sábado, 29 de diciembre de 2012

Ser amanecer amaneciendo siendo...


Fue esa mañana que descubrí la mañana
que supe que pueden tirársele los hilos al sol
y soplar a un costado la luna, lunera
tan llena de todo, tan llena de mí.

Fue esa mañana que descubrí la mañana, continuación del abrazo, viejo refugio de la posibilidad.
Esa mañana vi los trabajos de los pajaritos desde los árboles a la ventanas, vi el nacimiento de todas las cosas amontonándose porque las moje de luz el sol.
Todo siempre pasa, como la figurita más repetida del álbum del mundo. Pero fue esa mañana, y no otra, que yo descubrí la mañana. O la encontré de nuevo, tapada de años y de dudas.

Mientras la luna me bajaba un telón, el sol me levantaba otro. Todo iba pasando despacito. El cielo se amanecía tímidamente, poniéndose tan colorado y vergonzoso como el corazón que llevaba yo en mi bolsillo, mientras desandaba calles y respiraba las veredas de vuelta a casa.

Fue esa mañana que descubrí la mañana, y ese mecanismo tan secreto que tiene ella de hacer el día. 
No sé las otras, pero esa mañana, esa precisa mañana, había sido yo la responsable de que amaneciera en mi ciudad. Era mi amor y mi empeño, eran mis ojos bien abiertos para verla, era la mitad que completa mi abrazo y el hilo que va de la comisura de mis labios al primero de los rayos, lo que despierta al sol e inventa otra vez el día.

Esa mañana fue mía. Nació de mis manos. Fue verdad dentro mío. La regalé en un beso y la hice durar hasta que me venció el sueño.
Y no hubo caso: cuando me desperté ya era tarde. La tarde del día que hice amanecer.