Mostrando entradas con la etiqueta De la música y la canción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta De la música y la canción. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de mayo de 2012

Tan a la vista de todos



El tipo no escucha a sus piernas que tiemblan como esos juncos en los esteros, y se embarca igual.
Todo le duele y todo le nace. Todo está a punto del desmayo, del color y de las sombras.


La sostiene y la abraza. Apoya el pecho a su espalda y la siente latir a su tacto, cuando sus manos le hacen cosquillas cerca de la boca allá donde los sonidos se pierden o se agotan, y todo parece que está por comenzar.


Todo lo demás está oscuro. O quizás no, quizás no tanto y un par de lucecitas parpadeantes le hacen juego desde la distancia aunque a él le de igual.


Empieza a sentir hacia afuera. Las cosas, de pronto, se vuelven más ciertas. No es que la bóveda del cuerpo las mienta, es que el aire que las espera del otro lado logra soplarlas a los oídos, vertirlas sobre las copas y dejarlas correr hacia todos los puntos cardinales.


Siente que es invencible mientras dura la caricia, mientras el abrazo los funde y los confunde. Siente que puede amar en secreto a quien entienda de su amor desatendido, a quien haya sentido el frío donde antes estuviera una mano, a quien le preste un rinconcito de tiempo, una confianza a deshora y un suspiro.


No importa que sea tarde ya para llorar sobre la leche derramada, como decían las abuelas. No importa si lo dicho fue a quedarse corto en los cajones del tiempo. Da igual que ya no vayamos a ser nunca más los de antes, o que nunca más dejemos de ser los de siempre. Da igual el balance, los bemoles, los retazos, los pasos en falso, el parche, los delirios, el impulso, la noche y la estación.
Da igual el temblor de las piernas: así es como se asusta el cuerpo cuando va a desnudar una verdad, así es como avisa que quiere quebrarse pero sin romperse jamás.


Cuando todo acaba, levanta la cabeza y en la frente le arde otra vez la luz.
Delante, un montón de ojos lo ven desnudo y frágil. La escena se deshace en un aplauso ruidoso.
El mundo vuelve a ser vasto y de otros. Pero quizás, sólo quizás, haya crecido un poco, el mundo y él. 


No quiere creerlo pero es eso lo que hace un canción: que el mundo sea un lugar más habitable y su corazón un refugio más limpio, más claro, y más suyo.
Las piernas ya se han quedado en su lugar. Se baja del escenario con el pecho ancho y muchas ganas de vuelo. Al hombro, su guitarra, luminosa y dormida, como después del amor.


Así nace una canción.
Así nace un trovador, del barro que queda de la última lluvia, de sacarse el antifaz y de enamorarse del hueco que por corazón tiene una guitarra, descaradamente, tan a la vista de todos. 



domingo, 18 de marzo de 2012

Conversaciones I (tango)



- He vuelto a escuchar tango.
- Ah, ¿si? 'Tango que me hiciste mal y sin embargo...'
- Eso mismo ¿No te pasa a vos?
- No, a mí el tango no me llega igual.
- Buscate algo que lo haga...es lo más parecido a tocarse el alma con una mano.
- ¿Y a esa poesía berreta también te la enseñó el tango?
- No...a esa la aprendí solita.
- Menos mal.
- Yo no sé porqué me pasa.
- Yo creí que tu música era otra.
- Sí, yo también creía. Pero con el tango es distinto. Yo siento que esa gente sangra cantando. Es la canción llorada...es nuestro blues ¿entendés? Es una musical forma de quedar desnudos, de decir que perdimos, de hacer el ridículo en una letra que siempre dice la verdad.
- Literalmente una 'fractura expuesta', ¡ja!
- Algo así, sí...
- Será que tendrás que hacer uno...
- ¿Vos decís?
- Yo digo. Un tango llorón ¿Qué pasa? ¿No les sale un tango llorón a los 'cansautores'?
- ¡No te burles! No sé al resto...a mí me cuesta bastante.
- ¿Por lo llorón o por el tango?
- Por lo llorón, probablemente.
- ¡Ah, es más fácil jugar a ser insensible!
- Todo lo contrario: eso es lo más difícil que hay
- ¿Qué tendrán entonces los tangueros adentro, para hacer eso que hacen?...¿Un agujero negro?
- ¿Uno? ¿Para hacer eso que hacen? No...casi dos...

sábado, 18 de febrero de 2012

una canción y yo



Me duele una canción en la garganta.


La asesiné a sangre fría la última noche del fin del mundo. 
Le dije 'ahí te quedás' y no se movió más, chiquitita, agazapada en la esquina más mía del corazón.


