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miércoles, 30 de mayo de 2012
A nadie nunca nada
Sucede que a veces los años se me amontonan en la boca.
Me acuerdo de las cosas que no dije quizá por sentir que el silencio iba a volverlas olvido.
El silencio a veces hace por mí esas cosas. Pero, otras, mastica sus secretos con tanta fuerza, que es un grito sordo que se me aparece en los sueños y, con esas mismas manos que ya no me envuelven, me aprieta la garganta con tanta fuerza que, después de una honda bocanada, empiezo a escupir un par de recuerdos.
Y entonces empiezo a sentir en voz alta todo eso que no dije.
A nadie pude contarle, por ejemplo, del reborde de su sonrisa. A nadie pude decirle 'mirá que cuando sonríe se derrumban los techos de todo el barrio', que su perfume es trágico y cuando camina va dejando firuletes que enredan mi nariz y el corazón que va detrás.
A nadie pude dibujarle el trayecto que hacía yo hasta su casa, que siempre me quedaba tan lejos. A nadie le hice el croquis de mi amor de zapatillas gastadas. El mismo croquis que, sin saberlo o sabiéndolo muy de refilón, era mi mapa más confiable por los tiempos aquellos en que estuve perdida y sin lengua que me salvara.
Tampoco dije cuando dijo que no servía yo para escribir de amores, y entonces me desafió a un poema que le ganara el corazón, y a mí se me hizo chiquitita la voz y cortas las manos y tuve que perder, otra vez tuve que perder sin poder demostrarle que algo, algo aunque sea, tenía para decirle. Demostrarle que estaba hecha de golpes pero también de ternura, y que en mi boca de putear policías y gritar banderas y consignas, cabía también, tan cómodo, el beso demorado y un calor capaz de derretir segundas intenciones.
Nunca conté de cómo tuve fiebre la noche antes de partir: yo, todo el futuro por delante, 39 grados en la frente y su tacto, empezando a despegarse de la memoria de mi abrazo.
Jamás lo dije porque, de haberlo hecho, tendría que haberme reservado un lugar del día para lagrimear su ausencia que corta como un julio de madrugada. Y contar que me caí muchas veces de ese avión, y a bordo de una nube esponjosa hice el camino inverso, para que volvieran los pájaros a revolotearme la mirada enamorada.
A nadie, y esto me pesa, a nadie pude decirle que extrañé las historias que me contaba, porque a nadie dije que me habló de cosas sin nombre y otras de nombres muy sencillos, cosas que a algunos se les pasan de largo: de las vidas que ya tuvimos, de la luna y las mareas, de Ofelia flotando en sus ojos de agua verdosa.
Todas cosas que hoy se me han hecho material del sueño y por ahí se me aparecen, cada tanto, guiñándome su nombre por sílabas que ordeno como un juego, por si lo junto y un día quiere venir a reclamarlo de mis manos.
Yo, que repetí moralejas hasta el cansancio, no pude decir ni una sola vez que cuando estaba tan cerca de mí, me temblaban los arpegios de la guitarra y una mariposa, volando en francés, iba a posarse sobre el clavijero. No pude decir que quise ser más grande, más sabia, más sana y haber leído hasta el más ínfimo punto del último libro de la biblioteca de Babel, para interesarle profunda e inexplicablemente, como un capricho o el primer atisbo de una pasión.
No conté que fue mi peor invierno y mi mejor abrigo; que me llevaba las manos a su cicatriz para que sintiera latir ahí debajo la vida y los tropezones que cargaba con orgullo; que creo que me quería, peligrosa y cuidadosamente, para no espantar mi amor sin papeles, a punto de ser deportado; que creo que yo también, secreta e instintivamente, como movida por un viento venido de muy lejos.
A nadie le dije que tenía mi amor forma de cuento trunco, algo de verdad y algo de invento.
A nadie, nunca, hablé de lo que escribí en las últimas hojas de los cuadernos. Su nombre, las veinte versiones del poema del desafío que perdí y, más que una, casi más que muchas canciones desesperadas, rengas de una pata y de versos chuecos, para sus oídos distraídos y lejanos.
A nadie pude decirle que estuve a punto de un delirio. Que me paré en esa cima, sollocé una carcajada por el tiempo, mi tiempo, que fue el suyo también, que le tiré un beso así, a la marchanta, di media vuelta, y me fui.
Es que, así fue: le dejé un beso del lado más suyo de la mañana, eso es. Y, debe ser, que ahí se me quedaron todas las palabras.
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De amores y desamores,
Las cosas que no te supe decir
martes, 2 de agosto de 2011
Buscame en tu espejo
A veces el invierno viene con siestas regaladas: son las horas del día en que no hay que inventarse el calor, viene solo. Y a mí me busca en un banco de la plaza, uno solo, que es mi banco de pasar la siesta.
A veces, la siesta al sol viene con otras sorpresas. Como la de ayer, camino a mi banquito, cuando el sol empezó a parpadearme luces, aureolas de colores, reflejos intermitentes.
Eran cristales rotos entre las cáscaras de mi mandarina. Eran espejitos brillando de tarde, resortes a dónde iba a impulsarse la luz para repartirse, para quedarse.
Dicen los magos, los niños y algunos poetas que los espejos son ventanas de mirar y que nos miren, ventanas que separan tu mundo del mío, uno a cada lado del cristal.
Yo no creo en casi nada. No tengo varita, ni una pluma de poeta. Los años me han visto correr detrás de la niñez, llegando siempre tarde a despedirla.
Pero, por las dudas y por el acaso, me llevé un espejo. Uno chiquito, del tamaño de mi puño. Porque estos espejos no pinchan ni cortan y, en cambio, quizá sanen un poco.
Lo tengo en un cajón y es lo primero que miro de mañana.
A la siesta lo saco al sol, lo espío. Quiero ver si te veo del otro lado, si me ves, a mí, haciendo lucecitas de colores en tu siesta.
Quiero ver si nos vemos mirándonos y todo, todo, cabe en un espejo.
lunes, 4 de julio de 2011
Mi canción prohibida
Será de tanto cruzarte
en los pasillos del sueño
que te silbo despacito,
que te escondo en el bolsillo
y así te llevo.
O que te escribo siempre
sobre papel mojado
que ensayo despedidas,
que parcho las heridas
y sigo andando.
Me olvido que te debo
el que hayas despertado
en mí la fe en la luna y su remanso.
Me olvido que el azar teje sus lazos:
nos une la ternura y algún abrazo.
Mi boicot,
mi canción prohibida,
las cosas que me entierro
diciendo que aquí adentro es cosa mía.
Mi rumor,
mi cuota vencida,
los huecos de un destiempo
la posibilidad de que ande suelto tu amor
y llegue el día.
.....
Será que nunca quise
la paz de un recoveco
y que prefiero el grito
pelado de decir
'yo aquí te espero'.
Será que me divierto
jugando a hacerte versos:
te ayudo a amanecer,
te pido me llevés
sobre tu viento.
