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viernes, 23 de marzo de 2012

Decir que no hay olvido

Quiero decir noche. Quiero decir miedo. Quiero inventarme la palabra y hablar de lo que no entiendo.
Quiero decir mi piel que no vivió para verlo, mi cuerpo parchado de memoria, mi sangre ahogada de grito sin nombre.
Quiero decir que la vida debe hacerse agua en la boca, que los pies bien plantados en la calle debieran ser nuestro derecho y nuestra obligación, nuestra celebración y nuestra lucha.  


Hay tanta muerte muerta, tanta ausencia de brazos cruzados, tanto silencio cosido a las bocas. Hay un mundo de cosas perdidas, de amores truncos, de proyectos desparramados. Hay corazones derrochados y pasiones con espasmos, a punto de dar su última bocanada en nuestros brazos.


Pero están mis ojos, charcos de turbia historia que no se quiere ir. 
Están mis manos para cuidar, con mimos torpes de niño, el mundo que quisieron legarnos, a mí, a mis hermanos, a mis amigos y hasta al tipo que hoy se quedará en casa, tan cerca de su cómodo sofá.
Están las palabras que cultivo todos los días, este intento de hacerme mayor, de estar a la altura de mi tiempo y, con esto, de honrar los sanos sueños de quienes hoy no están, dueños de un hechizo de amor y miedo, de ternura y libertad ('...porque donde unas cuencas vacías amanezcan, ella pondrá dos piedras de futura mirada...'). 


Todo eso y además tus ojos. Y además tus manos. Y tus palabras nuevas y enamoradas.


Y está, cómo no, la verdad contagiosa de que no hay olvido. Las ausencias nos besan en la boca y no hay manera de dejar de sentirlas nuestras. Soplos de memoria nos habitan.


Yo no me olvido. Nada. Nunca. 
Y el que olvide, algún día tendrá que dar cuenta del hueco que lleva encima, de la sombra que lo oscurece y de la triste, triste, suerte de ser a quien la Historia no le ha enseñado nada.


A 36 años del tropezón más atroz de nuestra historia, ni olvido ni perdón: memoria y justicia.
Por 30.000 personas que todavía nos duelen.



Yo voy a prender la luz 


''(...) No podré despedirte, vos sabés por qué. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizá te envidio, querida mía (...)'' R. Walsh

No voy a dejarte en la oscuridad. Es una promesa.
Yo voy a prender la luz. Yo y los que vienen conmigo, que somos varios...No muchos, pero yo digo que suficientes. Tendrá que alcanzar con nosotros. Con nosotros y los que con nosotros quieran venir, los que se dejen pintarrajear de memoria, los que se contagien de esto que duele sin reposo pero que tan vivos nos tiene...tan vivos...
Y si la luz es mucho, si se me escapa por las manos, si se derrite antes que llegar a vos, haré lo posible, lo otro, lo que sí esté en mis manos. Voy a ser la de las antorchas, los fósforos, las luciérnagas. Voy a ser la que invente el fuego, pero a oscuras no te vas a quedar.

Ya sé que suena a que no, a qué estás diciendo...pero si me conocieras mejor, me creerías.

Es que, de mí tenés que saber algunas cosas. Unas pocas cosas que me pintan de cuerpo entero, así de sencillo es mi mapa, unos cuantos caminos y todos a Roma (o a París, que me gusta más).
No sé hablar. Las palabras se me enredan todas, se alborotan por salir o se retoban, según el día y el interlocutor. A veces tengo un mundo en la boca y otras me anulo por miedo, por respeto, hasta por amor.
Y como hablo mal y pronto, entonces escribo. No lo elegí. Me vino como una pulsión primera, el acto reflejo del martillo en la rodilla, no lo sé. El caso es que cuando escribo siento que me escuchan, que algo se mueve dentro mío, que del otro lado hay algo más que viento.
Soy torpe para casi todo, y exagero. Tengo más miedos que años y sigo buscando, como en el fondo de un pozo, las razones que me pegan a la tierra, las cosas que me rompen en pedazos y las que me vuelven a armar. Me asusta tener que bucear para encontrarlas pero me aterroriza la posibilidad de que siempre hayan estado en mis manos y la verdad sea, al final, esta forma que tuve siempre de mirar a todos lados o la primera luz que se ve desde la ventana de mi cuarto.
Me envicio, me desvelo, me deshago fácilmente, me pierdo el rastro de vez en vez. Y también canto, cuando todo eso o cuando no, para curar o para que duela más, como una caricia o un alarido, canto...tan débil soy que cantar es mi mano alzada y fuerte...

Con todo esto nada más quiero decirte que no tengo fórmulas del éxito, pero juego a que me las invento. Así somos los tercos: cuando hemos perdido hasta el nombre, seguimos revolviendo el polvo. Con los ojos gastados de tierra y el corazón en la mano, seguimos, casi siempre, porque no hay otra. Por eso y porque hay algo que nunca nos quitan, que no se nos ensucia, que no se nos pierde. Y es la pasión. La tinta roja con la que escribo, la de mis banderas y mis puteadas, la que me empujó a hacer el camino inverso cruzando el mar.
La pasión de ser lo que se pueda, pero con fuerza y hasta el fondo. La pasión que me une los apasionantes, apasionados amigos míos. La que me mareó de colores algún día en la primera infancia, o más tarde, cuando el mundo se dio vuelta y quedé con los pies en el aire, bocabajo a un tiempo de sangre y cosas que no conocía yo.

Y con eso, con tan poco, voy a prender la luz. Será quizás intermitente y tenue, pero toda mía. Toda tuya. Yo te lo prometo. No sé hablar pero tengo palabra. No me conocés pero yo te sé de memoria. De memoria: ahí te guardo y te acuno.
Ya no me quejo, es una tristeza heredada y compartida; la historia es, dolorosamente, mucho más larga que vos y yo.
No me quejo pero tampoco me duermo. Cuando me descuido me despierta la sangre y su cauce que suena, a cosa vieja suena, y me da un sacudón. Me despierta para recordarme que mi compromiso es la luz. Cargarla. Y llevártela. Para que no te quedes en la oscuridad.

La memoria me prohíbe apagarme. Hay que alumbrar todos los frentes, el camino por delante y hacia atrás.
Y si todos se cansan, voy a quedarme igual. Yo voy a ser la del frasquito de luciérnagas, para que no te pierdas de vista, para que no te quedes en la penumbra que no elegiste, en la que te arrojaron sin preguntar.
Yo voy a cuidar que no te quedes en ninguna oscuridad.
Es una promesa.
No me conocés, pero es verdad.


(febrero de 2011)

viernes, 16 de marzo de 2012

Mi amigo el tano



Rodeados de franceses, el tano y yo supimos hacernos nuestra burbuja de neo-cocoliche y risa. 
Fuimos los dos primeros en llegar (nueva casa, nuevo laburo), una por previsora, el otro por escaparse cuanto antes. 
Yo tenía la capicúa, 404, y él la 402. Nuestra primera noche de vecinos fue hablar en un francés arrastrado y sucio, de rock sinfónico y algo de literatura (aunque yo de Lafontaine sabía muy poco), pasarnos las copas y la viola.
Por él desvestí una guitarra que recuperamos, abandonada, y la volví a vestir para que la tocara él, zurdo, con un centavo de euro por púa. Inventamos una melodía que algunos días me vuelve en sueños y, cuando despierto y la quiero tocar, ya no está más.
Al mes ya planeábamos el concierto en 'ítalo-argentino' en la glorieta de la plaza frente al correo, la de la primera charla. Hasta allí también fuimos, una noche helada de diciembre, enfermos de nostalgia, a contarnos que todo iba a andar bien, que volveríamos más fuertes, que de esto nunca nos íbamos a olvidar.
Y así fue. Yo no me olvido más.