Había estado en remojo por un tiempo, esperando a hacerse fuerte para abrazarse a mi voz. La cuidé como a mis primeros juguetes, como al mejor de los secretos, como al refugio de la escondida que nunca queremos develar. Era mi canción nueva y asomaba al hueco de mi guitarra con inocencia de recién nacida.


Pero, entonces, cuando estaba lista para salir, como del grito o del rayo, me callé.
Los duendes apagaron todas las luces de allá adentro y no pude más que cerrarle la puerta de mi boca, dejarla a oscuras y prohibirle dar un solo paso más.


Empecé a desgajarla, verso a verso. La aplasté en un puño y escuché llorar un par de acordes que habrán querido sonar a cosa sana.
La mojé y fue deshaciéndose como un boleto en mi bolsillo de lluvias. 
Me dio pena verla así, mi canción mimada, mi verdad encancionada. 
Pero no hubo nada que hacer: ya no me pertenecía, ya no brillaba para mí. Ya mis palabras no eran mías y la melodía era un vacío de música mal cantada.


Le dije cosas espantosas, fuimos como dos extraños, autora y canción, con golpes que rebotan porque siempre fuimos una y la misma, mi canción y yo. 
Sin embargo, mal que nos pese, hoy no tenemos nada que ver. Ella canta de mundos que yo no sé. A mi voz le sobran sus estrofas de luces artificiales.
Esas cosas pasan. A veces nuestras canciones nos traicionan, o nosotros a ellas, y conviene que allí queden, muertas en la memoria, a donde poder dejarles una flor de tarde en tarde, cuando las queramos llorar.


Hoy me duele una canción en la garganta.
Otras nuevas me ha de sanar.
Es lo que tienen las canciones: que nunca se me van del todo.







miércoles, 8 de febrero de 2012

un flaco que era una canción


Hoy están de duelo las canciones. Así debe ser.
Cuando nos deja alguien que quisimos y tuvimos cerca, lloramos su ausencia cotidiana, el que falte a la hora del café, lo vacío de no sentir más su tacto.


Cuando se va alguno de éstos, éstos que no vimos nunca en la calle, lloramos otras cosas, igual de tristes. Lloramos nuestra infancia, salpicada de sus canciones. Lloramos a nuestros viejos, que las supieron estrenar, que nos las mostraron, y hombro contra hombro nos consolamos.
Lloramos nuestra inocencia poética de cuando apenas lo descubrimos y escuchamos que la música podía vivir en el corazón de una palabra. 
Y chillamos, berreamos, gritamos a garganta pelada por lo que hemos perdido: nada menos, nada más, que canciones. Más canciones como ésas, las de la vida nuestra, las de la historia de un país.


De sus manos colgaba parte de la belleza que hay en el mundo. Al menos la que yo conozco, la que me hace crecer y salir, la que me enamora, la que me reconcilia con el mundo y sus desastres.
De sus manos, las manos de Fermín, los duendes y las guirnaldas. Y 'Ana no duerme', como me cantaba mi papá.
Y el que diga que las canciones no pueden salvarnos la vida, cambiárnosla aunque sea apenas, hacerla brillar, se equivoca, o está sordo o no quiere escuchar.


No se diga más. El flaco se fue a la vida, no sé cuándo vendrá...
Mientras tanto, hay una armada de canciones, las suyas, y las que de ese polvo se han nutrido, las que vendrán.

lunes, 16 de enero de 2012

Sueño desinhibido



Me dormí tarde y agotada.
En mi sueño anduve por todas partes, a juzgar por las vueltas que di en mi cama, por cómo quedaron las sábanas y por el mareo de mi cabeza al despertar.


En alguna parte de tanta corrida, probablemente al final (porque soy buena recordando casi solamente los finales), me encontraba sola en una especie de pequeño anfiteatro frente a un montón de gente dispuesta en semicírculo, vestida de turista y de verano, mirándome a mí.
Alguien me empujó al centro, con la guitarra colgándome indecisa de mi correa de todos colores.
Se hizo silencio, sólo interrumpido por algún esporádico comentario casi en secreto de los turistas que hacían de audiencia.
Me temblaban las piernas de lo inesperado de estar ahí (¿a dónde? en el sueño tampoco lo sabía) y, lo de siempre, de tener que decir algo. Me enseñaron que es de mala educación no saludar y, entonces, con la voz en las rodillas dije 'Buenas tardes' mechado con media sonrisa que la gente me confunde con mueca y nunca me la creen.


