En este mundo de apurados e infartados, lo urgente tiene mala prensa.
Los abuelos cuentan de cuando todo ocurría más despacio, casi en secreto, y se espantan de escucharnos comernos las palabras por llegar más pronto al punto final.
Dicen que lo urgente es cosa de ciudad grande y banda ancha, de ambiciosos y de exitistas.
Yo digo que quizá no sea tan mala palabra.
Al fin y al cabo, nos ciframos en urgencias. Nacemos sin que haya tiempo que perder, y a grito pelado exigimos de inmediato comida y afecto. Nos deshacemos para llegar a los plazos que nosotros mismos pautamos, porque es necesario marcar puntos de partida y de llegada, y porque saber que hay una última parada obliga a viajar con la ventanilla abajo para tragarse todo el paisaje del camino.
Habría que aprovecharla como el motor que es, y hacerla parte de nuestra rutina, aunque más no sea por eso de que 'si no puedes con ellos, úneteles'. Aplacar como se pueda tanto estrés, tomar profundas bocanadas de aire, no apurar ningún paso y manejar la ansiedad efervescente mordiéndose los labios.
Digo que, sin sirenas ni corridas, habría que vivir en la urgencia.
Porque todo es urgente: todas las cosas de este mundo buscan ganarle al reloj, y eso las hace más escurridizas y más hermosas.
La urgencia de hacerse fuertes contra la muerte está atravesada por la urgencia milenaria de vivir al día con pasiones y sudores. Es necesario hacer durar los momentos y, a la vez, es imperioso dejarlos partir.
La urgencia de compartir, la de dejar todo dicho. La urgencia de quemar las naves y hacer agua el helado, y la de atarse a los pies de la cama para que nada se mueva.
Mi amor es urgente, esta cosa de ahora o nunca, con sus besos que ni se compran ni se venden, pero que vienen con fecha de vencimiento. Urgente es que nos encontremos, que deje de correr tanto viento entre tu mano y la mía, y se rían los pajaritos que te conté.
Es urgente la canción que dice a los gritos lo que nadie se anima a hablar. El coraje tiene urgencia, porque más tarde en el mismo día será inútil. Y el olvido, esa tormenta que limpia la vereda una noche de verano.
Hay urgencia por crecer cuando el mundo nos queda grande, y urgente es volver a ser los de siempre cuando se derrumban los castillos en el aire.
Para mí es urgente escribir, todo, lo que sea. Si dejo que pase mucho tiempo sin hacerlo, algo se me desarma adentro, pierdo la memoria, la voz y dejo de soñarte, como un castigo cruel y absurdo.
Escribir y dejarse escribir: por los demás, por los días, por lo que vaya a venir. Hacerse marcar por los años y su sello de cicatriz.
Estar vivos es urgente. Despertarse también.
No hay comentarios:
Publicar un comentario