A veces pienso que de no haber estado en ese hemisferio, así tan lejos, tan idos, tan poco nosotros mismos, nuestra amistad hubiera sido imposible.
Impaciente, coqueto y mirón, mi amigo el tano soltaba la lengua para decirlo todo y a los gritos. Discutía a muerte con poco fundamento y se encaprichaba como un nene. Si jugaba el Milan o pasaba una francesa en falda corta, perdía el norte. Si se perdía la noche por la nieve y la tristeza, puteaba de todos colores.


Pero después me retracto: teníamos que ser amigos, teníamos que chocarnos el azúcar y la sal, su heavy metal y mi canción de autor, su impertinencia y mi cuidado. Por otras cosas, cosas más grandes y más fuertes, cosas que salvan el día.
Porque mi amigo el tano es esos tipos que se ríen a las carcajadas y se lo toma todo a pecho, orgulloso, con su cafetera y su pasta, con su música a todo lo que da: es esa costumbre de andar siempre con la vida entre las manos, de sentirla con cada fibra, de ser el que saluda al sol y le saca la lengua cada noche.
Mi amigo, nocivo en amores pero leal y entregado a la más sencilla amistad, la que se hace con los días sin nada más extraordinario que una sonrisa o un cigarro compartido, de esos que te dicen siempre que a la próxima cerveza, esa sí, la pagás vos.


Me retracto porque quizá sea cierto que nunca estuvimos tan lejos, pero también es cierto que nunca, como entonces,se es más uno mismo.


Se hizo mi amigo, casi mi hermano, porque así es como se dan las cosas. Porque en ese momento fuimos dos barquitos sueltos, frágiles y de papel. Por el humor, por la cerveza, por algún tema de Oasis y otro de Pink Floyd, por el concierto de Queen en Wembley que vimos una noche de abril. Y porque lloramos juntos. Porque desde un primer momento nos entendimos sin que ningún idioma se metiera en el medio.
Porque me dijo que yo era su hermana y, en un abrazo, así lo sentí.






...de mi cuaderno amarillo - 2010....



viernes, 20 de enero de 2012

una carta en el tiempo

algún lugar de mayo de 2010

Una carta vieja llegó a mis manos. Nunca fue para mí y dice cosas que no importan demasiado. Quizá. Pareciera ser sólo eso.
Pero yo siempre me divertí inventando la quinta, la sexta, la séptima pata de todos los gatos. Entonces imagino otras cosas.


A veces me entretengo pensando que me dejó esa carta a mí de tanto que estuve llamándolo. Fue un gesto de su parte, algo para que yo supiera que él también se acuerda de mí.


Yo sé que algo le pasó el día que tiró esa carta al buzón. Que corría mucho viento quizás, y fresco. Que salió a la calle y sintió que era la primera vez que la veía, como si acabaran de sacarla de un arcón de tiempo. Y se sintió ajeno pero confiado de que se puede querer sin pertenencia y aún con algo de nostalgia.
Se despeinó, dejó correr las hojas secas entre sus piernas, saludó a uno que pasaba.


Yo creo, yo quiero creer, que entonces algo se vio venir.
Algo de lo bueno, quiero decir, algo de lo lindo, de lo mágico.
Yo siento que tan lejos no estuvimos, solamente mal cronometrados: la crueldad de los relojes, el problema de siempre. 
Otra historia a destiempo, nada nuevo hay en eso. 
No nos dejaron esperarnos, tranquilitos los dos, en los escalones de un andén.


Una carta vieja llegó a mis manos. Nunca fue para mí y dice cosas que no importan demasiado. Quizá. Pareciera ser sólo eso.
Pero yo digo que hay algo más. Yo digo que se quedó enganchada en un vórtice de tiempo y tuvo que pasar más tiempo y tantas cosas para que viniera yo a buscarla, a leerla entre líneas y a guardarla entre mis libros, cerca de lo que tengo por bueno, por cierto, por mío.


Yo quiero creer que el tiempo repara él solito sus errores. Por eso nos encuentra en una carta sin tiempo que en nada cambia la historia, que en nada alivia los hondos raspones, la sangre que no se seca.
Pero desde que llegó a mis manos esa carta, respiro distinto. Tengo el corazón más grande. Y más rojo.





martes, 15 de noviembre de 2011

Lo que no se escribe

No es como un regalo de cumpleaños: pero te he extrañado. Éste y los que pasaron.




No todo se escribe.
A veces habla por mí el silencio, que no hace canciones ni devuelve a los muertos, ni te dice cuánto me callé.


No todo se escribe. Hay renglones embrujados que no se dejan ensuciar. Hay días que llueve para no sepamos qué hacer con tanta tristeza.


No se escribe lo que no queda en ninguna ciudad, como no se ataja el aire ni se soplan los colores con los que pintar los buenos y los malos ratos.


No escribo un encuentro nuestro que debiera haber ocurrido en los años '60, quizá. Pero mi nacimiento se retrasó algunas décadas y no pudo ser... Nuestro encuentro, que debiera haber sido largo y prolongado, en este tiempo, si el tiempo nos hubiera hecho justicia en vez de rompernos o de romperte, a vos, y de quebrarme, a mí, en el camino de tus destrozos.


No escribo en un idioma que no sé. El que no me enseñaste y hoy no sé aprender de ningún manual.
No escribo porque no lo entiendo. Y por las noches que me pasé buscándole la moraleja, la poesía, el punto en que pudiéramos decir que no todo lo hemos perdido. 
Pero no hay moraleja en la muerte, y la poesía sangra por sus muñecas de belleza hecha añicos. Y, además, perdimos.
Perdimos porque ha quedado todo roto, porque la muerte sin flores es lo intangible, lo impronunciable, la causa de mis renglones embrujados, tu ausencia tan gratuita, tan injusta y de ninguna parte.
Perdimos porque nos robaron hasta el recuerdo, porque hacharon las raíces y se aseguraron, así, de matar toda futura posibilidad de jardín y de luces. 


No sé qué hacer con este fracaso, porque no se me ocurre cómo capitalizar mi bronca sin decir bronca; cómo lagrimear la pena sin que sea sólo agua salada en los ojos; cómo decir que te he querido sin siquiera una mirada de reojo, un libro de mano en mano, una tarde en común. 


No sé qué hacer con tu ausencia. Y cuando lo pienso se me estruja la palabra, la mano, el corazón.


....
alguna noche de agosto o septiembre de 2009

martes, 23 de agosto de 2011

Otro sueño de trenes

Otra vez soñé un tren.


Venía viajando, no sé de dónde ni con quién. 
Parece que sabíamos bien a dónde íbamos, pero ahora mismo no estoy segura dónde quedaba eso. 
El tren se parecía a los que conocí allá y, como allá, antes de llegar todo el mundo empezaba a levantarse intentando tener a mano todo su equipaje. Yo también: tenía miedo de dejarme algo y venía pensando en cada cosa, en agarrar qué con qué mano y lo más rápido que se pueda.
Me bajaba, caminaba por el andén y recién cuando estaba llegando a la estación, donde estaban las boleterías y los kioscos de revistas, me daba cuenta de que me faltaba mi guitarra.
No lo podía creer. No podía creer que me la hubiera olvidado si había estado pensando tanto en no dejarme nada. Tampoco sé para qué la llevaba conmigo o cómo es que podía tenerla encima sin darme cuenta.


