viernes, 23 de marzo de 2012

Decir que no hay olvido

Quiero decir noche. Quiero decir miedo. Quiero inventarme la palabra y hablar de lo que no entiendo.
Quiero decir mi piel que no vivió para verlo, mi cuerpo parchado de memoria, mi sangre ahogada de grito sin nombre.
Quiero decir que la vida debe hacerse agua en la boca, que los pies bien plantados en la calle debieran ser nuestro derecho y nuestra obligación, nuestra celebración y nuestra lucha.  


Hay tanta muerte muerta, tanta ausencia de brazos cruzados, tanto silencio cosido a las bocas. Hay un mundo de cosas perdidas, de amores truncos, de proyectos desparramados. Hay corazones derrochados y pasiones con espasmos, a punto de dar su última bocanada en nuestros brazos.


Pero están mis ojos, charcos de turbia historia que no se quiere ir. 
Están mis manos para cuidar, con mimos torpes de niño, el mundo que quisieron legarnos, a mí, a mis hermanos, a mis amigos y hasta al tipo que hoy se quedará en casa, tan cerca de su cómodo sofá.
Están las palabras que cultivo todos los días, este intento de hacerme mayor, de estar a la altura de mi tiempo y, con esto, de honrar los sanos sueños de quienes hoy no están, dueños de un hechizo de amor y miedo, de ternura y libertad ('...porque donde unas cuencas vacías amanezcan, ella pondrá dos piedras de futura mirada...'). 


Todo eso y además tus ojos. Y además tus manos. Y tus palabras nuevas y enamoradas.


Y está, cómo no, la verdad contagiosa de que no hay olvido. Las ausencias nos besan en la boca y no hay manera de dejar de sentirlas nuestras. Soplos de memoria nos habitan.


Yo no me olvido. Nada. Nunca. 
Y el que olvide, algún día tendrá que dar cuenta del hueco que lleva encima, de la sombra que lo oscurece y de la triste, triste, suerte de ser a quien la Historia no le ha enseñado nada.


A 36 años del tropezón más atroz de nuestra historia, ni olvido ni perdón: memoria y justicia.
Por 30.000 personas que todavía nos duelen.



Yo voy a prender la luz 


''(...) No podré despedirte, vos sabés por qué. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizá te envidio, querida mía (...)'' R. Walsh

No voy a dejarte en la oscuridad. Es una promesa.
Yo voy a prender la luz. Yo y los que vienen conmigo, que somos varios...No muchos, pero yo digo que suficientes. Tendrá que alcanzar con nosotros. Con nosotros y los que con nosotros quieran venir, los que se dejen pintarrajear de memoria, los que se contagien de esto que duele sin reposo pero que tan vivos nos tiene...tan vivos...
Y si la luz es mucho, si se me escapa por las manos, si se derrite antes que llegar a vos, haré lo posible, lo otro, lo que sí esté en mis manos. Voy a ser la de las antorchas, los fósforos, las luciérnagas. Voy a ser la que invente el fuego, pero a oscuras no te vas a quedar.

Ya sé que suena a que no, a qué estás diciendo...pero si me conocieras mejor, me creerías.

Es que, de mí tenés que saber algunas cosas. Unas pocas cosas que me pintan de cuerpo entero, así de sencillo es mi mapa, unos cuantos caminos y todos a Roma (o a París, que me gusta más).
No sé hablar. Las palabras se me enredan todas, se alborotan por salir o se retoban, según el día y el interlocutor. A veces tengo un mundo en la boca y otras me anulo por miedo, por respeto, hasta por amor.
Y como hablo mal y pronto, entonces escribo. No lo elegí. Me vino como una pulsión primera, el acto reflejo del martillo en la rodilla, no lo sé. El caso es que cuando escribo siento que me escuchan, que algo se mueve dentro mío, que del otro lado hay algo más que viento.
Soy torpe para casi todo, y exagero. Tengo más miedos que años y sigo buscando, como en el fondo de un pozo, las razones que me pegan a la tierra, las cosas que me rompen en pedazos y las que me vuelven a armar. Me asusta tener que bucear para encontrarlas pero me aterroriza la posibilidad de que siempre hayan estado en mis manos y la verdad sea, al final, esta forma que tuve siempre de mirar a todos lados o la primera luz que se ve desde la ventana de mi cuarto.
Me envicio, me desvelo, me deshago fácilmente, me pierdo el rastro de vez en vez. Y también canto, cuando todo eso o cuando no, para curar o para que duela más, como una caricia o un alarido, canto...tan débil soy que cantar es mi mano alzada y fuerte...

Con todo esto nada más quiero decirte que no tengo fórmulas del éxito, pero juego a que me las invento. Así somos los tercos: cuando hemos perdido hasta el nombre, seguimos revolviendo el polvo. Con los ojos gastados de tierra y el corazón en la mano, seguimos, casi siempre, porque no hay otra. Por eso y porque hay algo que nunca nos quitan, que no se nos ensucia, que no se nos pierde. Y es la pasión. La tinta roja con la que escribo, la de mis banderas y mis puteadas, la que me empujó a hacer el camino inverso cruzando el mar.
La pasión de ser lo que se pueda, pero con fuerza y hasta el fondo. La pasión que me une los apasionantes, apasionados amigos míos. La que me mareó de colores algún día en la primera infancia, o más tarde, cuando el mundo se dio vuelta y quedé con los pies en el aire, bocabajo a un tiempo de sangre y cosas que no conocía yo.

Y con eso, con tan poco, voy a prender la luz. Será quizás intermitente y tenue, pero toda mía. Toda tuya. Yo te lo prometo. No sé hablar pero tengo palabra. No me conocés pero yo te sé de memoria. De memoria: ahí te guardo y te acuno.
Ya no me quejo, es una tristeza heredada y compartida; la historia es, dolorosamente, mucho más larga que vos y yo.
No me quejo pero tampoco me duermo. Cuando me descuido me despierta la sangre y su cauce que suena, a cosa vieja suena, y me da un sacudón. Me despierta para recordarme que mi compromiso es la luz. Cargarla. Y llevártela. Para que no te quedes en la oscuridad.

La memoria me prohíbe apagarme. Hay que alumbrar todos los frentes, el camino por delante y hacia atrás.
Y si todos se cansan, voy a quedarme igual. Yo voy a ser la del frasquito de luciérnagas, para que no te pierdas de vista, para que no te quedes en la penumbra que no elegiste, en la que te arrojaron sin preguntar.
Yo voy a cuidar que no te quedes en ninguna oscuridad.
Es una promesa.
No me conocés, pero es verdad.


(febrero de 2011)

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