto a ese dolor que tanto lo aqueja, el mismo que una vez fue intento, el que fue amor y empeño en cuidar lo ahora perdido.
Por eso es que no hace tratos hipócritas con la alegría. No se cree ni por un minuto eso de distraer su nube negra con licores y carcajadas. Por mucho que le encanten, por más que la felicidad haya sido siempre su deseo más viejo y menos secreto, el perdedor que acaba de perder no puede dedicarse a ella.
 Sabe muy bien que perder algo es no encontrarlo más allá donde solía estar, y que eso quiere decir que hay un lugar vacío, que hay un hueco en alguna parte. Y piensa que, aunque más no sea por honrar a esa persona que era antes de haber perdido, no puede ni debe creerse el cuento de la curita feliz. Al fin y al cabo, el buen perdedor es una persona con algo de mundo encima y entiende que toda pérdida (buscada o involuntaria) es, en definitiva, una ausencia, y que ninguna ausencia debería pasar desapercibida en la vida de nadie.
Entiende que no es tan trágico, que hay cosas que se le pierden a él sin que eso implique que se le pierdan al mundo. Intenta sentirlo todo en su justa medida y piensa en lo que se ha perdido en su mundo, en lo que le falta. No le importa saber que perder no es como matar o morir. Él sabe que, mientras tanto, también hay cosas encontrándose constantemente, porque así es como se mueve el mundo, esos son los cambios que nos hacen girar, que nos hacen vibrar.
Lo cierto es que lo que se ha perdido, perdido quedará. Buscarlo ya no es una opción.
Y ésa es la dura realidad a la que todo buen perdedor termina por enfrentarse.
Le duele en el alma, porque es una persona que no sabe casi nunca 'hacer como si nada', pero no puede más que sacudirse el mal tiempo y tratar de perder como el mejor.

El buen perdedor hace lo posible por no seguir perdiendo. Por eso se ata, bien atada, la cordura, las certezas, los buenos sueños. Perder le sirve para abrazarse a lo imperdible, para distinguir lo que, de faltar, le quitaría el oxígeno, y para convencerse de que a veces es mejor perder que perderse.

Un buen perdedor es, por horas, una canción y una cachetada, es un beso amargo, es una puñalada que acaricia. Es una mezcla de cosas que no se acomodan, hasta que por fin se acomodan. Es un espacio indefinido, como las mismas ausencias, que con tanta fuerza está aún cuando no está en ningún lado.

El buen perdedor es un caos porque así es como se aprende a perder.
Y después del caos, es una lluvia finita, una hoja blanca y un día sin estrenar.



jueves, 6 de diciembre de 2012

Hallazgo de alas


Me encontré un pajarito. Yo que nunca me encuentro nada, ni a mí misma, me lo encontré.
Apareció todo mojado de tormentas junto al zócalo del patio que da a la cocina. Redondito de humedad, las alitas encrespadas con agua de otros azules.
Es del tamaño del hueco de mis manos, y con su pico cerquita de mi oreja me roba una canción que más tarde hará canción de todas mis siestas. La misma que silbará para esos canarios soberbios que la señora de al lado se empeña en criar en jaulitas muy decoradas, como si la libertad se comprara con un par de chiches en la mejor pajarera.

Mi pájaro es un ave mucho más impredecible que esos canarios, porque tiene la posibilidad de volarse a cualquier parte. Sabe de la libertad, del ancho mundo, y aún así decide hoy quedarse conmigo.
Será, quizá, que al calor de mi tacto yo le conté que también hay libertad en el espacio chiquitito de unas manos, que la casa es chica pero el corazón es grande y todo eso que dicen los mayores y que, a fuerza de la misma vida que pasa y enseña, se vuelve la pura verdad.

Será que ese pajarito se me parece de alguna extraña manera, que él tiene en alas lo que yo en imaginación, que los dos nos vamos por las ramas, como buscando por ahí lo que de otra manera no habremos de hallar nunca.
O será, tal vez, que tres vidas atrás fui un gorrión asustado y él, la mano que me rescató del halcón. 

Vive en mi patio el pajarito que me encontré. Todas las mañanas salgo a ver si aún no se ha ido, si no lo conquistaron los cielos que aún no conoce, y los otros, los viejos hogares que por algún lado tendrá.
Porque, ésa es su libertad. Libre de ser pájaro es él, de dormirse a mi sombra o quebrarla de adiós. Es libre de encontrarme de mañana o de irse robándome los buenos días.

Confieso que me asusta un poco que decida el vuelo: yo me lo encontré, es cierto, pero eso quiere decir que puede volver a perderse mañana o cualquier día, como yo, que también me pierdo a veces.
Me asusta, sí. Anoche, de puro insomnio, dibujé con crayón las paredes desde el patio hasta mi cama, que es lo mismo que decir que hice un camino de colores desde sus alas hasta mis manos. Por las dudas. Por si un día se despierta desorientado y corto de memoria, para que sepa volver.

Es apenas un pajarito que me encontré, ya sé. Y sabe de libertad como sólo los pájaros saben, y vuela con piruetas en el aire, y yo no tengo nada que hacer. Ya sé.
Pero no pueden culparme por mi miedo y por mi empeño, por mis dibujos en la pared y mi insomnio. Después de todo, no cualquier pájaro cabe tan bien entre mis manos, ni me quita con tanta impunidad una canción del oído para hacerla silbo enamorado del verano, las alturas y los versos que todavía no inventé.