Íbamos entonces a una ventanilla de 'objetos perdidos'. Nunca vi una de esas en una estación de trenes, pero supuse que tendría que haber.
Cuando llegué parece que ya era consciente de que estábamos en un lugar en que se hablaba otra lengua, no sé si era inglés o francés, pero yo estaba muy confiada. Hasta que llegaba y no podía articular palabra. Quería decir que se me había perdido una guitarra, decir que tenía una funda negra, y unos golpes en los extremos. Pero no me salía. Balbuceaba cosas que ni yo entendía. Y yo misma me sorprendía de no poder hacerlo. Me reía de los nervios, quizás para no demostrar que me frustraba.
O quizá me reía porque estaba divertida, porque no podía entender que me la olvidase, porque suponía que lo que se debe hacer cuando se pierde algo es ir a reclamarlo. Lo que se debe hacer, casi sin cuestionármelo.


Y me la devolvían, finalmente volvía a mí.


De todas formas amanecí con un gusto amargo en la boca.
¿Cuánto de inconsciente tienen los olvidos? ¿Quién dice lo que se debe hacer?
¿Por qué no me salen las palabras?









sábado, 20 de agosto de 2011

Dos noviembres

una canción


Que cincuenta años no es nada
debería cantarnos la canción,
este correo con retraso 
no sabe todo lo que nos pasó.


Yo sabía, sin saberlo,
que de este lado del agua,
vos sabías, sin saberlo,
que me dejabas de recado el corazón.


No te asustes, es el tiempo
que vuelve cabizbajo
a decirnos que se equivocó.


No me digas que no me guiñás un ojo
en ese idioma
que tanto te gustaba a vos.


Yo ya sé lo que perdiste
pero hoy hagamos como que no.


Es este invierno blanco
y esto de colgar la ropa en la habitación
lo que me empuja a robarle
al frío una confesión.


Por eso te prometo,
por lo que me queda por cantar,
que una noche de éstas vuelvo
a leer Las Flores del Mal.


No te creas,  
sigue siendola misma ciudad
ambas sin tiempo ni razón.


No me creas,
las cosas son siempre más mágicas
de lo que quiero pensar yo.


Yo ya sé de la melancolía
pero hoy hagamos como que no.


Y sé que la historia es más larga
que vos y yo.

domingo, 15 de mayo de 2011

Del otro lado de un piolín


La otra noche te escuché.

Me hablabas por una latita atada a un piolín . Un piolín que no tenía punta, o que yo no pude perseguir. Quiero decir que no sé dónde quedaba la ventana desde donde me hablabas vos.

La otra noche te escuché, desde una lata vieja de puré de tomate. Un poco entendí, otro poco me inventé.
Decías, entre otras cosas, que si había interferencias, eran seguramente los pajaritos que se habían ido a posar sobre el piolín, a hamacarse entre tus palabras y las mías (que también tienen algo de ala y algo de trino, quiero creer).

Y decías que me abrigara porque se venía el frío. Y que ibas a volver.


domingo, 13 de febrero de 2011

Un pie de cada lado

balance atrasado - mayo de 2010


No creo mucho en los balances.
A veces el silencio hace solito las cuentas y los números rojos (y todo lo ganado también) bailan tranquilos y sin ruido en mi cabeza.
Me cuesta decir cuánto cambió, qué de todo sigue intacto, qué se ha perdido y no vuelve más. Con los viajes es todavía más complicado: hay que poner un pie de cada lado y pensar en partidas y llegadas, y en vueltas y en encuentros (que casi siempre son y fueron desencuentros duros como piedras y largos, como años).
Es difícil porque no entiendo al tiempo que se deshace en las manos, que se endurece y no hay cómo hacer que se mueva y pase. No entiendo sus dos caras, sus cinco patas, su timidez desfachatada. No sólo de tiempo estamos hechos, pero sin dudas sacamos algo de sus malas mañas.
Sólo por intentarlo, tendría que decir lo que aprendí, y que aprender es más complicado de lo que parece.
Vi tantas cosas... Los coches de chapas distintas, las calles sin ruido, la noche caminable, la ciudad dormida. Vi caras en otro idioma, señales de tránsito, adolescentes creciendo torpes y en patota en un banco de escuela. Vi hombres incoloros, inodoros, insípidos. Vi hombres que miraban y justificaban cruzar el mar.
Vi fantasmas, y a la sombra de mi abuelo mostrándome su hermosa París.
Escuché cantar en otro idioma. Comí lo que ellos comen y agradecí sin gracias. Merci. S'il vous plâit. Pardon. Excusez-moi. Dije que no hablaba bien la lengua y me sentí nena de preescolar. Expliqué que Argentina es al sur, y que es tango y fútbol, y el mate y el Che Guevara. Agregué que era también bastante más que eso.
Dije 'vos', 'vos sos', 'andate', 'volvé'. Y que no sé flamenco. Y que no sigo al Barcelona. Y que Almodóvar no es mi compatriota.
Dije no. Non. No comprendo, me repite.
Dije no. No, no me voy a quedar.
Dije no. No extraño tanto.
Y mentí; varias veces mentí, aquí y allá, para que se hiciera más fácil, para creérmela. Y estuve a esto de hacerlo, casi casi. Pero al final siempre volvía a ver otras cosas.
Me veía a mí, entera y con gente, enteros y en otra parte, como yo. Gente que se había partido en dos también, y otra que llevaba su vida quieta y, mal que mal, cómoda en casa, y me había abierto la puerta a mí, para conocerla.
Vi que es posible hablar desde lejos, que se trata de estar en una misma frecuencia, que contra eso no hay lengua ni cambios horarios.
Te vi en un par de sueños, que te venías o eras siempre de aquí, y nos tomábamos juntos los trenes que otras veces me harté de ver pasar. Te hablé en francés y me respondiste en tucumano y con un mademoiselle.
Te vi. Pero una sola vez.
También cerré los ojos: quise estar en otro país, en otra estación, que pasara el frío. Cerré los ojos y abracé amigos. Entonces ellos me abrazaron de vuelta y me abrieron los ojos. Los abrí, testaruda, y volví a mirar como si, además de los míos, ahora llevara veinte más encima. Los míos y los suyos, los de ellos...los míos.
Y fue así que miré como si en ello se me fuera la vida. Miré guardándolo todo. Y mientras, across the universe sonaba diciéndome 'nothing's gonna change my world...'

lunes, 7 de febrero de 2011

Yo voy a prender la luz

''(...) No podré despedirte, vos sabés por qué. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizá te envidio, querida mía (...)'' R. Walsh

No voy a dejarte en la oscuridad. Es una promesa.
Yo voy a prender la luz. Yo y los que vienen conmigo, que somos varios...No muchos, pero yo digo que suficientes. Tendrá que alcanzar con nosotros. Con nosotros y los que con nosotros quieran venir, los que se dejen pintarrajear de memoria, los que se contagien de esto que duele sin reposo pero que tan vivos nos tiene...tan vivos...
Y si la luz es mucho, si se me escapa por las manos, si se derrite antes que llegar a vos, haré lo posible, lo otro, lo que sí esté en mis manos. Voy a ser la de las antorchas, los fósforos, las luciérnagas. Voy a ser la que invente el fuego, pero a oscuras no te vas a quedar.

