jueves, 23 de mayo de 2013

Chorra, como el tango!



A Cortázar no le importa: todos saben que La Maga es suya, nadie se va a creer que es tuya.
No le molestará a Borges, con los derechos de autor bien puestos. Además, ¿quién iba a creértelo? 
Ningún clásico resiste un plagio, alguien se va a dar cuenta.
Pero una tipa que no conoce nadie y que escribe en su blog...¿quién va a saber eso? Tanto más fácil es copiarla y pegarla y firmar debajo. Ocurre que escribir es para mí muchas cosas (bueno, ya lo sabés, ¡me lo has copiado tantas veces!), y hay mucho de mí en eso.
¿Qué cosas tendrás vos adentro? Quién las sabrá... ¿Habrás robado también la boca, las manos, la mirada a alguien? ¿Cómo sabe la gente si sos de verdad?
Si me preguntan a mí, debés ser de plástico, de mentira. Ni palabras propias para decir 'lo siento' tendrás. Quizá sea demasiado exigirlas.
No hay nada más lindo cuando tu amor es sólo tuyo, cuando tu felicidad y tu pena también. Pero a eso vos, no lo sabrás.

A este blog, así como lo ven, lo robaban y firmaban con otro nombre. 
Si usted que está leyendo, aprecia lo que escribo, haga el favor de citarlo entre comillas, con un link a este blog o algo del estilo. La urbanidad son unas pocas reglas. Se trata de respeto. Y también de un poquito de dignidad.


Y a usted, que se afana todo, aprenda a decir. Todo. Lo que sea. Esto te escribí, esto firmo yo:

Hola Virginia!
Te quiero contar que yo soy la que escribe en uno de los blogs que citás sin comillas ni links y que firmás a tu nombre en facebook.
También te quiero contar que eso no se hace. Que citar los textos de otros es respetar su trabajo: lo que cada uno escribe es de su propiedad intelectual, es algo personal, fruto de un esfuerzo, y con esas cosas no se jode.
Yo comparto mis textos en un blog porque confío (ilusa de mí, evidentemente) que la gente que los lee y los comparte al menos cita su fuente. Firmarlos a su nombre y adjudicarse los comentarios al respecto es una bajeza ¿No te da vergüenza hacer pasar por tuyas cosas que no son? ¿No pensás que está mejor que te alaben o te critiquen, que te banquen o te manden a la mierda por lo que de verdad podés hacer vos?
Como yo, en este momento, que te estoy diciendo que lo que hacés es robar. Y que te escudás en que por estos medios todo se mueve y nadie se entera.
Bueno, que sepas que no es así. Probablemente seguirás robando cosas, pero no impunemente. Yo sé lo que hacés, y por mí también lo van a saber las otras personas de quienes sacás textos sin permiso, sin cita, sin link, sin nada.
Te invito a que dejes de hacerlo. O, mejor, a que hagas tu propio blog o simplemente a que escribas tus propias cosas, y estés orgullosa de ellas sin tener que sacarle las palabras a nadie. Valorá el laburo ajeno y valorate a vos porque así estás cayendo bastante bajo.
Escribí los que VOS pensás sobre Videla. Enamorate VOS en un ascensor. Hacele TUS poemas a los pájaros. Quedate VOS sin tinta ni papel, hace TUS PROPIAS huidas. Y todas las otras cosas que seguro no encontré pero que también robaste.
En fin, hacé la tuya o tené la delicadeza de no tomar lo que no te pertenece sin citarlo. No te lo adjudiqués, me imagino que sos una persona grande, ya sabrás que eso no está bien.
Eso, ''La imaginación al poder'' (esa frase no es mía, viste? va entre comillas), pensá tus propios textos.
Yo sí te voy a citar en muchos lugares, no te preocupes.
Y todavía la agradecés con la mano en el corazón a la gente que te felicita por lo que escribís. Qué descarada. A ver si conseguís algo por mérito propio.
Tengo varios contactos que me cuentan lo que publicás, así que ahí seguiré viendo cómo robás. A ver si te recatás, por dignidad al menos, ¿no?

viernes, 17 de mayo de 2013

Muera la muerte


Dice la gente de buen corazón que no está bien alegrarse cuando muere una persona. 
Yo no sé lo que me pasa, juro que me han enseñado valores en casa. Es cierto que no soy cristiana, no aprendí nada en misa las pocas veces que fui antes de decidir que eso no era para mí, pero los ateos también sabemos de respeto al prójimo, de bondad, de tolerancia y de misericordia.
Mis padres, mis amigos y alguna que otra gente que me crucé por la calle y por la vida, me enseñaron a dar una mano a quien lo necesite, a escuchar a los que piensan diferente, a hablar para entenderse, a procurar ser justos y exigirle a la justicia, a defender lo propio y también lo ajeno cuando la causa es noble. 