Me encontré un pajarito. 
No es novedad para nadie que un poco de alas y de trinos son lo mejor para cuidar un corazón.





sábado, 6 de octubre de 2012

Perder la letra


Ocurría la cosa más rara.

Cuando le escribía, las hojas me chupaban la tinta y se la quedaban quién sabe dónde, pero la letra no salía. Probé cambiando de lapiceras y de cuadernos. Probé en otros idiomas por si el problema era con mi español rioplatense tucumanizado, pero nada. La letra no salía.
Apenas decidía escribirle a alguien más, una carta, un cuento, una lista del súper o un memo, otra vez se hacía la tinta y el color sobre el blanco de los papeles.

Después de la sorpresa y la incomprensión, vino la rabia: ¿por qué no podía escribirle yo? ¿quién decía cuáles tenían que ser los destinatarios de mis escritos y cuáles no?
No podía hablar ni de pasión ni de desamor, ni despedirme para siempre ni jurar amor eterno. Nada que tuviera su nombre podía escribir yo.
Intenté pintar las paredes de mi casa con versos hechos a rayones de crayón, versos disfrazados de mamarrachos de infancia, líneas sin aparente sentido pero que, yo sabía, decían cosas que yo le quería decir. Pero nada. No se dejaban las paredes escribir lo que yo tenía para su corazón.

Y, así, con el tiempo, me enojé con las hojas y las paredes, con mis lapiceras y mis crayones, con mis manos que querían escribirle no sé yo para qué, y con su corazón, ya que estábamos. Con su corazón que no me iba a a leer nunca. Y es que supuse que es caprichoso el azar y que si yo no podía escribirle era porque tampoco su corazón estaba listo para leerme ni los cuadernos ni las paredes, ni las cartas ni los memos en la heladera.

Me convencí de que sufría yo un gualicho conveniente, uno que salva: nadie disfruta escribir sobre el aire y para nadie o, mejor, para nada. Probablemente me estaba ahorrando en tinta y lágrimas un montón de días y sus horas, un montón de años y sus meses, un montón de cosas.

Me dije que si se hacía tan cuesta arriba, por hechizo o por verdad, el que yo le hiciera unos versos, mejor sería ahorrar mi tinta o, mejor, despilfarrarla en otros nombres que sí, en otros ojos que tal vez, en otros corazones que quién te dice. 

Y ese día, una tarde parecida a la de ayer y a la de mañana, empecé a escribir para otros. 
Volvió la tinta a mis cuadernos y yo pude hacer ese viajecito tan lindo del verso a la luz, ese que hacemos cuando decimos para esos oídos y hay como un puente secreto que nos acerca y nos hamaca al ras del agua.

Ocurrió. Es raro. Pero así fue, yo perdí la letra en mi insistencia por escribirle. No sé porqué pasó.
Yo digo que fueron los días, el buen tiempo, o un complot escondido de buenas señales, intentando contarme que hay otra letra mejor: la que se lee, clarita y prolija, la que desarma y no espera.

Perdí la letra. O será que esa letra mía nunca fue.





viernes, 21 de septiembre de 2012

Sobre todo cuando es de noche

'...Wordlessly watching he waits by the window 
and wonders at the empty place inside...'


Son cosas que pasan,
sobre todo cuando es de noche.
Pero usted no tenga miedo,
deje medio abierta su ventana y que pasen,
que pasen cuando quieran
todos los que tengan que pasar:
Si no es más que uno, cuánto mejor,
si hacen cola, pues que se vengan igual.

Tómeselo con calma,
no será que se esté volviendo loco,
no será el sueño ni la evasión del día,
tampoco será, se lo juro, siquiera un trocito de melancolía.
No.

Pero sucederán,
no lo dude.
Sobre todo de noche,
cuando todos duerman.

Se harán por un momento carne en usted,
quizá tiemble,
quizá transpire frío,
quizá una cosquilla le haga soltar la lapicera
o algo se le desprenda de los ojos
para correrle, tal vez, la tinta del cuaderno
que venía escribiendo usted con tanta dedicación.

No se espante, 
es así como suele pasar.

Se asomarán, le hablarán en secreto
se tornarán de colores que usted no sabrá describir
todo lo que hay entre un azul encendido y el negro más oscuro.
Revolverán sus cajones, se pondrán sus medias,
olerán su ropa buscando perfumes ajenos
y de la misma manera escrutarán sus ojos
a ver si han cambiado de tanto mirar hacia otro lado.


Se disfrazarán con todo lo que tengan a mano,
se desnudarán para usted,
y a sus espaldas se quedarán
como velando sus desvelos
como esperando a que usted diga que ya es hora de irse a la cama
y entonces puedan mezclarse con las sábanas
y ser por fin cuerpo,
y ser corpóreos,
peligrosamente tangibles,
peligrosamente sensibles a sus manos
y a usted, que lleva una agitada semana
y muchas ganas de dormir.

Buscarán que ellas sientan taquicardia,
y en su pecho intentarán generar temblores de mal pulso.
Pero no se altere usted
a todos nos ha pasado

y nada pasará:
los fantasmas no aprenden a tocar
tampoco saben alargar las horas
ni acortarlas.

