Están los que arman las valijas y empiezan a comer de más.
Están los que salen a correr a ver si las piernas los llevan más lejos que su cabeza.
Están los dolidos, los desabridos, los extrovertidos que lo escupen todo en una noche de alcohol.
Y al que le da por gritar, como si el viento corriera en su dirección. Y la del mal tiempo y la peor cara. Y el que se ríe grande como un escudo, para que resbalen (de mentira, siempre de mentira) lluvias y nostalgias por el resumidero y no verlas nunca más.
Están mis amigos que son de armas tomar, y llevan adelante batallas descarnadas que suelen dejarlos tendidos en el suelo, boqueando que hicieron lo que que les dictaba el antojo.
Están mis amigos que se sientan un rincón a entenderse, y llevan adelante guerras internas de razón y paciencia que terminan en callada tristeza, y quedan ellos murmurando que hicieron lo correcto.
Y los kamikazes más decididos, los del portazo, los de la salud. Los masocas, los rendidos de rodillas, los idiotas y los apurados.
Los sin mapa. Los que adoran la tierra que pisan, convencidos de que no pueden perder.
Los que se buscan el lado débil cada noche. Los que sueñan de más. Los que persiguen corazones como si alrededor de él estuviera la mira de precisión de algún arma, como un objetivo terco e inútil. Los que bajan la cabeza con sabia resignación.
Y después estoy también yo. Que no como ni más ni menos, o ni cuenta me doy.
Que hoy armo las valijas y mañana desempaco con la prolijidad de no haberme ido nunca. Que no corro porque no me alcanzarían las piernas para llegar a donde quisiera. Que duelo pero río, que no grito por no gastarme la voz. Que perdí hace rato el escudo pero a veces lo saco, porque la lluvia y la nostalgia herrumbran y yo no quiero arruinarme en ese color.
Que me armo con uñas y dientes y aún así vuelvo a los rincones oscuros a pensar en las batallas que no quiero perder, o en las que no tengo nada que hacer.
Yo creo bastante poco en mis manos, pero las cuido: son las únicas que tengo.
No puedo abrir puertas a la fuerza, ni cerrarlas de un portazo. Prefiero las ventanas, asomarme a respirar desde un ventiluz y esperar a que ese aire sepa bien llenarme los pulmones.
Soy una cabezadura con un umbral del dolor bastante fino. Cicatrizo a otro ritmo. Me cuestan un mundo las mañanas.
Yo me hago caracol y guardo conmigo mi cajita de cartón, mi cajita de música hasta que sea prudente llevarla otra vez adelante.
Guardo mi cajita de música, mi envión, mi voz, mi buena estrella...Que es como decir que me cuido el corazón.
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