Me olvido que hay un tiempo
y que hay un espacio
y ese complot nos rompe sin reparo.
Me olvido que el azar tiende sus lazos:
nos une la ternura y algún abrazo.
Mi boicot,
me canción prohibida,
las cosas que me invento
por entender que a veces es la vida.
Mi estación,
mi tregua escondida,
la historia de lo incierto,
la posibilidad de que ande suelto tu amor
y llegue el día.
en los pasillos del sueño
que te silbo despacito,
que te escondo en el bolsillo
y así te llevo.
O que te escribo siempre
sobre papel mojado
que ensayo despedidas,
que parcho las heridas
y sigo andando.
Me olvido que te debo
el que hayas despertado
en mí la fe en la luna y su remanso.
Me olvido que el azar teje sus lazos:
nos une la ternura y algún abrazo.
Mi boicot,
mi canción prohibida,
las cosas que me entierro
diciendo que aquí adentro es cosa mía.
Mi rumor,
mi cuota vencida,
los huecos de un destiempo
la posibilidad de que ande suelto tu amor
y llegue el día.
.....
Será que nunca quise
la paz de un recoveco
y que prefiero el grito
pelado de decir
'yo aquí te espero'.
Será que me divierto
jugando a hacerte versos:
te ayudo a amanecer,
te pido me llevés
sobre tu viento.
Me olvido que hay un tiempo
y que hay un espacio
y ese complot nos rompe sin reparo.
Me olvido que el azar tiende sus lazos:
nos une la ternura y algún abrazo.
Mi boicot,
me canción prohibida,
las cosas que me invento
por entender que a veces es la vida.
Mi estación,
mi tregua escondida,
la historia de lo incierto,
la posibilidad de que ande suelto tu amor
y llegue el día.
martes, 21 de junio de 2011
Desahogo
Me encanta que no me hayas cambiado la vida, que ni se te cruzara por la cabeza; que me hayas dicho lo justo y que fueran tus palabras lo mismo que tus ojos, un ratito para mí.
Me atraen, me ganan tus salidas, que me cuentes lo de siempre de otro color. Que vengas con magia. Que seas parte de un tiempo que no fue.
Me gusta porque te me hacés canción en la garganta y entre los dedos, porque sos el eco del grito que nunca dimos, pero que suena igual.
Me encantás desde el vamos porque no hay esfuerzo ni de dedo meñique en que seas así, en que te hechicen las piedras viejas, lo ajeno de una vida que podría ser la tuya porque así de redondo es el mundo y así de cortitos, de bichitos caminantes somos nosotros.
Y porque estás detrás de mis últimas palabras de puntos suspensivos, porque soplás y vas dibujando espirales con la tinta amontonada de un intento.
Me gustás porque me has amanecido los suspiros, aunque no sepa bien de qué están hechos o cuánto durarán fuera de mi boca.
Me pierden los detalles escondidos que ya no sé si son tuyos o de quién serán. Que no seas para mí (que nunca lo hayas sido). Que vengas a llenar un espacio o a proclamar que está vacío, que falta carnaval, que falta ruido, que la duda que anuda tiene de buena esa extraña sensación de estar más vivos.
Me gusta que seas una burbujita del acierto, un recuerdo de que abajo del mal tiempo hay vida todavía. Porque me encantás sin que yo sepa bien porqué.
Y parte de la vida tiene eso, el suspiro que se me escapó por la ventanita redonda, por el ventiluz tímido, que abriste vos.
lunes, 28 de marzo de 2011
Boicot
Que me busco la excusa, que elijo el cuchillo y el lugar donde va a doler más.
No voy a decir que no es digno de mí, en mi defensa no hay nada: en toda mi vida de no lastimar a una mosca cuento, eso sí, con el terrible prontuario de haberme matado varias veces a sangre fría, bajo los faroles de la calle, detrás del invierno que tocara, más o menos crudo, más o menos definitivo.
Pero se equivocaron con esto.
No podrías ser mi boicot. No podrías porque no podría yo disfrazarte tan torpemente. El boicot es esa cosa bruta, sobre todo cuando es contra uno mismo, esa cosa bruta que se hace a manotazos, tiene la urgencia de un primer beso pero sabe a tierra y hasta, a veces, las peores veces, a nada.
El boicot no sabe a nada. Es querer hacerse el vacío. Y funciona, tiene una peligrosa efectividad.
El boicot es un impulso parecido al del suicida, pero con vida detrás, una que promete valer más la pena.
Pero no podrías ser mi boicot, no es posible. En todo caso, si tuviera que hacerlo, elegiría algo más, alguien más...Quiero decir, alguien menos, algo que no me haga sentir maquiavélica, tan desalmada conmigo misma. Alguien que me costara menos. Vos me costás un mundo...Y mirá cómo caigo en imágenes espantosas y gastadísimas: me costás un mundo. Y, así y todo, siempre te llevo en las espaldas, a upa para que no te me caigas.
No podés ser mi boicot porque los boicots se hacen con cosas que se terminan, son esa receta apurada que se hace para aprovechar el hambre y los ingredientes que se pasan. Y vos no te me has pasado. Yo no sé bien porqué.
No tenés pasta de boicot porque no me hacés daño...O, bueno, un poco, tal vez, si pienso con fuerza en un par de cosas sencillas, tres o cuatro palabras echadas sin suerte, algunos ambientes y retratos de momentos precisos. Sólo entonces algo quema, y no son las papas (quiero decir, el tiempo, ¿no?), no. Lo que quema, lo que arde es algún lugar sin nombre de aquí, de mí...
Ya ves, no podés ser mi boicot si me dejás sin palabras pero intentando encontrarlas: yo le doy batalla, los boicots ganan siempre, su triunfo es cantado y por robo desde el vamos.
No podés ser mi boicot porque, por un momento, por un ratito quizá, has sido mi tregua, le has dado luz al instante, como canta el flaco y como sentía Santomé por Avellaneda, según la novela que tuvo a bien hechizarme la adolescencia.
Has sido mi tregua y sin mucho esforzarte, sin casi intentarlo. No sos mi boicot porque sos algún buen motivo, de ésta y otra letra apurada, de cierta fe a empujones, del milagro de alguna media sonrisa cierta, de mi duende desvelado llamándote de noche a noche, de la mía larga y de ojos abiertos a la tuya, pasando, fría, entre unas sábanas.
No sos mi boicot. Sos el acento a mano de las cosas que no sabía decir con fuerza, las que no me creía ni yo. Sos, como quizá en el fondo seamos todos, un montón de cosas que ni te figurás ser, ni dar, ni hacer por los demás.
No podés ser esto que me invento para boicotearme porque, aunque me arrastren las olas escépticas, yo sé que no te invento, que lo que dibujo en el aire es lo que sos indefectiblemente, un secreto que pareciera que sólo yo me sé.
No podés ser este invento, ni éste ni ninguno. Tenés que haber sido de verdad.
