viernes, 17 de mayo de 2013

Muera la muerte


Dice la gente de buen corazón que no está bien alegrarse cuando muere una persona. 
Yo no sé lo que me pasa, juro que me han enseñado valores en casa. Es cierto que no soy cristiana, no aprendí nada en misa las pocas veces que fui antes de decidir que eso no era para mí, pero los ateos también sabemos de respeto al prójimo, de bondad, de tolerancia y de misericordia.
Mis padres, mis amigos y alguna que otra gente que me crucé por la calle y por la vida, me enseñaron a dar una mano a quien lo necesite, a escuchar a los que piensan diferente, a hablar para entenderse, a procurar ser justos y exigirle a la justicia, a defender lo propio y también lo ajeno cuando la causa es noble. 

Por todo eso es que no entiendo lo que siento hoy. No me alegro como si me fuera de viaje, cumpliera años o aprobara una materia, no. Pero sí que siento alguna tranquilidad, un aire como a mundo más limpio. Es que también me enseñaron a llamar a las cosas por su nombre, justicia a la justicia y basura a la basura.
Nadie puede celebrar la muerte, pero cuando muere la muerte, o uno de sus cómplices más chanchoamigo, algo hay que decir. Decir, por ejemplo quién fue el muerto, decir que el muerto fue un asesino, que fue un dictador y un genocida, todas esas cosas que a mí, que no tuve su educación tan cristiana, me enseñaron que están mal y que no se hacen. A mí, que no me salió lamentarme por su muerte. A mí, que no me sale el silencio tampoco: eso quiere decir respeto y es lo último que siento por ese señor.
Hay que decir que él no respetó a ningún prójimo, que no hay respeto en el plan macabro que diseñó junto a un montón otros tristes hombrecitos como él. Ahora que se murió hay que seguir diciéndolo. Decir que no existe la bondad ni la misericordia en los que expropian bebés, en los que torturan y entierran sin sepultura. 

Se murió Videla y yo quiero decir que no hay olvido, que la muerte no exime a nadie y que, con todo mi ateísmo, me gustaría creer en una justicia divina, nada más que para saber que ni juicios ni castigos se terminan para él. 
Se murió Videla, el que además de la tortura y la muerte, quitó el nombre a miles de personas: 'un desaparecido es una incógnita'. 
Por suerte, en alguna parte, algo salió mal, porque los nombres han vuelto, los nombres y las caras. Y porque el suyo no se nos olvida y siempre nos olerá a podrido, enganchado inexorablemente a la muerte y todas sus miserias.


No sé si la gente de buen corazón se alegra o no cuando muere una persona. 
Vaya uno a saber si Videla se alegró de cada una de esas miles de muertes que ocurrieron bajo su mando, a sus órdenes y en pos de sus objetivos nefastos. Poco importa. 
Lo que sí es más seguro es que la gente de buen corazón no mata. 
Lo que sí es más seguro es que la gente de buen corazón no muere así tan culpable, tan juzgado, tan condenado por todo un pueblo.

Muerta la muerte. 
Mi buen corazón está con los 30.000 y con nosotros, que no nos olvidamos.

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