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domingo, 3 de junio de 2012

Urgente

encontrado en mi cuaderno de tapas rojas. Era el año 2009.


En este mundo de apurados e infartados, lo urgente tiene mala prensa.
Los abuelos cuentan de cuando todo ocurría más despacio, casi en secreto, y se espantan de escucharnos comernos las palabras por llegar más pronto al punto final.
Dicen que lo urgente es cosa de ciudad grande y banda ancha, de ambiciosos y de exitistas.
Yo digo que quizá no sea tan mala palabra.
Al fin y al cabo, nos ciframos en urgencias. Nacemos sin que haya tiempo que perder, y a grito pelado exigimos de inmediato comida y afecto. Nos deshacemos para llegar a los plazos que nosotros mismos pautamos, porque es necesario marcar puntos de partida y de llegada, y porque saber que hay una última parada obliga a viajar con la ventanilla abajo para tragarse todo el paisaje del camino.


Habría que aprovecharla como el motor que es, y hacerla parte de nuestra rutina, aunque más no sea por eso de que 'si no puedes con ellos, úneteles'. Aplacar como se pueda tanto estrés, tomar profundas bocanadas de aire, no apurar ningún  paso y manejar la ansiedad efervescente mordiéndose los labios.
Digo que, sin sirenas ni corridas, habría que vivir en la urgencia. 


Porque todo es urgente: todas las cosas de este mundo buscan ganarle al reloj, y eso las hace más escurridizas y más hermosas.
La urgencia de hacerse fuertes contra la muerte está atravesada por la urgencia milenaria de vivir al día con pasiones y sudores. Es necesario hacer durar los momentos y, a la vez, es imperioso dejarlos partir.
La urgencia de compartir, la de dejar todo dicho. La urgencia de quemar las naves y hacer agua el helado, y la de atarse a los pies de la cama para que nada se mueva.
Mi amor es urgente, esta cosa de ahora o nunca, con sus besos que ni se compran ni se venden, pero que vienen con fecha de vencimiento. Urgente es que nos encontremos, que deje de correr tanto viento entre tu mano y la mía, y se rían los pajaritos que te conté.
Es urgente la canción que dice a los gritos lo que nadie se anima a hablar. El coraje tiene urgencia, porque más tarde en el mismo día será inútil. Y el olvido, esa tormenta que limpia la vereda una noche de verano.
Hay urgencia por crecer cuando el mundo nos queda grande, y urgente es volver a ser los de siempre cuando se derrumban los castillos en el aire. 


Para mí es urgente escribir, todo, lo que sea. Si dejo que pase mucho tiempo sin hacerlo, algo se me desarma adentro, pierdo la memoria, la voz y dejo de soñarte, como un castigo cruel y absurdo.
Escribir y dejarse escribir: por los demás, por los días, por lo que vaya a venir. Hacerse marcar por los años y su sello de cicatriz.




Estar vivos es urgente. Despertarse también.


lunes, 14 de mayo de 2012

Ser la otra yo


Quiero hablarles de mi otro yo.


Ya sé que no estoy por inventar nada: la historia del 'otro yo' se remonta a tiempos muy muy pretéritos. En literatura, por ejemplo, la figura del doppelgänger pobló la narrativa fantástica y, más tarde, la de ciencia ficción. Poe duplicó a William Wilson; Oscar Wilde pensó en un otro eternamente joven en El retrato de Dorian Gray; y nunca hubo doble más macabro de Mr. Hyde, la criatura oscura que se apoderaba del cuerpo del Doctor Jekyll en la novela de Stevenson.
Incluso en la mismísima mitología griega, madre de todo lo que hay por contar, ya Proteo tenía la capacidad de convertirse en cualquier otro, en ser todos y seguir siendo uno solo, único.


La idea del doble se hizo más fuerte, y más tenebrosa también, el día en que la psicología empezó a ponerse de moda y llegó Freud a decir que todos teníamos unas cosas bien complicadas en la cabeza, que no éramos ni muy muy ni tan tan y, básicamente, que a todos podía soltársenos la cadena cualquier día y listo.
El otro yo empezó a ser, entonces, algo así como el 'gemelo malvado', lo peor de cada uno, el mal nuestro de cada día hecho cuerpo fuera de nosotros. Que fuera o no físicamente idéntico, era lo de menos: lo peligroso del otro yo era que fuera la parte más terrible de uno mismo, porque entonces quiere decir que tenemos un lado perverso  y negro que a veces sale a pasear.


Pero todo esto ya es historia vieja. Mucha agua pasó por debajo de ese puente, la gente ya sabe que hay cuestiones suyas que nunca entenderá, que con todos los blancos vienen los negros y que eso, finalmente, hace todo más interesante.
Mi otro yo es otra cosa, está muy lejos de un maligno Mr. Hyde pero a mí me aterroriza lo mismo o quizás más.


Lleva habitándome poco más de un mes. 
Pasó que una mañana me levanté y el cuerpo me dijo basta: por la noche había decidido no responderme más y castigarme por todo el tiempo que había estado a mi merced. Me hice una bolita en la cama para ver si así se iba el dolor. Lloré, chillé, pataleé, pero nada pasaba. Eran puntadas espantosas, ardores impesados, cortaduras como de mil navajas. Pensé que estaba por convertirme en bicho como Gregorio Samsa, y me consolé un poco: al final, todo pasaría y, con suerte, me crecían alas para volar lejos, un bicho viajero, no estaba tan mal después de todo.
Pero eso no pasó. Seguí tan humana como siempre, pero con pocas ganas de seguirlo siendo, a ese precio tan alto.


Pasaron por mí pastillas autodiagnosticadas y luego médicos y especialistas, jeringas y diversos y modernos métodos diagnósticos. 
Resultado parcial y su lado positivo: estaba enferma y con posibilidades de cura.
Resultado final y su lado agridulce: para la cura había que ser otra. Otra persona. 
Nueva, o casi, pero opuesta a quien venía siendo.


