domingo, 5 de febrero de 2012
sans rêves
- Yo duermo sin sueños - contesté. - Es para que el tropezón del despertar no sea caída.
A veces, cuando me levanto, siento que he visto miles de cosas pero que se me han escondido antes de que pueda contarlas, antes de poder revivirlas en una palabra, antes de respirar a través de ellas como si yo también fuera parte de un sueño olvidado.
Duermo sin sueños - repetí - porque un déjà-vu me hizo temblar y supe, inevitablemente, el peso de lo que se esfuma en el mundo cuando tenemos los ojos abiertos. Porque me dolió del alma hasta los zapatos tener que dejar ir lo que detrás de una cortina de noche y párpados era todo mío. Porque un día, con el sol en la cara, vi que todo en mi vereda era un sueño inconcluso, que mis manos eran humo y que en otras manos, humo contra humo, la vida se esfumaba sin sueño que valga.
Me duermo sin soñar para alargar este tiempo que me ha tocado, sin alas ni muertos queridos que vuelven a visitarme o a decirme que nunca se han ido.
Y para que no haya encuentros fortuitos entre usted y yo. Para que no nos miremos de reojo. Para que no nos besemos de sopetón y sin cuidado. Para que no nos sobre el tiempo de planearnos con las manos, de recorrernos con el futuro en la boca, de creernos el cuento del tío y tomarnos en serio el amor y otros demonios.
Yo duermo sin sueños por si en uno se me aparece tenue, como de un beso o un suspiro, lo que alguien dice que es la felicidad -.
Me miró como si mis ojos le quedaran lejos y, arremangándose las ganas de disparar a discreción todas las verdades que llevaba encima, tomó su mundo de promesas maltratadas y se fue.
Se me fue allá lejos donde, probablemente, no llegue más que un sueño de esos que ya no tengo más.
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