Por todo eso es que no entiendo lo que siento hoy. No me alegro como si me fuera de viaje, cumpliera años o aprobara una materia, no. Pero sí que siento alguna tranquilidad, un aire como a mundo más limpio. Es que también me enseñaron a llamar a las cosas por su nombre, justicia a la justicia y basura a la basura.
Nadie puede celebrar la muerte, pero cuando muere la muerte, o uno de sus cómplices más chanchoamigo, algo hay que decir. Decir, por ejemplo quién fue el muerto, decir que el muerto fue un asesino, que fue un dictador y un genocida, todas esas cosas que a mí, que no tuve su educación tan cristiana, me enseñaron que están mal y que no se hacen. A mí, que no me salió lamentarme por su muerte. A mí, que no me sale el silencio tampoco: eso quiere decir respeto y es lo último que siento por ese señor.
Hay que decir que él no respetó a ningún prójimo, que no hay respeto en el plan macabro que diseñó junto a un montón otros tristes hombrecitos como él. Ahora que se murió hay que seguir diciéndolo. Decir que no existe la bondad ni la misericordia en los que expropian bebés, en los que torturan y entierran sin sepultura. 

Se murió Videla y yo quiero decir que no hay olvido, que la muerte no exime a nadie y que, con todo mi ateísmo, me gustaría creer en una justicia divina, nada más que para saber que ni juicios ni castigos se terminan para él. 
Se murió Videla, el que además de la tortura y la muerte, quitó el nombre a miles de personas: 'un desaparecido es una incógnita'. 
Por suerte, en alguna parte, algo salió mal, porque los nombres han vuelto, los nombres y las caras. Y porque el suyo no se nos olvida y siempre nos olerá a podrido, enganchado inexorablemente a la muerte y todas sus miserias.


No sé si la gente de buen corazón se alegra o no cuando muere una persona. 
Vaya uno a saber si Videla se alegró de cada una de esas miles de muertes que ocurrieron bajo su mando, a sus órdenes y en pos de sus objetivos nefastos. Poco importa. 
Lo que sí es más seguro es que la gente de buen corazón no mata. 
Lo que sí es más seguro es que la gente de buen corazón no muere así tan culpable, tan juzgado, tan condenado por todo un pueblo.

Muerta la muerte. 
Mi buen corazón está con los 30.000 y con nosotros, que no nos olvidamos.

sábado, 27 de abril de 2013

Me gustará


 Me va a gustar el gusto, el tacto de la lengua en superficies nuevas para ella. 
Me va a gustar cuando vuelvas y tu venida sea un verso desparramado en el suelo de mi casa, el suelo de mi calma que es huracán que me domina.
Me gustará el cielorraso, la parte baja del viente y los pájaros de papel colgando de una ventana a contraluz.
Me gustará como me gusta el sueño empeñado de mirar cosas hasta quemarlas de mirada, quemar de ojos la calle es el sueño que más me gusta, y así me gustará esto, así me gustará.
Me va a gustar la ranura esa en no sé qué puerta por donde entra un chiflete, la cebolla que hay que comprar y que mi corazón tenga que completar los blancos de la economía y la madurez. 
Me van a gustar los besos repatriados, cómo no, porque no se irán a morir boqueando sino a nacer en otro lado. Me gustarán las nuevas formas de amanecer y el empezar a hacer costumbre lo que antes fueran regalos de una ternura en controladas dosis.

Me va a gustar el amor, la libertad, los 28 apretados del mes, el otro camino a casa.

Yo digo que me va a gustar el futuro. Me va a gustar, en futuro y simple: me gustará.

viernes, 19 de abril de 2013

Saltando sin charquito


Aunque no me lo pregunten, yo voy a decirlo.
No me importa si se quiebran los relojes de arena, si el miedo se hincha y se amorata en la piel. 
No quiero andarte en puntas de pie ni tocarte con la yema de los dedos. Mi amor es un faro que mira a todos lados, un refugio encendido entre el agua, farolito de tus barcos. Y es cosa mía pero no tanto. No tanto porque también es asunto de las estrellas y los puentes, de los charcos y las luces que titilan.
Voy a decirlo y que se derrita el helado, no me importa. Creo que me has robado un color y me lo mostrás todo el tiempo junto con otros, en un vitró atravesado de luces que, me querés hacer creer, son tus ojos.