Entonces empezó la metamorfosis.
Con el esfuerzo que tomaría nacer de nuevo, comencé a amanecer más temprano y a desayunar. 
Llevé mis zapatos rotos al zapatero, acomodé mis placares, redescubrí ropas viejas que todavía me quedaban.
Me dediqué a los libros, a organizar hojas y apuntes. Por momentos tuve otra vez la sensación de entender porqué un día me había decidido a estudiar literatura, qué era ese temblor, esa mueca casi sonrisa en el fondo mío.
Tiré otros papeles, guardé cosas viejas, escondí recuerdos inútiles. 
Salí a dar vueltas por las calles y las plazas. Empecé a tomar más agua, a respirar llenando de aire el diafragma y a cantar buscando una voz más limpia.
Dejé de fumar de golpe (como dicen que es la única manera posible), y aprendí a aguantarme el humo a mi costado sin pedir una seca.
Pasé del alcohol a las aguas saborizadas, de la carcajada a la sonrisa justa, del llanto a la cara de poker.


Mi otro yo es esta persona, es este giro de 180 grados en relación a mí misma. Mi némesis, mi espejo más delirante. O no. En todo caso, yo soy su espejo roto, su yo borroso, su vergüenza, su lado más oscuro.
Ella es mayor que yo. Cumplió años hace poco, pero además es mucho más madura que yo. Dice cosas como que todo pasa por algo, y que a las cosas hay que tomárselas con soda. Piensa que el esfuerzo y el trabajo siempre se recompensan. Todo lo hace en frío, después de un análisis detallado. Es mucho más inteligente que yo, y en su balanza la razón siempre pesa más que la pasión. 


Mi otro yo come sano: no prueba frituras ni aderezos, casi no consume azúcar, ha dejado el café por los sanos té de hierbas.
Empiezan a quedarle grandes y anchos mis pantalones y se acuesta cada noche más temprano.
Escribe disciplinadamente, borra, reescribe. Ha vuelto al papel, a llenar cuadernos a mano, porque sabe que así la letra se siente más.
Hace canciones de una sentada y mientras suenan por primera vez ya puede imaginar armonías y arreglos instrumentales.
Ella tiene proyectos a corto y largo plazo y planea un viaje con fecha precisa.
Tiene mejor letra y una sonrisa alineada. Sabe callarse a tiempo. Jamás habla por hablar. Nunca cala una nota, no desafina ni recién levantada. 


Todas las mañanas me saca la lengua desde el espejo. Mi otro yo. Me dice que es mejor que yo, que así es como se crece, que deje de comerme las uñas, que ha empezado su era.


Todos los días camino sobre esa cuerda floja, pero ella es la más fuerte y siempre me pega el tirón: cada noche termino estudiando con un té verde y música instrumental, hasta una hora prudente, claro, porque al día siguiente toca madrugar.





lunes, 7 de mayo de 2012

usted de mí



Y usted qué sabe ahí, tan parado en la vereda. 
Qué sabe usted con su camisa tan abotonada hasta el final, con su puntualidad y su agenda apretadísima y sin borronear. Qué puede saber usted y su sonrisa a plazo fijo, usted y su verdad agarrada con alfileres, usted y sus circunstancias de gente grande, entera, resuelta y llena, empachada de tanto mundo.
Qué sabe usted de mí.


Qué podrá saber de un derrumbe, de un ruido, de un raspón. Qué sabrá de las noches sin dormir, de exorcizar una pesadilla nombrándola de mañana, de las grietas en la pared, el calambre, el pie izquierdo, la garúa de los desabrigados.
Qué sabe usted de mí, de las pelusas en mis bolsillos, de mis libros de hojas arrancadas, de mis rompecabezas de piezas perdidas. Qué sabe de mi amor por lo que viene fallado, de la chuequera de mis piernas y mis sentimientos, de mi letra sin clasificar, mis borradores, la escritura fragmentaria y edulcorada que a veces me habita. 
No tiene idea usted de esta mala salud de hierro, de la canción miope, de la sonrisa del revés. 


No lo sabe y no lo sabrá nunca. Tampoco ellos, aquél, los de más allá arriba. 
La única cima que conozco es la de un suspiro. Desde ahí he visto cosas que no le puedo ni empezar a contar. Es ésa la única altura a la que puedo aspirar. Es corta, es poca, es breve. Hasta allí se llega sólo a caballo del amor y otras pasiones y cuando ocurre que se está allá, en la punta de un delirio, las cosas se calman, el mundo se amansa y dan ganas de acariciarlo hasta que todo duerma. Desde allá arriba, los ojos se me inundan de afuera hacia adentro y la noche es un rincón prohibido del corazón.


Todo lo que está torcido, roto o del revés, vale esa cima esporádica y pequeñita. Todo el desastre cabe en dos minutos de pasión y de pasiones varias. Mi mundo es un caos de penas y de rabias, pero con promesa de humanas alturas, de besos secretos y cuentos diferentes para contar.


Pero a eso usted nunca lo sabrá...

miércoles, 25 de abril de 2012

Cambiar la voz



Hoy van a venir a verme los que se hayan ido.
Y voy a encontrar flores lejos de las tumbas,
más allá de los arreglos para casamientos y galardones,
fuera de los canteros de las tías abuelas;
yo voy a encontrar flores en los ojos de mis amigos
y hasta de los tuyos desenterraré algún que otro tallo
a ver si crece para mí en el frío
y me cuida el corazón.


Hoy van a cantar conmigo hasta los muertos.
Ellos me van a enseñar
a decir como desde el fondo de algún hueco
(que es la garganta, que es el pecho)
una cosa maravillosa de algún color
que llegue a dormir a las sirenas
y les regale dejavues a los hombres sin sueño.
Sin saber porqué aprenderé un canto
que incendie momentos
y escriba con cenizas el tiempo que vendrá.