Los fantasmas no desarman la rutina,
no conocen los nuevos atajos al corazón,
siempre llegan tarde y por la puerta de atrás
y siempre dan un poco de miedo.

Pero no tema usted,
no tema porque, como buenos fantasmas,
no saben hablar
jamás le dirán una palabra,
no podrán más que pasar a través de usted,
a lo sumo, rozarán sus pulmones y su hígado,
se le harán humo o alcohol
como cualquier cigarro o como una copa más.

No se asuste ni siquiera cuando lo miren,

porque lo mirarán,
hacia el final de todo y desde el marco de la puerta lo mirarán,
profundo, profundísimo
pero siempre así como quien no quiere la cosa.
Lo mirarán como diciendo 'mirame, mirame, ¿no me querés mirar?'
Y usted levantará apenas la cabeza,
(sí, apenas, como para no ser irrespetuoso),
sentirá como un frío en los huesos que será incapaz de identificar
y luego,
con ademán de sacarse un sombrero que nunca tuvo,
bajará otra vez la cabeza
y se dejará vencer por el sueño.

A pesar de todo, dormirá como un bebé

se lo digo yo.

Son cosas que pueden pasar.
Sobre todo cuando es de noche
y unos vientos de estación
soplan tímidamente y entreabren las ventanas.

Ocurrirá.
No intente explicárselo.
No hace falta trabar su ventana,
deje que pasen:
También el olvido es un pestillo
y un candado,
también es usted uno que respira
y entre fantasmas no tiene nada que perder
nada que temer.

En todo caso,
abríguese de ese frío,
de ese mal rato.
Cuando cierre los ojos, 
se habrán ido,
se lo prometo yo.

Son cosas que pasan
sobre todo cuando es de noche.

Usted no se asuste.
Porque también hay otras noches,
en que pasan otras cosas;
que no necesitan del viento ni de las ventanas,
que no dan frío ni ganas de dormir.

Hay noches que se dejan tocar
y que miran profundísimo
y antes de que se lo pregunten
'¿me querés mirar?'
ya estará usted enredado de ojos,
enredando sus ojos
y dejándose enredar.







lunes, 17 de septiembre de 2012

Sangre en las manos

' Cualquier movimiento mata algo (...)
y estar aquí es moverse, estar aquí es matar algo...'


Hace algunos años, en alguna de esas películas berreta que dan sólo por cable, vi la historia de un tipo que de noche asesinaba y de mañana amanecía sin saber siquiera dónde había estado la noche anterior o cómo es que había llegado a su cama.

Hace varias noches me soñé parte de esa película berreta que, al parecer, quedó por ahí, hundida y  perdida en mi memoria: se ve que, mala y todo, o, de tan mala, no habrá sido tan olvidable. No sé porqué decidió reflotar por estos tiempos, pero así mismito fue.

Soñé que aparecía de mañana con una resaca que no venía del alcohol. Que algo me retumbaba en la cabeza, que me dolían las muelas de tanto apretarlas y que cuando iba a lavarme la cara me descubría sangre en las manos. No era gran cosa, no se crean. Eran apenas unos hilitos que seguían los surcos de las líneas de mi mano. Eso, tenía rojas las líneas de las manos, y me temblaba el pulso.

Durante el día, todos me daban el pésame por una muerte que yo no recordaba ni podía saber de quién. La gente me daba abrazos de esos que pretenden contener a los que están en el peor de los duelos. ''Lo siento mucho'', me decían mis amigos ofreciéndome su hombro para que llore. Y yo no podía entender porqué. Me perturbaba no saber quién se me había muerto y tenía la sospecha, claro, después de haber visto alguna vez esa película espantosa, de haber sido yo, sin darme cuenta, la asesina a la que nadie acusaba.


Entonces me ponía a revolver mi casa buscando pistas que me sacaran de la duda, que me contaran cosas de la persona que ya no estaba, que me dijeran porqué había hecho yo eso o, mejor, que me aseguraran que no podía haber sido yo.
Pasaba el dolor de cabeza y de muelas, la sangre se lavaba, pero durante todo, todo mi sueño yo sentía dos tristezas que eran, casi, dos certezas: la de haber sido la asesina y, la más triste de todas, la de no recordar a quién había matado yo.

De día, acudía a un entierro de alguien a quien había olvidado, con mis propias manos y a sangre fría. De noche probablemente vivía en lo subterráneo, daba lástima, perdía la cabeza, me dolían las puñaladas con las que yo misma me defendía de algún matar o morir.

El de la película berreta mataba desconocidos. Yo mataba gente que quería o que me había querido, o vaya a saber qué y, al día siguiente, me olvidaba.

Al final llovía torrencialmente, se inundaba mi casa y todo se veía más hermoso bajo el agua. Había pececitos de colores, no quedaban rastros de sangre y hasta de ese olvido me olvidaba. Mientras nadaba por mi casa, me acuerdo de pensar (soñando) que probablemente había sido todo un mal sueño y que eso de matar quién sabe a quién sin siquiera recordarlo podía ser un buen material para la terapia.

domingo, 9 de septiembre de 2012

El deseo viaja en ascensor


...se hará ceniza el deseo...



Siete pisos hacia abajo.
El tiempo son siete pisos en ascensor. 
Arriba no podían ni mirarse. La fiesta, la música, los vasos y toda la gente. Arriba, la patética parodia de lo que se había sido alguna vez. Prohibido rozarse, pensarse, mirar hacia atrás.
Se hacía tarde o era tarde.Tarde en la noche y en el vino.Tarde en ese cuento y en el amor.Tarde para la revancha o el capricho en tierra firme. 