No me alcanzan los zaguanes ni las sombras, la ciudad no tiene suficientes oscuridades ni recovecos. Además la nuestra es vocación de luz, nos armaron de espejos rotos y salpicones de tinta china. Somos cosa de última hora de la tarde, un crepúsculo para la foto, destino de todos los ojos. Guardarnos en el cajón del día es un desperdicio y una pena. Pero vale tu cintura una y mil penas y un corazón alborotado se acomoda en cualquier parte. A veces quererse es inventar el modo, y el lugar y el ratito aunque todo el tiempo esté hecho de antojos.

Voy a decirlo aunque quizá algún día con esta tierra me entierren. Si hacen gárgaras con mis lágrimas, a mí, me da igual. Tengo una piel que se marca al más mínimo tacto, me siento en las últimas con apenas un poco de fiebre. Pero no me importa, nunca quise ser un acorazado, prefiero este andar corazonado que me salva el día cuando una palabra me desarma, cuando paso de la tormenta a la lluviecita acariciadora de un beso. Voy a decir que mi fragilidad me ha llevado por naufragios que no supe nadar pero, al final del día, me ha dejado tumbada en una playa de arena fina y agua clara, y que estar viva tan cerca del mar bien merece un naufragio. 

Aunque no me lo hayan preguntado, voy a decirlo, es que siempre tuve la boca muy grande.
Voy a decir que hubo un día, un día que no sé cuándo, en que el mundo se hizo un mundo y una cáscara de nuez mi enorme barco. Hubo un día, no sé yo cuándo, en que tembló todo y no supe si fue la ciudad o mi pecho. Y te quise más. Y te quise más. Y te seguí queriendo.


jueves, 11 de abril de 2013

La novena



La primera, fue el ruido, la gente amontonada, sus ojos borrosos, las luces de colores.
La segunda, había un tren pasando a pocas cuadras y, por la noche, anunciaban tormentas.
La tercera, tuvo fiebre y un día de locos, se puso dos medias de pares distintos y el café estaba frío.
La cuarta, una novia, una mueca, un torbellino, una palabra casi a tiempo, y de la mano, y encima una canción mentirosa, y los ojos...dónde irían a parar esos ojos.
La quinta es la tarde soleada, la media estación, las hojas quejándose de un quiebre bajo las zapatillas, una espalda, un cuello y el desamor, un montón de agendas escritas a tachones y una madrugada en cuclillas por la cocina. 
La sexta es pensar que nada ocurrirá nunca y hacer medio minuto de silencio por aquella injusticia que mata flores antes que puedan ser tallos siquiera, que deja huérfana a la piel de un tacto que se había inventado para ella.
La séptima, quién lo diría, hubo un panadero atrapado al vuelo y una siesta, hubo el miedo de quedarse atrapada entre cejas de unos ojos que buscan el hueco, la puerta puente, el ventiluz a donde vive lo que cura.
La octava,  brújulas rotas y el flash de unas fotos que nadie sabría que por detrás tenían una duda y varios desvelos acumulados, y su corazón en las esquinas de ese barrio y rozarse los dedos como de sopetón por ver si decidían pegarse entre ellos y no había más que anudarse hasta quererse y quererse siempre quedar.

La novena fue la última primera mirada. La novena vez fue desandarse la ropa, desnudarse las calles y desprenderse las palabras maniatadas de tanto mirarse sin verse, de tanto cruzarse sin desarmarse, y de tanto todo indeciso, pero entonces, puede ser que, y qué si no... La novena vez fue dormir el mismo sueño, el antídoto, el beso limpio en la mirada y un latido en tres octavos lleno de pajaritos cantores y primaveras incipientes. 

El amor es, a veces, a novena vista y de tanto mirarse, se ve.

lunes, 8 de abril de 2013

Encuentre su río



Ocurrirá que se siente en las orillas, que se sienta a la orilla de algo. Pero será muy pronto para que le duela el pecho, esas cosas llegan siempre al tiempo que deben, nunca en las vísperas, como decía mi abuelo.

Pero vaya por la sombra, cuídese la cabeza del rayo que corta, de la navaja, de las serpientes y los bichos que comen sobras. Sepa que tiene un corazón de canción, con maravillosos puentes instrumentales, con estribillos nocturnos y estrofas de buen cielo. Negocie con la rutina, un rato de ella, un rato de usted y de su cuento, de su cama sin hacer, del beso despertador de madrugada, de la copa en donde tomarse todo y las estrellas.
Desembarácese de las cuestiones ajenas, que sólo el barro de su vereda le ensucie los pies; y que el resentimiento del mundo se haga espuma blanca en la boca de quien corresponda, la suya servirá a otros fines, más húmedos, sensibles y acariciadores, como el beso o la palabra.
Evada adversarios que no entiendan las reglas del juego y, llegado el caso, enséñesle que cuando se ha perdido es de mala educación patear el tablero, que eso no se hace. Ya conoce usted el manual del buen perdedor, remita a sus adversarios a esas páginas, cuénteles que llorar no es escupir, que ya lo saben tan bien sus rodillas rotas, lo que ha perdido y las cartas que ha preferido nunca más abrir.

Tome nota, hay que saber los caminos que hacen algunos vientos y pretender seguirlos con los ojos. Hay que enamorarse hasta el sombrero porque para arder se ha nacido, y el que arda de otra cosa pierde el tiempo. Enciéndase sólo de amor, ya están los otros para quemar ciudades y llorar sobre cenizas. 
Cuando tenga días de torbellinos no se los empuje a nadie más, suyo es su caos y andarlo y sobrevivirlo es su tarea como de pajarito indefenso en la tormenta. Prosperará usted porque ama las alturas y el agua de lluvia y sabrá bien hacer tratos con la intemperie. 

Cuando eso termine de pasar, recuperarán su color todas las cosas, se acomodarán las estrellas en las cartas astrales, llegará a fin de mes y podrá respirar hasta el fondo de sus pulmones. La rueda no podrá más que girar y llevará en su frente la canción que falta, los amigos, los versos, los escenarios.
Hágase a la luz porque de luz son los días, y gánesela con la espalda y el canto.

Cuando todo esto ocurra y abra la ventana, verá su río del otro lado.

viernes, 22 de marzo de 2013

Un secreto



Usted y yo tenemos un secreto. No es gran cosa y, ya sabe cómo es esto: los secretos valen más cuando están callados, es la intriga la que lo salva del olvido y la mala prensa.
Mírenos a nosotros, por ejemplo. Hoy por hoy, lo único que tenemos en común, como un hilito azul brilloso que ata su muñeca a la mía, lo único, es un secreto. Nadie más lo ve, y poco importa, porque ocurre que nuestro secreto no modifica el curso de los días ni define algún futuro más o menos próximo. Nuestro secreto no le sirve a nadie y a nadie le importa, ni a usted, que se lo deja a menudo olvidado en el primer cajón de la mesa de luz. 
El nuestro es un secreto que poco ruido en el mundo y, en cambio a mí hay noches, le juro, que me retumba como estampida del otro lado de la ventana.
No se asuste, no voy a nombrarlo, dije que me lo guardaría para mí y eso voy a hacer. Los secretos no tienen fecha de vencimiento, digo yo, y aunque el calendario nos haya olvidado en el verano con todo y el amor, con todo y el sueño, a pesar de eso, sigue igual de secreto nuestro secreto.

Una vez me lo dijo usted al oído. Me lo sopló, como me soplaba un beso o la palabra que me andaba faltando, cuando había todavía palabras en el tintero, antes de que las agotásemos todas de un apuro y porque sí.
Usted me regaló el secreto para que lo guardara bajo de mi almohada, para que lo creyera y me ayudara a amanecer. Su secreto, que después fue mío también, estaba hecho de vidrios de colores y brillaba insistente de siesta, pintando de luces nuestro abrazo.
Hermoso secreto el suyo, capaz de mover el sol de la mañana, curvo como su sonrisa y redondito como los círculos que me dibujaron la vida entera. Hoy, a qué negarlo, está bastante deslucido, se apaga a cada rato y ha ido perdiendo su redonda perfección. Está torcido, tosco, improlijo. Quizá me esté apresurando a decirlo, pero tengo la impresión de que es él el culpable de los dolores en mi espalda y los sueños sangrantes que tuve estas semanas. Creo que su secreto me está desgarrando por dentro. Me duele, cómo me duele su secreto.

Con todo, no voy a decir nada. Nada de nada. Su secreto está a salvo conmigo. No es un favor que le hago, no se crea. Ocurre que su secreto se ha vuelto también mío. Usted me lo confió de su boca, de sus manos, y yo lo escuché porque no pude hacer otra cosa. Ésa fue mi culpa, no haber sido impermeable a su secreto, lluvia que me desarmó al borde de una calle y que hoy, después de tanto, sigue mojándome todos los papeles.
Yo no sé cuánta verdad tenía pero yo me lo creí como si tal cosa. Había algo en la mezcla esa tan alquímica de palabras, algo en el hueco sin color de sus ojos, algo en el aire pesado de un enero que a mí me convenció.
De todos sus disfraces fue ése el que más me gustó. Y con ése me quedo: cierro los ojos y, ciega, voy a dejarme abrazar por ése, el del secreto. Los demás no me importan. Los demás están muertos o se han ido con otra. A mí, la verdad, me dan lo mismo, todos ellos.
El de la melancolía, el que se hace una bolita en un rincón muerto de miedo, el del desamor, el de la urgencia, el apasionado por hora y cuarto, el que habla por hablar. No me importan: tanto daño me han hecho, tanto me han mareado en esta calesita de apariciones mentirosas, tanto ruido hicieron, tanto desastre dejaron después de su fiesta que no me quedan ganas, ni fuerzas, de volver a saber de ellos. Los quiero lejos, tomándose el próximo bondi a cualquier parte. No se van a perder, son muchos y llenos de recursos para sobrevivir donde sea: a mí me sobreviven todos los días, con todo lo que los echo y les cierro puertas y ventanas. Son ellos los que me venden gato por liebre, los del amor descartable, los que se olvidan de mi nombre detrás de la primera esquina. Son ellos los que me engañan con cualquiera, los del antojo por delante de todo, lo de la peor mueca. Son los que ya no me quieren cerca y se inventan pesadillas que van a dar a mi almohada y a embrujarme todas las noches.