Este día va a ser mío desde la punta del primer pelo en la cabeza del amanecer
hasta la última uña del dedo del pie de su noche cerrada.
Todo mío como el corazón que me inventaron,
como la palabra que no he de negociar,
como la estrella que nadie más pudo ver.
Todo mío como los hilos de esta marioneta que hace canciones
para quien las quiera escuchar.


Este día será mi refugio en la intemperie
de una semana de huracanes y otras tempestades.
Será mi válvula de escape,
la Roma de todos mis caminos
el corazón de estas tripas
y la curva que siempre le ha faltado a mi mueca
para reír bien.


Hoy voy a cambiar la voz.
Y en la nueva,
tanto más honda que la usada,
el mundo tendrá que acostumbrarse
a sonar diferente.


Hoy voy a cambiar la voz:
otro color se me hace agua en la boca
y cuando saco la lengua,
destiño.



martes, 10 de abril de 2012

Conversaciones III (mundos)



- Lo que pasa es que yo quiero lo mejor de cada mundo.
- No me digas...
- Eso mismo, sí.
- ¿Ah, si? ¿Y a costa de qué? contame...
- A costa de nada, ¿por qué?
- Es un poco pretencioso lo tuyo, algún precio ha de tener, alguien ha de salir perdiendo... Para tener lo mejor de cada mundo seguramente habrá que robarse muchas cosas.
- Yo no pretendía robarme nada... A lo sumo, pediría algunas cosas prestadas.
- A veces no se puede... No todos los mundos prestan sus cosas. Si estás parado en éste, no es lógico que vayas a poder hacer pie en aquél, o llevar las manos hasta el otro. No es como en el Twister: hay que quedarse en uno.
- ¿Vos decís? A mí me parece una lástima que así sea.
- Y sí... como el que no exista la omnipresencia, ni la tele-transportación. Una lástima como derramar un buen trago, como algunos talentos desperdiciados, como el hambre, como la muerte. Es una pena, pero se nos exige conformarnos con un solo mundo.
- ¿Y si yo no quiero?
- Bueno, no sé... Será que tendrás que poner a prueba tus caprichos. Pero yo creo que es de nene malcriado esto de quererlo todo.
- Pero, cómo, ¿no era así la cosa? ¿"Comerse el mundo", todo, lo que sea, ir por lo que uno quiere?
- Claro que sí. Comerse al mundo. A uno, al único. Jugarse por uno, echar raíces y esperar a que sea buena la tierra en donde crezca eso que sembramos con algo de miedo. Elegirlo porque es grande, porque es nuestro, porque es su aire el que nos cura. Elegirlo sabiendo que hay mil mundos y las más infinitas posibilidades, de equivocarse y de estar en lo cierto. 
- ¿Y los otros mundos?
- ¿Los otros? Qué sé yo...Nada desaparece, seguramente ahí seguirán. En su propia órbita. Y está bien que así sea. Habrá cosas de ellos que falten en el tuyo, pero eso no puede ser muy grave. No es de vida o muerte que falte algo en el mundo que vos mismo elegiste, digo yo.
- Quizá... Aún así, no puedo dejar de sentirme egoísta, corto, pacato...Tanto mundo, tanto mundo y yo en uno solo...
- No seas tan radical tampoco. Nadie dijo que las cosas no puedan fallar: todo el tiempo hay quien descubre que en su mundo ya no está más cómodo. Y entonces se muda, y vuelve otra vez a empezar a vivir allí donde no conoce. Y otra vez hace un mundo de ese mundo, y lo cuida y lo defiende. Pero no seas mezquino, cuando te quedes en uno, quedate entero, uno por vez, ya sabés lo que dicen: el que mucho abarca....
- Ya sé, ya sé...
¡Mirá lo que me hacés!...Y eso que me sonaba tan bien, querer lo mejor de cada mundo...
- Queré lo mejor del tuyo, con eso basta. 
Cada mundo es un mundo...y cada mundo sabe bien dónde le aprieta el zapato.






jueves, 5 de abril de 2012

Mañana cualquiera


Cuando abrió la ventana estaba todo en calma.
Tuvo la extraña sensación de que estaba viviendo la primera mañana del mundo, y se sonrió de media boca, más cerca de la mueca que de la sonrisa franca.


Mientras caía el agua de la ducha quiso enamorarse. Y un jardín largo para echarse a esperar la noche. Quiso un juguete para hacer burbujas y un cuento al oído para firmarlo a su nombre. Gota a gota, quiso un espejo. Gota. Quiso un torbellino. Gota. Tanta agua deslizada. Quiso romper el espacio. Tanta agua. Y su lengua de sed. Y las gotas que adentro irían a quedar.


Sin teléfonos el día es más largo. Llamarían para decir que se hace tarde, que algo no funciona, que hay 'una buena y una mala' y la mala siempre primero, que está grave, que está lejos, que ya no está. Llamarían sin noticias de dios, como suele pasar en estas ciudades, en estas estaciones, en este sur con balcones a tanta calle. 
Por eso apagar el ring le supo a salud. 


Soltó un saquito en la taza y mientras el color iba tiñiendo el agua, desprendiéndose como humo, como remolino, como sombra oscura, pensó en las cosas en las que nunca pensaba. En la gente que vive buscando la herida, la que nunca está cómoda en su triunfo de cartón, la que saca la lengua y te provoca a un juego al que no querés ni sabés jugar.
Pensó en unas cajas a cuerda que había encontrado una tarde azul en el placard. Cajas que no abría desde quién sabría cuándo y que, en su cabeza de resaca y mal sueño, se le figuraba que quizá, al destaparlas, se escaparía toda la batuta de los fantasmas que el tiempo tenía encerrados. Saldrían ellos a bailar, por los estantes de los libros, la balada de las cosas muertas. Por suerte, como buenos fantasmas, bastaría con nombrarlos para que desapareciesen, la misma técnica que había perfeccionado en la oscuridad de su habitación muchas noches atrás, cuando tenía cortas las piernas y largo, larguísimo, el miedo.
Pensó en las cajas de música guardando fantasmas y un frío le corrió por la espalda. 
Dan frío los muertos, quizá porque no se les puede decir nada y porque, aunque se abran con música, siempre están cerrados y en silencio: no tienen nada que conversar con el presente, no tienen ya lugar en la cama, y lo que antes era poesía de su boca, hoy es el más vulgar de los chistes, esos de mal gusto.


El té tenía gusto a enfermedad, a enfermedad ajena, una pálida que te apena pero no del todo, no en carne propia. Tomárselo era tragarse de a sorbos el mal tiempo. Por eso lo dejó a medio terminar, deseando secretamente licuados de frutilla y ananá, colores más atrevidos que llevarse a la boca. 
El té que dejó enfriar en la taza tenía, probablemente, mucho de esos fantasmas de las cajas de música, de los cajones cerrados y las llamadas que no había dejado sonar esa mañana calma que, le parecía, la primera mañana del mundo.


Si estaba todo dicho, no lo sabía. Si algo había roto algún hechizo, le daba igual.
La verdad más verdadera era que, en el fondo, lo que es es lo que hay, y lo que hay es lo que se deja ver, lo que se nombra sin rodeos, lo que se toca y tiene piel, lo que se construye con los ojos. Todo lo demás se parece a la noche cerrada que vive dentro de las cajas sin abrir, al té haciendo remolinos oscuros en el agua caliente de la memoria, a las llamadas a teléfonos descolgados.


Con esa claridad peligrosa, se dejó caer en la cama, con los brazos abiertos y el pecho cerrado.
Justo cuando los ojos empezaban a guardársele para adentro, la puerta sonó como de prepo.


Llegaba con sahumerios y medialunas, de algún lugar fuera del cuento.
- Qué linda está la mañana...¿desayunamos?


Y el día se hizo otra vez, mientras tiraba el té frío y empezaba a sonar otra canción.




domingo, 1 de abril de 2012

Lo que no mata



Todo lo que no mata, cura.
Vengan médicos y matasanos a decirme lo contrario: yo digo que hay salud en todo borde y cura en todo sinfín.
Cura de espanto. 
Cura de sueño.
Cura a cuentagotas y a chorro. 
Cura desinfectando o de un tirón.
Curita que despega dolores y hasta moretones de la piel.


Por ejemplo, ciertas noches de azar y otros encuentros.
Por ejemplo, ciertos giros estruendosos, más o menos repetidos, más o menos predecibles, con nombre de verdad y miedo de mentira. 
Por ejemplo, la irrenunciable ternura a la que me someten algunos amigos míos. O la plaza a cualquier hora del día, tan segura de que cada banco tiene un secreto para contarle a mis manos de letra curiosa.
Por ejemplo, la canción que nace nueva, junto con el otoño y este abril de medias estaciones para el alma. Por ejemplo, los suspiros antes de ir a dormir, la consciente decisión de amanecerse, el lápiz de punta nueva y olor a cuentos sin contar. 


Curas como si de chaparrones se tratara. Aguaceros sin alcantarillas. Palabras sin promesas. Futuros hechos de lo que hay detrás de mi esquina, cortitos y a mano, como mi nombre, como los primeros besos, como los viajes sin planear.


Todo lo que no mata, hace chispas como a punto de un fuego o de un incendio: ardemos sin quemarnos, desde el verso hasta la entraña. Ardemos en la cima de nuestra propia torpeza que es, al fin y al cabo, nuestra mejor defensa.
Entonces, no mata el espejismo de sol en los desiertos. No matan las excepciones a la regla. No mata la poesía de Miguel Ángel Bustos, que devoro como si de tragármelo me contagiara alguna que otra buena palabra.
No matan los bares a las peores horas ni los desconocidos de siempre.
No matan los sueños intervenidos, preguntados, destripados en las mesas de amigos y alcohol.
No mata el tiempo muerto, ni el recuperado, una se vuelve una especie de globo aerostático de tiempo y alza vuelo por encima de las nubes y los tropezones.
No matan los solos de guitarra, ni los musicales, ni el teléfono con guiños de afecto guardado, ni la sensación de ser un rayoncito un poco más arriba en el marco de esa puerta.


Lo que no mata, cura inspirando, haciéndose vida en mis talones. Cura escribiendo por mí, moviendo mi mano derecha con hilo de tanza y el cachito de pasión contenida que, dicen, hace falta para ir (descalza en el aire, como sugiere la canción).
Cura cantando y canta curando, como fue desde que tengo uso de voz y desde que alguien, cualquiera, aprendió a tararear, el primer gesto de amor en la historia de todos los hombres, digo yo.


Por eso a mí me cura del mundo y sus desastres, esto de tener tanto de lo que hay tan poco.
Por eso no me mata el viento fuerte, ni el rayo, ni la media sonrisa con los dedos cruzados por la espalda, ni el espanto, ni el miedo atroz debajo de la cama. 
A mí me curan unos cuantos nombres, el verso imposible, la luz que promete el tiempo, cierta magia que no entiendo, el amor que duerme bajo las baldosas, el abrazo que me envuelve, y las canciones que no salen en la radio.



lunes, 19 de marzo de 2012

Conversaciones II (un sueño)

- Era un espejo, de esos chicos que hay en las casas de cosméticos, redondos, para la cara, y con aumento... Cuando me doy cuenta estaba prácticamente tapado de avispas.
- ¿Qué avispas?
- ¿Importa? No sé...de las coloradas.
- No sé, decime vos ¿importa?
- Esas avispas me picaron todas juntas una vuelta, cuando era chica. Hoy no me les puedo acercar...
- Ah, entonces sí, debe ser que importa...Bueno, y ¿qué más?
- El espejo con avispas estaba sobre mi escritorio, que estaba contra la ventana de mi cuarto, ahí donde en realidad está la cama. Todo lo demás era igual.
- Bueno, y ¿qué hiciste?
- Nada. No podía hacer nada. Había algo que no me dejaba salir del cuarto: no sé si la puerta tenía llave o yo no la podía abrir, pero estaba encerrada de alguna manera. Y acercarme al espejo era imposible, me daba terror.
- ¿Tenías que usar el espejo?
- Evidentemente...pero no sé porqué, no es una necesidad de primer orden mirarse al espejo, ¿o sí?
- Según... Ya sabrás vos todo lo que guardan los espejos...
- Puede ser...Pero esto estaba lejos de ser la historia de Alicia.
- Seguro. Pero quizá éste te transportaba a mundos un poco más complicados...Uno con avispas.
- Estaban quietas, pegadas una al lado de la otra sobre el espejo, pero no lo tapaban por completo. Eran como el negro de un ying-yang.
- Pero al blanco no te animabas a verlo de cerca...
- ¡Tenía terror a que me picasen! Si me acercaba...si me miraba...
- Vos sabés...es curioso, pero hay algo que tienen las avispas, interesante: cuando te pican, se mueren.
- ¿Y eso?
- Eso, que cuando te pican, te dejan el aguijón y se mueren.
- ¡A eso lo entiendo! Quiero decir, ¿a qué querés llegar?
- Bueno, no estoy seguro... Pero, quizá, solamente quizá, es cuestión de dejarte picar.
- Yo ya sé cómo arden las picaduras de avispas, te dije, me pasó de chica...
- Justamente por eso, porque lo sabés bien y porque no te lo olvidás es que están ahí, en tu espejo.
- Ya me mareé...
- ¡Ja! Bueno, no importa...contame más, ¿había algo más?
- No, nada... ¡Ah! Bueno, sí, la ventana...Era de mañana y estaba abierta de par en par. Entraba mucha luz.
- ¡Ah, osea que tenías una puerta cerrada pero una ventana abierta!
- Sí...¡¿Pero quién escapa por una ventana?!
- ¿''Escapar''?... Nadie dijo nada de escapar...¡a eso lo dijiste vos!
- ...
- Yo hablaba del aire que entraba por esa ventana. El sentido de la posibilidad.
- Yo en ese sueño no podía pensar más que en escaparme.
- Suena a tortura, sí: estar encerrada con algo que te asusta tanto. Pero no te olvides de algo: estabas jugando en tu cancha, de local. Tu cuarto es tu lugar en el mundo, lleno de tus cosas. Todo un ejército de afectos contra algunas avispas en un espejo.
- ¿Y entonces?
- ¿Cómo 'y entonces'?...¡Que tenés las de ganar! Que estás donde tenés que estar para matar a tus avispas. Y tenés una ventana abierta...Vos lo dijiste, no sirve para escaparse, pero quizá...
- ¿Quizá qué?
- No sé...Digo, quizá sirva para decidir quedarse y usar su brisa a favor.



lunes, 12 de marzo de 2012

El caracol



El caracol sabe que su envión es su latido. No hay nada más que eso.
La espiral de su espalda es lo que le ha pasado: veredas, momentos, otros caracoles, piedras y abismos intratables. 
El caracol sabe que en los caparazones duros no se hace cicatriz, pero sí surcos espirales que lo decoran y lo hacen un bichito simpático. Algo es algo. Peor es ser babosa, piensa el caracol.


No es paciente pero no podría vivir más rápido que su andar: su adentro es su afuera, y lo que ve es lo que han puesto para él. 
Cuando le preguntan qué lleva ahí dentro, tan escondido, dice que nada, que son macanas.
No dice que ahí viajan todos sus mapas de caminos acaracolados, surcos por donde la vida era más suave y más vistosa. No dice que lleva la humedad, los despojos, las miradas curiosas de los niños. Y la sensación de un dedo índice por donde trepó de pequeño, tan confiado él en que el mundo era para los caracoles que se le animaban a esas subidas expeditivas.
Adentro lleva un caudal de historias que a nadie confía (un caracol nunca habla por hablar), el deseo de no ser tan pequeño, eso que dicen de 'estar a la altura de las circunstancias', y la verdad, jodida verdad, de que un caracol no puede apurarse a ninguna meta.


El caracol a veces se desvía, da vueltas que terminan por marearlo, y entonces se guarda hasta adentro y hasta que los rumbos se acomoden. Se pierde de todo lo que el mundo ha puesto para él, a la altura de sus antenitas curiosas, y lo sabe. 


Pero entonces, y siempre antes de que sea demasiado tarde (aún en tiempo de caracoles que es, como todos sabemos, un tiempo lento y perezoso), pasa algo que lo sacude.
Y siempre, o casi siempre, empieza con un ruido seco y duro en su espalda espiralada, algo como un golpe pero una caricia. Y luego un viento que lo mece de un lado a otro, de su corazón a la punta de sus pies (si los tuviera). Y un olor como a cosa que nace, que respira, que se levanta de la tierra y empieza de nuevo, un regalo, el sentido más profundo de la posibilidad.
Y es justo en ese momento en que el caracol sabe, sabe bien sabido, qué hace y dónde está; y que es lento pero no tiene cicatrices sino una casa de secretos, y que es caracol y que su envión es su latido.
- Hoy llueve para mí - siente el caracol. 
Y se echa a andar.





jueves, 8 de marzo de 2012

Y una esquina



Siempre hay cosas que no puedo nombrar. Siempre como un sonido a poco, como un gusto a sordo, a rueda que se embarra.


Siempre hay alguien por la calle diciendo cosas que no entiendo, como si otro fuera el idioma, o suspirando, como si otro fuera el motivo, y yo me quedo quieta a escuchar, a desatar las palabras como para sacarles el brillo. Y cuando un extraño me sonríe siento que no fue tiempo perdido, que tenía que mirarlo, así, con espejo y alivio, con noche cerrada y tedio, con amor estancado. 


Siempre que hago cosas a deshora, que desobedezco, que doy reversa, o escribo versos desinspirados, siempre, al final encuentro algo de mí en lo bailado. Algo parecido al primer llanto desde una cuna. Algo parecido a las manchas de témpera en el guardapolvo. Algo como su mano un día en el parque, pasándome el mate mal cebado y con sonrisa, que daba igual porque los de él eran dedos de canción, y con eso alcanzaba.
Algo como la última vez que quise estar en otra parte, y cuando por fin lo estuve y fue todo como un viaje en globo por mi vida y por mis años, como una flor arrancada del cantero del mundo y sus favores. 


Siempre miento por necesidad, siempre ignoro por consuelo. Del amor y del espanto leí algo, ni los protesto ni me les planto, más bien escribo que algo he sacado a ellos, que alguna vez me los encontré agarrados como abrojos, al borde mis pantalones, y que fue un trabajo desprendérmelos: uno daba miedo y el otro ganas de salir corriendo (nunca supe cuál).


Todo esto se me pasa en mirar desde un balcón, en tirar papeles, en descartar melodías melosas. Todo esto se me pasa en el día, que va cambiando de luces y siempre me quedo con la de la tarde, que es de un color que abrasa y abraza, si  me descuido.


Siempre que todas estas cosas, hay un libro que me habla al oído, una boca que me escribe de idilios imposibles que algún día serán, y una esquina sin semáforos para cruzarse   del delirio al día de hoy. Una esquina donde es verdad eso del mejor lugar.



miércoles, 29 de febrero de 2012

enlluviecida

Estábamos detrás de una cortina de agua, blanca. No se veía nada de lo que había más allá.


Yo cantaba una de Sabina que en este momento no me quiero acordar. Y me dolía la cabeza y quizás las piernas (o era sólo un moretón en una rodilla, ya no sé).
Estaban mis amigos, las botamangas empapadas de charcos, riéndose a carcajadas.


Yo sentía que la lluvia no iba a parar más, que en serio iban a hacerme falta barcos, de colores, de luces y de verdad.
' Arremangate', me decía una amiga, 'vamos a salir'.
Y yo, como con miedo a desteñirme, hacía fuerza por quedarme bajo techo.
' No te va a pasar nada', decía, '¡mojate! ¡es agua nada más!'


No me iba a pasar nada. La lluvia siempre me había gustado: yo abría la boca y era mía, yo le pedía cosas, yo le competía en llanto, yo la esperaba siempre.


Alguien me empujó y me vi, de golpe y completamente, bajo el agua.
En dos segundos ya no tenía una parte de mi cuerpo seca. Grité con el ruido de los truenos y un rayo me rozó en la zona del ombligo, pero despacito, como caricia iluminada.


Me empapé de coraje, con la carcajadas de mis amigos (bailando de agua y risa a mi lado) barriendo el silencio acumulado, hablando por hablar y tan contentos.


Cuando me desperté, el sol quebraba mi ventana. Yo traía lluvia y coraje bajo la almohada.


(Y la de Sabina decía, sin prisa pero sin pausa, 'esta boca es mía')

martes, 28 de febrero de 2012

visionaria y bisiesta



Hace cosa de 4 años y un día (nada de 'cosa', exactamente eso) me desperté con un ardor en la frente que era, ni más ni menos que un don.
Lo supe enseguida: ese día iba a saber yo todo lo que estaba por pasar.
Fue el último 29 de febrero, ese día de yapa que hace bisiesto a un año, que trastoca energías y vuelve supersticiosas hasta a los gatos negros.


Supe esa mañana todo lo que en cuatro años iba a ocurrirme, mi futuro como un paréntesis entre dos veintinueves de febrero. 
Raro. Ridículo. Absurdo. Pero totalmente cierto, como que me llamo como me llamo, fumo lo que fumo y detesto madrugar. La pura verdad.


Tuve accesos de llanto, espasmos espantosos frente a la muerte, las heridas, las ausencias transitorias y las definitivas. 
Me aburrió la rutina hasta el sueño. Me caí del culo con las novedades, los exabruptos, los excesos.
Escuché músicas nuevas, olores nunca idos, revisé mis prioridades, redescubrí el porvenir como una cosa que ya había sido, como algo que nunca dejaría de ser.


Vi paisajes imposibles para mi presente de ancla, de ánimo de auto estacionado, de callada quietud.


Vi por dentro la soledad y el abrazo. Me acuné en un poema que aún no había escrito, un poema que vendría a  salvarme la vida (¿para qué otra cosa, si no?).


Lo vi todo junto. El tropezón y la sangre derramada. Vi mi corazón atado como latita a un parachoques, haciendo ruido contra la calle.
Y después de mirarlo todo, lo dejé pasar. Con la más estúpida y torpe resignación.
Ni a Casandra le hubiera salido peor.


Fui visionaria por un día, lo vi todo como desde la copa de algún cielo, desde la cumbre más azul, desde la primera nube. 
Pero a mí los ojos no me sirven y nunca, nunca, me han alcanzado.
Yo quería sentir. Sentirlo todo. 
Entonces dejé que los cuatro años se me escurrieran entre los dedos.
Fueron tristes, aburridos, desvelados, atorados, estridentes, abrazadores, hermanos, idiotas, escritos, borroneados, cantadores, mágicos, gastados. Fueron un dolor y una caricia.
Pero fueron todos míos.


Si los he visto, no me acuerdo. Yo los viví.

jueves, 23 de febrero de 2012

En cambio yo...

Están los que arman las valijas y empiezan a comer de más.
Están los que salen a correr a ver si las piernas los llevan más lejos que su cabeza.
Están los dolidos, los desabridos, los extrovertidos que lo escupen todo en una noche de alcohol.
Y al que le da por gritar, como si el viento corriera en su dirección. Y la del mal tiempo y la peor cara. Y el que se ríe grande como un escudo, para que resbalen (de mentira, siempre de mentira) lluvias y nostalgias por el resumidero y no verlas nunca más.


Están mis amigos que son de armas tomar, y llevan adelante batallas descarnadas que suelen dejarlos tendidos en el suelo, boqueando que hicieron lo que que les dictaba el antojo.
Están mis amigos que se sientan un rincón a entenderse, y llevan adelante guerras internas de razón y paciencia que terminan en callada tristeza, y quedan ellos murmurando que hicieron lo correcto.


Y los kamikazes más decididos, los del portazo, los de la salud. Los masocas, los rendidos de rodillas, los idiotas y los apurados.
Los sin mapa. Los que adoran la tierra que pisan, convencidos de que no pueden perder.
Los que se buscan el lado débil cada noche. Los que sueñan de más. Los que persiguen corazones como si alrededor de él estuviera la mira de precisión de algún arma, como un objetivo terco e inútil. Los que bajan la cabeza con sabia resignación.


Y después estoy también yo. Que no como ni más ni menos, o ni cuenta me doy.
Que hoy armo las valijas y mañana desempaco con la prolijidad de no haberme ido nunca. Que no corro porque no me alcanzarían las piernas para llegar a donde quisiera. Que duelo pero río, que no grito por no gastarme la voz. Que perdí hace rato el escudo pero a veces lo saco, porque la lluvia y la nostalgia herrumbran y yo no quiero arruinarme en ese color.


Que me armo con uñas y dientes y aún así vuelvo a los rincones oscuros a pensar en las batallas que no quiero perder, o en las que no tengo nada que hacer.
Yo creo bastante poco en mis manos, pero las cuido: son las únicas que tengo.
No puedo abrir puertas a la fuerza, ni cerrarlas de un portazo. Prefiero las ventanas, asomarme a respirar desde un ventiluz y esperar a que ese aire sepa bien llenarme los pulmones.
Soy una cabezadura con un umbral del dolor bastante fino. Cicatrizo a otro ritmo. Me cuestan un mundo las mañanas.


Yo me hago caracol y guardo conmigo mi cajita de cartón, mi cajita de música hasta que sea prudente llevarla otra vez adelante.
Guardo mi cajita de música, mi envión, mi voz, mi buena estrella...Que es como decir que me cuido el corazón.





jueves, 16 de febrero de 2012

inescapable



En la escuela me enseñaron cosas que no tengo en ningún cuaderno. 
Salen en los bares con mis amigas y compañeras de barco, esa travesía en mar picado que fue la infancia y la adolescencia apretadas entre las mismas paredes.

Aprendo o, re-aprendo entonces, que el sol tiene que darnos siempre en la frente. Que somos nenas caprichosas y lloronas, y miedosas, también. Pero nos gusta dar el salto y reírnos a las carcajadas en la caída libre: porque sí, porque todo adentro nuestro nos pide saltar. Y la libertad es la cosa más hermosa que hay, para escaparse de una clase o de cualquier cosa que nos haga doler.

Aprendo que tengo, como ellas, un silencio terco de herida. Que aprieto los dientes y sigo con un poco más de pena pero como mejor me sale. 
Que algunas medias tintas me revuelven el estómago, que estar en un sitio no estando del todo me corta como vidrio, porque me han enseñado que la sonrisa y la lágrima no se gastan.  

Recuerdo que supe un día que solamente la pasión iba a salvarnos de la vida breve, de la rutina que gasta, del desamor, de los desmaravilladores.

Que 'el colmo' no era tan malo si era cierto, si en dar la mano iba más que sólo la mano, si en dar mi palabra iba más que la aburrida fonética. 

En la escuela aprendí a no edulcorar los discursos y a sentirlos como espada o como caricia, según el caso. Y a desconfiar cuando a las simples cosas, aquellas pequeñas cosas, las disfrazan de gato de cinco patas sin más ni más.

A esta altura no debiera sorprenderme este capricho mío de buscar las luces hasta en la peor noche. De buscarla y de hacerla, o no hacer nada. 
Nos enseñaron a no querer ser el fosforito, sino la llama que alumbra y que quema, la llama que vive y que invita a vivir.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Ni la misma ni igual




- Creo que cuando viviste un tiempo en otro lugar ya no podés ser la misma - me dijo una amiga.


Será que tiene razón. Que este corazón que yo creía prestado, que estas manos de supuesto viento pasajero, y esta nostalgia acobardada de ser cierta, son lo que soy ya para siempre y sin remedio.


Será que mi raíz ya es otra, mezclada de tantas  cosas. Que mi vida es una grieta de tiempos. Y que crezco, irremediablemente, con el tacto y los ojos llenos de eso que he sido y que prometo ser.

lunes, 13 de febrero de 2012

otra luna



Anoche quise quedarme a ver la luna. 
Estaba gorda y amarilla y, en el momento en que yo levanté la cabeza, semi-tapada por una nube triste.


La última vez que la vi así, yo estaba muy lejos, consolándome al pensar que era ella mi único hilito frágil y hermoso con la gente que me hacía vibrar.
La luna era una cosa puesta allí para mi bien, estrujándoseme adentro, como si en su panza de todos los cielos me trajera los amores que se me habían quedado de aquel lado del mar.


Y anoche la vi otra vez igual y tan sola...Me dieron ganas de atravesarla de un abrazo, de pedirle un poema para hacerla canción y agradecerle así la ilusión que le debo en cómodas cuotas musicales.


Pero me venció el sueño y me dormí exorcizando un día sucio y maltratado. 


