A los trovadores
'...no digas que aquí hay silencio:
podrás decir que no oyes...'
No son las canciones la propiedad de nadie. No vienen con manuales, ni son modelos para armar, con instrucciones e idénticas. La mano que las arma las llena del mundo que ha vivido esa tarde, y todas las tardes de atrás, con palma abierta de entrega o puño cerrado, en resistencia.
No son todos iguales todos los hacedores de canciones. Cada uno late a su ritmo, y lo que a unos apaga a otros enciende. Nada de esto se explica, sólo se siente y se defiende.
La canción que me convoca a veces me pide que de por ella un paso al frente, que la nombre para que se sepa que está, que suena, que vive porque al hombro la llevamos, yo y muchos otros.
Los trovadores no son dinosaurios perdidos en este siglo, cuando los años '60 y las revoluciones parecen quedar tan lejos. Los que están muy ocupados buscando dinosaurios suelen ser los mismos que tienen poco tiempo para ver en dónde están parados y hablar de lo que les toca. Y ya es hora de que alguien diga que descreer de algunas cosas es tirar la toalla y bajar las persianas.
Los trovadores no conocen de tiempo, son tan viejos y tan cotidianos como una guitarra, y vienen haciendo de las suyas desde que la voz es voz y vibra en un cuerpo para sacudir más de un alma.
Brotan por todos lados, son hijos de sus veredas y de todo el mundo que conocen, y es tan suya la baldosa que pisan como el mar que los junta y los parte de otros hermanos.
Cierran los bares, despotrican y pecan de soberbia, cuando no hay quién les de la razón. Pero aquí están.
Yo los conozco. Han cantado en mis oídos. Crecí en sus voces, cuando salían de un cassette mal grabado cada mediodía de domingo, del largo domingo de mi infancia.
Me enseñaron a quebrar la voz pero sin descuidar jamás el corazón que la impulsa, que le sirve de bandera. Que se puede hablar de patria y seguir hablando de amor, como quien da una canción.
Yo los conozco porque también viven cerca de mi casa. Comparten conmigo una ciudad y el miedo de pisarla con demasiada fuerza. Comparten conmigo el envión de decir lo auténtico, y alguna que otra botella de cerveza.
Es mentira que ya no suena, yo la escucho todo el tiempo. No hay anacronismo en la música cuando es necesidad, cuando es parte de un intento por andar de pie entre los arrodillados. No existe canción más actual que la de hoy, la que surge sola, la que no obedece a los estudios de mercado.
No necesito hacerla aparecer, no la elijo. Me puebla el sueño, se viste de mis palabras, se adueña de todos mis muertos, de lo que me calma, de las primeras tristezas, del sentido de lo injusto, del bienhechor que vive conmigo.
En mis canciones digo lo que siento y me exijo no dejar de decir lo que pienso.
Soy cantautora porque no sé ser otra cosa, porque algo que no entiendo me llama a serlo. Y es algo que asumo y abrazo porque a la identidad se la debe abrazar para que no quiera escapársenos.
Tengo más palabra que melodía, y creo en la posibilidad casi mágica de plantarse en un círculo de lucecitas tenues y hacerse escuchar.
Siento que nos unen la humanidad y cierta ternura y que mientras haya quienes sangren penas y heridas, dentro y fuera, seguirán sobrando los motivos para cantar.
Creo en la imaginación revolviendo algunas conciencias, en inventos que ayudan a creer en los corazones nobles y en ese otro mundo posible que le debemos a muchos, a tantos que no han llegado a verlo.
La verdad es que nada se ha perdido. O, quizá, muchas cosas. Pero nunca hemos dejado de buscarlas. Por eso no se han apagado las canciones ni se han cruzado de hombros los hombrecitos de guitarra a cuesta.
Son muchos y muy variados, no siempre se ponen de acuerdo, pero de cantautores tienen todos el empeño, la palabra y cierta fe testatura en que todavía hay que cantar.
Aquí estamos, seguimos sonando fuerte y claro.
Que se sepa.
1 comentario:
A redoblar. Y que se siga escuchando!
Publicar un comentario