Por las dudas, voy a deshacerme de la evidencia: voy a arrancarme la imaginación y a tirarla por ahí. Para que no digan que fue ella, no, imposible '¿cómo dice? ¡si yo no tengo imaginación!'.
Ningún boicot. Vos no podés más que ser algún viento a favor.
sábado, 29 de enero de 2011
Hay una sola cosa por hacer
Escuché una canción, muy de refilón.
Sólo me acuerdo que repetía:
'...save part of yourself for me...'
Primero vendrán los vientos. Serán millones, patoteros, sacudidores. Vientos perfumados, dulces vientos que engañan sugiriendo olvidos.
Después será el tiempo, cargado de horas, clavándonos las agujas contra el pecho. Será el tiempo que nos cruzará de brazos pero no de rumbos, que nos irá borrando los perfiles y los salidas tan nuestras (porque ahora que lo pienso, ¿cómo terminaba exactamente tu nariz? ¿cuál era la risa sarcástica, y cuál la otra, la de la ternura por lo que yo acababa de decir?) que ya no sé de quién serán.
El tiempo nos va a conformar con migajas y en pocos meses, seguramente, estaré sonriendo agradecida (no sé yo con quién) porque te me apareciste, dos minutos, en un sueño. El tiempo va a hacer que nos cambiemos por ese material tan corto, por el transparente humo del que están hechos los sueños.
Y al último, el golpe de gracia. Alguien va a contarte otras cosas, con torpeza y casi sin querer, y quizá entonces (como un foco titilando antes de iluminar por última vez) te acuerdes de mí. Alguien, sin saberlo, irá vaciando mis tinteros y va a llenarte los cuadernos con lo que yo tenía guardado para decirte a vos. Pero será su nombre el de la firma, y su mano cerca tuyo. Y cuando te envuelva en un abrazo yo no voy a estar ahí. Aunque quizá un poco sí, encerrada en el espacio entre-medio de tu abrazo; yo siempre en los bordes, haciendo equilibrio sobre un pie si hiciera falta, por entrar en el espacio que me quieras dejar, por hacerme parte de tu abrazo un ratito más de lo que nos permitan los toques de queda y las fronteras.
Y yo también me habré distraído con el paisaje y las ocupaciones. Probablemente vendrán las seguridades a empujarme para que salte lejos de tu orilla, contando hasta diez mientras me hace efecto la anestesia y me duermo para despabilarme de vos y los dos minutos de sueño y sonrisa. Y quizá yo te saque del bolsillo y algún mago sin mucha experiencia te encierre en su mano y me pida que sople, fuerte y lejos, para que ya no estés más. Como un conjuro. Pero yo no sé, nada se les pierde a los magos: en todo caso te volverá invisible, pero ahí seguirás.
Y tal vez yo le de la mano, la mano a su mano mágica, y empiece a caminar mejor, sin esta chuequera que me metiste en los pies.
Así será. Aunque me tiemble la mano mientras lo escribo, así será...Qué triste, ¿verdad? Este complot que nos parte en dos...porque tan bien hubiéramos podido ser un alivio, la carta que salva la jugada, la feliz vuelta a la primera infancia...y levantar los pies...y tirarse al sol...y no medir las distancias...y ahogarse en el vino sin que quede día siguiente...pero que mañana siempre quedes vos.
Qué triste el viento, el tiempo y las manos que vayan a tironearnos del camino que en una punta es el mío, y en la otra te tiene a vos, y al banquito de andén donde me hubiera gustado que me esperes.
Pero no tiene que ser tan grave. No, yo creo que no es tan grave. No si me prometés algo. No si podés prometerme el recuerdo, aún el más tenue: ese que no sabés en qué cajón metiste, ese que anda mezclado con las cartas que no querés volver a leer, viste, ahí dejame estar. Eso alcanza.
Haceme un lugarcito en el recuerdo. Pensame de vez en cuando, aún en sus manos, pero reservame un poquito de lo que pueda ser, bajo el rótulo tan borroso de la posibilidad.
Guardá algo de vos para mí . Cualquier cosa tuya, la que elijas, por mí está bien.
Resguardala del viento y del tiempo. Que crezca con vos. Que se te cuele de vez en cuando en el sueño y por dos minutos me veas, y yo lo vea también, del otro lado del sueño, a través de mis ojos que soñás cerca de los tuyos. Que no te sangre por las heridas, que no se vaya en un suspiro. Que no se te pierda cuando corras o salgas con apuro. Acordate que esa parte es para mí, un talle único que me queda sólo a mí, que no sabe nombrar a nadie más, y que sólo viene cuando la llamo yo.
Guardá algo de vos para mí. Cualquier cosa tuya, la que elijas: algún día de estos, quién sabe cuándo (de tiempo nunca supe ni me quisiera enterar), documento de identidad en mano, la paso a buscar.
jueves, 27 de enero de 2011
Cosas azules
Hay una primera vez para todo...
Y de ese color jamás había sentido yo.
Con vos me pasan pinceles apurados,
por encima me pasan,
y van dibujándome otro contorno.
Es la primera vez que me azulo,
estaba acostumbrada a que fuera rojo el corazón,
verde la envidia y amarilla la fiebre
del fin de la ilusión.
Pero vos me das azules,
violáceos de florcitas nomeolvides
encendidos y enamorados,
como el traje de un arlequín.
Me hacés buscarte arriba,
detrás de una nube
y después caer, en picada
azul de un susto
de la altura
y de la sensación
(casi de espanto)
de que abajo no pueda verte más.
Me hacés sentir azules,
lo que había fuera de ellos se ha teñido
o son quizá mis ojos que tienen algo dentro,
algo que me has soplado en un descuido,
cuando todavía lo verde era verde,
y lo negro, negro:
mañana siguiente,
día de ayer,
espacio no tan breve en que no estás.
Con vos me pasan cosas de color azul,
yo no sé porqué
ni qué tendrá que ver con que me suenes a bossa nova
o a un acorde invertido que conmigo suena mejor,
con que me des aires de otoño
o me vuelvas con las hojas secas de los eucaliptos
cada vez que crujen bajo mis pies.
Nunca antes me había pasado,
que el azul sea tantas cosas,
que me maree de tanto ver
y entienda por fin eso de tener que decir
'ayúdame a mirar'.
Pero no voy a cerrar los ojos.
Si azul tiene que ser,
que azul sea.
domingo, 12 de diciembre de 2010
Yo, de lejos
Esta va a ser la última vez que te escriba.
Y ya esa primera-última frase ha hecho temblar mi casa.
Pero mi decisión es anti-sismos y, a fuerzas de viejos y repetidos sacudones, ya sé que al final nunca termino por quebrarme yo. O sí, todo el tiempo, pero me vuelvo a armar.
Te lo explico, no es tan brusco como parece.
Te escribí un montón. A veces te mentí, pero cosas que poco importan: dije 'bastante' y quería decir 'mucho, mucho', dije 'a veces' y en mi cabeza yo sabía que debería decir 'varias veces al día'.