Y otra vez el silencio. Los que me empujaron ya no estaban. Se me tapaban los oídos como cuando está a punto de bajarte la presión, y al frente seguían los turistas con cara de verano.


Entonces empecé a tocar. Canté mi canción prohibida y todos escucharon. No sé porqué fue esa y no otra la que se me escapó de la guitarra, pero la canté. Y, como suele pasar, volvió la calma. Las piernas se quedaron quietas, la guitarra firme sobre mi pecho.
La voz se me enredó en el aire y yo también fui un poco parte del verano.


La gente escuchó, con mucho respeto y mejor cara. Debe ser así como se premia la valentía, el arrojo. Será que crezco sin saberlo, desterrando el miedo, de decir 'esta boca es mía', y sacar al sol, a empujones y en un descuido, mi canción. Mi propia canción



domingo, 13 de noviembre de 2011

Cantos

Cántenme que me duermo,
yo también sé rendirme a una nana
y acomodarme en los huecos de cualquier almohada.

Cántenme porque me arrullo,
porque sólo así suelto el verso mordido
el que duele, 
el de la infancia
de nombres dibujados en un árbol y un corazón.

Háganme la canción de los intentos
y de la paz que cura,
la que acaricia al borde de la boca
como la promesa de un beso
que va a ser.

Cántenme aunque llegue tarde
la canción a mí se me hace sangre
siempre 
y en ese caudal rojo corro
y crezco yo.

Cántenme que me arde el día,
que se me acurruca la madrugada en el entrecejo,
que se me atragantan los desencuentros
y he dicho cosas que me tiemblan dentro.

Cántenme que el sueño es una corriente de aire
que se me pasa silbando de media tarde.

Cántenme.

A mí la canción
me salva.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Dentro de una canción

A los compañeros de música, compañeros de canción...porque, como yo, también viven en una.


Soy esta canción.
Soy sus restos, y la noche de desvelo en que tuve a bien parirla, para que en ella nacieran también, a los gritos, mis caprichos encerrados.
Soy el arpegio tímido que pisa mal y, en los nervios, se delata lejos de aquí, en un planeta donde todavía no he cumplido tantos años y llevo de bandera el corazón.


Cabe en mi canción todo lo que no he dicho, la burbuja donde me guardo y desde donde espío los ojos que me miran cuando no estoy mirando.
Sólo aquí soy dueña de algún reino, que late a mi ritmo y anochece, abruptamente, cuando así lo digo yo, y mis manos salen de su embrujo.


En mi canción no sé mentir, lo digo todo hasta que sangra, hasta que duele, hasta que rebota en las paredes y la palabra se vuelve inmensa, tan lejos mío.
En mi canción me hermano con los cantores que me la hicieron obsesión. Y beso en la boca las bocas que siempre quise besar, besos demorados, encancionados para que te queden sonando por más tiempo.


Soy quien soy, pero más soy lo que en canciones me invento. Porque ahí adentro el día es más claro y la luna es más bajita, siempre a la altura de mis ojos. Porque ahí adentro vivo sin pasar de largo. Porque ahí dentro me arrojo al viento de quien me quiera oír, y ese eco me va paseando por el aire, como un silbido.
Y, como todos sabemos, en todo silbido vive una nueva canción.




........


De fondo, escuchando los versos de un amigo trovautor, Flavio Viera (que supo resumir mejor todo esto) cantando así...




''Mírame, y ten presente
las palabras son espejos de mi corazón y mente
por ellas me juego en todo,
muero y vivo en lo que toco.
Mírame y besa el segundo
de las horas, de los días
mi canción...''

miércoles, 31 de agosto de 2011

Te he visto (desde siempre)


una canción

Te vi cuando jugabas con las manos
Te vi hasta cuando diste un paso más
Te vi en todas mis fotos y mi armario
Fue casi siempre tuyo a la mitad.

Te vi llorando por las cosas rotas
Te vi jugando a volver a empezar,
Deshaciendo  lo que yo había armado
Todo mi trabajo en vano y a vos que te daba igual.

Te he visto en los almuerzos de domingo,
Te vi sin salvavidas en el mar;
Cuando inventaste palabras,
cuando gritaste de rabia,
cuando quisiste escapar.
Te he visto desde siempre,
Desde un primer momento,
De cuando no había mundo más allá.

…. 
Te vi febril adentro de la cama,
Te vi cuando aprendías a contar,
Te vi dejando la comida a un lado,
Empachándote de helado y sin querer convidar.

Te  vi volviendo tarde y en secreto,
Y dándole un portazo a la verdad,
Creciendo a manotazos apurados y con trampas como cuando
Me ganabas sin ganar.

Te he visto en los celos más absurdos,
cuando te asustaba la oscuridad,
Sé tu segundo nombre,
Donde guardas lo que escondes
Y las historias que no querés contar.
Te he visto desde siempre,
Desde un primer momento,
De cuando no había mundo más allá.


sábado, 20 de agosto de 2011

Dos noviembres

una canción


Que cincuenta años no es nada
debería cantarnos la canción,
este correo con retraso 
no sabe todo lo que nos pasó.


Yo sabía, sin saberlo,
que de este lado del agua,
vos sabías, sin saberlo,
que me dejabas de recado el corazón.


No te asustes, es el tiempo
que vuelve cabizbajo
a decirnos que se equivocó.


No me digas que no me guiñás un ojo
en ese idioma
que tanto te gustaba a vos.


Yo ya sé lo que perdiste
pero hoy hagamos como que no.


Es este invierno blanco
y esto de colgar la ropa en la habitación
lo que me empuja a robarle
al frío una confesión.


Por eso te prometo,
por lo que me queda por cantar,
que una noche de éstas vuelvo
a leer Las Flores del Mal.


No te creas,  
sigue siendola misma ciudad
ambas sin tiempo ni razón.


No me creas,
las cosas son siempre más mágicas
de lo que quiero pensar yo.


Yo ya sé de la melancolía
pero hoy hagamos como que no.


Y sé que la historia es más larga
que vos y yo.

sábado, 6 de agosto de 2011

Que se sepa

A los trovadores

'...no digas que aquí hay silencio:
podrás decir que no oyes...'


No son las canciones la propiedad de nadie. No vienen con manuales, ni son modelos para armar, con instrucciones e idénticas. La mano que las arma las llena del mundo que ha vivido esa tarde, y todas las tardes de atrás, con palma abierta de entrega o puño cerrado, en resistencia.


No son todos iguales todos los hacedores de canciones. Cada uno late a su ritmo, y lo que a unos apaga a otros enciende. Nada de esto se explica, sólo se siente y se defiende.



La canción que me convoca a veces me pide que de por ella un paso al frente, que la nombre para que se sepa que está, que suena, que vive porque al hombro la llevamos, yo y muchos otros.


Los trovadores no son dinosaurios perdidos en este siglo, cuando los años '60 y las revoluciones parecen quedar tan lejos. Los que están muy ocupados buscando dinosaurios suelen ser los mismos que tienen poco tiempo para ver en dónde están parados y hablar de lo que les toca. Y ya es hora de que alguien diga que descreer de algunas cosas es tirar la toalla y bajar las persianas.


Los trovadores no conocen de tiempo, son tan viejos y tan cotidianos como una guitarra, y vienen haciendo de las suyas desde que la voz es voz y vibra en un cuerpo para sacudir más de un alma.
Brotan por todos lados, son hijos de sus veredas y de todo el mundo que conocen, y es tan suya la baldosa que pisan como el mar que los junta y los parte de otros hermanos.
Cierran los bares, despotrican y pecan de soberbia, cuando no hay quién les de la razón. Pero aquí están. 
Yo los conozco. Han cantado en mis oídos. Crecí en sus voces, cuando salían de un cassette mal grabado cada mediodía de domingo, del largo domingo de mi infancia.
Me enseñaron a quebrar la voz pero sin descuidar jamás el corazón que la impulsa, que le sirve de bandera. Que se puede hablar de patria y seguir hablando de amor, como quien da una canción.
Yo los conozco porque también viven cerca de mi casa. Comparten conmigo una ciudad y el miedo de pisarla con demasiada fuerza. Comparten conmigo el envión de decir lo auténtico, y alguna que otra botella de cerveza.


Son parte de un movimiento vivo en el que yo también respiro. Soy parte de esa canción que a veces se nos muere en las manos y, otras, nos nace desde el fondo de todos los pozos. Soy parte de la canción que mira a su alrededor, que apuesta y, a veces, también pierde. Y me conozco.


Es mentira que ya no suena, yo la escucho todo el tiempo. No hay anacronismo en la música cuando es necesidad, cuando es parte de un intento por andar de pie entre los arrodillados. No existe canción más actual que la de hoy, la que surge sola, la que no obedece a los estudios de mercado.

No necesito hacerla aparecer, no la elijo. Me puebla el sueño, se viste de mis palabras, se adueña de todos mis muertos, de lo que me calma, de las primeras tristezas, del sentido de lo injusto, del bienhechor que vive conmigo. 
En mis canciones digo lo que siento y me exijo no dejar de decir lo que pienso.
Soy cantautora porque no sé ser otra cosa, porque algo que no entiendo me llama a serlo. Y es algo que asumo y abrazo porque a la identidad se la debe abrazar para que no quiera escapársenos.
Tengo más palabra que melodía, y creo en la posibilidad casi mágica de plantarse en un círculo de lucecitas tenues y hacerse escuchar. 
Siento que nos unen la humanidad y cierta ternura y que mientras haya quienes sangren penas y heridas, dentro y fuera, seguirán sobrando los motivos para cantar.
Creo en la imaginación revolviendo algunas conciencias, en inventos que ayudan a creer en los corazones nobles y en ese otro mundo posible que le debemos a muchos, a tantos que no han llegado a verlo.

La verdad es que nada se ha perdido. O, quizá, muchas cosas. Pero nunca hemos dejado de buscarlas. Por eso no se han apagado las canciones ni se han cruzado de hombros los hombrecitos de guitarra a cuesta. 
Son muchos y muy variados, no siempre se ponen de acuerdo, pero de cantautores tienen todos el empeño, la palabra y cierta fe testatura en que todavía hay que cantar.


Aquí estamos, seguimos sonando fuerte y claro.
Que se sepa.

lunes, 4 de julio de 2011

Mi canción prohibida

Será de tanto cruzarte
en los pasillos del sueño
que te silbo despacito,
que te escondo en el bolsillo
y así te llevo.


O que te escribo siempre
sobre papel mojado
que ensayo despedidas,
que parcho las heridas
y sigo andando.


Me olvido que te debo
el que hayas despertado
en mí la fe en la luna y su remanso.
Me olvido que el azar teje sus lazos:
nos une la ternura y algún abrazo.


Mi boicot, 
mi canción prohibida,
las cosas que me entierro
diciendo que aquí adentro es cosa mía.


Mi rumor, 
mi cuota vencida,
los huecos de un destiempo
la posibilidad de que ande suelto tu amor
y llegue el día.
.....


Será que nunca quise
la paz de un recoveco
y que prefiero el grito 
pelado de decir
'yo aquí te espero'.


Será que me divierto
jugando a hacerte versos:
te ayudo a amanecer,
te pido me llevés
sobre tu viento.


Me olvido que hay un tiempo
y que hay un espacio
y ese complot nos rompe sin reparo.
Me olvido que el azar tiende sus lazos:
nos une la ternura y algún abrazo.


Mi boicot,
me canción prohibida,
las cosas que me invento
por entender que a veces es la vida.


Mi estación,
mi tregua escondida,
la historia de lo incierto,
la posibilidad de que ande suelto tu amor
y llegue el día.







domingo, 20 de febrero de 2011

Hacerse cargo

'...el alma con canción
iluminó su hogar
y la canción con alma
echó a volar...
desde entonces las dos
vivieron más despacio
a pesar de su tiempo
y de su espacio...'
Silvio Rodriguez

Lo que pasa es que no me acostumbro.
Siempre me han dicho eso de que nada es soplar y hacer vidrio, tanto, que cuando algo nace así, tan fácil, de un soplido, no me lo quiero creer.

Así es la magia. Alcanza un momentito. Y hasta en el silencio hay un aura que no se deja ver, inundando cabezas y corazones.

Profesar una pasión es así de sencillo. No es un esfuerzo pero siempre hay algo que sangra y algo que cura, algún bálsamo de amores y de tiempo, el estate-quieto que estábamos necesitando.

Habrá que inundarse de ella. Habrá que abrazarla por todos sus costados sin que se vuelque nunca, sin que se quiebre y se nos quede entre los dedos, a pedazos.
Habrá que tomársela en serio, aunque suene a juego, a eso que hacemos para salvar el día y mirar a otro lado, como si mirásemos por una ventana iluminada, luminosa.
Habrá que honrar el sonido que tiene cuando hace eco, cuando cruza los muros, cuando se traduce en palabras de aliento y abrazo.

Habrá que hacerse cargo de la música y sus estragos: los hilos que mueve, las cosas que toca, los momentos que regala. De la magia, como fuegos de colores, que nos hace latir en el pecho; de todo lo que nos arranca y luego nos devuelve; de cómo nos mece y nos va dejando en el mejor de los mundos, el que se va armando a la medida de nuestros sueños más altos, esos que hoy ya son escudo y desvelo, esos que salvan la vida.

