domingo, 1 de abril de 2012
Lo que no mata
Todo lo que no mata, cura.
Vengan médicos y matasanos a decirme lo contrario: yo digo que hay salud en todo borde y cura en todo sinfín.
Cura de espanto.
Cura de sueño.
Cura a cuentagotas y a chorro.
Cura desinfectando o de un tirón.
Curita que despega dolores y hasta moretones de la piel.
Por ejemplo, ciertas noches de azar y otros encuentros.
Por ejemplo, ciertos giros estruendosos, más o menos repetidos, más o menos predecibles, con nombre de verdad y miedo de mentira.
Por ejemplo, la irrenunciable ternura a la que me someten algunos amigos míos. O la plaza a cualquier hora del día, tan segura de que cada banco tiene un secreto para contarle a mis manos de letra curiosa.
Por ejemplo, la canción que nace nueva, junto con el otoño y este abril de medias estaciones para el alma. Por ejemplo, los suspiros antes de ir a dormir, la consciente decisión de amanecerse, el lápiz de punta nueva y olor a cuentos sin contar.
Curas como si de chaparrones se tratara. Aguaceros sin alcantarillas. Palabras sin promesas. Futuros hechos de lo que hay detrás de mi esquina, cortitos y a mano, como mi nombre, como los primeros besos, como los viajes sin planear.
Todo lo que no mata, hace chispas como a punto de un fuego o de un incendio: ardemos sin quemarnos, desde el verso hasta la entraña. Ardemos en la cima de nuestra propia torpeza que es, al fin y al cabo, nuestra mejor defensa.
Entonces, no mata el espejismo de sol en los desiertos. No matan las excepciones a la regla. No mata la poesía de Miguel Ángel Bustos, que devoro como si de tragármelo me contagiara alguna que otra buena palabra.
No matan los bares a las peores horas ni los desconocidos de siempre.
No matan los sueños intervenidos, preguntados, destripados en las mesas de amigos y alcohol.
No mata el tiempo muerto, ni el recuperado, una se vuelve una especie de globo aerostático de tiempo y alza vuelo por encima de las nubes y los tropezones.
No matan los solos de guitarra, ni los musicales, ni el teléfono con guiños de afecto guardado, ni la sensación de ser un rayoncito un poco más arriba en el marco de esa puerta.
Lo que no mata, cura inspirando, haciéndose vida en mis talones. Cura escribiendo por mí, moviendo mi mano derecha con hilo de tanza y el cachito de pasión contenida que, dicen, hace falta para ir (descalza en el aire, como sugiere la canción).
Cura cantando y canta curando, como fue desde que tengo uso de voz y desde que alguien, cualquiera, aprendió a tararear, el primer gesto de amor en la historia de todos los hombres, digo yo.
Por eso a mí me cura del mundo y sus desastres, esto de tener tanto de lo que hay tan poco.
Por eso no me mata el viento fuerte, ni el rayo, ni la media sonrisa con los dedos cruzados por la espalda, ni el espanto, ni el miedo atroz debajo de la cama.
A mí me curan unos cuantos nombres, el verso imposible, la luz que promete el tiempo, cierta magia que no entiendo, el amor que duerme bajo las baldosas, el abrazo que me envuelve, y las canciones que no salen en la radio.
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