Yo quiero a uno solo. El que me confió ese secreto. Porque fue el único de todos esos que me quiso, el que pensó en que sería tal vez un lindo gesto regalarme una verdad delicada como una pluma paseando por el aire. Regalarme algo como quien inventa el color en un abrazo, como quien hace nacer calmas y vendavales, arrullos y gritos frenéticos, y los entrega para que vivan en otro y allí crezcan, con el tiempo y los buenos cuidados.
Ese secreto no sabe todo lo que vino después, es inocente, infantil y no conoce de malos tragos. El nuestro es un secreto de un tiempo blanco, de unas cosas nuevas y sin mancha, de un verano para escapar. Para qué decir más, usted ya lo conoce bien, es suyo, quien quiera que sea usted hoy por hoy, fue suyo y con usted se queda. 
Ya ha perdido vigencia, se ha oxidado y, si no lo agarro, es capaz de perderse por cualquier resumidero. Estuvo a punto, muchas veces, pero siempre lo rescato. Yo no sé porqué.

Usted y yo tenemos un secreto. Y es lo único, lo último que tengo de usted, y usted de mí. 
Qué triste es eso. Pero ése también es un secreto.


jueves, 14 de marzo de 2013

Versos de pájaro


Tiene algo de pajarito errabundo,
de nochecita cerrada.
Me tiene en sus alas, en su aliento
inventa mi voz en un montón de notas en su trino.

Hace conmigo lo que quiera
construye ciudades o hace fuego con todo lo respirado.
Me tiene en su boca o en la cima frágil de su nariz
y no aprendo de poesía sino es de sus manos
cuando rompen, como olas, en mi espalda.

Tiene espejos detrás de la mirada
mirarse en ellos es dejarse desnudar
y que el mundo rebalse por los bordes
de unos ojos entrecerrados. 

Pajarito equivocado de cielo,
azul alivio que enciende luciérnagas sin el menor esfuerzo
y ronda mi cama enredándome en amores:

Quieran los vientos que no cambies tu rumbo,
tu vuelo me cura el cielo
y el otoño vendrá para quedarse,
pajarito mío. 

viernes, 1 de marzo de 2013

Esa esquina


Tuve por mucho tiempo una esquina dormida. 
Una esquina de farolito apagado a donde no iba nadie a hacerse el compadrito con sombrero y bandoneón. La esquina por donde no pasaba el camión de la basura a llevarse el mes de julio, por donde mis amigos nunca han andado y en donde mis enemigos solían fumarse un fasito de vez en cuando y brindar a mi mala salud.

La descuidé, me olvidé de que existía. No la dibujé en los mapas que me hice para entenderme y llegarme al centro más rápida y efectivamente en caso de urgencia. No la tuve en cuenta para encontrarme con nadie ni para esperar ahí parada a que llegara quién sabe quién.
Maté una esquina de tan abandonada que la tuve, de tan vedada que la declaré. Fue el rincón de la pena que dejó por saldo un arrebato, el exacto punto donde mataron a quemarropa a la gente que quise y donde yo misma caí, vencida, al cabo de años de pocas lluvias.

No hubo más esquina, ni un naranjo ni un semáforo que indicase el paso allí por donde nadie iba a pasar. No hubo esquina en la esquina muerta, en la esquina matadora de mi corazón.
Duró tanto que la primavera de Benedetti le quedó chica: estaciones enteras tuve mi esquina rota. Yo misma tenía miedo de no sobrevivir a su recuerdo de cordón desatado, de baldosa y lágrima floja. Yo tuve miedo de volver a desarmarme de sólo pasar otra vez por esa esquina mía.