Pero, un ascensor que desciende hasta la planta baja (o hasta el último subsuelo del infierno del Dante), inestable, secreto, un ascensor que los amontona sin remedio no puede más que ser el escenario perfecto para sus urgencias y sus imposibles.
Un ascensor es el paréntesis de tiempo, el vale-todo, un pagaré en blanco que a nadie le interesa cobrar. Un ascensor es todo presente y, a la vez, el mejor túnel del tiempo: adentro sus manos son las mismas manos de antes, las de la caricia sin demora, las que conocen de memoria el camino de sus piernas a su corazón.

Adentro, el beso postergado, el que arrasa. El beso que empuja los cuerpos contra los espejos y enreda con la lengua todas las palabras. 
Adentro, un beso que son muchos besos. Un beso que estalla y, como los fuegos artificiales, se quiebra en otros besos de otros colores, que van haciendo luces allí donde se posan. Ocurre así que, al cabo de algunos segundos, los cuerpos son como faroles encendidos, irradiando luminiscencias que hasta esa noche y ese ascensor, habían estado olvidadas de tanto apagarse.

Las manos también se apuran. Y tiemblan. Tiemblan las manos de no saber cómo retener, cómo guardar, cómo hacer para no desperdiciar ese rinconcito del deseo. Repasan un saber latente, en alguna parte de su tacto saben bien a dónde ir y algo como un envión viejo y oxidado pero vivo, las conduce por donde deben andar. Se tocan como si no hubieran dejado nunca de hacerlo, como si la memoria de las manos fuera más grande y más larga que todo el tiempo que un calendario marcó.

Se respiran al oído, como queriendo quedarse a vivir ahí, tan cerca del otro, como queriendo ser un secreto, uno bien guardado. Se respiran como si del suspiro fueran a nacer cosas que habían quedado muertas.

Y el ascensor sigue bajando porque es lo que debe hacer. 
Bajando hacia la planta baja y después la vereda y después la ciudad y la mañana de un domingo que quiere empezar.
Baja como arrancando a tirones un poema de Girondo (...se tantean, se juntan, desfallecen, se repelen, se enervan, se apetecen...), como apagando la luz, como intentando ser la voz de una conciencia sabia que decidió perderse por siete pisos, apenas siete pisos en ascensor.
Baja el ascensor y adentro hay quienes suben otra vez senderos impensados. Se quieren acelerada y torpemente. Sueltan a volar las ganas, que son como pájaros en bandada, enjaulados para no alborotar la cabeza o el corazón. Las ganas que no saben de otra cosa más que de ganas, que son cien por ciento arrebato, que nunca se encargan del día siguiente.

Y cuando todo parece que empieza, es el final del viaje. 
Y nada importa si ese viaje fue para ellos uno que terminaba en el mar. Nada importa si ahí dentro ya era otra estación, si eran más jóvenes y más hermosos, si venían sencillos y sin pasado, sin cuentas pendientes, sin aclaraciones ni notas al pie.
Lo mismo da ahora que el ascensor ha tocado la tierra. Ahora que afuera es otra vez de día y la ciudad los espera, despegados, separados, cada uno por su vereda y, en la esquina,  dos rumbos que ni suben ni bajan, dos rumbos que no viajan en ascensor.


Deseo by Juan Carlos Baglietto on Grooveshark


domingo, 26 de agosto de 2012

Historia de una fiebre

...Y un trovador cantando de fiebre...


Empecé por sentir la presión muy baja en una esquina, una precisa esquina de esta ciudad. Hubiera quedado ahí tirada de no ser por alguna mano amiga que me atajó el desmayo, me sentó en un banco de la plaza, me puso un grano de sal gruesa bajo la lengua, y me prestó su pañuelo.

Eso fue al principio. Era un mes de esos que se le escapan rápido al calendario y se llevan consigo al año entero, de un escobazo, para dejarlo bajo cualquier alfombra.

Después empezaron a amanecerme los moretones. Todos los días el espejo me descubría uno nuevo: cerca de los talones, al borde de los ojos como el peor knock-out, en las rodillas y haciéndole un aura morada a mi ombligo. 
No había hielo que me los bajara: se iban cuando querían, cambiaban de lugar en mi cuerpo y yo rogaba porque la próxima vez fuera al menos debajo de la ropa, así por la calle nadie tenía que ver mis morados vergonzosos.

Cuando tuvieron a bien amainar, otros fueron los problemas.
La piel se me rebeló otra vez, pero esta vuelta, lloró rojo y fue manchando detrás de mí todos mis itinerarios por el barrio, sobre el colectivo, a la orilla de los escenarios y en las mesas de un bar.
Se me abrieron raspones y heridas que parecían venir de ninguna parte. La sangre me brotaba desorientada como si ella misma no entendiera bien porqué. Se me hizo charco al borde de la cama, en el lavatorio, y saliva en mi boca, ahogada en mi propio líquido vital.
Me llené de curitas y gasas. Me volví una especie de momia ridícula con eventuales manchas coloradas mal absorbidas, luciendo mi mejor cara de tristeza mal disimulada.

