Usted y yo tenemos un
secreto. No es gran cosa y, ya sabe cómo es esto: los secretos valen más cuando
están callados, es la intriga la que lo salva del olvido y la mala prensa.
Mírenos a nosotros, por
ejemplo. Hoy por hoy, lo único que tenemos en común, como un hilito azul
brilloso que ata su muñeca a la mía, lo único, es un secreto. Nadie más lo ve,
y poco importa, porque ocurre que nuestro secreto no modifica el curso de los
días ni define algún futuro más o menos próximo. Nuestro secreto no le sirve a
nadie y a nadie le importa, ni a usted, que se lo deja a menudo olvidado en el
primer cajón de la mesa de luz.
El nuestro es un secreto que
poco ruido en el mundo y, en cambio a mí hay noches, le juro, que me retumba
como estampida del otro lado de la ventana.
No se asuste, no voy a
nombrarlo, dije que me lo guardaría para mí y eso voy a hacer. Los secretos no
tienen fecha de vencimiento, digo yo, y aunque el calendario nos haya olvidado
en el verano con todo y el amor, con todo y el sueño, a pesar de eso, sigue
igual de secreto nuestro secreto.
Una vez me lo dijo usted al
oído. Me lo sopló, como me soplaba un beso o la palabra que me andaba faltando,
cuando había todavía palabras en el tintero, antes de que las agotásemos todas
de un apuro y porque sí.
Usted me regaló el secreto
para que lo guardara bajo de mi almohada, para que lo creyera y me ayudara a
amanecer. Su secreto, que después fue mío también, estaba hecho de vidrios de
colores y brillaba insistente de siesta, pintando de luces nuestro abrazo.
Hermoso secreto el suyo,
capaz de mover el sol de la mañana, curvo como su sonrisa y redondito como los
círculos que me dibujaron la vida entera. Hoy, a qué negarlo, está bastante
deslucido, se apaga a cada rato y ha ido perdiendo su redonda perfección. Está
torcido, tosco, improlijo. Quizá me esté apresurando a decirlo, pero tengo la
impresión de que es él el culpable de los dolores en mi espalda y los sueños
sangrantes que tuve estas semanas. Creo que su secreto me está desgarrando por
dentro. Me duele, cómo me duele su secreto.
Con todo, no voy a decir
nada. Nada de nada. Su secreto está a salvo conmigo. No es un favor que le
hago, no se crea. Ocurre que su secreto se ha vuelto también mío. Usted me lo
confió de su boca, de sus manos, y yo lo escuché porque no pude hacer otra
cosa. Ésa fue mi culpa, no haber sido impermeable a su secreto, lluvia que me
desarmó al borde de una calle y que hoy, después de tanto, sigue mojándome
todos los papeles.
Yo no sé cuánta verdad tenía
pero yo me lo creí como si tal cosa. Había algo en la mezcla esa tan alquímica
de palabras, algo en el hueco sin color de sus ojos, algo en el aire pesado de
un enero que a mí me convenció.
De todos sus disfraces fue
ése el que más me gustó. Y con ése me quedo: cierro los ojos y, ciega, voy a
dejarme abrazar por ése, el del secreto. Los demás no me importan. Los demás
están muertos o se han ido con otra. A mí, la verdad, me dan lo mismo, todos
ellos.
El de la melancolía, el que
se hace una bolita en un rincón muerto de miedo, el del desamor, el de la
urgencia, el apasionado por hora y cuarto, el que habla por hablar. No me
importan: tanto daño me han hecho, tanto me han mareado en esta calesita de
apariciones mentirosas, tanto ruido hicieron, tanto desastre dejaron después de
su fiesta que no me quedan ganas, ni fuerzas, de volver a saber de ellos. Los
quiero lejos, tomándose el próximo bondi a cualquier parte. No se van a perder,
son muchos y llenos de recursos para sobrevivir donde sea: a mí me sobreviven
todos los días, con todo lo que los echo y les cierro puertas y ventanas. Son
ellos los que me venden gato por liebre, los del amor descartable, los que se
olvidan de mi nombre detrás de la primera esquina. Son ellos los que me engañan
con cualquiera, los del antojo por delante de todo, lo de la peor mueca. Son
los que ya no me quieren cerca y se inventan pesadillas que van a dar a mi
almohada y a embrujarme todas las noches.
Yo quiero a uno solo. El que
me confió ese secreto. Porque fue el único de todos esos que me quiso, el que
pensó en que sería tal vez un lindo gesto regalarme una verdad delicada como
una pluma paseando por el aire. Regalarme algo como quien inventa el color en
un abrazo, como quien hace nacer calmas y vendavales, arrullos y gritos
frenéticos, y los entrega para que vivan en otro y allí crezcan, con el tiempo
y los buenos cuidados.
Ese secreto no sabe todo lo
que vino después, es inocente, infantil y no conoce de malos tragos. El nuestro
es un secreto de un tiempo blanco, de unas cosas nuevas y sin mancha, de un
verano para escapar. Para qué decir más, usted ya lo conoce bien, es suyo,
quien quiera que sea usted hoy por hoy, fue suyo y con usted se queda.
Ya ha perdido vigencia, se ha
oxidado y, si no lo agarro, es capaz de perderse por cualquier resumidero. Estuvo a punto,
muchas veces, pero siempre lo rescato. Yo no sé porqué.
Usted y yo tenemos un
secreto. Y es lo único, lo último que tengo de usted, y usted de mí.
Qué triste es eso. Pero ése
también es un secreto.
1 comentario:
Empiezo a seguirte desde hoy Zoe y te invito a visitar mi blog. Estaré pendiente de tus publicaciones. Besos.
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