Habrá que hacerse cargo de todo lo que hay detrás de una canción.


sábado, 27 de noviembre de 2010

Más de mi juego favorito

No entiendo bien cuando la gente habla de las pasiones. Supongo que una palabra como esa, tan grande y tan decidida, me anula un poco y me da miedo usarla.
Sin embargo, sí que conozco apasionados, esa gente que cuando hace lo suyo a mí me hace temblar.
Cuando me preguntan por las mías miro a un costado. Creo que las tengo en la punta de la lengua y no sé decirlas. En cambio, me pongo a hablar de otras cosas, de lo que me hace pasar buenos ratos, de lo que me vuelve en el tiempo, de lo que me calma y me levanta sin esfuerzo.
Hablo de un juego.

Cuando lo juego me da la sensación de que las cosas se detienen.
No sé explicarlo, es como un paréntesis que no dan ganas de abrir, el resto del texto es siempre prescindible. Es el detalle, esa aclaración que me explica casi por completo y en cambio a mí me cuesta tanto entender.
Cuando juego a mi juego yo siento que despierto, que empiezo de nuevo el día y aún el rumbo largo y definitivo, ese que estrené a principios de un mayo. Planto bandera y hay una tregua que dura lo que la canción, una musicada tregua entre el mundo y yo. Juego y se acaba el ruido, el alboroto de lo que hay que hacer, de lo que está roto, de lo que no vuelve.

Me abstraigo cuando juego, como los nenes, y nunca sé qué ocurre afuera. Soy lo más primario de mí, no me molestan las luces ni las miradas, por dentro cierro los ojos y juego.Quizás viajo, sobrevuelo con la voz todo lo que extraño, a mis muertos, a mis lejanos. Acaricio la espalda de algún amor vencido, porque en su nombre también canto y en el nombre de todo lo que no fue.

Cuando juego me entran unas cosquillas desde las manos y hasta todo el cuerpo, entonces la voz sale sola, empujada por no sé qué fuego, por no sé qué cauce de cuál río. Cuanto canto siento luces creciéndome por dentro, latiéndome fuerte en alguna parte que no puedo ver.
Cambio papeles y me tomo licencias para gritar lo que me embronca o develar la ternura que se me esconde, para decir las ausencias callando los ausentes, para denunciar sin carta a documento, y llorar salpicando sin derramar una lágrima (o derramándola en secreto, y ahí está la magia).
Como con casi todo, me cuesta jugar sola. No es que no pueda, es que no tengo ganas: necesito compartir la sensación, el paréntesis, las cosquillas, la tregua y la voz. Para que mi juego sea completo necesito que alguien me acompañe y suene conmigo.
En mi desorden, me hace falta quien me recuerde de qué iba el juego cuando en el apuro me olvido o cuando me mareo y lo hermoso empieza a perder sentido. Porque ocurre a veces que el cielo amenaza con tormenta y a mi me da por levantar todo y tirar los tableros, cerrar las cajas y preguntarme qué hago yo, si sólo me entretengo, si no es mejor entender que nada serio se hace jugando.
Para no perderme en el camino y seguir jugando es que canto acompañada. Entonces a la magia del juego se le suman otras magias. Por ejemplo, los colores. Una siente que las cosas cantadas de dos salen de colores, que me mezclan y se revuelven y el todo se vuelve mucho más que la suma de las partes. Por ejemplo, el envión, la fuerza doble que empuja todo lo que va saliendo, todo lo que hay por decir. Por ejemplo, los encuentros.
Porque hay alguna magia, yo sé, en sentir que la canción es un barco, un barquito frágil, que hay que hacer llegar a buen puerto, que siempre ayuda pero que también tiene que dejarse ayudar.

Yo necesito que me lo recuerden. Que, de vez en cuando, me cuenten porqué me gusta tanto este juego y qué hay de mí en todo esto, que es como decir qué cosas mías se pierden sin me falta, si decido que es el final del juego.
Necesito creer en mi juego y seguir jugando. Necesito creer y seguir cantando.


Mi juego favorito


Es probable que hacerse amigos sea algo así como vender parcelas, o como alquilarlas, y entonces esto que era de uno, ahora casi que es de alguien más. Alquilar una propiedad es confiarle el cuidado a otro, y eso es un peligro y un alivio. Es un riesgo y un respiro. Es que vos también te des vuelta si me llaman por el nombre mío.

O no. O hacerse amigos es otra cosa más hermosa, más grande y mejor dicha, como en El Principito, como en los proverbios antiguos. No lo sé.


Que baste con decir que los míos son gente que escapa bastante a cualquier definición, que otras veces traté de hacerlo sin mayores triunfos, porque ellos más que palabras exigen hechos y sé que se reirían con irreverencia de cualquiera de mis intentos.