Fiel a mi costumbre de morir antes que sucumbir a la mano de un profesional, nunca consulté a ningún médico, y seguí caminándole a la rutina su día miércoles, su cobarde mitad-de-semana, su ni fu ni fa tan poco lunes, tan poco viernes, tan vacío.
Seguí a pesar de los nuevos malestares, no por eso demasiado novedosos y hasta casi diría que qualunques, a saber: gastritis, retortijones en el vientre y en el pecho, calambres, fuertes dolores de cabeza, sueño constante y profundísimo.
Me dormí sobre los libros que tenía que terminar de leer con urgencia, y no había quién me cerrara los ojos cuando eran las cinco de la mañana y había gente que se levantaba responsablemente a vivir, mientras yo fumaba desde el balcón y no me salía ninguna canción.

El frío comenzó a arreciar y se llevó mi voz. La afonía hizo que me comunicase con los míos por señas que no siempre me podían entender. No me alcanzaron las bufandas y me enfrié del todo una noche que aún hoy cuando recuerdo me quiebra los huesos de un escalofrío.
Desde entonces, me entró una fiebre que me guardó en casa con las sábanas hasta la nariz. 

De tarde, y en sus horarios libres, iban a verme mis amigos. A veces, cuando abría por un momento mis ojos guardados hacia adentro, me encontraba con la escena dulce de todos sus ojitos a mi alrededor, con gestos que iban desde la ternura hasta el terror.

Y es que, no es de sorprender: yo vivía en otro planeta, consciente de todo lo que pasaba en éste, pero con pocas ganas de salir a verlo. Por momentos deliraba cosas entre sueños, decía un nombre, una anécdota, una canción. 

Me contaron algunos, los que se quedaban algunas noches haciéndome la guardia, que con los ojos cerrados yo hablaba en presente de un futuro imperfecto, que lloraba de dormida y siempre repetía que ya no había nada para escribir.
Otros, los más pragmáticos, me acercaron a los mejores médicos. Y así, sin moverme de mi cama, me auscultaron, me hicieron sacar la lengua, me apretaron las muñecas, me preguntaron por enfermedades crónicas en la familia, y se fueron, sin respuesta alguna para mis males. 

Entonces hasta mis amigos más pragmáticos tuvieron que aceptar lo que ya sabíamos todos, hasta yo, en mi febril delirio sin sentido alguno. Que mi enfermedad era una malasangre, una pelea con las estrellas, una tristeza de autoboicot, un malhumor de partido perdido en tiempo suplementario, y un montón de canciones enganchadas que no terminaban de salir, y un montón de palabras envenenadas que para sanar debían quedarse ahí, veneno que es su propio antídoto y no se entiende porqué pero así es.

Alguien dijo entonces que yo parecía ese viajero del tango del polaco, que no implora, que no reza, que no llora...Y no se animó a terminarlo de cantar. 
Por eso fue que pusieron todos manos a la obra en las estrategias para mi curación.
Inventaron noches de sábado cualquier martes, e hicieron de mi habitación un bar de lucecitas tenues, donde da gusto quedarse hasta altas horas de la madrugada charlando y compartiendo borracheras. Me mojaron los labios con un buen tinto y me tiraron la lengua. 
Me contaron historias de esas que hacen explotar las carcajadas con dolor de panza. Le devolvieron el tango a mis oídos secos de silencio. Y la bossa. Y la trova y el rock and roll.
Me dibujaron con los dedos la sonrisa y me señalaron otra vez el huequito que se me hace del lado derecho de la boca, cuando lo hago sin moderación, con premeditación y alevosía.
Me enseñaron otra vez a cantar, sacando con la grúa perseverante de su afecto, mi voz mal estacionada, atascada, allá al fondo de mi garganta, casi a la altura del pecho herido.
Me ataron una birome a la mano y una mano a un cuaderno y el cuaderno al cabezal de la cama, diciendo algo así como que 'en cinco minutos, queremos un verso que nos haga vibrar'. Y escribí de fiebre y de hartazgo y de espanto y hasta de amor. Escribí como cuando aprendía a hacerlo, como la primera vez, un verso sencillo, en donde les agradecía  que ataran mi corazón a sus manos, para que nada le faltara.
Me devolvieron la guitarra, la trajeron a mi lado para el abrazo y la reconciliación. Me obligaron a acariciarla y a sacarle unas notas, un intento primero de canción.

Después me sacaron a empujones de mi casa, me llevaron a la plaza, al parque, a la noche, a los nuevos conocidos y a los viejos reaparecidos. 

Cuando me quise dar cuenta ya pasaba julio, yo respiraba más profundo y la fiebre se había ido. Mis amigos se me reían y ya podían decir, sin miedo a desarmarme, que exageraba, que era una llorona, que a lo hecho pecho y a cantar un buen rock and roll.

Sin oraciones ni macumbas los raspones cicatrizaban sin prisa pero sin pausa y los moretones se volvían del color de mi piel. 
La guitarra otra vez me contestaba cuando la despertaba temprano para madrugarnos juntas, las canciones empezaban a venir de otros colores, y mis delirios volvían a ser despiertos y luminosos, a mano, libres, perfumados.

La fiebre pasaba. El invierno también.




domingo, 19 de agosto de 2012

Con Circe


...Soy lo prohibido...

Otra debería haber sido la historia.