Ya sé que suena a que no, a qué estás diciendo...pero si me conocieras mejor, me creerías.

Es que, de mí tenés que saber algunas cosas. Unas pocas cosas que me pintan de cuerpo entero, así de sencillo es mi mapa, unos cuantos caminos y todos a Roma (o a París, que me gusta más).
No sé hablar. Las palabras se me enredan todas, se alborotan por salir o se retoban, según el día y el interlocutor. A veces tengo un mundo en la boca y otras me anulo por miedo, por respeto, hasta por amor.
Y como hablo mal y pronto, entonces escribo. No lo elegí. Me vino como una pulsión primera, el acto reflejo del martillo en la rodilla, no lo sé. El caso es que cuando escribo siento que me escuchan, que algo se mueve dentro mío, que del otro lado hay algo más que viento.
Soy torpe para casi todo, y exagero. Tengo más miedos que años y sigo buscando, como en el fondo de un pozo, las razones que me pegan a la tierra, las cosas que me rompen en pedazos y las que me vuelven a armar. Me asusta tener que bucear para encontrarlas pero me aterroriza la posibilidad de que siempre hayan estado en mis manos y la verdad sea, al final, esta forma que tuve siempre de mirar a todos lados o la primera luz que se ve desde la ventana de mi cuarto.
Me envicio, me desvelo, me deshago fácilmente, me pierdo el rastro de vez en vez. Y también canto, cuando todo eso o cuando no, para curar o para que duela más, como una caricia o un alarido, canto...tan débil soy que cantar es mi mano alzada y fuerte...

Con todo esto nada más quiero decirte que no tengo fórmulas del éxito, pero juego a que me las invento. Así somos los tercos: cuando hemos perdido hasta el nombre, seguimos revolviendo el polvo. Con los ojos gastados de tierra y el corazón en la mano, seguimos, casi siempre, porque no hay otra. Por eso y porque hay algo que nunca nos quitan, que no se nos ensucia, que no se nos pierde. Y es la pasión. La tinta roja con la que escribo, la de mis banderas y mis puteadas, la que me empujó a hacer el camino inverso cruzando el mar.
La pasión de ser lo que se pueda, pero con fuerza y hasta el fondo. La pasión que me une los apasionantes, apasionados amigos míos. La que me mareó de colores algún día en la primera infancia, o más tarde, cuando el mundo se dio vuelta y quedé con los pies en el aire, bocabajo a un tiempo de sangre y cosas que no conocía yo.

Y con eso, con tan poco, voy a prender la luz. Será quizás intermitente y tenue, pero toda mía. Toda tuya. Yo te lo prometo. No sé hablar pero tengo palabra. No me conocés pero yo te sé de memoria. De memoria: ahí te guardo y te acuno.
Ya no me quejo, es una tristeza heredada y compartida; la historia es, dolorosamente, mucho más larga que vos y yo.
No me quejo pero tampoco me duermo. Cuando me descuido me despierta la sangre y su cauce que suena, a cosa vieja suena, y me da un sacudón. Me despierta para recordarme que mi compromiso es la luz. Cargarla. Y llevártela. Para que no te quedes en la oscuridad.

La memoria me prohíbe apagarme. Hay que alumbrar todos los frentes, el camino por delante y hacia atrás.
Y si todos se cansan, voy a quedarme igual. Yo voy a ser la del frasquito de luciérnagas, para que no te pierdas de vista, para que no te quedes en la penumbra que no elegiste, en la que te arrojaron sin preguntar.
Yo voy a cuidar que no te quedes en ninguna oscuridad.
Es una promesa.
No me conocés, pero es verdad.

