sábado, 18 de febrero de 2012

una canción y yo



Me duele una canción en la garganta.


La asesiné a sangre fría la última noche del fin del mundo. 
Le dije 'ahí te quedás' y no se movió más, chiquitita, agazapada en la esquina más mía del corazón.


Había estado en remojo por un tiempo, esperando a hacerse fuerte para abrazarse a mi voz. La cuidé como a mis primeros juguetes, como al mejor de los secretos, como al refugio de la escondida que nunca queremos develar. Era mi canción nueva y asomaba al hueco de mi guitarra con inocencia de recién nacida.


Pero, entonces, cuando estaba lista para salir, como del grito o del rayo, me callé.
Los duendes apagaron todas las luces de allá adentro y no pude más que cerrarle la puerta de mi boca, dejarla a oscuras y prohibirle dar un solo paso más.


Empecé a desgajarla, verso a verso. La aplasté en un puño y escuché llorar un par de acordes que habrán querido sonar a cosa sana.
La mojé y fue deshaciéndose como un boleto en mi bolsillo de lluvias. 
Me dio pena verla así, mi canción mimada, mi verdad encancionada. 
Pero no hubo nada que hacer: ya no me pertenecía, ya no brillaba para mí. Ya mis palabras no eran mías y la melodía era un vacío de música mal cantada.


Le dije cosas espantosas, fuimos como dos extraños, autora y canción, con golpes que rebotan porque siempre fuimos una y la misma, mi canción y yo. 
Sin embargo, mal que nos pese, hoy no tenemos nada que ver. Ella canta de mundos que yo no sé. A mi voz le sobran sus estrofas de luces artificiales.
Esas cosas pasan. A veces nuestras canciones nos traicionan, o nosotros a ellas, y conviene que allí queden, muertas en la memoria, a donde poder dejarles una flor de tarde en tarde, cuando las queramos llorar.


Hoy me duele una canción en la garganta.
Otras nuevas me ha de sanar.
Es lo que tienen las canciones: que nunca se me van del todo.







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