Cuando abrió la ventana estaba todo en calma.
Tuvo la extraña sensación de que estaba viviendo la primera mañana del mundo, y se sonrió de media boca, más cerca de la mueca que de la sonrisa franca.
Mientras caía el agua de la ducha quiso enamorarse. Y un jardín largo para echarse a esperar la noche. Quiso un juguete para hacer burbujas y un cuento al oído para firmarlo a su nombre. Gota a gota, quiso un espejo. Gota. Quiso un torbellino. Gota. Tanta agua deslizada. Quiso romper el espacio. Tanta agua. Y su lengua de sed. Y las gotas que adentro irían a quedar.
Sin teléfonos el día es más largo. Llamarían para decir que se hace tarde, que algo no funciona, que hay 'una buena y una mala' y la mala siempre primero, que está grave, que está lejos, que ya no está. Llamarían sin noticias de dios, como suele pasar en estas ciudades, en estas estaciones, en este sur con balcones a tanta calle.
Por eso apagar el ring le supo a salud.
Soltó un saquito en la taza y mientras el color iba tiñiendo el agua, desprendiéndose como humo, como remolino, como sombra oscura, pensó en las cosas en las que nunca pensaba. En la gente que vive buscando la herida, la que nunca está cómoda en su triunfo de cartón, la que saca la lengua y te provoca a un juego al que no querés ni sabés jugar.
Pensó en unas cajas a cuerda que había encontrado una tarde azul en el placard. Cajas que no abría desde quién sabría cuándo y que, en su cabeza de resaca y mal sueño, se le figuraba que quizá, al destaparlas, se escaparía toda la batuta de los fantasmas que el tiempo tenía encerrados. Saldrían ellos a bailar, por los estantes de los libros, la balada de las cosas muertas. Por suerte, como buenos fantasmas, bastaría con nombrarlos para que desapareciesen, la misma técnica que había perfeccionado en la oscuridad de su habitación muchas noches atrás, cuando tenía cortas las piernas y largo, larguísimo, el miedo.
Pensó en las cajas de música guardando fantasmas y un frío le corrió por la espalda.
Dan frío los muertos, quizá porque no se les puede decir nada y porque, aunque se abran con música, siempre están cerrados y en silencio: no tienen nada que conversar con el presente, no tienen ya lugar en la cama, y lo que antes era poesía de su boca, hoy es el más vulgar de los chistes, esos de mal gusto.
El té tenía gusto a enfermedad, a enfermedad ajena, una pálida que te apena pero no del todo, no en carne propia. Tomárselo era tragarse de a sorbos el mal tiempo. Por eso lo dejó a medio terminar, deseando secretamente licuados de frutilla y ananá, colores más atrevidos que llevarse a la boca.
El té que dejó enfriar en la taza tenía, probablemente, mucho de esos fantasmas de las cajas de música, de los cajones cerrados y las llamadas que no había dejado sonar esa mañana calma que, le parecía, la primera mañana del mundo.
Si estaba todo dicho, no lo sabía. Si algo había roto algún hechizo, le daba igual.
La verdad más verdadera era que, en el fondo, lo que es es lo que hay, y lo que hay es lo que se deja ver, lo que se nombra sin rodeos, lo que se toca y tiene piel, lo que se construye con los ojos. Todo lo demás se parece a la noche cerrada que vive dentro de las cajas sin abrir, al té haciendo remolinos oscuros en el agua caliente de la memoria, a las llamadas a teléfonos descolgados.
Con esa claridad peligrosa, se dejó caer en la cama, con los brazos abiertos y el pecho cerrado.
Justo cuando los ojos empezaban a guardársele para adentro, la puerta sonó como de prepo.
Llegaba con sahumerios y medialunas, de algún lugar fuera del cuento.
- Qué linda está la mañana...¿desayunamos?
Y el día se hizo otra vez, mientras tiraba el té frío y empezaba a sonar otra canción.
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