Yo no sé porqué te escribí tanto. Será que me hablaste de otras cosas, será que me contaste cuentos de otro color, que me acariciaste la imaginación. Será que me marearon tus formas, el espejo tramposo que me pusiste enfrente, la estación florida que tenías adentro derritiendo todo el blanco.
Yo no sé cómo es que tenía tanto para decirte y nunca pude hacerte ni una carta. Nunca desempolvé el corazón, nunca me salió entregártelo en mano. Jamás encontré las palabras, no hubiera bastado ni ser políglota, para hablarte me hubiera hecho falta otro alfabeto, uno que dure una tarde, uno que haga sonidos con lo que no está.
No entiendo que te quiera... ni sé muy bien cómo. Te quiero signo de pregunta. Te quiero duda. Te quisiera tanto querer. Y querer el tiempo no fue, que se me hace canción en las manos y silencio en lo que amago en decir, en lo que termino siempre por callar. Te quiero en los espacios de desamor, en la soledad sin sombra. Te quiero en la posibilidad.
No encuentro qué regalarte, cómo salvarme de tu olvido. No me alcanzan los guiños detrás de este vidrio empañado, ni tengo en la cabeza una frase que te deje pensando en que soy la que dice la verdad cortita como un suspiro, entrañable y hermosa, y en que dejarme ir puede un día doler.
Las fuerzas se me retoban. Empiezo a andar en círculos, a repetirme en los discursos y los bares, a extrañarte con cada vez menos reserva, sin que puedan explicarme porqué. Vuelvo a interrumpirme los recuerdos, a soñarlos cambiándoles el rumbo, jugando a que todo está por venir, a que nos bastan las grietas del tiempo compartido, a que eso también se hace de a dos. Prometo entonces que ésta no soy yo, que también he dado pasos al frente pero con vos eso sería mojarme hasta las rodillas y que no sé si en la otra orilla estás con una toalla y el calor para secarme el agua y el arrojo de cruzar.
Prometo que sé querer pero que fue todo culpa de un destiempo, de un apuro, de eso de abrir los ojos y que ya no estuvieras más.
Por eso es que ya no puedo escribirte. Es como desteñirme o esperar en una estación abandonada. Escribirte hoy es como cortar la tela del sueño y hacer con ella barriletes para que el viento los pasee siempre al ras del suelo.
No puedo escribirte porque es parecido a firmar papeles de aquí al 2020, y lo cierto es que este eco nunca pudo quebrar los espacios, porque sé que no me escucharías ni a los gritos ni por lo bajo, porque ésta es tinta que no has de beber.
Te escribo por última vez porque de seguir haciéndolo dilataría cada vez más el primer momento y sería siempre el beso que le da la bienvenida a todo lo que va a llegar. Tengo que cerrar fuerte el puño para salvarme de los puntos suspensivos. Tengo que arriesgar un final. Otro más, de cabeza gacha, de pensándolo-bien, de ser todo lo que no nos pasó. Pero esta vez con tanta agua bajo el puente...Con ríos negros que chorreó mi lapicera, con besos secretos, con promesas en metáforas, con canciones dedicadas que van diseñando el escenario donde sería bueno que apareciéramos otra vez.
Ésta soy yo, aunque no me veas claro, terminando de empezar.
Yo, de lejos, quitándome el sombrero, y, a qué ocultarlo, de momento también el corazón.
Yo, de lejos escribiéndote el último antojo, con mi casa sacudiéndose y yo temblando...pero sin querer.
martes, 2 de noviembre de 2010
No es eso...
No es que no espere, es la caída. Es que tu nombre se cuele en el día. Que bailes en el aire, que titiles, que te me salgas de un arpegio y ahí te quedes, mirándome terminar la canción.
No es que no espere que se abra todo, que el agua se haga a un lado, que caminemos sobre las grietas y los escombros. No es que no espere el hechizo, la magia blanca que traés del tiempo de los caballeros y las hadas, de cuando matar dragones era más difícil que quererse y ya.
No es que no te espere. Es el diccionario y el anzuelo roto. Es mi incapacidad para mirarte de reojo. Es la pronunciación de un antojo. Y que no digo. No digo porque no puedo. No puedo porque no sé. Y no sé porqué...no sé... No es que lo de todo por perdido, es que lo está, irremediablemente, cantado y pisado en un tiempo que no fue.
No es que no te espere, es que los otros. Los otros que se ríen a carcajadas o, en cambio, me abren los ojos para empezar a soñarnos de este lado de la almohada. Es que me enrollo y se me va perdiendo la punta de donde salimos, la punta afilada que me dolió a un costado, esto de verte sobrando en todos lados y que, en realidad, nunca estés.
No es que me cruce de brazos, es más bien que me desarmo, como un papelito manchado de tinta en un bolsillo bajo la lluvia. Es que me lloro para adentro y me encharco, allí donde nadie ve. Y no es que no me esfuerce por sangrar en colores más dignos de esta estación, por mentir carnavales, por festejar el azar que esta duda me comprueba. No es que no me enamore el misterio, el secreto que pintás sin querer, la víspera tímida de alguna verdad.
No es que no te busque. Es, por el contrario, que se me da por encontrarte hasta en el café. Y eso, si no duele, al menos corta...Y dan ganas de cerrar por decreto la puerta grande de la imaginación, la misma que me enseñaron a abrir de par en par para ventilar mi casa de mañana.
No es que no espere. Es que ni yo me lo creo.
martes, 12 de octubre de 2010
Hace todo ese tiempo
Parece más. A mí con el tiempo siempre me parece más, y el bastante me queda chico.
Igual, te gustará saber que no me olvido, ese es mi vicio y mi mala maña: que no me olvido nunca de nada. O sí, de algunas cosas inútiles como autores y medicamentos, como cifras y datos precisos. En cambio, en la frente tengo grabados los detalles, las palabras últimas, la forma en que me madrugaron ciertas oscuridades, tu buena estrella, los espacios para decir, llenados como crucigramas.
Te gustará saberlo, porque quiere decir que no hubo desilusión en esa primera idea que tuviste de sólo mirarme. Que soy de las de hasta el colmo. Que cuando me quemo es hasta el codo y, lo peor, después me río a carcajadas (¿qué otra cosa voy a hacer?). Que la memoria para mí es una herencia, una cajita de música que me canta y que abro siempre que hace frío.
Hace todo ese tiempo y yo me lo acuerdo todo tan bien... Las cosas se me escapan pero yo las tironeo de un hilito, hasta que duelen en las manos, hasta que cortan (y te gustará saber que cortan, ¿no? hay que ser románticos hasta la médula, en el sentido más siglo diecinueve que hay).
Hace tanto y es tan lejos que quizá no me de por llorar. Dicen que la humedad es para las cosas viejas, yo no sé. Yo lloro cuando está todo agolpado ahí enfrente, cuando se me vuelan los pájaros del pecho y no encuentro cómo atajarlos, cuando alguien da el portazo y, de golpe, ya no está. Yo lloro de repente, y esto lleva siglos escrito. Son los años, que están hechos de tinta. Siglos exagerando, digo, pero también siglos como en los libros de historia, y eso que ya tantas veces dije de somos de otros tiempos y, después del destino errante, y las marcas en la piel, como insistía la canción, después sólo te vuelvo a ver.
Y hace todo, todo ese tiempo que no te veo...será por eso que te empiezo a cruzar en los pasillos del sueño, y tenemos aventuras insólitas, como destacar en algún deporte o saber bailar (pero también aventuras viejas ambientadas en bosques como el de Peter Pan, o a punto de ser colgada en la horca de Robin Hood).
Hace todo ese tiempo que fui otras personas, quedándome aquí, adentro mío, que fue como ver la tele y transportarme sin salir de casa. Todo ese tiempo que fui dueña de ciertos momentos y de ciertos placeres. Y que fui triste. Y sola. Y que le mentí a la primavera y a mi guitarra, y canté largo rato a ver si se adelantaba la buena estación.
Hace todo ese tiempo que espero en los bancos de plaza, que han sido varias, que ha sido de mentira la madera, de verdad la sensación. La sensación de espera.
Hace todo ese tiempo que pasa el tiempo.
Donde quiera que estés, te gustará saberlo...yo sé.
Hace todo ese tiempo...y frío.
También hace frío.
jueves, 7 de octubre de 2010
Para ayudarte a amanecer
No te asustes si es que vengo tempranito
a sacudirte de la cama,
a abrirte de par en par las ventanas
No te espantes
es parte de mi estrategia
para ayudarte a amanecer.
He pensando en muchas cosas
Y es que al final,
lo que vale, cuesta,
y yo estoy dispuesta a lo que haga falta
para que conozcas la mañana
para que salgas a tu calle iluminada.
Para ayudarte a amanecer he ido soplando nubes y tironeando barcos encallados. He planeado con cuidado todo el escenario de un mundo al que te gustaría despertar.
Y en mitad de mi labor, sonrío, por si, en un descuido, te despierta todo el ruido. Y no quisiera que amanecieras de mal humor.
Fundí metales, conversé con las flores y le pedí a los azules que disminuyeran el contraste para ayudarte a amanecer. Hice alquimia de principiante, mezclé hierbas y raíces en un caldero, recé un poema de Girondo que es lo único que a mi memoria atea le cabe recordar y rezar.
Rompí malos pronósticos y brutos horóscopos en los matutinos para que no tuvieras que ver detrás del velo lo que dicen que queda más allá. Todo eso a la espera de que empieces a vivir más aquí que allí en lo oscuro, allí donde me duermo yo.
Y en cambio vos...A vos te cuesta tanto, tanto que te vas haciendo noche cerrada muy a tu pesar. Te vas haciendo noche o contagiándote de ella y decís que, como dice el tango o la novela, una sombra ya pronto serás.
Por eso vengo yo. Yo, que siempre (o casi siempre) vengo con el sol: a pintarte de colores la habitación, a encender sahumerios, a cantarte cosas en secreto para que te despiertes, despacito, y así veas todo lo hermoso que tiene esta mañana.
Yo vengo a escribirte las agendas, los bancos de la plaza y la piel. Te escribo 'despertate'...Despertate para mí. Te escribo. No sé hacer otra cosa. Es esa la luz más artificial que conozco, pero es la mía, y es para vos. Como son para vos las caras madrugadas, el silencio de esta calle, la taza de café y el olor a tostadas que te preparé. Como son para vos las mañanas, aunque no te lo quieras creer.
Yo sé que vivís del otro lado y que te pasás más tiempo con los párpados cerrados, mirándote para adentro (y con qué soltura, con cuánta precisión y con cuánta belleza mirás por dentro), hablándote en secreto. Alguien te jodió el calendario, te torció los horarios y te obligó a frenar. No te culpo, yo también me especializo en vivir en las bisagras de todas las puertas, en las grietas de las paredes, en los espacios entre medio de todas las cosas (¿te acordás de esa canción? The space between/ what's wrong and right...o algo así, no?).
En fin, no te culpo, pero no me sale más que empujarte para que salgas, para que quiebres, para que lluevas y me salpiques un poco a mí también. No puedo más que sacudirte la tierra de la primavera, esa alergia que te guarda y se parece tanto a las cosas que extrañás con peligrosa insistencia.
Ya ves, con tantas vueltas, sabrás que no miento, porque con vos la verdad es que no puedo. Sabrás que hablo en serio cuando te prometo que pienso y pienso, y haría una canción del pensamiento, que invento y fabulo a ver si encuentro cómo despertarte a tiempo.
Y es que hago lo que sea, lo que falte, lo que alcance para ayudarte a amanecer.
martes, 28 de septiembre de 2010
Piratas y anclados
Dice que quiere ser pirata.
No me extraña.
En realidad podría ser cualquier cosa que quisiera, es de ese tipo de gente: los que pueden ser tan buenos cocineros, como bomberos, como cineastas, carpinteros o vendedores de seguros.
Tiene esa capacidad de transformarse sin perderse en el camino y cuando lo cuenta, cuando habla, va dibujando círculos de colores en el aire, va creando su ambiente. Yo, en cambio, no sé hablar más que hablando.
Siempre me ha gustado la gente que sabe contar la vida a su manera, decía Lucía (y Lorenzo le sonreía, y los dos comían paella). A mí también.
El caso es que quiere ser pirata. Y aprender el español. En cualquier momento estará en mi puerta diciendo 'hola señorita!' con un parche en el ojo. Y yo me voy a reír, un poco espantada por su arrojo, por su forma de mover el mundo, de darle cuerda y que gire.
Quiere subirse a un barco y pasar el invierno. Yo, en cambio, los tengo en mi repisa, salen por detrás de los libros y de las noches trovadas en un bar. Y están hechos de papel, como estas cosas que yo digo.
No sé porqué lo cuento...Será cierta envidia de no animarme yo también al embarque. O que tengo en la cabeza musas, piratas y frases dando vuelta, y nada es cierto hasta que no lo grito donde suene mejor.
Un buen viaje tendrá.
Y en mi puerto ya volverá el agua quieta. Ya bajará la marea.
sábado, 25 de septiembre de 2010
música y cartón
Yo tenía...qué iba a tener... Nada, una cajita. De cartón y vieja, que hubiera querido musical.
Hay que decir que yo siempre quiero luces cuando es de noche, y de día extraño la sombra quebrada de la luna sobre la calle.
Pero me las ingenio, eso también hay que decirlo. Entonces, cada vez que la abría empezaba a tararear. Era como si me dieran cuerda, lenta y dulcemente, y muy bajito se oía un la ra ra rai...
No sé yo qué cantaba, mi cajita y yo sonábamos distinto según la hora del día y quién nos estuviera escuchando.