jueves, 6 de mayo de 2010

Cerrando el paréntesis

Andaremos todos por ahí, desperdigados por el mundo haciéndonos guiños desde internet…
¡Es tan raro! Sólo ahora pienso en la suerte de haber vivido toda mi vida en un mismo lugar: y es que mis amigos, mal que mal, están todos amontonados dentro de una distancia mas o menos salvable a pie, en bici o en auto, eventualmente. Tengo tantas puertas para tocar, una seguida de la otra…
En algun punto creo que una va naturalizando las cosas que antes sólo podía soñar. Como sentarse frente al Mediterráneo. Como pasear a orillas del Sena. Como abrazar a mi amiga catalana despues de 5 años de contárnoslo todo. Una va naturalizando que el mundo es enorme y torpe, que el caos es el orden más lógico y que Babel es un poroto al lado de lo que hay hoy por hoy.
Volver es siempre volver: eso que me pasé meses pensando en medio del frio y de la noche apurada, que llegaba a eso de las cinco de la tarde. Yo sé que el regreso tiene su parte de gloria, y a eso no se lo quita nadie pero, ahora, tan de sorpresa, aparece el gusto agridulce de partir… Y esta vez, sin promesa de regreso.
Ningún punto seguido. Lo que estamos haciendo es cerrar un paréntesis, un largo paréntesis hecho de meses y cuya lengua oficial venía siendo siempre el francés. Mechado con inglés. Y con italiano. Y con español desvelado y entre copas…Al final, como decia Benedetti, también la vida es un paréntesis, y esto fue la vida de este lado del mar, lejos de la casa y el árbol.
Antes de salir me dijeron que el ser humano tiene una capacidad de adaptacioón sorprendente, que no me asustara porque llegaría el día, sin que yo lo buscara, en que terminaría por adaptarme. No sé bien qué signifique, en este caso, ‘adaptarse’ ¿Quiere decir cambiar o ceder moldeándose a lo que haya que vivir? En ese caso, no sé si me adapté…O quizá sí, un poco.
Lo que sé es que un dia, me sentí mas cómoda. Así de fácil (o, en realidad, mucho mas difícil de lo que suena). Un día no me dolió tanto estar lejos. Ni pensé en la identidad como algo que corría peligro. Ni me rompí de estar triste lejos de mis amigos. No sé porqué, pero un día le cambié el signo, me saqué los anteojos del destierro y me puse los de la huida: y entonces lo vi todo más claro. Seguí el juego y llené el pozo con todo. Todo.
Todo eso que hoy tengo detras de los ojos, como fuegos artificiales prendiéndose y apagándose, uno detrás de otro. Lo mismo que tendré que ordenar cuando me pregunten ‘cómo me fue’, ‘qué me pareció’ o ‘si fui feliz’.
La Sorbonne bajo la lluvia. Los paninnis bajo el sol. El frio en Londres. Los trenes partiendo. Los trenes en huelga. La Part-Dieu. El Rhône lleno de luces. Mi viejo y el Pont des Arts. El mercado de cerca de casa, la cajera y ese acento. La cerveza más barata. El vino tinto. El vino rosado. Los quesos después de la comida. Anita, cuando decía ‘iwiiiu’. Antonio, cuando charlamos esa noche de diciembre a las 2 de la mañana en el kiosque. Y esa plaza.
La vista desde Montmartre. La vista desde la abadia de Saint Michel. La vista desde mi cuarto capicúa. Las clases intragables. Las clases de cantar con la guitarra. El monoambiente de Paula, donde entrabamos ocho desparramados por el piso. Las pizzas gigantes que pedíamos por teléfono. Euronews a las 7 de la mañana. El hielo y los tropezones. Ver pasar las horas, girando como un lavarropas, en la laverie. Todas las frases y ‘voiiiiiiilà!’. El lago de Bouvent y el plan eterno de ir al monasterio de noche. El paisaje desde el tren Bourg-Lyon. Raconte-moi la terre. Las callecitas del viejo Lyon y su qué sé yo, viste. La magia de ver a mis viejos esperándome en el andén. Le sablier, ese barcito con música en Rennes. La locura de Marseille. La carta que me dejara mi abuelo. Caminar por Toulouse, ciudad de colores. El mar en Nice. El mar. El mar. El mar.
El sofa cama de la Ceca y el año nuevo en español. Las charlas con Gem y esa satisfacción de saldar cuentas con una misma. Todos los museos en Paris. Sarte y Simone. Cortazar y El exilio de Gardel. Amélie.
Los idiomas, todos. En la calle. En los barrios. En mi casa. La gracia del malentendido. Las coincidencias de palabras y de pensamientos. Internet y las novedades desde lejos. La canción que tardé en escribir. Brassens. Tryo. Cantar y que se pudra todo. Y luego dejar de cantar por tristeza, por bronca, por falta de costumbre. Los planes. Los nuevos planes. Las historias de los otros. La familia y los árboles genealógicos. Romperse. Volverse a armar. El humo. Los tragos. La esquina verde del Galway. Los tramites eternos. Las palabras que faltan. Cuando lloraba antes de dormir. Cuando soñaba que volvía y nadie lo sabía. Cuando llegaba corriendo a la gare. La musica del timbre del liceo. Las preguntas de los chicos y el español con acento francés. Vivir con una rusa que vive sola. Las comidas agridulces de los franceses. La tartiflette. La nena del parque que se quedo oyéndome cantar. La fuente de la place Bernard. El empleado de la mairie que me hizo la vida imposible, pero le gané. La cara de culo del vice-director. Escuchar a mis amigos del otro lado del mar. El frio que gasta. El dia en que empezaron a salir las flores. La fiesta del Beaujolais. La fiesta de Saint Patrick. El “J’ai Jamais...”. La gente preguntándonos a Antonio y a mí en qué idioma nos comunicabamos: nosotros respondiendo que en todos. Las películas de la noche. Las clases a las ocho de la mañana. Los mails que contestar. Los mails que no llegaban. La maquina lenta y la cabeza a las corridas. Cooking with Quentin. Decir “c’est dommagio” o “à quelle heure do we meet tonight?”. Decir “Tu vas me manquer”. Ser extranjero. Ser nuevo. Ser otro, o jugar a serlo. Escuchar pronunciar (bien) mi apellido. Escuchar pronunciar (mal) mi nombre. La primavera en Bourg. Los Alpes. Las idas y vueltas. Las vueltas a casa. La casa, nueva, otra, también casa y en francés, chez moi. Chez moi.
Qué sé yo, las cosas llena-vacios, las cosas que hacen al caos y el caos que es el orden. Es siempre más complicado que esto, siempre es más dificil. No podría siquiera intentar decirlo en francés, esto que siento, esto de que algo se me estruja de tener que salir, otra vez, como si el tiempo se hubiera detenido. Y no es cierto. Todo siguio andando o, peor, todo corrió, a velocidades descomunales y yo todavía no lo alcanzo. Corrí una maraton que nadie vio. Y es para todos como si siguiera allá, esperando cruzar la línea de partida. Aunque no sea estrictamente asi, aunque si haya quienes me vieron correr, aunque si haya otros corredores fantasma cerca mío. Ellos, los demás, los compañeros de ruta. Los desperdigados, como yo. Los que compartieron conmigo el paréntesis y el esfuerzo por hablar francés. Los amigos del mundo, perdidos en su geografía que no es la mía. O tal vez lo sea un poco, también, quién sabe: al fin y al cabo, estaremos hechos de los relieves que pisamos...¿O será que nos vamos dibujando por dentro el mapamundi que queremos ver? Yo quiero uno sin distancias: ya hace muchos años se lo hice decir a Zoe y no me escuché ¿Como puede ser que haya gente que nunca más vayamos a ver? ...Y si no es tan así,
¿cómo hacemos para saberlo con tiempo? El plan es siempre volver, dejando que pasen algunos años. Y otra vez que sea lo que viene siendo, porque hay cosas que si cambian es porque no sirven o porque son mentira o porque estamos todos locos: todo lo demas, está en su sitio.
De sitios es casualmente el problema. Irse y volverse es cambiar de sitios. Y es también cambiar de piel. Duele un poco mudar tan seguido las valijas y la piel. Duele un poco pero de despedidas y reencuentros nos vamos haciendo, todo lo que sea levantar la cabeza y pensar fuerte en un momento.

sábado, 1 de agosto de 2009

Poema de empezar a irse


Me voy a abrir puertas.
Y a cerrarlas.
A abrir unas y a cerrar otras,
como hacen los enamorados
y los psicólogo-dependientes.

Voy a llevarme colgadas algunas cuantas verdades,
y también las mentiras que tanto me ha costado
aprender a mentir.
Voy a cargar bolsos con cuentos para dormir
y canciones de sonar a la siesta,
y el beso que rompe,
de momento,
el impulso de estar bien.

Voy a romper el silencio
y en el punto de partida
a decirte que debiéramos esperarnos siempre,
que la vida está soplada de tiempo,
de olas que no rompen y vidrios frágiles
que no se quiebran
ni con tu amor más impreciso.

Voy a volar apretando las muelas,
pensando que el cielo es siempre el mismo
y que abajo me esperan sucursales de este mismo abrazo,
almohadas que estrenar soñando el día de mañana,
como ha sido siempre
que estuvimos vivos.
Me voy a llenar los pulmones de aire importado,
y a perfumar los aires extranjeros
de este color local, algo como naranjas
y zambas distraídas.

Voy a aprender a cantar otros sonidos
y a no dejar que se desafine el mío,
para que suene como a llamada de ultramar
y vengan flotando las voces
que me dejé en la ciudad.

Me voy a que el mundo se llame en otro idioma
y a putear en el de siempre
porque el odio el amor y se hacen siempre
de la lengua de donde
es oriundo el corazón.

Voy a extrañar con la piel y todos los huesos
el espacio que tanto me costó llamar mío,
tanto tiempo, tanta gente, tantas palabras,
todas enormes, bajo la lupa del exilio.
Un exilio buscado y encontrado,
uno que pide pista de ida y vuelta.
Me voy a ver si volver es como el tango
y el soplo que es la vida
me oxigena el alma
los años
y la voz.

lunes, 4 de mayo de 2009

Desgajando otra espera


Qué duras tus costuras, los huecos por donde siempre hacés agua. Qué duro que sabiendo que es una locura te vuelva a esperar.
Y que otra vez resten las horas todo lo que se hacía extrañar. Y que otra vez sume motivos el desencanto, que se queda como una pelusa, pegada a las esquinas más sucias, de tan olvidadas, del corazón. Y otra vez duele, pero de otra forma, nunca verte llegar. Duele adivinarte, mirá qué cosa, como una pitonisa que ve la muerte en la mano de quien había querido querer, ya hace tanto que, quién sabe, quizá ya no valga de nada.

