domingo, 27 de mayo de 2012

Tan a la vista de todos



El tipo no escucha a sus piernas que tiemblan como esos juncos en los esteros, y se embarca igual.
Todo le duele y todo le nace. Todo está a punto del desmayo, del color y de las sombras.


La sostiene y la abraza. Apoya el pecho a su espalda y la siente latir a su tacto, cuando sus manos le hacen cosquillas cerca de la boca allá donde los sonidos se pierden o se agotan, y todo parece que está por comenzar.


Todo lo demás está oscuro. O quizás no, quizás no tanto y un par de lucecitas parpadeantes le hacen juego desde la distancia aunque a él le de igual.


Empieza a sentir hacia afuera. Las cosas, de pronto, se vuelven más ciertas. No es que la bóveda del cuerpo las mienta, es que el aire que las espera del otro lado logra soplarlas a los oídos, vertirlas sobre las copas y dejarlas correr hacia todos los puntos cardinales.


Siente que es invencible mientras dura la caricia, mientras el abrazo los funde y los confunde. Siente que puede amar en secreto a quien entienda de su amor desatendido, a quien haya sentido el frío donde antes estuviera una mano, a quien le preste un rinconcito de tiempo, una confianza a deshora y un suspiro.


No importa que sea tarde ya para llorar sobre la leche derramada, como decían las abuelas. No importa si lo dicho fue a quedarse corto en los cajones del tiempo. Da igual que ya no vayamos a ser nunca más los de antes, o que nunca más dejemos de ser los de siempre. Da igual el balance, los bemoles, los retazos, los pasos en falso, el parche, los delirios, el impulso, la noche y la estación.
Da igual el temblor de las piernas: así es como se asusta el cuerpo cuando va a desnudar una verdad, así es como avisa que quiere quebrarse pero sin romperse jamás.


Cuando todo acaba, levanta la cabeza y en la frente le arde otra vez la luz.
Delante, un montón de ojos lo ven desnudo y frágil. La escena se deshace en un aplauso ruidoso.
El mundo vuelve a ser vasto y de otros. Pero quizás, sólo quizás, haya crecido un poco, el mundo y él. 


No quiere creerlo pero es eso lo que hace un canción: que el mundo sea un lugar más habitable y su corazón un refugio más limpio, más claro, y más suyo.
Las piernas ya se han quedado en su lugar. Se baja del escenario con el pecho ancho y muchas ganas de vuelo. Al hombro, su guitarra, luminosa y dormida, como después del amor.


Así nace una canción.
Así nace un trovador, del barro que queda de la última lluvia, de sacarse el antifaz y de enamorarse del hueco que por corazón tiene una guitarra, descaradamente, tan a la vista de todos. 



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