El día que lo encontré, por ejemplo, se abrió como de golpe y la música fue en colores de Caribe, cosquillas, hormigas y flores. Se detuvo por un momento la calle, sólo sonábamos mi cajita y yo, y él acercaba el oído al pecho de cartón sin saber que lo que sonaba era yo, carne, hueso y corazón. Él se acercaba a escuchar, y en el espacio de esa canción nos dábamos otra vez la mano, y era una tregua, corta pero tregua, entre ese niño y yo.
Los otros días, días más corrientes, la sacaba a pasear. La encerraba en mi mano, donde cabía tan cómoda (así de chiquitita era) y allí la dejaba hasta que empezaba a latir.
Palpitaba acelerada como después de una carrera y era señal de que había que abrirla y cantar. Bastaba una mirada, una historia bien contada, el vino derramado en los manteles y en la voz. El recuerdo de un nombre, el gusto sencillo de alguna estación, los perfumes otros de esa piel.
Esas cosas me daban cuerda. Tanta, que a veces quería cantarlo todo, y cantar incluso allá donde no alcanzo, ni con la voz ni con las manos ni aún con las ganas, estas ganas de distancia y equipajes, mis ganas locas de llegar.
¿Qué otra cosa mejor se podía hacer con una cajita de cartón y un corazón con mecanismos y engranajes al borde de la herrumbre?
Se hace lo que se puede con lo que se tiene a mano, y yo había encontrado que mi voz entraba tan tranquila en una cajita de cartón; y que vibraba, como una cuerda, al calor de las manos que la podían tocar allí donde sonaba mejor. Quiero decir que aprendí que es delicado el camino que va de la garganta al corazón, y que es hermoso, y sencillo, como mi cajita de cartón.
Así de frágil, de desnuda, vulnerable y musical andaba yo. Así andaba, dándole cuerda a mi voz.
Hoy ya he revuelto todos los cajones. Abrí y cerré mi mano varias veces, y no la encuentro. No está por ningún lado mi cajita. Ya probé llamándola con las cosas que la hacen abrirse de un salto, como esas cajas de sorpresas, resortes y bufones. Pero nada, no pasa nada.
Salí a la calle sólo a buscarlo, a él, a ver si así se me despertaba toda esa música perdida vaya a saber en qué sitio. Pero así no funciona el cuento y él nunca está donde yo siento, ni bajo las baldosas, ni detrás de la pared, ni en el camino de vuelta, cansada y sin respuesta.
Y mi cajita, perdida u olvidada o, en todo caso, tal vez traspapelada entre este tiempo y alguno que pasó.
Sospecho que se quedó lejos ¿revisaste tu cocina, el armario, los pliegues que tiene tu sofá? ¿Te fijaste en todo lo que tiraste a la basura antes de salir? Y el día que pusiste llave por última vez y las devolviste para no volver, ¿no sentiste que todo ese silencio que quedaba era mi cajita cerrada tan lejos de mí?
Me falta mi cajita, que, en francés, es como decir que la extraño porque no la tengo más.
No es tan raro, ¿verdad? ...Que allá me haya dejado tanto. Que, más que ruido, tantas cosas me hagan silencio...Al fin es cierto que el sonido no puede propagarse en el vacío...
Porque yo era también esa cajita de cartón. Era eso lo que sonaba cuando te acercabas vos; cuando recibía noticias con mi acento a través del mar; cuando era de mañana después del sueño en que mis amigos pasaban a visitarme y se quedaban, desvelados, por no verme llorar.
Te darás cuenta que me preocupa este descuido, ésta mi irresponsabilidad, el paso en falso de este torpe olvido.
...Dónde, dónde me habré dejado la voz...
...Dónde quedó mi cajita de cartón...
martes, 21 de septiembre de 2010
Pecera de tiempo
Toda el agua se nos mezcla
en la pecera
y van subiendo, lentas,
las burbujas del tiempo que fue.
En la pecera está tu mano
revolviéndolo todo
tu mano
quebrando el agua
y estoy yo,
con ojos de nena curiosa
detrás del cristal.
Seca,
y por fuera,
estoy yo.
El agua quieta
el tiempo dormido
todo cabe en una pecera.
También el espacio entre el ayer no dicho
y el hoy
con sus muecas, sus desperdicios.
Todo cabe en la pecera
también el día en que se detuvo el tiempo.
Ésta es la vida que nos toca,
vida bajo el agua.
Y nosotros,
ojos de superficie
cegados de luz de día
boqueamos pidiendo aire
y olvidamos que al fondo,
siempre abajo,
vive todo lo que nos falta
lo que no dejamos subir
y se nos hace agua en las manos.
Al fondo
al fondo, el momento
de mirarte de reojo
o no mirarte
y que todo pase
y yo no sepa porqué.
En la pecera
todos los tiempos
y una mano
removiéndolos.
jueves, 16 de septiembre de 2010
Conectados
Estoy convencida de las cosas que pasan de fondo. Tengo hermanos en otros lugares del tiempo, y a lo largo de varios espacios. Las coincidencias me asustan y me hacen llorar, porque creo en ellas con alguna seguridad, seguramente, prestada. Y quiero seguir creyendo. Quiero seguir creyendo en que al mundo tan mal no lo hicieron, que nos cosieron bien cerquita, que nos debemos compartir los momentos.
Eso que tironeaste con tanta fuerza era una de las líneas de mi mano.
Ay, mi mano... que nadie lo sabe, pero está hecha de lo mismo que la de mi abuela; será que tiene las mismas urgencias.
Fue así como te quedaste con eso que no es tan mío, que es de ella, que ahora es tuyo y quién sabe de quién más será.
Como el día en que me caí del subibaja y el chiquito que me ayudó a levantarme ese mismo día, justo ese día, había descubierto que existía tu país, y había manoteado tu ciudad en un mapa planisferio de la casa de sus abuelos.
Así nos tocamos la primera vez.
Veinte años después, me encuentro hablando de azares con mis amigos. Ellos dicen que no pueden hacerse teorías pero a medida que nos exploramos, descubrimos que fuimos al lado, en paralelo, y que ahora sólo hemos cambiado esas rectas a perpendiculares...Yo no sé de matemáticas, pero en algún número también nos habremos encontrado.
Te cuento más, hubo un día en que llovió mares y a nadie se le movió un pelo. Yo lloraba por otras cosas, y vos, vos también llorabas por otras cosas. La lluvia mía, y tu sol de verano y, mientras, todo el llanto. Lloramos y tomamos una copa de vino a la hora del último descanso.
¿No ves que está todo enganchado? Todo se mezcla jodidamente; nos une la ternura y un mundo que se rompe de espanto y nunca pero nunca se va a dormir.
Te atan a mí muchos días antes de nosotros, de todos nosotros. Venís conmigo antes que yo, antes que vos y todo este abismo.
Conocernos fue solamente reinventarnos... ¡Despertate! La vida es ese déjà-vu.
Qué me mueve sino la vuelta... He estado en tantos lados... Hoy solamente vuelvo y me creo eso de verlo todo por primera vez.
Ya existe la canción que no encuentro, y alguna noche habré dormido bajo de un escenario con tu acento y mi guitarra.
