jueves, 19 de abril de 2012

Como todos saben

Se conocieron en un descuido. 
O casi. 
Se vieron de casualidad, eso sí. 
El resto estuvo hecho de los empujoncitos que cada uno dio. No es difícil, hay gente que, de a ratos, tiene rueditas, la empujás y se mueven a donde quieras.


La primera vez que hablaron a él se le derritió el hielo en el vaso y ella tuvo problemas para recordar datos y cifras. No quería decir nada, claro, casi nada quiere decir nada en estos casos y el que crea lo contrario será probablemente el más iluso de su barrio.
Como nada quiso decir nada, todos los sabemos, las cosas siguieron con su habitual sinsentido, su pobreza de palabras y su aburrimiento de domingo por la tarde.


A él le picaba algo en el pecho que, psicólogo mediante, interpretó como unas ganas peligrosas de seguir su sombra, de encontrarla por ahí, de decirle alguna cosa que nada quiere decir (como casi siempre, es igual), digamos que porque sí. Por eso fue a buscarla otra vez, a ella. 
A ella, que le gustaba decapitar margaritas, jugar al ta-te-ti-suerte-para-ti y nunca ocuparse del todo de lo que dijeran los de más allá. A ella, justo a ella, que era una señorita un poco cansada de cansarse, pero con mucha curiosidad.


Entonces fue que la segunda vez que se vieron empezó a oscurecer. Sucedió que fue de noche, cada vez más de noche, y que hubo una mano tembleque pero decidida, siempre más decidida. Y pasó que sus piernas, sus ojos que revuelven. Y fue que hubo tiempo de adivinarse debajo de una camisa, y después prescindir de todo, hasta del nombre, dormido e inútil sobre la mesa de luz. Pasaron gritos mordidos en la espalda, ardor de suspiro, y la transpirada carcajada que no se sabe esconder.


Mientras miraba al techo, identificando formas en las manchas de humedad, sintió que el escozor de antes empezaba a pasar. De a poco el pecho, o lo que fuera que viajara ahí dentro (dicen que 'el bobo' pero, es sabido, en estos casos casi siempre se habla de más) empezaba a aquietarse. Su sombra era ahora ese cuerpo palpable que latía contra el suyo: ningún misterio en un cuerpo desnudo, como todos sabrán bien, nada que desvele, nada que maree. No pudo más que dormirse en cierta gloria express, y aunque eso nada quiera decir y de casi igual, ella también se durmió, acurrucada en el pecho más quieto del hombre más callado de esa vereda, esa noche de algún mes.


Cuando se despidieron, en una puerta que no era la de ninguno de los dos, nadie se deshizo. Tuvo la mañana el color que suele tener y en la esquina ningún niño tropezó con una flor hermosa y extraña nunca antes vista. 
Entera, como suele quedar la gente aún después del amor más apasionado, siguió cada uno girando, en el cuerpo el recuerdo de un buen rato que hubiera sido de idiotas hacer durar.


Y nada tuvo porqué cambiar de rumbo. Nadie se perdió camino a casa, ni tuvo antojo de volver lo andado por pedir un número de teléfono. Como todos saben, no hay nada ni parecido al amor en pensar de vez en cuando en un tacto preciso, en el recuerdo difuso del color de un calor que sube por la espalda, o en la posibilidad de haber intercambiado unos cuantos números tan fríos como olvidables. 
No duele más ni menos la vida desde que ellos decidieron no repetir el impulso de enredarse.
Cosas,todas, que poco y nada significan, y da igual que así sea, qué más da.




Y no sé a qué va el cuento que acabo de contar. Probablemente no sirva de nada y nada quiera decir (si se ilumina, ¡dígamelo usted!).
Como todos saben, yo siempre cuento por contar.



No hay comentarios: