' Cualquier movimiento mata algo (...)
y estar aquí es moverse, estar aquí es matar algo...'
y estar aquí es moverse, estar aquí es matar algo...'
Hace algunos años, en alguna de esas películas berreta que dan sólo por cable, vi la historia de un tipo que de noche asesinaba y de mañana amanecía sin saber siquiera dónde había estado la noche anterior o cómo es que había llegado a su cama.
Hace varias noches me soñé parte de esa película berreta que, al parecer, quedó por ahí, hundida y perdida en mi memoria: se ve que, mala y todo, o, de tan mala, no habrá sido tan olvidable. No sé porqué decidió reflotar por estos tiempos, pero así mismito fue.
Soñé que aparecía de mañana con una resaca que no venía del alcohol. Que algo me retumbaba en la cabeza, que me dolían las muelas de tanto apretarlas y que cuando iba a lavarme la cara me descubría sangre en las manos. No era gran cosa, no se crean. Eran apenas unos hilitos que seguían los surcos de las líneas de mi mano. Eso, tenía rojas las líneas de las manos, y me temblaba el pulso.
Durante el día, todos me daban el pésame por una muerte que yo no recordaba ni podía saber de quién. La gente me daba abrazos de esos que pretenden contener a los que están en el peor de los duelos. ''Lo siento mucho'', me decían mis amigos ofreciéndome su hombro para que llore. Y yo no podía entender porqué. Me perturbaba no saber quién se me había muerto y tenía la sospecha, claro, después de haber visto alguna vez esa película espantosa, de haber sido yo, sin darme cuenta, la asesina a la que nadie acusaba.
Entonces me ponía a revolver mi casa buscando pistas que me sacaran de la duda, que me contaran cosas de la persona que ya no estaba, que me dijeran porqué había hecho yo eso o, mejor, que me aseguraran que no podía haber sido yo.
Pasaba el dolor de cabeza y de muelas, la sangre se lavaba, pero durante todo, todo mi sueño yo sentía dos tristezas que eran, casi, dos certezas: la de haber sido la asesina y, la más triste de todas, la de no recordar a quién había matado yo.
De día, acudía a un entierro de alguien a quien había olvidado, con mis propias manos y a sangre fría. De noche probablemente vivía en lo subterráneo, daba lástima, perdía la cabeza, me dolían las puñaladas con las que yo misma me defendía de algún matar o morir.
Al final llovía torrencialmente, se inundaba mi casa y todo se veía más hermoso bajo el agua. Había pececitos de colores, no quedaban rastros de sangre y hasta de ese olvido me olvidaba. Mientras nadaba por mi casa, me acuerdo de pensar (soñando) que probablemente había sido todo un mal sueño y que eso de matar quién sabe a quién sin siquiera recordarlo podía ser un buen material para la terapia.
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