Es, entonces, de hechos de lo que quiero hablar. Y del hecho de que te conozcan hasta el fondo y casi sin permiso. Del hecho de que se sepan de memoria la jugada antes de que puedas mover una sola pieza.


Hablábamos con una amiga de las canciones, de este rumbo que parece que es mío y aún no me lo creo, de que ella me cree (y eso creo que me alcanza), y también de mi inconstancia.

Todo eso en dos o tres líneas: así es como con los amigos se inventa la economía de palabras.


Yo le decía que tal vez éste no era más que un juego, otro juego. Y que yo soy como los nenes, cuando me aburra seguro echo mano a otro, y después a otro más: la diversión se me agota y tiro todo, lejos y fuerte. Tanto, que a veces se rompe.


- Ah, no - me dijo ella.- Pero éste es tu juego favorito...


Claro, esa es la diferencia: que es mi juego favorito.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Espera y verás


Hace meses que no llegaba.

La última vez fue allá.
Yo me había encerrado en mi habitación y, en tinta roja, había desgajado meses y meses en algunas líneas. Vino con paisaje en movimiento, alguno que entrara en la ventanilla de un tren, y con un punteo pegajoso adherido a ella como una flor en la solapa.
Vino bajita, como si apareciera en puntas de pie. Con cuidado la arropé y la traje conmigo.
Al principio le fue difícil acomodarse. Claro, ella tenía otros aires y la timidez propia de una novata (más le gustaría 'amateur') y de una extranjera.
Con el tiempo, ya más en confianza, tomó altura y fuerza. De nombre sencillo y sin mayores pretensiones, se ganó los oídos, se dejó compartir, se hizo entender y se quedó.

Desde entonces, en su compañía, no hice más que preocuparme. Yo la quería, con el afecto repartido que he tenido siempre. La quería aún cuando algunos fines de semana me aburriera, por lo repetitiva y, pobre, qué culpa tenía, por mis ansias de novedad.
La quería pero asustaba que fuera ella la última, que yo me hubiera secado ese día que llegó y ya no tuviera nada más para dar.
Fueron meses de buscar algo nuevo, de volver a los papeles viejos, de tararear melodías atoradas. Fueron meses de frustración repitiendo viejas fórmulas y casi tirando la toalla.

Pero esta semana, entre el calor y el tedio, se torció la racha y por fin vino.
Era la siesta y me había sentado escribir lo que creía que era alguna que otra frase atascada, de esas que sueño o me bailan en la cabeza como queriendo salir. En cambio, eran versos rimados, contados, casi cantados. Eran un regalo o un beso secreto de alguna de todas esas musas que tanto nombré.
Y así llegó ella: apurada y urgente, acelerada, llena de cosas para decir. Se declaraba inútil pero prometía el universo si se le daba su tiempo, y su lugar.
Llegando tarde pero revolviendo todo al pasar, hablando con seguridad, sonando a 'aquí me quiero quedar yo'. Así llegó.

Me alegra, cuánto me alegra su venida que no anunció ningún colibrí, que fue por la puerta de atrás y haciéndose esperar.

Cómo me calma y me despierta, cómo me consuela y me enamora que venga una canción.
Que vengan las que siguen. Que vengan otras, muchas más.

viernes, 10 de julio de 2009

La misma canción


A los amigos musicales, musicales amigos


¿A dónde tiene que llegar la canción? Y, más importante, ¿de dónde tiene que salir?¿Qué hay en juego mientras todo eso pasa? ¿Cuántas cosas se revuelven y salen del pecho? ¿Cuántas se acomodan adentro y ahí se quedan a vivir?
Todo es cuestión de encontrar otra vez la misma canción. Esa que perdimos no sé dónde, en qué vuelta desorientada, en qué vórtice de la mala memoria. Esa que ya casi no llamamos.

Pero yo la quisiera de vuelta. El día que fuera, yo quisiera que volviera, sin apuro y sola la canción.
La misma canción de siempre, la de los tropiezos más dulces, la que hice sin saber escribir, la misma que da vida y te la quita en menos de un estribillo y sin razón.
Quisiera que volviese la canción enamorada o el amor hecho canción, que es casi lo mismo.
La canción que nos hace parte de lo mismo, la marea interminable que nos arrima a las mismas costas de siempre. La que nos dice que hay que aprovechar el mismo latido y latir con él, acomodándonos a su ritmo, bailando con él.
No es mucho lo que pido, es apenas un visto bueno, una luz de faro viejo y gastado, pero una luz…una misma y vieja canción.
La canción que soñábamos en la escuela, cuando solamente queríamos cantar…y cantar las cosas que no nos animábamos a hablar, como si la canción tuviera algo de máscara y de espejo, como si fuera una musical manera de decir la verdad (y será que siempre fue un tanto así).
La canción que no afinaba con nada, que solita se bastaba para armar el mundo de un verso y soplarlo en medio compás. La de mis amigos y sus secretos, la de todo lo que nos divertimos y lo que dejamos escapar.
La canción que nos quedó del derrumbe, la que pedimos prestada y rompimos sin querer. La que adoptamos con inocencia, con ilusión y hoy se nos va, crecida, dejándonos el nido vacío.
La canción rompecabezas, con su pieza secreta durmiendo perdida bajo tu cama.
La canción vagabunda, sin asidero, la que acampa en los zaguanes y suena más bonito cada vez que toma de más.
La canción inundada pero sin ganas de llorar.
La canción desvelada que se queda despierta para oírte llegar.
La canción paracaídas que nos salva del suelo y de golpe, la que nos mantiene en vuelo, siempre a la altura de nuestros ojos.
La canción de los intentos, la que se pone a hombros el mundo y su paz, y de tanto peso se cae, pero siempre vuelve a andar.
La canción que rompe a llorar y se hace querer por frágil, por sensible y porque como esa ya no hay.
La canción que todo lo mira, la que quiere llevarse con ella a toda la ciudad. La verborrágica, la que nunca habla por hablar.
La canción que nos reúne, que nos cose a todos a la misma estrella, la que nos encuentra en las razones y en los enviones, en los pasados golpeados y en los futuros necesarios que nos habremos de inventar.
La canción que se renueva, que es una sola y un millón: que volverá en muchas voces a alargarnos la voz, la que va a llenar de flores las calles que hace rato queremos caminar.
La canción del amor por la canción, la del lugar menos pensado, la que nunca acaba de empezar. La que nos vuelve de fondo en todos los sueños, la que remueve los recuerdos y vaticina otro final. La que nos ha visto llorar y, desde entonces, no nos deja de abrazar.
La canción que cantan nuestros muertos, la que nos quisieron enseñar. La canción que duerme cerca de tu oído y es a veces una nana, y es a veces un beso de los buenos días que te ayuda a despertar.
La canción que siempre se canta al revés, la que suena torcida, tan parecida a tantas cosas que mejor no enderezar.
La canción que se lee en los ojos, la que llega por correo atada a un ramito de azahares, de azares. La que tenemos a mano, en la mesita de luz, en los bolsillos, en tus manos que no se van.
La canción envalentonada, la que va al choque y a veces sale perdiendo pero nunca del todo, porque no hay quien la sepa callar. También la tímida, la del bajo perfil, la que nos dice por lo bajo lo que sabe mejor.
La canción de las ventanas y las puertas, a saber, la canción-escapatoria, la que queda en el horizonte y tiene todos los nombres.
La canción que empaña los vidrios, la que se llueve y de tanto hacer agua, tanto más se hace querer.
La que nos falta para empezar a creer, la canción-amuleto, la que juega a las escondidas para dejarse encontrar.
La canción que vimos en una vidriera y no llegamos con las monedas a comprar, la que después encontramos tirada una medianoche en la puerta del bar. Porque todo vuelve y la canción también. Porque es leve, porque se deja llevar. Porque vive cerca de tu casa, que es tan cerca de tu entraña, que es tan cerca de mí. Porque es toda ella lo mejor de cada intención, de cada estación, lo mejor de lo que nos queda.
Esta canción, la de siempre, es el atajo hasta donde no acertamos nunca a llegar. Es el lugar de los primeros besos y del grito pelado, de la bronca y la sencilla ternura, del clavel y el fusil.

¿Qué fue de toda esa canción? ¿Qué se hizo de esa canción solita que tan bien recuerdo yo?
¿De dónde nos sacamos tanta cosa encancionada?
¿Dónde pudimos guardar, en cuál melodía, en qué voz, tanto de corazón?
¿Cómo es que alcanzaron las palabras y los ritmos para hacerla sonar? ¿Cómo fue que fuimos tan torpes de dejarla ir?

Que vuelva. Que vuelva esa canción, la misma canción.
Que vuelva y se nos haga aire, que nos hinche de orgullo, que se ponga cómoda y como en su casa, y se aguante este tiempo que no puede más que cambiar.
Que vuelva y se deje acariciar.
Aquí la espero, ya la conozco. No dudaré al verla llegar.