domingo, 26 de agosto de 2012

Historia de una fiebre

...Y un trovador cantando de fiebre...


Empecé por sentir la presión muy baja en una esquina, una precisa esquina de esta ciudad. Hubiera quedado ahí tirada de no ser por alguna mano amiga que me atajó el desmayo, me sentó en un banco de la plaza, me puso un grano de sal gruesa bajo la lengua, y me prestó su pañuelo.

Eso fue al principio. Era un mes de esos que se le escapan rápido al calendario y se llevan consigo al año entero, de un escobazo, para dejarlo bajo cualquier alfombra.

Después empezaron a amanecerme los moretones. Todos los días el espejo me descubría uno nuevo: cerca de los talones, al borde de los ojos como el peor knock-out, en las rodillas y haciéndole un aura morada a mi ombligo. 
No había hielo que me los bajara: se iban cuando querían, cambiaban de lugar en mi cuerpo y yo rogaba porque la próxima vez fuera al menos debajo de la ropa, así por la calle nadie tenía que ver mis morados vergonzosos.

Cuando tuvieron a bien amainar, otros fueron los problemas.
La piel se me rebeló otra vez, pero esta vuelta, lloró rojo y fue manchando detrás de mí todos mis itinerarios por el barrio, sobre el colectivo, a la orilla de los escenarios y en las mesas de un bar.
Se me abrieron raspones y heridas que parecían venir de ninguna parte. La sangre me brotaba desorientada como si ella misma no entendiera bien porqué. Se me hizo charco al borde de la cama, en el lavatorio, y saliva en mi boca, ahogada en mi propio líquido vital.
Me llené de curitas y gasas. Me volví una especie de momia ridícula con eventuales manchas coloradas mal absorbidas, luciendo mi mejor cara de tristeza mal disimulada.

Fiel a mi costumbre de morir antes que sucumbir a la mano de un profesional, nunca consulté a ningún médico, y seguí caminándole a la rutina su día miércoles, su cobarde mitad-de-semana, su ni fu ni fa tan poco lunes, tan poco viernes, tan vacío.
Seguí a pesar de los nuevos malestares, no por eso demasiado novedosos y hasta casi diría que qualunques, a saber: gastritis, retortijones en el vientre y en el pecho, calambres, fuertes dolores de cabeza, sueño constante y profundísimo.
Me dormí sobre los libros que tenía que terminar de leer con urgencia, y no había quién me cerrara los ojos cuando eran las cinco de la mañana y había gente que se levantaba responsablemente a vivir, mientras yo fumaba desde el balcón y no me salía ninguna canción.

El frío comenzó a arreciar y se llevó mi voz. La afonía hizo que me comunicase con los míos por señas que no siempre me podían entender. No me alcanzaron las bufandas y me enfrié del todo una noche que aún hoy cuando recuerdo me quiebra los huesos de un escalofrío.
Desde entonces, me entró una fiebre que me guardó en casa con las sábanas hasta la nariz. 

De tarde, y en sus horarios libres, iban a verme mis amigos. A veces, cuando abría por un momento mis ojos guardados hacia adentro, me encontraba con la escena dulce de todos sus ojitos a mi alrededor, con gestos que iban desde la ternura hasta el terror.

Y es que, no es de sorprender: yo vivía en otro planeta, consciente de todo lo que pasaba en éste, pero con pocas ganas de salir a verlo. Por momentos deliraba cosas entre sueños, decía un nombre, una anécdota, una canción. 

Me contaron algunos, los que se quedaban algunas noches haciéndome la guardia, que con los ojos cerrados yo hablaba en presente de un futuro imperfecto, que lloraba de dormida y siempre repetía que ya no había nada para escribir.
Otros, los más pragmáticos, me acercaron a los mejores médicos. Y así, sin moverme de mi cama, me auscultaron, me hicieron sacar la lengua, me apretaron las muñecas, me preguntaron por enfermedades crónicas en la familia, y se fueron, sin respuesta alguna para mis males. 

Entonces hasta mis amigos más pragmáticos tuvieron que aceptar lo que ya sabíamos todos, hasta yo, en mi febril delirio sin sentido alguno. Que mi enfermedad era una malasangre, una pelea con las estrellas, una tristeza de autoboicot, un malhumor de partido perdido en tiempo suplementario, y un montón de canciones enganchadas que no terminaban de salir, y un montón de palabras envenenadas que para sanar debían quedarse ahí, veneno que es su propio antídoto y no se entiende porqué pero así es.

Alguien dijo entonces que yo parecía ese viajero del tango del polaco, que no implora, que no reza, que no llora...Y no se animó a terminarlo de cantar. 
Por eso fue que pusieron todos manos a la obra en las estrategias para mi curación.
Inventaron noches de sábado cualquier martes, e hicieron de mi habitación un bar de lucecitas tenues, donde da gusto quedarse hasta altas horas de la madrugada charlando y compartiendo borracheras. Me mojaron los labios con un buen tinto y me tiraron la lengua. 
Me contaron historias de esas que hacen explotar las carcajadas con dolor de panza. Le devolvieron el tango a mis oídos secos de silencio. Y la bossa. Y la trova y el rock and roll.
Me dibujaron con los dedos la sonrisa y me señalaron otra vez el huequito que se me hace del lado derecho de la boca, cuando lo hago sin moderación, con premeditación y alevosía.
Me enseñaron otra vez a cantar, sacando con la grúa perseverante de su afecto, mi voz mal estacionada, atascada, allá al fondo de mi garganta, casi a la altura del pecho herido.
Me ataron una birome a la mano y una mano a un cuaderno y el cuaderno al cabezal de la cama, diciendo algo así como que 'en cinco minutos, queremos un verso que nos haga vibrar'. Y escribí de fiebre y de hartazgo y de espanto y hasta de amor. Escribí como cuando aprendía a hacerlo, como la primera vez, un verso sencillo, en donde les agradecía  que ataran mi corazón a sus manos, para que nada le faltara.
Me devolvieron la guitarra, la trajeron a mi lado para el abrazo y la reconciliación. Me obligaron a acariciarla y a sacarle unas notas, un intento primero de canción.

Después me sacaron a empujones de mi casa, me llevaron a la plaza, al parque, a la noche, a los nuevos conocidos y a los viejos reaparecidos. 

Cuando me quise dar cuenta ya pasaba julio, yo respiraba más profundo y la fiebre se había ido. Mis amigos se me reían y ya podían decir, sin miedo a desarmarme, que exageraba, que era una llorona, que a lo hecho pecho y a cantar un buen rock and roll.

Sin oraciones ni macumbas los raspones cicatrizaban sin prisa pero sin pausa y los moretones se volvían del color de mi piel. 
La guitarra otra vez me contestaba cuando la despertaba temprano para madrugarnos juntas, las canciones empezaban a venir de otros colores, y mis delirios volvían a ser despiertos y luminosos, a mano, libres, perfumados.

La fiebre pasaba. El invierno también.




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