Hoy me pasó algo raro. Más o menos raro. Bueno,
hagamos de cuenta que todavía me queda capacidad de asombro.
Volvía del oculista por el camino más largo para no
aburrirme. Iba haciendo zig-zag, jugando a adivinar qué cosa me encontraría
detrás de la próxima esquina, y tarareando todo el tiempo (así como en loop) esa que empieza con 'Se
peinaba a lo garçon...' y es tan triste y tan hermosa.
Era la hora esa en que empieza a
salir la noche y la gente empieza a aparecer por la calle, sacudiéndose
tanto sol de encima. La hora que la gente usa para
extrañarse, para bajar los brazos o dejarse llevar.
Y yo, volviendo a pie a casa,
como una aburrida excepción a la regla.
Pasando por la calesita de la
plaza la vi aparecer. Me dio la impresión de que había salido disparada de ahí
adentro, dondequiera que sea el adentro de una calesita (la misma curiosidad
que tengo desde que me subí la primera vez, entre pucheros, de la mano de mi
papá).
Era una lucecita. Blanca. Chiquitita. Bailando
cerca de mí, como buscándome el lado luminoso, no sé.
Lo único parecido a eso que había visto jamás eran
los bichos de luz que cazaba en frasquitos algún verano en San Javier, y que, después de mirarlos apagados, los dejaba escapar, entre apenada y desilusionada.
Eso, y al hada de Peter Pan, dueña del polvo que
ayudaba a volar.
Dudé de mi defectuosa visión (ahora confirmada por una autoridad competente). Y de paso, y sobre todo, de mi siempre sabida tambaleante cordura.
Pero se me hizo imposible ignorarla, mucho menos
cuando dejó de dar vueltas y se me metió por la boca, atragantándome la canción
de Sabina, para después ir a salir por mis orejas, dejándome en el camino, una melodía dulce como
de xilofones y cascabeles.
No la entendí, pero me dejé atravesar por ella. Yo,
que he visto en la vida muchas luces, nunca me había topado con una que
quisiera meterse en mi garganta, que me empujara hasta mi casa, me cosquilleara
en los dedos y me obligara a agarrar una guitarra.
Mientras cantaba con lucecita adentro y noche
afuera, hubo un apagón.
Otra vez la compañía de luz nos hacía una bromita, y
el boulevard quedó oscuro, oscurísimo, como si se lo hubiera tragado una sombra
o un olvido.
Yo misma no podía saber si acaso tenía los ojos
abiertos o los había cerrado ya, hasta que la lucecita de la garganta se me
fue hasta las pupilas y pude ver. Muchas cosas. Todas amontonadas, una encima
de otra, como contaba Borges que era el Aleph.
Vi una isla que no conozco, vacía, en donde siempre
es de noche.
Vi remolinos levantándose, dibujando el caos en el
aire, pero no tuve miedo. Abrí los brazos y sonreí.
Vi la forma de una duda. El color de mis canciones.
Vi sábanas derramadas y al sol, delatando a los que se esconden debajo de ellas.
Vi gatitos negros que fueron más dulces que toda mi
superstición. Y conejos blancos que no llevan a ninguna parte y en cambio se
acomodan en los huequitos que encuentran y, en esa paz, se echan a dormir.
Vi romperse promesas, las escuché con su 'crack',
con su crujir de volverse olvido. Las vi romperse a la fuerza, como si no
hiciera falta, como si el mundo tuviera otros planes. Y vi esos planes,
reflejos en el agua, mojando mis viejos papeles. Pero no me importó: en cambio,
me reí con la mirada, como dedicándote la torpeza de ese gesto.
Te vi del otro lado de la noche contándome cosas
que no conozco, con la emoción envuelta en un papelito, hecha palabra para que
la pueda sentir yo.
Y entonces volvió la luz de la calle, y yo desperté
de mi desmayo, deslumbrada de cosas ciertas, dormida de luz.
Te lo tenía que contar.
Mañana, quién sabe qué farolitos irá a iluminar.

1 comentario:
Mientras sean luces, a mantener los ojos y los brazos bien abiertos! Hacen bien, hacen muy bien. Hermosas luces por acá :)
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