Qué jodido que haya dejado de correr el viento que te arrastra y te hace remolino donde no pueda sufrirte yo. Y qué jodido que la que solía llevarte de mascarón de proa, siempre tan cerca del pecho, sea la misma que se decida a quemar las naves y la misma que, por fin, se quede a morir con el barco, la capitana en su naufragio, igual de sola.
Me da por lagrimear tanto desencuentro, especie de yuyo invasivo que no deja crecer las flores, tanto que yo las había cuidado, tanto y tanto de esperar la primavera. Y me preocupa que esta tierra quede yerma, cansada de crecer brotecitos quebradizos que ahí abajo siempre se quedan.

Me da miedo, tanto miedo me da, que no me quede nada más que dar cuando además se me vuelen, del miedo, el llanto contenido y hasta la palabra agolpada de puro maltrecha en el corazón. Miedo de que ni la palabra prospere en el vacío este que se me empieza a hacer piel, que se me empieza a hacer voz, a ser vos.

Cómo aturde que quede el mundo dado vuelta, con lo complicado que se está haciendo enderezarlo y echarlo a andar. Yo no sé cómo se le da una muerte digna a las cosas que debiéramos de una vez enterrar, no sé cambiar de aires y por eso es que vivo intoxicada. Yo no sé y no sé con qué ganas aprenderé la ciencia del tropezón mil veces con la misma piedra, no sé siquiera si quedarán ganas todavía de andar. Y andar, y andar, llamando por lo bajo al niño de mis ojos, haciéndolo canción, como si la flor hiciera primavera...y no, eso sí que no.

Qué duro que faltes otra vez allí donde alguna vez te esperaba.
Qué jodido que eso remueva tanta agua turbia.
Qué miedo que toda esa oscuridad se me quede dentro.
Y cómo aturde, cómo aturde saberlo todo así.





domingo, 3 de mayo de 2009

Amanecer más vieja


Amanecer más vieja es mentira. Nadie crece así, tan de sopetón. Es un poco más difícil hacerse grandes, no se puede dormir y con dos o tres vueltas en la cama, despertarse del lado mayor de la vida. Porque es que la vida tiene esa cosa de pedir que la anden y le den vueltas, que le saquen el jugo como a una naranja o, en todo caso, que la acaben a mordizcos rabiosos. La vida no se duerme ni se amanece, por más temprano que una intente despertarse.
De cuando le tenía miedo a los años (miedo que, sospecho, volverá cuando éstos sean cada vez más) me quedaron muchas cosas escritas, como me ocurre con todo: la mala maña de escribir no te permite olvidar muchas cosas. Y el terror a los años era terror al cambio, a que algo se me diera vuelta, a que se quebraran los esquemas, y se cayeran los castillos de arena y de aire, a que me robaran el sueño o, peor, a que lo renunciara yo solita. No me culpo, eso todavía me asusta un poco. Pero hoy conozco algunos secretos, algunas cosas que me dan por sobrevivir y por celebrar que tengo tiempo para seguir hablando, tropezando, rompiendo a llorar y agradecer. Sé, por ejemplo, que el tiempo sólo se lleva lo que puede, que derrapa, sí, como la creciente de un río, pero hay cosas tan mezlcladas dentro, tan atoradas en el pecho de una, que no hay caso. Y a veces todo nos desgarra, y sufrimos los arañazos más hostiles del calendario, pero lo de adentro no, y no se toca, y no hay quién pueda, y no hay quién deba, dejarlo partir.
Sé que adelante estamos nosotros también, los mismos, los de siempre, y temerle al espejo es una torpeza. Es mejor pensar que mañana es un mundo habitable, como dijera el trovador, y buscarlo de a trocitos, de a retazos, en las cosas buenas que hoy nos hacen guiños, y en las cosas torcidas que tendremos que enderezar. No sé si contaremos con muchas manos, pero están las tuyas, y están las mías, y las de algunos más, quiero decir, están las nuestras...y si no es suficiente, entonces, es una pena, porque tendrá que alcanzar. Tendrá que alcanzar.
Cuando tenía, ahora, 8 años menos, escribí para cuidarme, para resguardarme del olvido, del cambio, de los años, y del miedo de que todo se terminara y no quedara un rastro de quien era entonces. Creía que venía esa creciente de río y que iba a quedarme sin hogar. En cambio, ocurrió que la creciente no logró inundarme la habitación, ni me deshizo los papeles ni me embarró el camino aquel por donde volvía de la escuela, el de la casa de los amigos, el de la mía propia que es, y esto es lo mejor, todavía la misma.
A los 16 años escribía yo:

Te voy a hacer un mapa de lo que soy yo en este momento.
Quiero que te acuerdes bien de las cosas de las que hoy estoy segura:
No sé olvidar, todavía no lo aprendo aunque lo busco.
Por propia experiencia, soy capaz de asegurarlo: La única libertad que le queda a la gente hoy en día, es la libertad del alma.
Las personas nunca dejan de sorprenderme.
El abandono tiene que ser algún tipo de “deja-vú”.
Intentar burlar al destino, se está convirtiendo en una especie de misión para mí.
A veces cuando lloro alcanzo a sentirme vacía, y eso es sano.
A veces cuando lloro alcanzo a sentirme demasiado vacía y eso es preocupante.
Me gusta masticar un chicle de menta todos los días. Ahora sospecho que con eso estoy matando toda la ansiedad.
En el fondo no entiendo nada de nada, pero estoy casi convencida de que, en realidad, los otros tampoco.
Silvio Rodríguez, a fin de cuentas, tiene razón: eso de lo eterno es un invento, o como dice él “La eternidad no es más que un truco para continuar” (¿era así, no?)
Siempre me guardo los boletos de ómnibus, aunque ni me fijo si me tocó capicúa.
El tiempo tiene que ser una ilusión, igual que la muerte.
Quiero dedicarme, de ahora en más, a conocer: todo, lo que sea, no me importa. Me imagino que para eso se está, ¿o no?
“Escapad gente tierna, que ésta tierra está enferma. Y no esperes mañana lo que no te dio ayer, que no hay nada que hacer”
Quiero saber cómo será en realidad, ver hasta dónde morir es dejar de existir y desde dónde morir es renacer en otro y de otra forma. ¡Lo que no daría porque así fuera!Tengo ganas de ser otra aunque de nada de mi vida me arrepienta.
Quiero saber lo que es alcanzar una meta, si realmente es como tocar el cielo con las manos o esa es sólo la imagen que nos venden.
Quiero tener que morir de pie.
Es verdad eso que vos decís, que hablo sola. Y sé que no soy la única. Nosotros, yo y todo los que hablan solos como yo, somos la prueba viviente de que el deseo de soledad absoluta no existe, porque es insoportable, hasta para mí.
Sartre siempre tuvo la razón, o por lo menos, a mí me cierra perfectamente.
Cuando hablo de dios algo me tiembla adentro, como si por alguna parte me estuvieran amenazando con un cuchillo: “Cuidado con lo que vas a decir...”Y en una de esas es así, ¿O no viste como cada vez que alguien dice “no creo en dios” donde sea que esté todos los ojos cercanos se dan vuelta para mirarlo?
A esto de tener la capacidad de repeler cierto tipo de gente, siempre lo vi como una desventaja, y sin embargo empiezo a darme cuenta de que dentro de todo es un buen negocio...o por lo menos me garantiza que nadie que se me acerque puede ser tan distinto a mí...al contrario...
Hablando ya de frivolidades, me gusta mucho más el azul que el turquesa, y el rojo que el fucsia; me gusta caminar por la lluvia hasta que las zapatillas hagan ese ruidito al caminar llenas de agua adentro; me gusta reírme a carcajadas y hasta que me duela la panza; me gusta el viento; me encanta cuando las dos, vos y yo, decimos la misma palabra o la misma frase al mismo tiempo y vos me mirás extrañada como si no supieras que parecemos nacidas de lo mismo y que nuestras conciencias trabajan juntas, consultándose.
¿Nunca sentiste que todos somos más simples de lo que creemos? Y no nos vamos a terminar de descubrir nunca porque estamos hechos para cosas más complicadas.
Tengo miedo de estar por morirme y que, en ese momento, en el que la vida entera pasa frente a tus ojos, no vaya a ver más que un par de imágenes tristes del pedacito, ese mínimo, de almas y de lugares que llegué a tocar y a pisar, que tenga que ver, sintiéndome lástima, nada más que el mundito que conocí, y que siempre fue el único para mí.
Creo que sí existe, claro que existe, el fin de toda fuerza humana, el último y final “me rindo”, el ineludible dejarse vencer y para siempre tirar todo, porque a esa altura nada lo vale. Y creo que la gente ha llegado a eso sin darse cuenta, muchas veces más de lo que se imagina.
¿Viste como las presencias de las personas están siempre en ciertos lugares, los que son de propios de ellos, sus lugares particulares, pero las ausencias, todas, cualquiera de ellas, te persiguen y están en todas partes?