Anoche se me dio por espiar mi mapa. Y vi un farolito encendido en mi esquina dormida. Era oscuro y de madrugada, pero yo la vi despertarse.
Ya respira otra vez. Y es la esquina más ruidosa de mi ciudad.

lunes, 25 de febrero de 2013

Desnaturalizable

'...Vengo más sangre y menos desierto
y ella más canción parece
y vamos como de la mano hasta lo cierto...'
una canción de K. García & C. Lage


No me acostumbraré a esconder la mano. La calle soy también yo, es también mi mano. En las plazas me enamoro, y en los naranjos de las veredas dejo caer la pena loca, pena tonta, de haber perdido el corazón.
Sólo por biológicas convenciones es que lo llevo bajo la piel: en realidad, a quién engaño, siempre estuvo por fuera, en el pecho, apuntador de la boca para que diga, motor de la mano, para que toque y conozca, con el tacto, lo que antes sólo le era dado imaginar. 
El corazón en la calle, eso quiero yo.

No pienso negarle una certeza más a la ciudad. Quiero que lo cierto para mí sea cierto para todos, que se empachen todos, por un ratito, de mis verdades, de mis aciertos, de mi circunstancia feliz.
Quiero que uno de mis besos se quede enganchado de los cables y que mis luciérnagas enciendan los faroles del alumbrado público. Y que se mueran de envidia los policías y las señoras de barrio norte. Y que le crezcan alitas de colores a los nenes que salen del jardín y pueden verme y sonreír.

No voy a acostumbrarme a los secretos como si, por secretos, valieran más. Tampoco quiero hacer ruido vacío, ruido hueco. Quiero que mi voz tenga por garganta al mundo, que ningún vecino se queje por el volumen en el que canta, en el que dice, en el que siente. No voy a acostumbrarme a esos vecinos ni a lo que sea que se traigan entre manos.
Yo entre las mías traigo otras, souvenires de una primavera, calorcito hecho paz, rompiente de olas de bolsillo. Yo entre mis manos traigo el secreto de la magia que enseñan los ojos, el catalejo de hacer horizonte y una burbuja soplada de a dos.

No me acostumbraré a desnaturalizar lo que sana, lo que cuida y hace crecer. 
Para mí no hay nada más natural que el calor de otra mano. Y es el amor un regalo, un brindis, una carcajada estruendosa, una cosa digna de ser nombrada, un amuleto, un verso para ser recitado, un perfumador de calles, una verdad acorazada, un corazón en lo cierto.
No me harán creer que es otra cosa. Nunca me acostumbraré.


lunes, 18 de febrero de 2013

Un puerto en el mar




Hay un puerto a donde va. Conoce el mar como a mi lengua, como los bigotes de los gatos, como los colores que hacen a otros colores y que yo aprendo, como aprendo su risa, los botones de su pantalón, las curvas de su espalda. 
Ha nacido antes que yo y conoce unas cosas que yo nunca vi. Me las cuenta como quien inventa ciudades del futuro y yo me olvido del abecedario por escuchar de sus mundos desconocidos.

Por ahí me lleva. Contamos hasta tres, tomamos aire y nos quedamos bajo el agua. En una burbuja me dejo un miedo y una pesadilla. En otra, el corazón atado a unos cascabeles que le soplo al oído.

Me cura los mareos y el respeto al mar. Me salpica coraje y algo de ternura, y es el suyo un mar de noctilucas que nos devuelven titilando a la costa. Me da la mano hasta el final del agua y de la noche, y a mí algo se me derrama adentro: hablo del revés, lloro en carcajadas, respiro entrecortado. Quiero hacerle poemas nuevos o robados, quiero inventarle en cuentos el país donde quepan sus ojos que saben sonreír y decirle que no conocía el mar. Y que gracias. Por sus manos, envolvedoras de las mías, sus manos que hacen el mar.

viernes, 25 de enero de 2013

Detalle de una noche



Hasta mi sombra tuvo frío esa noche.
Dibujé peces con los ojos en los marcos de las puertas y de las ventanas y me dormí.
Adentro del sueño quise nadar, más bien flotar sin llegar a ninguna parte. Quedarme en el sueño.

Después fue la ilusión mareada, mis malos oficios, alguien que me miraba con encono, una herida de muerte sin muerte y aprender a degustar sabores más otros. 

Después fue la mañana. Quiero decir que me até por la cintura a una nube y anduve hasta que se iluminó por dentro. 
Supe que latía, además de la mañana, yo.



miércoles, 23 de enero de 2013

Ya nunca será el mismo río


Estoy pensando en dejarlo todo, envolverlo en sábanas viejas y tirarlo al primer río que corra y siga que encuentre por aquí. No será tan cerca pero será, habrá un río a donde todo lo mío irá a parar.
Y no me importará si un día fue motivo de amanecer. No me importará la tristeza, la nostalgia que me puede, no me importará el destino adverso que me advenga ni la brújula rota.
Y aunque llore mi madre porque he dejado hundirse todo lo que hizo de mí el tiempo, y aunque mis amigos decidan darme la espalda por considerar el mío un derroche idiota, no me importará.