Él debería haber terminado allí su periplo con la certeza de que lo que estaba pretendiendo era un ingenuo viaje hacia el pasado, y que no hay barco capaz de salvar sana y felizmente esa distancia.
Ella debería haber desoído a los dioses y nunca dejarlo ir.

Ulises debería haberse quedado con Circe.

Mala fama tenía ella, de hechicera. Pero es, en realidad, que la magia era su único mecanismo de defensa, no había maldad en los hechizos de Circe. Y si la hubiera habido, en cualquier caso, debe saberse que hasta las más avezadas brujas pueden rendirse a un amor.
El héroe llevaba años intentando volver. Tantos, que ya ni él sabía a dónde o a qué. Itaca era un recuerdo y una promesa, y Penélope una muchachita de cuyas formas se habían olvidado ya sus manos. Ulises no era ya rey ni guerrero. En rigor de verdad, y ante todo, era un viajero, un viajero perdido con más tripulación que agallas, y un barco demasiado grande para tan poco corazón, haciendo ruido en medio del mar.

Ulises y Circe se enamoraron. O no. Quizás no se enamoraron: los mitos siempre se cuidan de usar esa palabra. Digamos mejor que se olvidaron por un tiempo del tiempo mientras se descubrían; que cuando se enredaron por primera vez rugió el mar; que se confundieron sus sombras y se hablaron en dialectos que el mundo antiguo todavía no había inventado; que hicieron el amor con prisa y con descuido y tuvieron hijos como una manera de asomarse juntos al futuro.
Digamos que algo de ella le hizo deponer la armadura, y que sus ojos de venir de lejos le enseñaron de magia a la hechicera más grande de toda la mitología.

Pero lo que fuera que haya sido, no bastó. Ni todo el amor del mundo (o no, el amor no, pero elijan la palabra) hubiera alcanzado para derribar tanta tradición : los héroes son héroes y como tales deben volver a la casa de siempre, a la mujer de siempre, al venturoso futuro que ya está trazado para ellos. Tenía él que hacer lo correcto y atarse de pies y manos a la costumbre de compartir cama y reino con Penélope, y volver victorioso de la más larga y absurda guerra, y contar las hazañas en que casi se le fue la vida. 
Los héroes no eligen cómo seguir su camino, los dioses lo hacen por ellos, grandes marioneteros de todo lo que en el mundo se mueve. Nada pudo hacer contra eso el mortal Ulises.
Tampoco eligió Circe dejarlo ir. No cuenta el mito que, al verlo partir, lloró como si la tristeza de todo el mundo se le hiciera costura en el alma. Ni cuenta que tuvo ganas de matar y mató, con venenos y embrujos terribles, a todos los hombres que intentaron tenderle una mano en apoyo, o besarle las cicatrices para hacerla volver a este mundo en que había quedado sin Ulises y sin día siguiente.

Luego todo siguió pasando. Y la historia es como la conocemos.
Penélope es la mujer más fiel y más paciente de todas, Ulises es el héroe más constante y cabal de todos, y ése es el final más feliz y más apropiado para ese largo viaje, por dentro y por fuera, que hoy entra en casi todas las currículas de literatura del mundo.

Pero a mí me deja un gusto amargo. Yo creo que se equivocó la mitología. 
Ulises debería haberse quedado con Circe. Así, sin mucho conocerla o por conocerla más. Debería haberse desatado el designio divino de los talones y, por una vez, desafiar al cielo; crecer de golpe, amar más despacio, sentir el hechizo.

En fin, yo no soy el aeda y este cuento hace mucho se acabó de contar. Sin embargo a veces pienso que, más que el encanto de las sirenas, en lo que pensaba Ulises esa noche bajo el agua, era en Circe. En Circe cuando, aún sabiéndolo ya ajeno, le contó al oído cómo salvarse de ese canto, y otros secretos que en ese espacio entre su boca y su oreja quedarían para siempre.
Yo lo sé. Ulises en ese momento pensó en Circe, aunque a eso nadie lo cuente.

Y siempre que los imagino juntos están, rompiendo espacio y tiempo, bailando un bolero que habla de las cosas que no deben ocurrir.


Soy Lo Prohibido by serrat on Grooveshark


miércoles, 11 de julio de 2012

Aquí ya es otro lado



¿Cuántos lugares serán los lugares a los que no habremos nunca de volver?


Yo voy por todas partes haciendo memorias y tactos, haciendo besos secretos y perfumes escondidos. Voy haciendo rebotar mi voz por los huecos por donde cabe y se infiltra y se hace piel, si me dejan, si me dan tiempo.
Pero yo sé, esta baldosa que hoy tan gentilmente le hace un lugarcito a mis pies, un día no será más que otra baldosa cualquiera en donde, alguna vez, alguien alguna vez parecido a mí, fue a posar su pie.


No es difícil  verlo, el tiempo da todos los argumentos. Hay casas que son un muerto porque dentro de ellas se respiran cosas muertas y el que entra, sin darse cuenta, se va muriendo un poco. Me ha pasado de entrar en habitaciones en donde ya no hay más flores y, en cambio, el aire está viciado de algo parecido al espanto.  El cuerpo, entonces, se retoba, los pulmones se pegotean de alquitrán, y algo como un golpe seco en el centro del plexo solar nos hace salir corriendo.
Afuera, el mundo vuelve a pertenecernos. Volvemos a los lugares nuestros de hoy, los que nos bailan en la mirada, los del buen augurio, los de las canciones enamoradas, los que vienen con el sol.
Pero hay que estar atentos para no entrar ni recorrer, ni hojear ni hacer parada, ni desvestir ni dibujar, ni cantar o nombrar los lugares viejos. Son el terreno de una sombra, un mal signo, el resumen del tiempo desperdiciado. 
No hace falta ni ponernos metafísicos, hasta un nene sabe la verdad de la milanesa: hay lugares a los que, aunque volvamos, no volveremos nunca más.