Empecé a escribir la noche que mataron a mi abuelo, la siesta en que me regalaron el primer bloc, el papel en blanco. Y todavía no aprendo.
¿No ves que está todo calculado?
¿No ves que darse la mano es tocarse hasta lo último?
Quiero decirte todas las vidas que esta vida nos ha dado.
martes, 31 de agosto de 2010
Llevame
Llevame. Llevame.
Me cuelgo de tus pantalones como los nenes y me vas arrastrando mientras te acercás a la puerta, mientras te vas conmigo agarrada.
Llevame, te prometo que me acomodo en cualquier lado. Este es un corazón que ocupa poco espacio.
¿A dónde me dijiste que te ibas? ¿A cualquier lado, a dónde sea, a la mierda de aquí? Llevame. Hasta el fin del mundo, no importa, no existe para mí el vértigo si subo de tu mano.
Llevame al primer día, a donde te escapes, hagamos ese viaje tan merecido a los espacios donde no hemos estado, donde nos vimos las sombras y completamos los blancos, cantando... How I wish how I wish you were here...
Ya escribí muchas veces el otro cielo, la imaginación no me cuesta, se quedó conmigo el día que tiré todo lo demás al suelo...y con eso se fueron días, secretos, muchos besos y ardores...Y con eso se fue mi casa y lo que de propio tenía.
La llevo también, para contártela en el camino. Pero llevame, cargame lejos del frío.
Allá, donde quieras, vamos...Vamos, de equipaje alcanza el ombligo, y el paisaje que viene enredado a los ojos. Llevame al lugar secreto, a la palabra que es mentira y que tan hermoso suena...Yo quiero ese viaje con vos, el de las cosas últimas, que serán las primeras: el paseo a la raíz de un árbol grande o a la piedra de ese templo al que no pudimos ir de noche.
Llevame a donde nunca duele. Hacé de cuenta que soy un recado, el mensaje de otro, un favor a corto plazo...Soy ese papelito sin rayar que no podés dejarte olvidado.
No sé si llegaremos muy lejos, la distancia y yo hemos cortado por lo sano: yo no la acorto, ella no me lo recuerda...Pero, quizá, con vos baje un poco la guardia y te deje correr y seas del viento y te empujen a vivir las hojas y los peces te hagan brillos en los lagos de todos esos parques allá donde te vayas...y me lleves.
Llevame...contá conmigo para hacer llorar a ese almanaque, te juro que hoy le tengo menos miedo... Que te tengo menos miedo, aunque casi siempre quede demasiado tarde o sea demasiado lejos para desandar en versos lo que de noches y de esquinas caminé.
Llevame, ¿no ves cómo te lo pido? Si me llevás me decido a ese destino, yo que no tengo ningún mapa por miedo a encariñarme de otra latitud sin ningún motivo...
Llevame, dibujame otra vez los colores, esta vez lejos mío.
Llevame a ver lo que hay de nuevo en la rutina, en otro lugar, allá donde el sol se anima.
Llevame y ayudame a darle tregua a las flores, que no las arranque de preguntas, que no las comprometa en amores. Llevame junto con el pétalo que ha dudado.
Llevame. Llevame con vos, atame a tu parachoques...Voy a hacer mucho ruido, como las latas y el tiempo que compartimos y es este alboroto adentro, que me suena tanto, que tanto tanto me quiere sonar...
Llevame...¿no ves cómo te lo pido?
jueves, 26 de agosto de 2010
Hice un sueño
Robarte fue sencillo: hice un sueño.
Y de allí en más, de noche en sueño y de sueño en otro más profundo, fui apareciéndote. Aquí. Para mí, y conmigo.
Es un poco bruto, yo sé, pero fue un último recurso. Hice un sueño porque otra cosa no pude hacer, porque el mundo de lo diurno se lava las manos o mira para otro lado y no nos deja encontrarnos en simultáneo, decirnos las cosas sin apuro y hablar de lo que vamos a comer mañana. El azar de los despiertos no se hace cargo de que podamos coincidir vos y yo.
Fue por eso que hice un sueño. Uno en que sincronizábamos nuestros relojes, y vos me dabas la hora, quizá porque yo te hablaba así como hablo siempre, en una lengua menos intermitente.
Hice un sueño de poesía, porque un día antes de soñarlo lo rimé, hablé de tu sombra y de encontrarte a oscuras...Será que es lógico que si de día te escribo, de noche no pueda más que soñarte.
Y ahí, adentro de mis párpados o detrás de ellos, estábamos de paseo, tan campantes.
Hablábamos, todo el tiempo hablábamos, no sé bien qué, no lo pensábamos, no nos deteníamos a desarmar nada, todo era un hacer, y hacer nuevo.
Pero antes era mi cumpleaños, o algo por el estilo, y me llevabas sobre un puente (no era París pero tenía sus puentes, eran esos, todos juntos) para hacerme un regalo. Me decías que era importante, que tenías algo para darme, para decirme, algo que era mío. Y me llevabas de la mano, con urgencia porque estaba por llover, pero para agarrar la lluvia más que para evitarla.
Una vez en el puente me regalabas no sé qué palabras que tenías en un machete de papel de servilleta. Pero antes de que terminaras yo te daba un beso, uno inocente, uno de jardín de infantes. A ojo y sin cálculo te daba el beso del lugar exacto, uno al borde de la boca, tímido como esa lluvia nuestra, como tu papel de servilleta y como yo.
Hasta ese momento duraba el día o será que mi beso aproximado hacía la noche. El caso es que de ahí en más nos la pasábamos corriendo. Nos escondíamos en los zaguanes, en los callejones y era todo una película en blanco y negro,de la mano y entre abrazos.
Nos reíamos un montón vos y yo, porque teníamos un secreto aunque fuera a voces, y nos escondíamos para que no lo supiera nadie. Y yo no salía del asombro de saber que mi secreto era también el tuyo.
En fin, ahí está, ya lo dije. Me da un poco de culpa haberte raptado así, haberte sacado a empujones del sueño que por tu cuenta hiciste, al tuyo que habrá tenido otros besos o menos puentes o algo menos improvisado que una servilleta de papel.
No te ofendas si te robé una noche. Solamente hice un sueño, que nada tiene de nuevo y eso siempre se rompe cuando le da el sol. Que eso de ser en blanco y negro y escondernos es mentira, como mi beso exacto y correr a donde la lluvia cae mejor.
Hice un sueño, uno o dos. No hay nada que hacer, es parte de los días y de estar despiertos cuando no somos dos... Qué más puedo decirte...que el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.
sábado, 21 de agosto de 2010
Tu sombra
A tu sombra
rompen fila los soldados
y yo te hablo
políglota
un poco en cada cosa
'¿en cada cosa?'
sí, en cada cosa
un poco en la tierra
un poco, poquito,
en los diarios
y otro poco en la puerta,
cuando te digo chau, nos vemos
(que no lo sé pero lo espero)
y nos vamos a dormir.
