domingo, 3 de mayo de 2009

Amanecer más vieja


Amanecer más vieja es mentira. Nadie crece así, tan de sopetón. Es un poco más difícil hacerse grandes, no se puede dormir y con dos o tres vueltas en la cama, despertarse del lado mayor de la vida. Porque es que la vida tiene esa cosa de pedir que la anden y le den vueltas, que le saquen el jugo como a una naranja o, en todo caso, que la acaben a mordizcos rabiosos. La vida no se duerme ni se amanece, por más temprano que una intente despertarse.
De cuando le tenía miedo a los años (miedo que, sospecho, volverá cuando éstos sean cada vez más) me quedaron muchas cosas escritas, como me ocurre con todo: la mala maña de escribir no te permite olvidar muchas cosas. Y el terror a los años era terror al cambio, a que algo se me diera vuelta, a que se quebraran los esquemas, y se cayeran los castillos de arena y de aire, a que me robaran el sueño o, peor, a que lo renunciara yo solita. No me culpo, eso todavía me asusta un poco. Pero hoy conozco algunos secretos, algunas cosas que me dan por sobrevivir y por celebrar que tengo tiempo para seguir hablando, tropezando, rompiendo a llorar y agradecer. Sé, por ejemplo, que el tiempo sólo se lleva lo que puede, que derrapa, sí, como la creciente de un río, pero hay cosas tan mezlcladas dentro, tan atoradas en el pecho de una, que no hay caso. Y a veces todo nos desgarra, y sufrimos los arañazos más hostiles del calendario, pero lo de adentro no, y no se toca, y no hay quién pueda, y no hay quién deba, dejarlo partir.
Sé que adelante estamos nosotros también, los mismos, los de siempre, y temerle al espejo es una torpeza. Es mejor pensar que mañana es un mundo habitable, como dijera el trovador, y buscarlo de a trocitos, de a retazos, en las cosas buenas que hoy nos hacen guiños, y en las cosas torcidas que tendremos que enderezar. No sé si contaremos con muchas manos, pero están las tuyas, y están las mías, y las de algunos más, quiero decir, están las nuestras...y si no es suficiente, entonces, es una pena, porque tendrá que alcanzar. Tendrá que alcanzar.
Cuando tenía, ahora, 8 años menos, escribí para cuidarme, para resguardarme del olvido, del cambio, de los años, y del miedo de que todo se terminara y no quedara un rastro de quien era entonces. Creía que venía esa creciente de río y que iba a quedarme sin hogar. En cambio, ocurrió que la creciente no logró inundarme la habitación, ni me deshizo los papeles ni me embarró el camino aquel por donde volvía de la escuela, el de la casa de los amigos, el de la mía propia que es, y esto es lo mejor, todavía la misma.
A los 16 años escribía yo:

Te voy a hacer un mapa de lo que soy yo en este momento.
Quiero que te acuerdes bien de las cosas de las que hoy estoy segura:
No sé olvidar, todavía no lo aprendo aunque lo busco.
Por propia experiencia, soy capaz de asegurarlo: La única libertad que le queda a la gente hoy en día, es la libertad del alma.
Las personas nunca dejan de sorprenderme.
El abandono tiene que ser algún tipo de “deja-vú”.
Intentar burlar al destino, se está convirtiendo en una especie de misión para mí.
A veces cuando lloro alcanzo a sentirme vacía, y eso es sano.
A veces cuando lloro alcanzo a sentirme demasiado vacía y eso es preocupante.
Me gusta masticar un chicle de menta todos los días. Ahora sospecho que con eso estoy matando toda la ansiedad.
En el fondo no entiendo nada de nada, pero estoy casi convencida de que, en realidad, los otros tampoco.
Silvio Rodríguez, a fin de cuentas, tiene razón: eso de lo eterno es un invento, o como dice él “La eternidad no es más que un truco para continuar” (¿era así, no?)
Siempre me guardo los boletos de ómnibus, aunque ni me fijo si me tocó capicúa.
El tiempo tiene que ser una ilusión, igual que la muerte.
Quiero dedicarme, de ahora en más, a conocer: todo, lo que sea, no me importa. Me imagino que para eso se está, ¿o no?
“Escapad gente tierna, que ésta tierra está enferma. Y no esperes mañana lo que no te dio ayer, que no hay nada que hacer”
Quiero saber cómo será en realidad, ver hasta dónde morir es dejar de existir y desde dónde morir es renacer en otro y de otra forma. ¡Lo que no daría porque así fuera!Tengo ganas de ser otra aunque de nada de mi vida me arrepienta.
Quiero saber lo que es alcanzar una meta, si realmente es como tocar el cielo con las manos o esa es sólo la imagen que nos venden.
Quiero tener que morir de pie.
Es verdad eso que vos decís, que hablo sola. Y sé que no soy la única. Nosotros, yo y todo los que hablan solos como yo, somos la prueba viviente de que el deseo de soledad absoluta no existe, porque es insoportable, hasta para mí.
Sartre siempre tuvo la razón, o por lo menos, a mí me cierra perfectamente.
Cuando hablo de dios algo me tiembla adentro, como si por alguna parte me estuvieran amenazando con un cuchillo: “Cuidado con lo que vas a decir...”Y en una de esas es así, ¿O no viste como cada vez que alguien dice “no creo en dios” donde sea que esté todos los ojos cercanos se dan vuelta para mirarlo?
A esto de tener la capacidad de repeler cierto tipo de gente, siempre lo vi como una desventaja, y sin embargo empiezo a darme cuenta de que dentro de todo es un buen negocio...o por lo menos me garantiza que nadie que se me acerque puede ser tan distinto a mí...al contrario...
Hablando ya de frivolidades, me gusta mucho más el azul que el turquesa, y el rojo que el fucsia; me gusta caminar por la lluvia hasta que las zapatillas hagan ese ruidito al caminar llenas de agua adentro; me gusta reírme a carcajadas y hasta que me duela la panza; me gusta el viento; me encanta cuando las dos, vos y yo, decimos la misma palabra o la misma frase al mismo tiempo y vos me mirás extrañada como si no supieras que parecemos nacidas de lo mismo y que nuestras conciencias trabajan juntas, consultándose.
¿Nunca sentiste que todos somos más simples de lo que creemos? Y no nos vamos a terminar de descubrir nunca porque estamos hechos para cosas más complicadas.
Tengo miedo de estar por morirme y que, en ese momento, en el que la vida entera pasa frente a tus ojos, no vaya a ver más que un par de imágenes tristes del pedacito, ese mínimo, de almas y de lugares que llegué a tocar y a pisar, que tenga que ver, sintiéndome lástima, nada más que el mundito que conocí, y que siempre fue el único para mí.
Creo que sí existe, claro que existe, el fin de toda fuerza humana, el último y final “me rindo”, el ineludible dejarse vencer y para siempre tirar todo, porque a esa altura nada lo vale. Y creo que la gente ha llegado a eso sin darse cuenta, muchas veces más de lo que se imagina.
¿Viste como las presencias de las personas están siempre en ciertos lugares, los que son de propios de ellos, sus lugares particulares, pero las ausencias, todas, cualquiera de ellas, te persiguen y están en todas partes?

A los 23, lo firmo, todo. Todo está intacto. Hoy sólo querría agregar algunas obviedades que entonces no aclaré (quizá porque a la adolescente que era le parecían evidentes).
Y entonces quiero decir que me gusta latir, aún con toda la taquicardia que me aqueja, porque sospecho que estar viva es un juego y una promesa, una apuesta y un paseo, y habría que ser bruto para no querer probarla.
Me gusta cuando mis amigos se me adelantan en lo que voy a decir. No es magia, es sólo (y no es poco) tiempo y afecto compartidos, mucho de ambos. O sí, es magia.
Me gustan los nocturnos de Chopin, el claro de luna de Debussy, ese llanto musical que sabe componer Morricone: música desnuda de palabras que me habla de la tristeza, de un domingo a la tarde o de las cosas que a la fuerza se agarran al alma y no se pueden arrancar.
Me gusta, me encanta, este barrio, y esta casa: conservar el lugar donde di los primeros pasos y me choqué a los primeros miedos, salir a ver el cielo desde el mismo balcón.
Me gusta la casa sola y los crepúsculos, la música y el mate mientras corre el aire, suenan llamadores de ángeles y todo huele a sahumerios.
A veces me da por llorar bajo la ducha, para que no lo sepa nadie. Hay que llorar cuando el cuerpo así lo pide. Llorar para hacerse fuertes contra el llanto, algo así como una vacuna contra la enfermedad.
Soy azul oscuro, casi, casi, negro. Estoy buscando los colores y las luces. Buscar es mi signo, yo sé, nací bajo esa estrella y renegar de una cosa así, sería inútil.
Lo que quiero es conformar al espejo, a las ilusiones, a este tiempo. Quiero creer que el amor es para todos, que se tropieza, que se demora y al final, más temprano que tarde, nos hace el guiño que faltaba. Y no basta con desearlo. Lo que quiero es oirlo, de una vez, oirlo.

Lo que quiero es vivir a la altura de mis ojos, de mis manos y de las caprichosas exigencias de mi corazón, que me pide terremotos y eso de nunca estarse quieta.

Hoy que 'amanezco más vieja', lo que quiero es vivir.

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