Me acuerdo de cuando volví a la escuela, casi diez años más tarde. No encontré más que un espacio conocido, unas cosquillas compañeras, unos pasos que me sabía pero que ya no eran más los míos. Lo único que vi fue a una adolescente de guardapolvo blanco y pintitas azules, que me sacaba la lengua desde el reflejo de uno de los ventanales que ayer solía mirar desde adentro.
Me sacaba la lengua con esa cara que tan bien le conozco, la del 'vos no aprendés más'.
Es que ella ya escribía entonces, en sus hojas Rivadavia, con letra despareja, aquella frase de Dolina: 
''...es por eso que debes saber que sólo regresa el que nunca se fue".


Por eso, mientras me hagan un lugarcito, yo me quedo en todos lados.





lunes, 7 de mayo de 2012

usted de mí



Y usted qué sabe ahí, tan parado en la vereda. 
Qué sabe usted con su camisa tan abotonada hasta el final, con su puntualidad y su agenda apretadísima y sin borronear. Qué puede saber usted y su sonrisa a plazo fijo, usted y su verdad agarrada con alfileres, usted y sus circunstancias de gente grande, entera, resuelta y llena, empachada de tanto mundo.
Qué sabe usted de mí.


Qué podrá saber de un derrumbe, de un ruido, de un raspón. Qué sabrá de las noches sin dormir, de exorcizar una pesadilla nombrándola de mañana, de las grietas en la pared, el calambre, el pie izquierdo, la garúa de los desabrigados.
Qué sabe usted de mí, de las pelusas en mis bolsillos, de mis libros de hojas arrancadas, de mis rompecabezas de piezas perdidas. Qué sabe de mi amor por lo que viene fallado, de la chuequera de mis piernas y mis sentimientos, de mi letra sin clasificar, mis borradores, la escritura fragmentaria y edulcorada que a veces me habita. 
No tiene idea usted de esta mala salud de hierro, de la canción miope, de la sonrisa del revés. 


No lo sabe y no lo sabrá nunca. Tampoco ellos, aquél, los de más allá arriba. 
La única cima que conozco es la de un suspiro. Desde ahí he visto cosas que no le puedo ni empezar a contar. Es ésa la única altura a la que puedo aspirar. Es corta, es poca, es breve. Hasta allí se llega sólo a caballo del amor y otras pasiones y cuando ocurre que se está allá, en la punta de un delirio, las cosas se calman, el mundo se amansa y dan ganas de acariciarlo hasta que todo duerma. Desde allá arriba, los ojos se me inundan de afuera hacia adentro y la noche es un rincón prohibido del corazón.


Todo lo que está torcido, roto o del revés, vale esa cima esporádica y pequeñita. Todo el desastre cabe en dos minutos de pasión y de pasiones varias. Mi mundo es un caos de penas y de rabias, pero con promesa de humanas alturas, de besos secretos y cuentos diferentes para contar.


Pero a eso usted nunca lo sabrá...

jueves, 19 de abril de 2012

Como todos saben

Se conocieron en un descuido. 
O casi. 
Se vieron de casualidad, eso sí. 
El resto estuvo hecho de los empujoncitos que cada uno dio. No es difícil, hay gente que, de a ratos, tiene rueditas, la empujás y se mueven a donde quieras.


La primera vez que hablaron a él se le derritió el hielo en el vaso y ella tuvo problemas para recordar datos y cifras. No quería decir nada, claro, casi nada quiere decir nada en estos casos y el que crea lo contrario será probablemente el más iluso de su barrio.
Como nada quiso decir nada, todos los sabemos, las cosas siguieron con su habitual sinsentido, su pobreza de palabras y su aburrimiento de domingo por la tarde.


A él le picaba algo en el pecho que, psicólogo mediante, interpretó como unas ganas peligrosas de seguir su sombra, de encontrarla por ahí, de decirle alguna cosa que nada quiere decir (como casi siempre, es igual), digamos que porque sí. Por eso fue a buscarla otra vez, a ella. 
A ella, que le gustaba decapitar margaritas, jugar al ta-te-ti-suerte-para-ti y nunca ocuparse del todo de lo que dijeran los de más allá. A ella, justo a ella, que era una señorita un poco cansada de cansarse, pero con mucha curiosidad.


Entonces fue que la segunda vez que se vieron empezó a oscurecer. Sucedió que fue de noche, cada vez más de noche, y que hubo una mano tembleque pero decidida, siempre más decidida. Y pasó que sus piernas, sus ojos que revuelven. Y fue que hubo tiempo de adivinarse debajo de una camisa, y después prescindir de todo, hasta del nombre, dormido e inútil sobre la mesa de luz. Pasaron gritos mordidos en la espalda, ardor de suspiro, y la transpirada carcajada que no se sabe esconder.


