domingo, 19 de agosto de 2012

Con Circe


...Soy lo prohibido...

Otra debería haber sido la historia.

Él debería haber terminado allí su periplo con la certeza de que lo que estaba pretendiendo era un ingenuo viaje hacia el pasado, y que no hay barco capaz de salvar sana y felizmente esa distancia.
Ella debería haber desoído a los dioses y nunca dejarlo ir.

Ulises debería haberse quedado con Circe.

Mala fama tenía ella, de hechicera. Pero es, en realidad, que la magia era su único mecanismo de defensa, no había maldad en los hechizos de Circe. Y si la hubiera habido, en cualquier caso, debe saberse que hasta las más avezadas brujas pueden rendirse a un amor.
El héroe llevaba años intentando volver. Tantos, que ya ni él sabía a dónde o a qué. Itaca era un recuerdo y una promesa, y Penélope una muchachita de cuyas formas se habían olvidado ya sus manos. Ulises no era ya rey ni guerrero. En rigor de verdad, y ante todo, era un viajero, un viajero perdido con más tripulación que agallas, y un barco demasiado grande para tan poco corazón, haciendo ruido en medio del mar.

Ulises y Circe se enamoraron. O no. Quizás no se enamoraron: los mitos siempre se cuidan de usar esa palabra. Digamos mejor que se olvidaron por un tiempo del tiempo mientras se descubrían; que cuando se enredaron por primera vez rugió el mar; que se confundieron sus sombras y se hablaron en dialectos que el mundo antiguo todavía no había inventado; que hicieron el amor con prisa y con descuido y tuvieron hijos como una manera de asomarse juntos al futuro.
Digamos que algo de ella le hizo deponer la armadura, y que sus ojos de venir de lejos le enseñaron de magia a la hechicera más grande de toda la mitología.

Pero lo que fuera que haya sido, no bastó. Ni todo el amor del mundo (o no, el amor no, pero elijan la palabra) hubiera alcanzado para derribar tanta tradición : los héroes son héroes y como tales deben volver a la casa de siempre, a la mujer de siempre, al venturoso futuro que ya está trazado para ellos. Tenía él que hacer lo correcto y atarse de pies y manos a la costumbre de compartir cama y reino con Penélope, y volver victorioso de la más larga y absurda guerra, y contar las hazañas en que casi se le fue la vida. 
Los héroes no eligen cómo seguir su camino, los dioses lo hacen por ellos, grandes marioneteros de todo lo que en el mundo se mueve. Nada pudo hacer contra eso el mortal Ulises.
Tampoco eligió Circe dejarlo ir. No cuenta el mito que, al verlo partir, lloró como si la tristeza de todo el mundo se le hiciera costura en el alma. Ni cuenta que tuvo ganas de matar y mató, con venenos y embrujos terribles, a todos los hombres que intentaron tenderle una mano en apoyo, o besarle las cicatrices para hacerla volver a este mundo en que había quedado sin Ulises y sin día siguiente.

Luego todo siguió pasando. Y la historia es como la conocemos.
Penélope es la mujer más fiel y más paciente de todas, Ulises es el héroe más constante y cabal de todos, y ése es el final más feliz y más apropiado para ese largo viaje, por dentro y por fuera, que hoy entra en casi todas las currículas de literatura del mundo.

Pero a mí me deja un gusto amargo. Yo creo que se equivocó la mitología. 
Ulises debería haberse quedado con Circe. Así, sin mucho conocerla o por conocerla más. Debería haberse desatado el designio divino de los talones y, por una vez, desafiar al cielo; crecer de golpe, amar más despacio, sentir el hechizo.

En fin, yo no soy el aeda y este cuento hace mucho se acabó de contar. Sin embargo a veces pienso que, más que el encanto de las sirenas, en lo que pensaba Ulises esa noche bajo el agua, era en Circe. En Circe cuando, aún sabiéndolo ya ajeno, le contó al oído cómo salvarse de ese canto, y otros secretos que en ese espacio entre su boca y su oreja quedarían para siempre.
Yo lo sé. Ulises en ese momento pensó en Circe, aunque a eso nadie lo cuente.

Y siempre que los imagino juntos están, rompiendo espacio y tiempo, bailando un bolero que habla de las cosas que no deben ocurrir.


Soy Lo Prohibido by serrat on Grooveshark


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