Voy a tirarlo todo al río y que se muera la muerte, no me importa. No necesito el recuerdo que arde al roce de todo lo que pasa hoy, los buenos y los malos, todos me quiebran igual. No los quiero.
No quiero las canciones que ya han sido, cumplieron su cometido, ya se pueden ir. Si las escuchó medio mundo o tres personas, lo mismo da, las escuché yo y se las regalé a algunos oídos atentos, amigos oídos míos. Con eso basta.
No quiero la ropa de la que he sido, no me interesa vestirme de lo que fui. Quiero vestirme de olvido, ser de nuevo y que todo lo demás se deshaga al agua como un papel.
Eso también: los papeles, todos al agua. Lo que escribí ya fue faro, ya fue amor, ya fue miedo. Lo que escribí ya no es mío como no son míos los ojos de nadie, ni su corazón, ni siquiera el mío propio que tantas veces se fuga lejos de mi cuerpo a quién sabe qué zonas perdidas en el espacio y el tiempo.

Voy a ir sola y descalza. Me dolerán los pies antes que el pecho, así lo prefiero. Y sentir que abajo hay tierra, algo que late más que yo, eso también hará de envión y de guía.

Cuando llegue al río algo se va a abrir en el cielo y en mí, algo va a romperse para siempre, como debe ser cuando se pierde lo que queda por perder, cuando las manos no dan de amar y el sol no quiere ser promesa.
Algo más que todo eso caerá al agua, envuelto en mis sábanas, algo como el tiempo, algo como la ilusión acartonada, algo como mi mala letra de siempre. Caerán las cosas que no quiero ver más y quedarán, qué más, mis ojos y mis manos, una hoja en blanco y un hilo de voz. De mi voz, claro, lo más cierto que tuve de la cuna hasta hoy y que tendré, de la tumba hasta quién sabe dónde.

De chica, una vez, junté todas mis cosas en un hatillo hecho de sábanas y me fui de casa.
Entonces llevaba las pocas cosas que pensaba conservar y llevar conmigo a todas partes.
Hoy voy a hacer lo mismo con las cosas que no quiero ver más. Y empezar desde la nada a sentirlo todo.
Voy a tirarlo todo al río. No necesito nada: todos somos del aire, nada ni nadie nos hace más fuertes. Sólo el aire, transporte y combustible de esta máquina de vivir que somos.

Ya vengo. Me voy al río. 
Quizá cuando vuelva yo misma, como me conozco, me haya ido. 

lunes, 21 de enero de 2013

No más palomas mensajeras


Mis palomas mensajeras volvieron esta tarde agotadas de su vuelo. 
Creo que mis palabras pesan más de lo que ellas pueden cargar, por eso mando dos o tres y distribuyo mis escritos, mis versos, mis cartas y todo su peso. Se ve que, de todas maneras, el periplo se les hace largo y duro porque se desmayan sobre mi escritorio apenas llegan.
Yo, ansiosa como nena de cinco años, les pido que me lo cuenten todo. Les sacudo un poco las alas, les hago cosquillas en las patitas y el cuello. Quiero saber lo que han visto, cómo es volar sobre el mar y las montañas y cómo es finalmente llegar a sus manos, aterrizar en su hermoso paisaje de líneas de la vida, el amor y la muerte.
Pero mis palomas mensajeras llegan con sueño, hambre y frío y no quieren saber nada conmigo por varias horas. Tienen sus razones y no creo que accedan a partir de nuevo, no están para estos trotes.

Las tacho de la lista y sigo pensando. 
Si tuviera pulmones fuertes se las soplaría, y las palabras le despeinarían el jopo, como hacen las palabras aún sin viento, porque esa es su vocación, despeinadoras dueñas del aire.
Si supiese nadar de verdad, y no apenas para zafar en 'la parte honda', yo misma me aparecería nadando en su orilla, que es lo que hago siempre, que es lo que no puedo dejar de hacer, quedarme en su orilla para ver cómo amanece, cómo se hace de tarde y cómo se va a dormir, conmigo velándole el sueño, velero enamorado.

Pero yo nada más tengo letras. Me sobran cosas para contarle aunque nada muy grande haya pasado desde que me abrazó y de un 'hasta pronto' prometimos cuidarnos el corazón. 

