jueves, 29 de enero de 2009

¿A cuánto volver?

Pregunto porque no sé qué hacer con tanta cosa adelante. Atrás, en cambio, está el camino conocido: lo tengo atrapado en fotos, en cartas, en cicatrices y hasta en cosas perdidas. Atrás queda la casa, siempre.
Adelante no sé yo qué puedo querer: si no me da por abrazar extraños en la calle no sé porqué querría asir con todas las ganas todo eso que no es más que promesa.
¿A cuánto volver? Pregunto a ver si llego o me pongo a juntar monedas.
¿Cuánto sale repasar lo andado y quedarse por allí haciendo noche, en el hotel-parador de los recuerdos? ¿Cuánto aún por hacer dedo al borde de la ruta que nos vuelve, sin peaje, hacia atrás?

Dirán que es el pasaje de los cobardes, de los revanchistas-sangre-en-el-ojo. Dirán, con razón, que escapamos torpemente a la muerte, que no aprendimos a crecer, que no aprendimos a mirar serenamente las cosas que se van. Y es que no podremos verlo jamas: hasta una flor secándose nos hace llorar. Nos espanta ver que todo corre y no hay mes que sirva para quedarse y ser siempre aquella estación y aquella lluvia que dure en la piel. Me duele la tarde cuando se acaba, el rojo funeral de todos los días; ver despedirse a los amantes, el pájaro que decide romper con las alturas, y tu espalda cruzando todos los umbrales y las puertas.
Por eso necesito volver, aunque más no sea a juntar algunas cosas antes de hacer la definitiva mudanza. Serán detalles, pero me dejé allá un par de libros que no he vuelto a leer, discos que perdí en placares, nombres que borré de las agendas, la ilusión primera, algunos juegos, el premio consuelto de cierto concurso, la sorpresa sonando como un teléfono, y la certeza de que éramos tan jóvenes para morir.
Quiero sacar algo de tanto despojo, volver para amontonarme de las cosas que dejé partir con estúpido y resignado consentimiento.

Hace falta, ¿me entiende usted?, que me venda un lugar en el tren, el avión, el colectivo, el carrito del súper, la balsa, el submarino o el sidecar que vuelve hacia allá. No es capricho de regreso, es grito o bocanada de pez lejos del agua. Es el abrazo que falta y la eterna deuda a pagar. Es tu voz que llega con retraso y el pícaro sueño que no quiere venir. Es el mar de las costas de un ayer, de un nuncajamás. Es que estábamos más vivos, quizá.
Entonces, sin problemas: ningún precio es alto así que, sin empacho, dígame ¿a cuánto volver?

1 comentario:

gemmacan dijo...

Esa boletería, querida, está cerrada a cal y canto. No hay billete de vuelta al pasado, ni si quiera en la imaginación, no es tampoco recomendable, aunque la añoranza lo tiña de mejor que al presente. Este justo momento que vivimos ahora, es al que dentro de un tiempo vas a querer viajar, por lo tanto, y como consejo que ni yo misma llevo a cabo, exprime, saborea y pinta el ahora, consciente de que nunca se volverá a repetir, y se escurrirá por tus manos hasta que se te ocurra preguntar: ¿A cuánto volver?


PD: Has vuelto fuerte (al menos literariamente hablando)
Un abrazo!