sábado, 27 de abril de 2013

Me gustará


 Me va a gustar el gusto, el tacto de la lengua en superficies nuevas para ella. 
Me va a gustar cuando vuelvas y tu venida sea un verso desparramado en el suelo de mi casa, el suelo de mi calma que es huracán que me domina.
Me gustará el cielorraso, la parte baja del viente y los pájaros de papel colgando de una ventana a contraluz.
Me gustará como me gusta el sueño empeñado de mirar cosas hasta quemarlas de mirada, quemar de ojos la calle es el sueño que más me gusta, y así me gustará esto, así me gustará.
Me va a gustar la ranura esa en no sé qué puerta por donde entra un chiflete, la cebolla que hay que comprar y que mi corazón tenga que completar los blancos de la economía y la madurez. 
Me van a gustar los besos repatriados, cómo no, porque no se irán a morir boqueando sino a nacer en otro lado. Me gustarán las nuevas formas de amanecer y el empezar a hacer costumbre lo que antes fueran regalos de una ternura en controladas dosis.

Me va a gustar el amor, la libertad, los 28 apretados del mes, el otro camino a casa.

Yo digo que me va a gustar el futuro. Me va a gustar, en futuro y simple: me gustará.

viernes, 19 de abril de 2013

Saltando sin charquito


Aunque no me lo pregunten, yo voy a decirlo.
No me importa si se quiebran los relojes de arena, si el miedo se hincha y se amorata en la piel. 
No quiero andarte en puntas de pie ni tocarte con la yema de los dedos. Mi amor es un faro que mira a todos lados, un refugio encendido entre el agua, farolito de tus barcos. Y es cosa mía pero no tanto. No tanto porque también es asunto de las estrellas y los puentes, de los charcos y las luces que titilan.
Voy a decirlo y que se derrita el helado, no me importa. Creo que me has robado un color y me lo mostrás todo el tiempo junto con otros, en un vitró atravesado de luces que, me querés hacer creer, son tus ojos.

No me alcanzan los zaguanes ni las sombras, la ciudad no tiene suficientes oscuridades ni recovecos. Además la nuestra es vocación de luz, nos armaron de espejos rotos y salpicones de tinta china. Somos cosa de última hora de la tarde, un crepúsculo para la foto, destino de todos los ojos. Guardarnos en el cajón del día es un desperdicio y una pena. Pero vale tu cintura una y mil penas y un corazón alborotado se acomoda en cualquier parte. A veces quererse es inventar el modo, y el lugar y el ratito aunque todo el tiempo esté hecho de antojos.

Voy a decirlo aunque quizá algún día con esta tierra me entierren. Si hacen gárgaras con mis lágrimas, a mí, me da igual. Tengo una piel que se marca al más mínimo tacto, me siento en las últimas con apenas un poco de fiebre. Pero no me importa, nunca quise ser un acorazado, prefiero este andar corazonado que me salva el día cuando una palabra me desarma, cuando paso de la tormenta a la lluviecita acariciadora de un beso. Voy a decir que mi fragilidad me ha llevado por naufragios que no supe nadar pero, al final del día, me ha dejado tumbada en una playa de arena fina y agua clara, y que estar viva tan cerca del mar bien merece un naufragio. 

Aunque no me lo hayan preguntado, voy a decirlo, es que siempre tuve la boca muy grande.
Voy a decir que hubo un día, un día que no sé cuándo, en que el mundo se hizo un mundo y una cáscara de nuez mi enorme barco. Hubo un día, no sé yo cuándo, en que tembló todo y no supe si fue la ciudad o mi pecho. Y te quise más. Y te quise más. Y te seguí queriendo.