A los 23, lo firmo, todo. Todo está intacto. Hoy sólo querría agregar algunas obviedades que entonces no aclaré (quizá porque a la adolescente que era le parecían evidentes).
Y entonces quiero decir que me gusta latir, aún con toda la taquicardia que me aqueja, porque sospecho que estar viva es un juego y una promesa, una apuesta y un paseo, y habría que ser bruto para no querer probarla.
Me gusta cuando mis amigos se me adelantan en lo que voy a decir. No es magia, es sólo (y no es poco) tiempo y afecto compartidos, mucho de ambos. O sí, es magia.
Me gustan los nocturnos de Chopin, el claro de luna de Debussy, ese llanto musical que sabe componer Morricone: música desnuda de palabras que me habla de la tristeza, de un domingo a la tarde o de las cosas que a la fuerza se agarran al alma y no se pueden arrancar.
Me gusta, me encanta, este barrio, y esta casa: conservar el lugar donde di los primeros pasos y me choqué a los primeros miedos, salir a ver el cielo desde el mismo balcón.
Me gusta la casa sola y los crepúsculos, la música y el mate mientras corre el aire, suenan llamadores de ángeles y todo huele a sahumerios.
A veces me da por llorar bajo la ducha, para que no lo sepa nadie. Hay que llorar cuando el cuerpo así lo pide. Llorar para hacerse fuertes contra el llanto, algo así como una vacuna contra la enfermedad.
Soy azul oscuro, casi, casi, negro. Estoy buscando los colores y las luces. Buscar es mi signo, yo sé, nací bajo esa estrella y renegar de una cosa así, sería inútil.
Lo que quiero es conformar al espejo, a las ilusiones, a este tiempo. Quiero creer que el amor es para todos, que se tropieza, que se demora y al final, más temprano que tarde, nos hace el guiño que faltaba. Y no basta con desearlo. Lo que quiero es oirlo, de una vez, oirlo.

Lo que quiero es vivir a la altura de mis ojos, de mis manos y de las caprichosas exigencias de mi corazón, que me pide terremotos y eso de nunca estarse quieta.

Hoy que 'amanezco más vieja', lo que quiero es vivir.

domingo, 29 de marzo de 2009

Algo de mí


A veces no quiero irme a ninguna parte. Me olvido de soñar con alas y sueño, en cambio, con cosas que se quedan quietas, con fotos que son las de siempre, un momento suspendido, de esas que se te meten por los huesos y en ningún respiro te sale dejarlas ir.
A veces quiero doblar las mismas y eternas esquinas y que el camino a casa sea éste, siempre éste, que veo con los ojos cerrados (vale decir, los ojos abiertos para adentro, ¿no?).
Cuando quiero quedarme, cuando ocurre ese instante de peligrosa y anticipada nostalgia, sé que lenta y tercamente he comenzado a reconciliarme con el lugar de toda la vida, escenario de mis peores fracasos, trasfondo de las celebraciones más esperadas, espacio de crecer miedos y corajes. Me reconcilio casi sin esfuerzo, y me parece una locura no querer dejarme acá toda la vida, muriendo en las mismas sombras que ayer fueron luces, ese primerísimo día en que fui.
Aquí es donde el cielo me pertenece un poco, por todo lo que lo conozco, yo, a este preciso pedacito que he tenido sobre la cabeza por tanto tiempo.
Aquí entendí de poesía, porque fueron las servilletas de los bares de por acá las que albergaron siempre mis garabatos, porque de estas calles aprendí que afuera queda la mejor caligrafía.
Lloré en todas estas plazas por personas y circunstancias tan varias pero tan unas en el fondo, tan parte de lo mismo, inundando los verdes y los cementos y las estatuas y los próceres siempre por lo mismo. Porque aquí también es donde todo nace de lo mismo, y entonces nuestras miserias suelen entremezclarse con los amores y lo que sea que nos haga bien.
Siento que hay algo de mí en los perros que se doblan para entrar en las pocas sombras de las veredas, buscando refugiarse del ardor de las siestas.
Algo de mí en los viejitos que vigilan la calle sentados en sus zaguanes de casas viejas (de esas que ya no vienen más), como si quisieran cuidar que nada haya cambiado.
Algo de mí en el gesto de los chicos en bicicleta de la plaza, en los que rescatan la calle para los juegos, como si prefiriesen hacer como que el tiempo no ha pasado.
Algo de mí en las cosas que a la gente se le pierden, las que se quedan estancadas como el agua de las baldosas flojas, olvidos, descuidos, ausencias del bolsillo.
Algo de mí en los que ya no están y en los que no se deciden a llegar, en los descartes y sus puntos suspensivos, en la canción que aún queda por hacer.
Algo de mí en el aire sucio de hollín, en el acento y el grito, en los nombres que nombro y me saben llamar, quiero decir, en mis amigos, contemporáneos del alcohol, la risa y los desvelos.
A veces no quiero irme a ninguna parte. Será porque aquí está tan lleno de mí.

domingo, 22 de febrero de 2009

No sólo de tiempo

...La vieja calle donde el eco dijo
tuya es tu vida, tuyo es tu querer.