Mientras miraba al techo, identificando formas en las manchas de humedad, sintió que el escozor de antes empezaba a pasar. De a poco el pecho, o lo que fuera que viajara ahí dentro (dicen que 'el bobo' pero, es sabido, en estos casos casi siempre se habla de más) empezaba a aquietarse. Su sombra era ahora ese cuerpo palpable que latía contra el suyo: ningún misterio en un cuerpo desnudo, como todos sabrán bien, nada que desvele, nada que maree. No pudo más que dormirse en cierta gloria express, y aunque eso nada quiera decir y de casi igual, ella también se durmió, acurrucada en el pecho más quieto del hombre más callado de esa vereda, esa noche de algún mes.


Cuando se despidieron, en una puerta que no era la de ninguno de los dos, nadie se deshizo. Tuvo la mañana el color que suele tener y en la esquina ningún niño tropezó con una flor hermosa y extraña nunca antes vista. 
Entera, como suele quedar la gente aún después del amor más apasionado, siguió cada uno girando, en el cuerpo el recuerdo de un buen rato que hubiera sido de idiotas hacer durar.


Y nada tuvo porqué cambiar de rumbo. Nadie se perdió camino a casa, ni tuvo antojo de volver lo andado por pedir un número de teléfono. Como todos saben, no hay nada ni parecido al amor en pensar de vez en cuando en un tacto preciso, en el recuerdo difuso del color de un calor que sube por la espalda, o en la posibilidad de haber intercambiado unos cuantos números tan fríos como olvidables. 
No duele más ni menos la vida desde que ellos decidieron no repetir el impulso de enredarse.
Cosas,todas, que poco y nada significan, y da igual que así sea, qué más da.




Y no sé a qué va el cuento que acabo de contar. Probablemente no sirva de nada y nada quiera decir (si se ilumina, ¡dígamelo usted!).
Como todos saben, yo siempre cuento por contar.



domingo, 25 de marzo de 2012

Tan pero tan



Era tan pero tan frágil, que en la misma mirada reflejaba fragilidad. Cuando te ponía sus ojos encima, te volvía vidrio y a larga, pero a la corta, te quebraba en mitad de una calle.


Era tan pero tan frágil que construía castillos en el aire, mundos inventados que nadie más se quería creer. Flores de un día, burbujas de bañadera, palabras que son duda antes incluso de dejar la boca.



Tan frágil era, créame usted, que se rompía al tacto. Un soplido, tenue, de los míos, le torcía la piel. Unos versos bien puestos causaban derrumbes en su estructura de papel manteca.

Cuando afirmaba, el sí se le desarmaba en las manos. Cuando decía que no era a tirabuzón.
Nada duraba a su costado, las cosas se deshacían, se diluían, se perdían como un dibujo en el agua. Todo pasaba como desde arriba de un tren. Así miraban sus ojos, y así veían lo que querían ver, hoy sí, mañana quién sabe.


Probablemente venía con advertencias de fragilidad, como las cajas de cartón que viajan sobre el mar. Ocurre que, por miedo a romper el hechizo, nadie mira la letra chiquita, o casi que ninguna, en realidad. Y luego, cuando decide uno ponerse los anteojos, ya está envuelto en carnavales ruidosos con coloridas máscaras de cera que irán a deshacerse de mañana, cuando vuelva el sol.


Verá, se trataba de una especie de extraño Midas: a su paso, iba convirtiendo todo en cosas que se rompen, que se quiebran, que no pueden durar. Vidrio. Papel. Aire de bocanada. Luz intermitente. Incluso uno mismo a su lado se volvía borroso y se iba desdibujando de a poco. Porque la verdad es que la fragilidad es un espejo donde nunca conviene mirarnos: sin entender cómo, nos volvemos su reflejo a pesar de que sabemos que el mundo no es de cartón ni el futuro tan difuso, ni todo tan leve, tan bobo, tan ni chicha ni limonada.


Entiendo que le cueste hacerse a la idea, pero se lo juro por el nombre que tengo y las cosas que se quedan, era así tal cual le cuento, tan real como usted y yo.
Pero, bueno, ya sabrá cómo son estas cosas, lo frágil se nos hace polvo en las manos y en un abrir y cerrar de ojos ya no es nunca más lo que era: los castillos se derrumban, las burbujas explotan y las flores se secan sin más. 


Lo que intento decirle, al fin, es que era tan pero tan frágil que era mentira. Nada tenía de cierto un mundo que no terminaba de empezar y ya se acababa. Ninguna verdad, pesada verdad, cabía en una boca tan frágil, tan vidrio, tan viento, tan quién sabe. Eso de vender gato por liebre, ¿vio? 
Era mentira piadosa, blanda mentira que se desarmaría de intentar ser cierta, que de decir se quedaría sin voz, que de hacer terminaría por quedarse inmóvil. 
Pero mentira al fin.


Un día se hizo cada vez más aire y se perdió, en un 'plop' chiquitito que, de tan frágil que era, no sé si fue o creí oír.


¿Yo? 
Siempre he sido frágil. Luego supe otras cosas, firmes, llenas, ciertas como el piolín de un barrilete. Supe barcos de papel con una fragilidad sana de certeza y manos temblorosas que no pueden mentir.
Siempre he sido frágil, mire usted. Pero nunca tan pero tan. Nunca así.
Y con esa semi-fortaleza me despierto a los días más claros, tan pero tan de mí.