miércoles, 29 de febrero de 2012

enlluviecida

Estábamos detrás de una cortina de agua, blanca. No se veía nada de lo que había más allá.


Yo cantaba una de Sabina que en este momento no me quiero acordar. Y me dolía la cabeza y quizás las piernas (o era sólo un moretón en una rodilla, ya no sé).
Estaban mis amigos, las botamangas empapadas de charcos, riéndose a carcajadas.


Yo sentía que la lluvia no iba a parar más, que en serio iban a hacerme falta barcos, de colores, de luces y de verdad.
' Arremangate', me decía una amiga, 'vamos a salir'.
Y yo, como con miedo a desteñirme, hacía fuerza por quedarme bajo techo.
' No te va a pasar nada', decía, '¡mojate! ¡es agua nada más!'


No me iba a pasar nada. La lluvia siempre me había gustado: yo abría la boca y era mía, yo le pedía cosas, yo le competía en llanto, yo la esperaba siempre.


Alguien me empujó y me vi, de golpe y completamente, bajo el agua.
En dos segundos ya no tenía una parte de mi cuerpo seca. Grité con el ruido de los truenos y un rayo me rozó en la zona del ombligo, pero despacito, como caricia iluminada.


Me empapé de coraje, con la carcajadas de mis amigos (bailando de agua y risa a mi lado) barriendo el silencio acumulado, hablando por hablar y tan contentos.


Cuando me desperté, el sol quebraba mi ventana. Yo traía lluvia y coraje bajo la almohada.


(Y la de Sabina decía, sin prisa pero sin pausa, 'esta boca es mía')

No hay comentarios: