La otra noche te escuché.
Me hablabas por una latita atada a un piolín . Un piolín que no tenía punta, o que yo no pude perseguir. Quiero decir que no sé dónde quedaba la ventana desde donde me hablabas vos.
La otra noche te escuché, desde una lata vieja de puré de tomate. Un poco entendí, otro poco me inventé.
Decías, entre otras cosas, que si había interferencias, eran seguramente los pajaritos que se habían ido a posar sobre el piolín, a hamacarse entre tus palabras y las mías (que también tienen algo de ala y algo de trino, quiero creer).
Y decías que me abrigara porque se venía el frío. Y que ibas a volver.
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