miércoles, 8 de febrero de 2012

un flaco que era una canción


Hoy están de duelo las canciones. Así debe ser.
Cuando nos deja alguien que quisimos y tuvimos cerca, lloramos su ausencia cotidiana, el que falte a la hora del café, lo vacío de no sentir más su tacto.


Cuando se va alguno de éstos, éstos que no vimos nunca en la calle, lloramos otras cosas, igual de tristes. Lloramos nuestra infancia, salpicada de sus canciones. Lloramos a nuestros viejos, que las supieron estrenar, que nos las mostraron, y hombro contra hombro nos consolamos.
Lloramos nuestra inocencia poética de cuando apenas lo descubrimos y escuchamos que la música podía vivir en el corazón de una palabra. 
Y chillamos, berreamos, gritamos a garganta pelada por lo que hemos perdido: nada menos, nada más, que canciones. Más canciones como ésas, las de la vida nuestra, las de la historia de un país.


De sus manos colgaba parte de la belleza que hay en el mundo. Al menos la que yo conozco, la que me hace crecer y salir, la que me enamora, la que me reconcilia con el mundo y sus desastres.
De sus manos, las manos de Fermín, los duendes y las guirnaldas. Y 'Ana no duerme', como me cantaba mi papá.
Y el que diga que las canciones no pueden salvarnos la vida, cambiárnosla aunque sea apenas, hacerla brillar, se equivoca, o está sordo o no quiere escuchar.


No se diga más. El flaco se fue a la vida, no sé cuándo vendrá...
Mientras tanto, hay una armada de canciones, las suyas, y las que de ese polvo se han nutrido, las que vendrán.

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