viernes, 20 de enero de 2012

una carta en el tiempo

algún lugar de mayo de 2010

Una carta vieja llegó a mis manos. Nunca fue para mí y dice cosas que no importan demasiado. Quizá. Pareciera ser sólo eso.
Pero yo siempre me divertí inventando la quinta, la sexta, la séptima pata de todos los gatos. Entonces imagino otras cosas.


A veces me entretengo pensando que me dejó esa carta a mí de tanto que estuve llamándolo. Fue un gesto de su parte, algo para que yo supiera que él también se acuerda de mí.


Yo sé que algo le pasó el día que tiró esa carta al buzón. Que corría mucho viento quizás, y fresco. Que salió a la calle y sintió que era la primera vez que la veía, como si acabaran de sacarla de un arcón de tiempo. Y se sintió ajeno pero confiado de que se puede querer sin pertenencia y aún con algo de nostalgia.
Se despeinó, dejó correr las hojas secas entre sus piernas, saludó a uno que pasaba.


Yo creo, yo quiero creer, que entonces algo se vio venir.
Algo de lo bueno, quiero decir, algo de lo lindo, de lo mágico.
Yo siento que tan lejos no estuvimos, solamente mal cronometrados: la crueldad de los relojes, el problema de siempre. 
Otra historia a destiempo, nada nuevo hay en eso. 
No nos dejaron esperarnos, tranquilitos los dos, en los escalones de un andén.


Una carta vieja llegó a mis manos. Nunca fue para mí y dice cosas que no importan demasiado. Quizá. Pareciera ser sólo eso.
Pero yo digo que hay algo más. Yo digo que se quedó enganchada en un vórtice de tiempo y tuvo que pasar más tiempo y tantas cosas para que viniera yo a buscarla, a leerla entre líneas y a guardarla entre mis libros, cerca de lo que tengo por bueno, por cierto, por mío.


Yo quiero creer que el tiempo repara él solito sus errores. Por eso nos encuentra en una carta sin tiempo que en nada cambia la historia, que en nada alivia los hondos raspones, la sangre que no se seca.
Pero desde que llegó a mis manos esa carta, respiro distinto. Tengo el corazón más grande. Y más rojo.





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