lunes, 14 de mayo de 2012
Ser la otra yo
Quiero hablarles de mi otro yo.
Ya sé que no estoy por inventar nada: la historia del 'otro yo' se remonta a tiempos muy muy pretéritos. En literatura, por ejemplo, la figura del doppelgänger pobló la narrativa fantástica y, más tarde, la de ciencia ficción. Poe duplicó a William Wilson; Oscar Wilde pensó en un otro eternamente joven en El retrato de Dorian Gray; y nunca hubo doble más macabro de Mr. Hyde, la criatura oscura que se apoderaba del cuerpo del Doctor Jekyll en la novela de Stevenson.
Incluso en la mismísima mitología griega, madre de todo lo que hay por contar, ya Proteo tenía la capacidad de convertirse en cualquier otro, en ser todos y seguir siendo uno solo, único.
La idea del doble se hizo más fuerte, y más tenebrosa también, el día en que la psicología empezó a ponerse de moda y llegó Freud a decir que todos teníamos unas cosas bien complicadas en la cabeza, que no éramos ni muy muy ni tan tan y, básicamente, que a todos podía soltársenos la cadena cualquier día y listo.
El otro yo empezó a ser, entonces, algo así como el 'gemelo malvado', lo peor de cada uno, el mal nuestro de cada día hecho cuerpo fuera de nosotros. Que fuera o no físicamente idéntico, era lo de menos: lo peligroso del otro yo era que fuera la parte más terrible de uno mismo, porque entonces quiere decir que tenemos un lado perverso y negro que a veces sale a pasear.
Pero todo esto ya es historia vieja. Mucha agua pasó por debajo de ese puente, la gente ya sabe que hay cuestiones suyas que nunca entenderá, que con todos los blancos vienen los negros y que eso, finalmente, hace todo más interesante.
Mi otro yo es otra cosa, está muy lejos de un maligno Mr. Hyde pero a mí me aterroriza lo mismo o quizás más.
Lleva habitándome poco más de un mes.
Pasó que una mañana me levanté y el cuerpo me dijo basta: por la noche había decidido no responderme más y castigarme por todo el tiempo que había estado a mi merced. Me hice una bolita en la cama para ver si así se iba el dolor. Lloré, chillé, pataleé, pero nada pasaba. Eran puntadas espantosas, ardores impesados, cortaduras como de mil navajas. Pensé que estaba por convertirme en bicho como Gregorio Samsa, y me consolé un poco: al final, todo pasaría y, con suerte, me crecían alas para volar lejos, un bicho viajero, no estaba tan mal después de todo.
Pero eso no pasó. Seguí tan humana como siempre, pero con pocas ganas de seguirlo siendo, a ese precio tan alto.
Pasaron por mí pastillas autodiagnosticadas y luego médicos y especialistas, jeringas y diversos y modernos métodos diagnósticos.
Resultado parcial y su lado positivo: estaba enferma y con posibilidades de cura.
Resultado final y su lado agridulce: para la cura había que ser otra. Otra persona.
Nueva, o casi, pero opuesta a quien venía siendo.
Entonces empezó la metamorfosis.
Con el esfuerzo que tomaría nacer de nuevo, comencé a amanecer más temprano y a desayunar.
Llevé mis zapatos rotos al zapatero, acomodé mis placares, redescubrí ropas viejas que todavía me quedaban.
Me dediqué a los libros, a organizar hojas y apuntes. Por momentos tuve otra vez la sensación de entender porqué un día me había decidido a estudiar literatura, qué era ese temblor, esa mueca casi sonrisa en el fondo mío.
Tiré otros papeles, guardé cosas viejas, escondí recuerdos inútiles.
Salí a dar vueltas por las calles y las plazas. Empecé a tomar más agua, a respirar llenando de aire el diafragma y a cantar buscando una voz más limpia.
Dejé de fumar de golpe (como dicen que es la única manera posible), y aprendí a aguantarme el humo a mi costado sin pedir una seca.
Pasé del alcohol a las aguas saborizadas, de la carcajada a la sonrisa justa, del llanto a la cara de poker.
Mi otro yo es esta persona, es este giro de 180 grados en relación a mí misma. Mi némesis, mi espejo más delirante. O no. En todo caso, yo soy su espejo roto, su yo borroso, su vergüenza, su lado más oscuro.
Ella es mayor que yo. Cumplió años hace poco, pero además es mucho más madura que yo. Dice cosas como que todo pasa por algo, y que a las cosas hay que tomárselas con soda. Piensa que el esfuerzo y el trabajo siempre se recompensan. Todo lo hace en frío, después de un análisis detallado. Es mucho más inteligente que yo, y en su balanza la razón siempre pesa más que la pasión.
Mi otro yo come sano: no prueba frituras ni aderezos, casi no consume azúcar, ha dejado el café por los sanos té de hierbas.
Empiezan a quedarle grandes y anchos mis pantalones y se acuesta cada noche más temprano.
Escribe disciplinadamente, borra, reescribe. Ha vuelto al papel, a llenar cuadernos a mano, porque sabe que así la letra se siente más.
Hace canciones de una sentada y mientras suenan por primera vez ya puede imaginar armonías y arreglos instrumentales.
Ella tiene proyectos a corto y largo plazo y planea un viaje con fecha precisa.
Tiene mejor letra y una sonrisa alineada. Sabe callarse a tiempo. Jamás habla por hablar. Nunca cala una nota, no desafina ni recién levantada.
Todas las mañanas me saca la lengua desde el espejo. Mi otro yo. Me dice que es mejor que yo, que así es como se crece, que deje de comerme las uñas, que ha empezado su era.
Todos los días camino sobre esa cuerda floja, pero ella es la más fuerte y siempre me pega el tirón: cada noche termino estudiando con un té verde y música instrumental, hasta una hora prudente, claro, porque al día siguiente toca madrugar.
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