En la escuela me enseñaron cosas que no tengo en ningún cuaderno.
Salen en los bares con mis amigas
y compañeras de barco, esa travesía en mar picado que fue la infancia y la
adolescencia apretadas entre las mismas paredes.
Aprendo o, re-aprendo entonces,
que el sol tiene que darnos siempre en la frente. Que somos nenas caprichosas y
lloronas, y miedosas, también. Pero nos gusta dar el salto y reírnos a las
carcajadas en la caída libre: porque sí, porque todo adentro nuestro nos pide
saltar. Y la libertad es la cosa más hermosa que hay, para escaparse de una
clase o de cualquier cosa que nos haga doler.
Aprendo que tengo, como ellas, un
silencio terco de herida. Que aprieto los dientes y sigo con un poco más de
pena pero como mejor me sale.
Que algunas medias tintas me
revuelven el estómago, que estar en un sitio no estando del todo me corta como
vidrio, porque me han enseñado que la sonrisa y la lágrima no se gastan.
Recuerdo que supe un día que
solamente la pasión iba a salvarnos de la vida breve, de la rutina que gasta,
del desamor, de los desmaravilladores.
Que 'el colmo' no era tan malo si
era cierto, si en dar la mano iba más que sólo la mano, si en dar mi palabra
iba más que la aburrida fonética.
En la escuela aprendí a no
edulcorar los discursos y a sentirlos como espada o como caricia, según el
caso. Y a desconfiar cuando a las simples cosas, aquellas pequeñas cosas, las
disfrazan de gato de cinco patas sin más ni más.
A esta altura no debiera
sorprenderme este capricho mío de buscar las luces hasta en la peor noche. De
buscarla y de hacerla, o no hacer nada.
Nos enseñaron a no querer ser el
fosforito, sino la llama que alumbra y que quema, la llama que vive y que
invita a vivir.
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