Vio que todo había sido cierto, en su momento, en su lugar.
Vio que el final era un hueco o las grietas que había visto en los techos de la niñez. Y no lloró porque se acercara pero sí que le dedicó un duelo largo y dilatado.
Vio todo junto, en un suspiro. Sus hermanos lo atravesaron, corriendo, resbalándose y volviendo a correr, con los yuyos hasta los pies y las cigarras de todos los crepúsculos. Sus hermanos mayores y hoy tan pequeños, las rodillas sucias y los brazos garabateados a raspones.
Vio la estación de tren con todo su herrumbre y el andén de todos sus sueños. No supo qué querían decirle los sitios vacíos, los espacios gastados, además de todo eso de que había pasado el tiempo y estaban las cosas muertas o rotas sin remedio. No supo si sentarse para espantar ese mareo, si respirar profundo o pegar un grito para que vinieran ellos a rescatarlo y fuera, de pronto, otra vez ese día, a esa hora, las arrugas, los huesos tristes, los nombres que no salen, que se enredan en la lengua y no salen. Un solo grito y ellos correrían a atajarlo y otra vez el abuelo estaría sintiéndose mal, porque qué esperan, es lógico a esa edad, y eso sería lo grave: el tiempo.
Otra vez el tiempo que deshilacha, que remueve, que se hace viento y abre con violencia las puertas y las ventanas, que derriba las copas y no se deja atrapar por los espejos.
Nada se le pasa de largo, ni el andén, ni las cigarras, ni los yuyos o el alambrado. No se salva del tiempo el pueblo, aunque allí hubiera visto nacer chicos, promesas y proyectos; aunque allí hubiera despertado al mundo, al sexo y al dolor: porque fue en ese lugar donde vio las primeras luces, donde fue suya la mujer más hermosa y donde cayó la tierra sobre la caja donde estaba el hombre que había sido su padre.
Sin embargo, los olores a cocina eran ciertos, se palpaban en el aire, y el tabaco perfumado de su padre se le hacía agua en la boca. Los demás eran ruidos, sus hermanos, los vecinos, la prisa de pies descalzos de su hermana entrando a la madrugada. Y en todas las radios, cantando el zorzal: "...Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida..." En lo mejor de mi vida, piensa, en lo mejor.


Quizá quede algo por hacer y no sólo de tiempo esté hecho el hombre. Quizá haya en él algo de flor, de árbol viejo, de cigarra y de alambrado. Tal vez todo quede escondido en una canción o en el solo verso que dice lo que nunca dijo, lo que siempre habrá querido oir. Porque sólo él sabe volver y ser todas las cosas que se han ido. Sólo él queda vivo del tiempo de los trompos, las peinetas y la flamante estación del tren. Y aunque lo rescaten, y aunque lo arranquen, ahí se queda él.

Quizá corra el tiempo en paralelas apuradas, para aquí y para allá, como la autopista en la ciudad. O no, mejor: quizá ande como prefiera él, precario y bruto y hacia todos lados, como el alambrado de púas traicionero que separa esto de lo que queda más allá.

Mientras, parten los trenes, resbalan los niños y cantan las cigarras de todos los crepúsculos.

domingo, 15 de febrero de 2009

Canciones para la nostalgia

Que no es lo mismo que canciones del recuerdo. Éstas tienen a la nostalgia por tema y son, junto con algunas buenas canciones de amor, las que tienen la vía más directa al corazón de la gente. Es que de extrañar no se salva nadie, ese dolor agridulce que lo mismo te hunde y te salva, que, como el recuerdo, viene con lágrimas de un solo ojo o una sonrisa de media cara.
Soy capaz de hacer una vasta lista de canciones para la nostalgia pero por ahora va solamente una.
Los temas de este tipo sonaban en los bailes, a la hora de los lentos, en la época en que mis viejos estaban apenas de novios. Muchos años después lo descubrí yo y aprendí también a enamorarme de su sonido: tiene esa capacidad, casi instantánea, de traerme paz. Me encanta su estampa y su sencillez, su voz que acuna y esos ojazos.
Nunca estuve en Carolina pero lo mismo da
¿Quién no se imaginó volviendo otra vez a casa?

...A silver tear appearing now
I'm cryin' ain't I ?
Gone to Carolina in my mind...





James Taylor, Carolina in my mind

jueves, 29 de enero de 2009

¿A cuánto volver?

Pregunto porque no sé qué hacer con tanta cosa adelante. Atrás, en cambio, está el camino conocido: lo tengo atrapado en fotos, en cartas, en cicatrices y hasta en cosas perdidas. Atrás queda la casa, siempre.
Adelante no sé yo qué puedo querer: si no me da por abrazar extraños en la calle no sé porqué querría asir con todas las ganas todo eso que no es más que promesa.
¿A cuánto volver? Pregunto a ver si llego o me pongo a juntar monedas.
¿Cuánto sale repasar lo andado y quedarse por allí haciendo noche, en el hotel-parador de los recuerdos? ¿Cuánto aún por hacer dedo al borde de la ruta que nos vuelve, sin peaje, hacia atrás?

Dirán que es el pasaje de los cobardes, de los revanchistas-sangre-en-el-ojo. Dirán, con razón, que escapamos torpemente a la muerte, que no aprendimos a crecer, que no aprendimos a mirar serenamente las cosas que se van. Y es que no podremos verlo jamas: hasta una flor secándose nos hace llorar. Nos espanta ver que todo corre y no hay mes que sirva para quedarse y ser siempre aquella estación y aquella lluvia que dure en la piel. Me duele la tarde cuando se acaba, el rojo funeral de todos los días; ver despedirse a los amantes, el pájaro que decide romper con las alturas, y tu espalda cruzando todos los umbrales y las puertas.
Por eso necesito volver, aunque más no sea a juntar algunas cosas antes de hacer la definitiva mudanza. Serán detalles, pero me dejé allá un par de libros que no he vuelto a leer, discos que perdí en placares, nombres que borré de las agendas, la ilusión primera, algunos juegos, el premio consuelto de cierto concurso, la sorpresa sonando como un teléfono, y la certeza de que éramos tan jóvenes para morir.
Quiero sacar algo de tanto despojo, volver para amontonarme de las cosas que dejé partir con estúpido y resignado consentimiento.

Hace falta, ¿me entiende usted?, que me venda un lugar en el tren, el avión, el colectivo, el carrito del súper, la balsa, el submarino o el sidecar que vuelve hacia allá. No es capricho de regreso, es grito o bocanada de pez lejos del agua. Es el abrazo que falta y la eterna deuda a pagar. Es tu voz que llega con retraso y el pícaro sueño que no quiere venir. Es el mar de las costas de un ayer, de un nuncajamás. Es que estábamos más vivos, quizá.
Entonces, sin problemas: ningún precio es alto así que, sin empacho, dígame ¿a cuánto volver?

viernes, 28 de noviembre de 2008

Siempre que recuerdo

Es un ejercicio, el de hacer memoria. Algunos se quejan porque les duele la sien, y ahí se quedan, secos de presente, que engorda pero nunca llena.
Yo recuerdo de dormida, entre sueños. Y en los bostezos de la mañana también me acuerdo de las noches que juré olvidar.
Mis amigos, todos, están enfermos de recuerdos. Me cuentan que la memoria no les pasa por las puertas, que se les engancha a los cables del alumbrado público, como un barrilete mal remontado. Me dicen que se les ha cosido a la sombra, que les acaricia las intemperies, que les lava la camisa para que salgan limpios de olvido al mundo.
Ni ellos ni yo sabemos estar sin recordar las primeras cosas, los espacios blancos que hoy ya llenamos de todo lo que somos, los silencios que hoy inundamos de gritos, porque hemos crecido, porque seguimos corriendo el tiempo.

Siempre que recuerdo me asusta que pueda venir una amnesia repentina. Porque recuerdo voces adentro de canciones y manos que señalan constelaciones. Recuerdo nombres con absoluta nitidez, porque me vuelve su sonido y la forma de una boca pronunciándolos. Te recuerdo bajo la lluvia, que es cuando eras más hermoso, que es cuando nos dejábamos desarmar por el amor y los charcos, que es cuando todavía nos hacía un guiño la posibilidad. Lo recuerdo todo, incluso los lugares recónditos y los tiempos arcanos que nunca pisé.
Siempre que recuerdo quiero volver, a todos lados, pero llevármelo todo conmigo.

Y siempre, o casi siempre, de fondo suena esa canción.

...Qué maneras más curiosas de recordar tiene uno...