viernes, 16 de marzo de 2012

Mi amigo el tano



Rodeados de franceses, el tano y yo supimos hacernos nuestra burbuja de neo-cocoliche y risa. 
Fuimos los dos primeros en llegar (nueva casa, nuevo laburo), una por previsora, el otro por escaparse cuanto antes. 
Yo tenía la capicúa, 404, y él la 402. Nuestra primera noche de vecinos fue hablar en un francés arrastrado y sucio, de rock sinfónico y algo de literatura (aunque yo de Lafontaine sabía muy poco), pasarnos las copas y la viola.
Por él desvestí una guitarra que recuperamos, abandonada, y la volví a vestir para que la tocara él, zurdo, con un centavo de euro por púa. Inventamos una melodía que algunos días me vuelve en sueños y, cuando despierto y la quiero tocar, ya no está más.
Al mes ya planeábamos el concierto en 'ítalo-argentino' en la glorieta de la plaza frente al correo, la de la primera charla. Hasta allí también fuimos, una noche helada de diciembre, enfermos de nostalgia, a contarnos que todo iba a andar bien, que volveríamos más fuertes, que de esto nunca nos íbamos a olvidar.
Y así fue. Yo no me olvido más.



A veces pienso que de no haber estado en ese hemisferio, así tan lejos, tan idos, tan poco nosotros mismos, nuestra amistad hubiera sido imposible.
Impaciente, coqueto y mirón, mi amigo el tano soltaba la lengua para decirlo todo y a los gritos. Discutía a muerte con poco fundamento y se encaprichaba como un nene. Si jugaba el Milan o pasaba una francesa en falda corta, perdía el norte. Si se perdía la noche por la nieve y la tristeza, puteaba de todos colores.


Pero después me retracto: teníamos que ser amigos, teníamos que chocarnos el azúcar y la sal, su heavy metal y mi canción de autor, su impertinencia y mi cuidado. Por otras cosas, cosas más grandes y más fuertes, cosas que salvan el día.
Porque mi amigo el tano es esos tipos que se ríen a las carcajadas y se lo toma todo a pecho, orgulloso, con su cafetera y su pasta, con su música a todo lo que da: es esa costumbre de andar siempre con la vida entre las manos, de sentirla con cada fibra, de ser el que saluda al sol y le saca la lengua cada noche.
Mi amigo, nocivo en amores pero leal y entregado a la más sencilla amistad, la que se hace con los días sin nada más extraordinario que una sonrisa o un cigarro compartido, de esos que te dicen siempre que a la próxima cerveza, esa sí, la pagás vos.


Me retracto porque quizá sea cierto que nunca estuvimos tan lejos, pero también es cierto que nunca, como entonces,se es más uno mismo.


Se hizo mi amigo, casi mi hermano, porque así es como se dan las cosas. Porque en ese momento fuimos dos barquitos sueltos, frágiles y de papel. Por el humor, por la cerveza, por algún tema de Oasis y otro de Pink Floyd, por el concierto de Queen en Wembley que vimos una noche de abril. Y porque lloramos juntos. Porque desde un primer momento nos entendimos sin que ningún idioma se metiera en el medio.
Porque me dijo que yo era su hermana y, en un abrazo, así lo sentí.






...de mi cuaderno amarillo - 2010....



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