lunes, 21 de enero de 2013

No más palomas mensajeras


Mis palomas mensajeras volvieron esta tarde agotadas de su vuelo. 
Creo que mis palabras pesan más de lo que ellas pueden cargar, por eso mando dos o tres y distribuyo mis escritos, mis versos, mis cartas y todo su peso. Se ve que, de todas maneras, el periplo se les hace largo y duro porque se desmayan sobre mi escritorio apenas llegan.
Yo, ansiosa como nena de cinco años, les pido que me lo cuenten todo. Les sacudo un poco las alas, les hago cosquillas en las patitas y el cuello. Quiero saber lo que han visto, cómo es volar sobre el mar y las montañas y cómo es finalmente llegar a sus manos, aterrizar en su hermoso paisaje de líneas de la vida, el amor y la muerte.
Pero mis palomas mensajeras llegan con sueño, hambre y frío y no quieren saber nada conmigo por varias horas. Tienen sus razones y no creo que accedan a partir de nuevo, no están para estos trotes.

Las tacho de la lista y sigo pensando. 
Si tuviera pulmones fuertes se las soplaría, y las palabras le despeinarían el jopo, como hacen las palabras aún sin viento, porque esa es su vocación, despeinadoras dueñas del aire.
Si supiese nadar de verdad, y no apenas para zafar en 'la parte honda', yo misma me aparecería nadando en su orilla, que es lo que hago siempre, que es lo que no puedo dejar de hacer, quedarme en su orilla para ver cómo amanece, cómo se hace de tarde y cómo se va a dormir, conmigo velándole el sueño, velero enamorado.

Pero yo nada más tengo letras. Me sobran cosas para contarle aunque nada muy grande haya pasado desde que me abrazó y de un 'hasta pronto' prometimos cuidarnos el corazón. 

Sigo pensando cómo contarle de estos días, de las palomas mensajeras cansadas, de los delirios de mi imaginación en donde nado hasta un río y en un puente muy grande e iluminado me espera para secarme y dejarme dormir a su lado.

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