jueves, 11 de abril de 2013

La novena



La primera, fue el ruido, la gente amontonada, sus ojos borrosos, las luces de colores.
La segunda, había un tren pasando a pocas cuadras y, por la noche, anunciaban tormentas.
La tercera, tuvo fiebre y un día de locos, se puso dos medias de pares distintos y el café estaba frío.
La cuarta, una novia, una mueca, un torbellino, una palabra casi a tiempo, y de la mano, y encima una canción mentirosa, y los ojos...dónde irían a parar esos ojos.
La quinta es la tarde soleada, la media estación, las hojas quejándose de un quiebre bajo las zapatillas, una espalda, un cuello y el desamor, un montón de agendas escritas a tachones y una madrugada en cuclillas por la cocina. 
La sexta es pensar que nada ocurrirá nunca y hacer medio minuto de silencio por aquella injusticia que mata flores antes que puedan ser tallos siquiera, que deja huérfana a la piel de un tacto que se había inventado para ella.
La séptima, quién lo diría, hubo un panadero atrapado al vuelo y una siesta, hubo el miedo de quedarse atrapada entre cejas de unos ojos que buscan el hueco, la puerta puente, el ventiluz a donde vive lo que cura.
La octava,  brújulas rotas y el flash de unas fotos que nadie sabría que por detrás tenían una duda y varios desvelos acumulados, y su corazón en las esquinas de ese barrio y rozarse los dedos como de sopetón por ver si decidían pegarse entre ellos y no había más que anudarse hasta quererse y quererse siempre quedar.

La novena fue la última primera mirada. La novena vez fue desandarse la ropa, desnudarse las calles y desprenderse las palabras maniatadas de tanto mirarse sin verse, de tanto cruzarse sin desarmarse, y de tanto todo indeciso, pero entonces, puede ser que, y qué si no... La novena vez fue dormir el mismo sueño, el antídoto, el beso limpio en la mirada y un latido en tres octavos lleno de pajaritos cantores y primaveras incipientes. 

El amor es, a veces, a novena vista y de tanto mirarse, se ve.

lunes, 8 de abril de 2013

Encuentre su río



Ocurrirá que se siente en las orillas, que se sienta a la orilla de algo. Pero será muy pronto para que le duela el pecho, esas cosas llegan siempre al tiempo que deben, nunca en las vísperas, como decía mi abuelo.

Pero vaya por la sombra, cuídese la cabeza del rayo que corta, de la navaja, de las serpientes y los bichos que comen sobras. Sepa que tiene un corazón de canción, con maravillosos puentes instrumentales, con estribillos nocturnos y estrofas de buen cielo. Negocie con la rutina, un rato de ella, un rato de usted y de su cuento, de su cama sin hacer, del beso despertador de madrugada, de la copa en donde tomarse todo y las estrellas.
Desembarácese de las cuestiones ajenas, que sólo el barro de su vereda le ensucie los pies; y que el resentimiento del mundo se haga espuma blanca en la boca de quien corresponda, la suya servirá a otros fines, más húmedos, sensibles y acariciadores, como el beso o la palabra.
Evada adversarios que no entiendan las reglas del juego y, llegado el caso, enséñesle que cuando se ha perdido es de mala educación patear el tablero, que eso no se hace. Ya conoce usted el manual del buen perdedor, remita a sus adversarios a esas páginas, cuénteles que llorar no es escupir, que ya lo saben tan bien sus rodillas rotas, lo que ha perdido y las cartas que ha preferido nunca más abrir.

Tome nota, hay que saber los caminos que hacen algunos vientos y pretender seguirlos con los ojos. Hay que enamorarse hasta el sombrero porque para arder se ha nacido, y el que arda de otra cosa pierde el tiempo. Enciéndase sólo de amor, ya están los otros para quemar ciudades y llorar sobre cenizas. 
Cuando tenga días de torbellinos no se los empuje a nadie más, suyo es su caos y andarlo y sobrevivirlo es su tarea como de pajarito indefenso en la tormenta. Prosperará usted porque ama las alturas y el agua de lluvia y sabrá bien hacer tratos con la intemperie. 

Cuando eso termine de pasar, recuperarán su color todas las cosas, se acomodarán las estrellas en las cartas astrales, llegará a fin de mes y podrá respirar hasta el fondo de sus pulmones. La rueda no podrá más que girar y llevará en su frente la canción que falta, los amigos, los versos, los escenarios.
Hágase a la luz porque de luz son los días, y gánesela con la espalda y el canto.

Cuando todo esto ocurra y abra la ventana, verá su río del otro lado.