domingo, 9 de septiembre de 2012

El deseo viaja en ascensor


...se hará ceniza el deseo...



Siete pisos hacia abajo.
El tiempo son siete pisos en ascensor. 
Arriba no podían ni mirarse. La fiesta, la música, los vasos y toda la gente. Arriba, la patética parodia de lo que se había sido alguna vez. Prohibido rozarse, pensarse, mirar hacia atrás.
Se hacía tarde o era tarde.Tarde en la noche y en el vino.Tarde en ese cuento y en el amor.Tarde para la revancha o el capricho en tierra firme. 

Pero, un ascensor que desciende hasta la planta baja (o hasta el último subsuelo del infierno del Dante), inestable, secreto, un ascensor que los amontona sin remedio no puede más que ser el escenario perfecto para sus urgencias y sus imposibles.
Un ascensor es el paréntesis de tiempo, el vale-todo, un pagaré en blanco que a nadie le interesa cobrar. Un ascensor es todo presente y, a la vez, el mejor túnel del tiempo: adentro sus manos son las mismas manos de antes, las de la caricia sin demora, las que conocen de memoria el camino de sus piernas a su corazón.

Adentro, el beso postergado, el que arrasa. El beso que empuja los cuerpos contra los espejos y enreda con la lengua todas las palabras. 
Adentro, un beso que son muchos besos. Un beso que estalla y, como los fuegos artificiales, se quiebra en otros besos de otros colores, que van haciendo luces allí donde se posan. Ocurre así que, al cabo de algunos segundos, los cuerpos son como faroles encendidos, irradiando luminiscencias que hasta esa noche y ese ascensor, habían estado olvidadas de tanto apagarse.

Las manos también se apuran. Y tiemblan. Tiemblan las manos de no saber cómo retener, cómo guardar, cómo hacer para no desperdiciar ese rinconcito del deseo. Repasan un saber latente, en alguna parte de su tacto saben bien a dónde ir y algo como un envión viejo y oxidado pero vivo, las conduce por donde deben andar. Se tocan como si no hubieran dejado nunca de hacerlo, como si la memoria de las manos fuera más grande y más larga que todo el tiempo que un calendario marcó.

Se respiran al oído, como queriendo quedarse a vivir ahí, tan cerca del otro, como queriendo ser un secreto, uno bien guardado. Se respiran como si del suspiro fueran a nacer cosas que habían quedado muertas.

Y el ascensor sigue bajando porque es lo que debe hacer. 
Bajando hacia la planta baja y después la vereda y después la ciudad y la mañana de un domingo que quiere empezar.
Baja como arrancando a tirones un poema de Girondo (...se tantean, se juntan, desfallecen, se repelen, se enervan, se apetecen...), como apagando la luz, como intentando ser la voz de una conciencia sabia que decidió perderse por siete pisos, apenas siete pisos en ascensor.
Baja el ascensor y adentro hay quienes suben otra vez senderos impensados. Se quieren acelerada y torpemente. Sueltan a volar las ganas, que son como pájaros en bandada, enjaulados para no alborotar la cabeza o el corazón. Las ganas que no saben de otra cosa más que de ganas, que son cien por ciento arrebato, que nunca se encargan del día siguiente.

Y cuando todo parece que empieza, es el final del viaje. 
Y nada importa si ese viaje fue para ellos uno que terminaba en el mar. Nada importa si ahí dentro ya era otra estación, si eran más jóvenes y más hermosos, si venían sencillos y sin pasado, sin cuentas pendientes, sin aclaraciones ni notas al pie.
Lo mismo da ahora que el ascensor ha tocado la tierra. Ahora que afuera es otra vez de día y la ciudad los espera, despegados, separados, cada uno por su vereda y, en la esquina,  dos rumbos que ni suben ni bajan, dos rumbos que no viajan en ascensor.


Deseo by Juan Carlos Baglietto on Grooveshark


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