A los amigos musicales, musicales amigos
¿A dónde tiene que llegar la canción? Y, más importante, ¿de dónde tiene que salir?¿Qué hay en juego mientras todo eso pasa? ¿Cuántas cosas se revuelven y salen del pecho? ¿Cuántas se acomodan adentro y ahí se quedan a vivir?
Todo es cuestión de encontrar otra vez la misma canción. Esa que perdimos no sé dónde, en qué vuelta desorientada, en qué vórtice de la mala memoria. Esa que ya casi no llamamos.
Pero yo la quisiera de vuelta. El día que fuera, yo quisiera que volviera, sin apuro y sola la canción.
La misma canción de siempre, la de los tropiezos más dulces, la que hice sin saber escribir, la misma que da vida y te la quita en menos de un estribillo y sin razón.
Quisiera que volviese la canción enamorada o el amor hecho canción, que es casi lo mismo.
La canción que nos hace parte de lo mismo, la marea interminable que nos arrima a las mismas costas de siempre. La que nos dice que hay que aprovechar el mismo latido y latir con él, acomodándonos a su ritmo, bailando con él.
No es mucho lo que pido, es apenas un visto bueno, una luz de faro viejo y gastado, pero una luz…una misma y vieja canción.
La canción que soñábamos en la escuela, cuando solamente queríamos cantar…y cantar las cosas que no nos animábamos a hablar, como si la canción tuviera algo de máscara y de espejo, como si fuera una musical manera de decir la verdad (y será que siempre fue un tanto así).
La canción que no afinaba con nada, que solita se bastaba para armar el mundo de un verso y soplarlo en medio compás. La de mis amigos y sus secretos, la de todo lo que nos divertimos y lo que dejamos escapar.
La canción que nos quedó del derrumbe, la que pedimos prestada y rompimos sin querer. La que adoptamos con inocencia, con ilusión y hoy se nos va, crecida, dejándonos el nido vacío.
La canción rompecabezas, con su pieza secreta durmiendo perdida bajo tu cama.
La canción vagabunda, sin asidero, la que acampa en los zaguanes y suena más bonito cada vez que toma de más.
La canción inundada pero sin ganas de llorar.
La canción desvelada que se queda despierta para oírte llegar.
La canción paracaídas que nos salva del suelo y de golpe, la que nos mantiene en vuelo, siempre a la altura de nuestros ojos.
La canción de los intentos, la que se pone a hombros el mundo y su paz, y de tanto peso se cae, pero siempre vuelve a andar.
La canción que rompe a llorar y se hace querer por frágil, por sensible y porque como esa ya no hay.
La canción que todo lo mira, la que quiere llevarse con ella a toda la ciudad. La verborrágica, la que nunca habla por hablar.
La canción que nos reúne, que nos cose a todos a la misma estrella, la que nos encuentra en las razones y en los enviones, en los pasados golpeados y en los futuros necesarios que nos habremos de inventar.
La canción que se renueva, que es una sola y un millón: que volverá en muchas voces a alargarnos la voz, la que va a llenar de flores las calles que hace rato queremos caminar.
La canción del amor por la canción, la del lugar menos pensado, la que nunca acaba de empezar. La que nos vuelve de fondo en todos los sueños, la que remueve los recuerdos y vaticina otro final. La que nos ha visto llorar y, desde entonces, no nos deja de abrazar.
La canción que cantan nuestros muertos, la que nos quisieron enseñar. La canción que duerme cerca de tu oído y es a veces una nana, y es a veces un beso de los buenos días que te ayuda a despertar.
La canción que siempre se canta al revés, la que suena torcida, tan parecida a tantas cosas que mejor no enderezar.
La canción que se lee en los ojos, la que llega por correo atada a un ramito de azahares, de azares. La que tenemos a mano, en la mesita de luz, en los bolsillos, en tus manos que no se van.
La canción envalentonada, la que va al choque y a veces sale perdiendo pero nunca del todo, porque no hay quien la sepa callar. También la tímida, la del bajo perfil, la que nos dice por lo bajo lo que sabe mejor.
La canción de las ventanas y las puertas, a saber, la canción-escapatoria, la que queda en el horizonte y tiene todos los nombres.
La canción que empaña los vidrios, la que se llueve y de tanto hacer agua, tanto más se hace querer.
La que nos falta para empezar a creer, la canción-amuleto, la que juega a las escondidas para dejarse encontrar.
La canción que vimos en una vidriera y no llegamos con las monedas a comprar, la que después encontramos tirada una medianoche en la puerta del bar. Porque todo vuelve y la canción también. Porque es leve, porque se deja llevar. Porque vive cerca de tu casa, que es tan cerca de tu entraña, que es tan cerca de mí. Porque es toda ella lo mejor de cada intención, de cada estación, lo mejor de lo que nos queda.
Esta canción, la de siempre, es el atajo hasta donde no acertamos nunca a llegar. Es el lugar de los primeros besos y del grito pelado, de la bronca y la sencilla ternura, del clavel y el fusil.
¿Qué fue de toda esa canción? ¿Qué se hizo de esa canción solita que tan bien recuerdo yo?
¿De dónde nos sacamos tanta cosa encancionada?
¿Dónde pudimos guardar, en cuál melodía, en qué voz, tanto de corazón?
¿Cómo es que alcanzaron las palabras y los ritmos para hacerla sonar? ¿Cómo fue que fuimos tan torpes de dejarla ir?
Que vuelva. Que vuelva esa canción, la misma canción.
Que vuelva y se nos haga aire, que nos hinche de orgullo, que se ponga cómoda y como en su casa, y se aguante este tiempo que no puede más que cambiar.
