viernes, 1 de marzo de 2013

Esa esquina


Tuve por mucho tiempo una esquina dormida. 
Una esquina de farolito apagado a donde no iba nadie a hacerse el compadrito con sombrero y bandoneón. La esquina por donde no pasaba el camión de la basura a llevarse el mes de julio, por donde mis amigos nunca han andado y en donde mis enemigos solían fumarse un fasito de vez en cuando y brindar a mi mala salud.

La descuidé, me olvidé de que existía. No la dibujé en los mapas que me hice para entenderme y llegarme al centro más rápida y efectivamente en caso de urgencia. No la tuve en cuenta para encontrarme con nadie ni para esperar ahí parada a que llegara quién sabe quién.
Maté una esquina de tan abandonada que la tuve, de tan vedada que la declaré. Fue el rincón de la pena que dejó por saldo un arrebato, el exacto punto donde mataron a quemarropa a la gente que quise y donde yo misma caí, vencida, al cabo de años de pocas lluvias.

No hubo más esquina, ni un naranjo ni un semáforo que indicase el paso allí por donde nadie iba a pasar. No hubo esquina en la esquina muerta, en la esquina matadora de mi corazón.
Duró tanto que la primavera de Benedetti le quedó chica: estaciones enteras tuve mi esquina rota. Yo misma tenía miedo de no sobrevivir a su recuerdo de cordón desatado, de baldosa y lágrima floja. Yo tuve miedo de volver a desarmarme de sólo pasar otra vez por esa esquina mía.

Anoche se me dio por espiar mi mapa. Y vi un farolito encendido en mi esquina dormida. Era oscuro y de madrugada, pero yo la vi despertarse.
Ya respira otra vez. Y es la esquina más ruidosa de mi ciudad.

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