A tu sombra,
quise decir,
todos descansan
y siempre hay paisajes
que nadie conoce
aunque a veces es París
o tu sillón
todo eso que tan bien me sé.
A tu sombra,
no te cuento,
pero a veces me duermo
y me despierto oscura
de tu ausencia
oscura y sin techo
a tu sombra
que hace lunas
me duermo yo.
martes, 3 de agosto de 2010
Lo que hacés conmigo
Un paraguas. Y en el paraguas, una gota. Una gota que va cayendo, que se desliza, y es un paraguas llorón. Todas las lágrimas han ido a dar allí, pero se llaman gotas, o se llaman lluvia. Y eso de arriba, el llorón de arriba, es el cielo gris.
Eso es lo que hacés conmigo, ¿lo ves? Me das paraguas que escribir. Me hacés pensar en la lluvia y en los llantos que chorrean de ese semi-cielo, de ese techo individual que es el paraguas, del no mojarme yo y que vea el resto...
También hay otras cosas, misterios de una espalda, firuletes en las palabras, lo que habrás querido decir. Es lo que hacés conmigo, que aún me lo pregunte.
Hoy cuesta verte tan claro. Antes era más fácil. No sé cómo leerte, ¿qué letra primero, cuál sílaba después?
No me sirve lo que aprendí en el primer grado. Entonces bastaba mirar para leer, y querer decir para escribir. Hoy no sé cómo alargar mis ojos, cómo detener lo que rebalsa de la boca.
Es lo que hacés conmigo: dejás inútil la escuela, me anulás los seis años o allá me dejás otra vez, flotando en una sopa de letras.
Vuelvo al paraguas. Un petit coin d'paradis...¿Te mostré a Brassens? No estoy segura. Es probable que ya lo conocieras: no es precisamente un hallazgo mío.
Tenía algo de ángel, dice la canción, y después se pierden, no se ven más.
Hasta ahí la canción, la vida es siempre un poco más ambiciosa. Nos seguimos encontrando, nos prestamos ratitos mientras decimos que nos ponemos al día y hacemos planes que a mí me saben igual de sólidos que la novela imposible esa que quiero escribir: es fantástica por donde se la mire, pero no existe, no es.
No sé porqué pienso en paraguas, o en espaldas o en palabras torcidas cuando pienso en vos. Es lo que hacés conmigo, que escriba. Y es lo que decís que te hago a vos: te miento que escribiendo se está mejor. Y me hacés caso pero todavía no leo qué cosas hermosas salen de todo eso. Todavía no te leo.
En cambio, te espero.
Siempre te espero.
Y es eso lo que hacés conmigo.
Eso es lo que hacés conmigo, ¿lo ves? Me das paraguas que escribir. Me hacés pensar en la lluvia y en los llantos que chorrean de ese semi-cielo, de ese techo individual que es el paraguas, del no mojarme yo y que vea el resto...
También hay otras cosas, misterios de una espalda, firuletes en las palabras, lo que habrás querido decir. Es lo que hacés conmigo, que aún me lo pregunte.
Hoy cuesta verte tan claro. Antes era más fácil. No sé cómo leerte, ¿qué letra primero, cuál sílaba después?
No me sirve lo que aprendí en el primer grado. Entonces bastaba mirar para leer, y querer decir para escribir. Hoy no sé cómo alargar mis ojos, cómo detener lo que rebalsa de la boca.
Es lo que hacés conmigo: dejás inútil la escuela, me anulás los seis años o allá me dejás otra vez, flotando en una sopa de letras.
Vuelvo al paraguas. Un petit coin d'paradis...¿Te mostré a Brassens? No estoy segura. Es probable que ya lo conocieras: no es precisamente un hallazgo mío.
Tenía algo de ángel, dice la canción, y después se pierden, no se ven más.
Hasta ahí la canción, la vida es siempre un poco más ambiciosa. Nos seguimos encontrando, nos prestamos ratitos mientras decimos que nos ponemos al día y hacemos planes que a mí me saben igual de sólidos que la novela imposible esa que quiero escribir: es fantástica por donde se la mire, pero no existe, no es.
No sé porqué pienso en paraguas, o en espaldas o en palabras torcidas cuando pienso en vos. Es lo que hacés conmigo, que escriba. Y es lo que decís que te hago a vos: te miento que escribiendo se está mejor. Y me hacés caso pero todavía no leo qué cosas hermosas salen de todo eso. Todavía no te leo.
En cambio, te espero.
Siempre te espero.
Y es eso lo que hacés conmigo.
martes, 22 de junio de 2010
No de la luna
No me hables de la luna. Que esta noche está más hermosa, que no la deje de mirar.
Porque yo no puedo entonces pensar en otra cosa, o en otra luna. Yo pienso en vos pensando en la luna, pensando en decirme que me acuerde de ella, que le hable, que le cuente porque ella sabe, porque es siempre la misma, porque es tan tuya como mía, porque la vemos igual.
No me hables de las cosas que no se pueden hacer más que al revés. No empieces a decirme que te cuesta igual, que al volver duelen también las alas y que algo de ese soplo, de ese aire viejo, soy yo.
No coincidamos más: ni por escrito, ni en la energía, ni en francés, ni por omisión, ni por casualidad. No coincidamos en todo menos los espacios.
Ni me creas tanto. Ni desarmes todas mis frases, ni deshojes mi pronunciación, ni te pierdan esos errores garrafales míos. Ni hablemos más de Virginia y Ofelia, de las mujeres y el agua, de los círculos y el tuyo que me dejaste para que llevara siempre en el pecho, ni en mi lengua que te di encancionada para que me conocieras en letra y música.
No me despidas en la esquina verde del bar. No me despidas. No sea que todo sea cierto y en cualquier idioma y en lo redondo de un mundo o de unos ojos, nos volvamos a ver.
Porque yo no puedo entonces pensar en otra cosa, o en otra luna. Yo pienso en vos pensando en la luna, pensando en decirme que me acuerde de ella, que le hable, que le cuente porque ella sabe, porque es siempre la misma, porque es tan tuya como mía, porque la vemos igual.
No me hables de las cosas que no se pueden hacer más que al revés. No empieces a decirme que te cuesta igual, que al volver duelen también las alas y que algo de ese soplo, de ese aire viejo, soy yo.
No coincidamos más: ni por escrito, ni en la energía, ni en francés, ni por omisión, ni por casualidad. No coincidamos en todo menos los espacios.
Ni me creas tanto. Ni desarmes todas mis frases, ni deshojes mi pronunciación, ni te pierdan esos errores garrafales míos. Ni hablemos más de Virginia y Ofelia, de las mujeres y el agua, de los círculos y el tuyo que me dejaste para que llevara siempre en el pecho, ni en mi lengua que te di encancionada para que me conocieras en letra y música.
No me despidas en la esquina verde del bar. No me despidas. No sea que todo sea cierto y en cualquier idioma y en lo redondo de un mundo o de unos ojos, nos volvamos a ver.
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