Me dormí y no pude decirle que me cuidara la cabeza y el corazón. Y que estaba más hermosa que siempre. Y que me hacía llorar.

domingo, 5 de febrero de 2012

sans rêves


- Yo duermo sin sueños - contesté. - Es para que el tropezón del despertar no sea caída.
A veces, cuando me levanto, siento que he visto miles de cosas pero que se me han escondido antes de que pueda contarlas, antes de poder revivirlas en una palabra, antes de respirar a través de ellas como si yo también fuera parte de un sueño olvidado.
Duermo sin sueños - repetí - porque un déjà-vu me hizo temblar y supe, inevitablemente, el peso de lo que se esfuma en el mundo cuando tenemos los ojos abiertos. Porque me dolió del alma hasta los zapatos tener que dejar ir lo que detrás de una cortina de noche y párpados era todo mío. Porque un día, con el sol en la cara, vi que todo en mi vereda era un sueño inconcluso, que mis manos eran humo y que en otras manos, humo contra humo, la vida se esfumaba sin sueño que valga.
Me duermo sin soñar para alargar este tiempo que me ha tocado, sin alas ni muertos queridos que vuelven a visitarme o a decirme que nunca se han ido.
Y para que no haya encuentros fortuitos entre usted y yo. Para que no nos miremos de reojo. Para que no nos besemos de sopetón y sin cuidado. Para que no nos sobre el tiempo de planearnos con las manos, de recorrernos con el futuro en la boca, de creernos el cuento del tío y tomarnos en serio el amor y otros demonios.
Yo duermo sin sueños por si en uno se me aparece tenue, como de un beso o un suspiro, lo que alguien dice que es la felicidad -.


Me miró como si mis ojos le quedaran lejos y, arremangándose las ganas de disparar a discreción todas las verdades que llevaba encima, tomó su mundo de promesas maltratadas y se fue.
Se me fue allá lejos donde, probablemente, no llegue más que un sueño de esos que ya no tengo más.

domingo, 29 de enero de 2012

5 minutitos más



Alto.
Todavía no.
Aún no he dado un beso frente al mar.


Y me envenenan las tareas pendientes:
esto de tenerles que decir
esto de tener que llorar
estos relojes que se morirán en mi muñeca
una aguja, y después la otra,
y al final los segundos me quitarán la última bocanada
de aire.




Todavía no he mentido amor
no he jugado a hacerlo durar.
No le canté a mi calle
ni te sentí, con el viento,
despertarme de madrugada.


No me fui al sur
no me deslumbró un color.


Me faltan tantas terceras y vencidas,
tanta primera vez para todo,
tanto sangrar sin vaciarme
tanta boca, tanto verano,
tanto aire y la lluvia que soplará.


Todavía no. 
5 minutitos más.
Tengo mucho sueño por delante.





viernes, 27 de enero de 2012

cambio de planes



Vino la tormenta y mojó todos mis papeles.
Ahora las hojas se me vuelcan de las manos. 
Mis palabras de tinta decidida se han vuelto agua
que has de correr
agua
que he de beber
con paciencia
porque de palabras tengo la lengua
y no conozco otra forma
de arrancar flores, de quebrar el humor
de enamorar.


Vino la tormenta a deshacerme lo dicho.
No es que no tenga palabra,
es que cabe en una gotita repetida
un gotita y su patota de gotas
que es la tormenta del verano
de mi duda de siestas cortas
y sueños desdoblados.


La lluvia me mojó todos los planes.
Me propuso otros,
frescos, apurados
imprevistos planes
como el agua que me limpia la cara
y me empapa la imaginación.


Quizás todo haya cambiado
pero yo quiero seguir siendo
la nena que le sacaba la lengua
al cielo gris
porque sabía,
que aunque le aguara los viejos planes,
la tormenta
repentina
ruidosa
inoportuna
siempre siempre
era un regalo.

domingo, 22 de enero de 2012

Quien quiera que sea



Hago y deshago el mismo nudo.
Le pongo nombres que no conozco, se los cambio. Me canso de decirle 'mentira' al nudo, de decirle 'paréntesis' al nudo, de decirle 'nudo' al nudo. Digo y digo. 
Soy la que habla cuando la noche se ha dado vuelta para ser espalda y silencio dentro de mi cama.


Yo soy un bicho nostálgico con el corazón de aire y algo de tiempo roto entre las manos.
Soy el secreto que me sacan a golpes de ternura mientras duermo. Me basta el hueco de un ombligo para resistir. Y resisto siempre que hay otro día y el sol decide engancharse en mis tobillos: los tropezones de luz bien valen el camino escarpado.


Soy la de los sueños ahogados, la de la verdad en la punta de la lengua. La que no cree en la forma de las nubes y busca en el reverso de las palabras el truco que el amor tiene escondido.
Soy la que se cuida de los bordes y la que siempre pierde el equilibrio.


Soy la cabeza dura de los cabeza-duras, tengo piedras detrás de los ojos, brillantes, espejitos de colores que me reflejan el mundo que quiero mirar.
Tengo adentro el compilado de consejos que me dieron, los que vi fallar y los otros, los mágicos, los que me abrieron las puertas y las ventanas de su casa.
Soy esos recuerdos que no tuve y los que palpitan en mis manos ajadas de ausencias y calendarios compartidos. 


Soy su cicatriz más ardiente, el beso que todavía quema. Soy lo que me enseñaron a defender con uñas y dientes, la vida que se descascara, el íntimo momento en que cambia el aire y se descose el cielo. Soy el dolor de su partida, el de la niña que fui con ese amor que me quedaba tan grande.  
Y al fin soy sobre todo el escudo que se me hizo pasar por olvido. El escudo que no dejó que pasaran las balas. El escudo que no dejó que pasara nunca más nada.


Soy mi corto nombre de bolsillo. Cuando lo nombro y estiro la mano, estiro con ella un porvenir de líneas difusas, una superstición y un anhelo.
El de seguir siendo todo eso. El de no dejar de ser yo misma. Quien quiera que sea.