El problema de andar con el corazón en la mano, son las manos. Quedan rojas. Y ardientes.
Cuando vuelvo a mi guitarra se me desacomodan los acordes, se me rompe en el aire una melodía y pierdo el norte de la canción.
Derrito todo lo que toco. A mí paso, la calle abre huecos de asfalto desarmado por donde caen los distraídos.
El corazón, que es del pecho, se muda hacia afuera y por ahí se va, encendido, encendiendo.
Cosa seria el corazón, que no se está quieto en ninguna parte.
Las manos, que son del mundo, del golpe y de la caricia, se deshacen con el calor, y por los huecos de una quemadura entra todo el aire del mundo. Un aire que resoplando dentro se pregunta si tanto arder vale la pena. Y probablemente no. Y probablemente sí. Y al final, lo mismo da.
Y, mientras las manos y el corazón hacen fogones imposibles y escondidos, el cuerpo todo escribe. Por las paredes y la piel, por los huecos, sin renglones. Escribe y borra, como un ejercicio de salud y de belleza. Como arrancándose y volviéndose a armar de los pedazos, de las cenizas, de las letras desordenadas.
En su delirio quisiera ser el que contara mejor las estrellas, pero en cambio escribe de cosas que soplan los días y a ellas se amarra, como los barcos mareados por las olas, siempre con un muelle a mano.
Plutôt ce coeur à cran d'arrêt, que cette mare aux murmures...Plutôt la vie...
Quizá quemarse es, a veces, justo la palabra que falta.
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