Que vuelva y se deje acariciar.
Aquí la espero, ya la conozco. No dudaré al verla llegar.
Todo es cuestión de encontrar otra vez la misma canción. Esa que perdimos no sé dónde, en qué vuelta desorientada, en qué vórtice de la mala memoria. Esa que ya casi no llamamos.
Pero yo la quisiera de vuelta. El día que fuera, yo quisiera que volviera, sin apuro y sola la canción.
La misma canción de siempre, la de los tropiezos más dulces, la que hice sin saber escribir, la misma que da vida y te la quita en menos de un estribillo y sin razón.
Quisiera que volviese la canción enamorada o el amor hecho canción, que es casi lo mismo.
La canción que nos hace parte de lo mismo, la marea interminable que nos arrima a las mismas costas de siempre. La que nos dice que hay que aprovechar el mismo latido y latir con él, acomodándonos a su ritmo, bailando con él.
No es mucho lo que pido, es apenas un visto bueno, una luz de faro viejo y gastado, pero una luz…una misma y vieja canción.
La canción que soñábamos en la escuela, cuando solamente queríamos cantar…y cantar las cosas que no nos animábamos a hablar, como si la canción tuviera algo de máscara y de espejo, como si fuera una musical manera de decir la verdad (y será que siempre fue un tanto así).
La canción que no afinaba con nada, que solita se bastaba para armar el mundo de un verso y soplarlo en medio compás. La de mis amigos y sus secretos, la de todo lo que nos divertimos y lo que dejamos escapar.
La canción que nos quedó del derrumbe, la que pedimos prestada y rompimos sin querer. La que adoptamos con inocencia, con ilusión y hoy se nos va, crecida, dejándonos el nido vacío.
La canción rompecabezas, con su pieza secreta durmiendo perdida bajo tu cama.
La canción vagabunda, sin asidero, la que acampa en los zaguanes y suena más bonito cada vez que toma de más.
La canción inundada pero sin ganas de llorar.
La canción desvelada que se queda despierta para oírte llegar.
La canción paracaídas que nos salva del suelo y de golpe, la que nos mantiene en vuelo, siempre a la altura de nuestros ojos.
La canción de los intentos, la que se pone a hombros el mundo y su paz, y de tanto peso se cae, pero siempre vuelve a andar.
La canción que rompe a llorar y se hace querer por frágil, por sensible y porque como esa ya no hay.
La canción que todo lo mira, la que quiere llevarse con ella a toda la ciudad. La verborrágica, la que nunca habla por hablar.
La canción que nos reúne, que nos cose a todos a la misma estrella, la que nos encuentra en las razones y en los enviones, en los pasados golpeados y en los futuros necesarios que nos habremos de inventar.
La canción que se renueva, que es una sola y un millón: que volverá en muchas voces a alargarnos la voz, la que va a llenar de flores las calles que hace rato queremos caminar.
La canción del amor por la canción, la del lugar menos pensado, la que nunca acaba de empezar. La que nos vuelve de fondo en todos los sueños, la que remueve los recuerdos y vaticina otro final. La que nos ha visto llorar y, desde entonces, no nos deja de abrazar.
La canción que cantan nuestros muertos, la que nos quisieron enseñar. La canción que duerme cerca de tu oído y es a veces una nana, y es a veces un beso de los buenos días que te ayuda a despertar.
La canción que siempre se canta al revés, la que suena torcida, tan parecida a tantas cosas que mejor no enderezar.
La canción que se lee en los ojos, la que llega por correo atada a un ramito de azahares, de azares. La que tenemos a mano, en la mesita de luz, en los bolsillos, en tus manos que no se van.
La canción envalentonada, la que va al choque y a veces sale perdiendo pero nunca del todo, porque no hay quien la sepa callar. También la tímida, la del bajo perfil, la que nos dice por lo bajo lo que sabe mejor.
La canción de las ventanas y las puertas, a saber, la canción-escapatoria, la que queda en el horizonte y tiene todos los nombres.
La canción que empaña los vidrios, la que se llueve y de tanto hacer agua, tanto más se hace querer.
La que nos falta para empezar a creer, la canción-amuleto, la que juega a las escondidas para dejarse encontrar.
La canción que vimos en una vidriera y no llegamos con las monedas a comprar, la que después encontramos tirada una medianoche en la puerta del bar. Porque todo vuelve y la canción también. Porque es leve, porque se deja llevar. Porque vive cerca de tu casa, que es tan cerca de tu entraña, que es tan cerca de mí. Porque es toda ella lo mejor de cada intención, de cada estación, lo mejor de lo que nos queda.
Esta canción, la de siempre, es el atajo hasta donde no acertamos nunca a llegar. Es el lugar de los primeros besos y del grito pelado, de la bronca y la sencilla ternura, del clavel y el fusil.
¿Qué fue de toda esa canción? ¿Qué se hizo de esa canción solita que tan bien recuerdo yo?
¿De dónde nos sacamos tanta cosa encancionada?
¿Dónde pudimos guardar, en cuál melodía, en qué voz, tanto de corazón?
¿Cómo es que alcanzaron las palabras y los ritmos para hacerla sonar? ¿Cómo fue que fuimos tan torpes de dejarla ir?
Que vuelva. Que vuelva esa canción, la misma canción.
Que vuelva y se nos haga aire, que nos hinche de orgullo, que se ponga cómoda y como en su casa, y se aguante este tiempo que no puede más que cambiar.
Que vuelva y se deje acariciar.
Aquí la espero, ya la conozco. No dudaré al verla llegar.
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