Sigo pensando cómo contarle de estos días, de las palomas mensajeras cansadas, de los delirios de mi imaginación en donde nado hasta un río y en un puente muy grande e iluminado me espera para secarme y dejarme dormir a su lado.

lunes, 7 de enero de 2013

Lo de siempre


"Dios guarde a los muchachos tristes de las mujeres hermosas"
A. Dolina  - Crónicas del ángel gris


Si fuera por ganarla, debería cambiar su estrategia. 
Ya se lo dijo la bruja, la cosa así, no va a andar.
Arranquemos el año del otro lado de la calle, por la vereda del que nunca ha sido, del que tanto le cuesta ser.
Cuestión de pensarlo un poco. A ver: si tuviera que decirle lo que le diría alguien entero, jamás sería en un poema, jamás en una canción. Los poemas y las canciones son para los quebrados muñequitos de madera que no saben hablar si no es con firuletes en las palabras, y que son demasiado brutos para mover los pies, sacarlas a bailar un tango y dibujar en el suelo todos los firuletes que faltan.
 Los hombres enteros dicen las cosas de manera directa y sistemática, igual que hacen trámites los lunes por la mañana, incluso cuando se trata de la señorita de sus afectos.
Él en cambio, vive de domingo cuando se enamora y se enreda en lo que quiere decir, o pierde el equilibrio y el tren apenas está llegando al andén, y todo queda relegado para otro día que, si se distrae, es nunca más.
Pero así la cosa no va a andar, dijo la bruja. Hay que llenarse de coraje, robarlo si hace falta e inyectárselo en el pecho desinflado, en la pancita cervecera y el corazón machucado.
Para ganarla hay que empaparse de algo así como su némesis, ser su propio archi-enemigo. No importa si el chico malo o el multimillonario con superpoderes (quién podría decir, en primer lugar, cuál de todos es él mismo), pero instalarse allí donde no estuvo nunca, probarse la otra máscara y jugar a ganar el partido.

Si pudiera, la encararía como un tipo forzudo y exitoso, como un abogado, un gran deportista, un doctor. Los que están de vuelta no necesitan mapas para llevar a una mujer a su casa, y una vez ahí no hacen más que hablarle de los juicios que han ganado, de lo rápido que corren y de las miles de vidas que han salvado en la semana. Las muchachas los quieren por todo eso, nunca se habla de amor, ni en la primera cita ni en la noche de bodas y hay como un extraño placer en las muchachas lindas en conquistar hombres exitosos aunque jamás vayan a ganarse su corazón alambrado con púas a su ancho pecho orgulloso, todo para ellos.
Debería hacer un esfuerzo por creerse el primero y el último, por hacer más ronca la voz, por caminar dejando a su paso un perfume imitación de primaveras.

Si fuera por ganarla dejaría de hacer las cosas en borrador con lápiz y goma, y más bien escribiría con pintura sobre las paredes de su casa.

Pero entonces ella aparece detrás de una esquina, con un par de azules en el pelo y un montón de estrellas atadas a un hilo-piolín saliendo de su bandolera. Aparece reinventando el enero, dibujando círculos en el agua de las fuentes de la plaza y quebrando la siesta en un millón de espejitos que al sol hacen reflejos que ciegan a los perros y a las señoras de barrio norte.

Aparece y él mundo vuelve a empezar.
Se olvida de su archi-enemigo porque se olvida hasta de su propio nombre.
El éxito no existe, es la figurita imposible en un álbum que nunca tendrá.
Olvida la palabra clave y sus palomas mensajeras se pierden desde su boca a los oídos de ella.

Ella lo saluda cuando pasa, hombrecito misterioso que sin saber porqué se le ha aparecido en algún sueño y la ha besado como ningún abogado, deportista o doctor. Lo saluda con la nostalgia de un sueño que no sabe porqué soñó.
Pero él no la escucha. Ya está derretido debajo de la baldosa que pisaron dos nenes que corrían a la piedra de esa mismísima esquina.

Cuando vuelve a su estado sólido, la muchacha hermosa ya pasó. Esto no va a andar, piensa. La bruja tenía razón, así no va a andar.
Escribe el último verso de un poema y se va a acostar.

martes, 1 de enero de 2013

El tiempo




Ayer me encontré una pelusita en el bolsillo de una campera que hace tiempo no usaba.
Cuando la toqué se deshizo y, con ella, el bolsillo, la campera, el día de ayer y yo. Yo misma me deshice desde mi mano con pelusa hasta mi corazón limpio de todo.

Tarde me di cuenta de que esa pelusa era, sin saberlo, el tiempo.

Tengo que contártelo la próxima vez que te vea. Y te busque y te encuentre. 
La próxima vez, cuando seas el bolsillo, la pelusa, el tiempo.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Ser amanecer amaneciendo siendo...


Fue esa mañana que descubrí la mañana
que supe que pueden tirársele los hilos al sol
y soplar a un costado la luna, lunera
tan llena de todo, tan llena de mí.

Fue esa mañana que descubrí la mañana, continuación del abrazo, viejo refugio de la posibilidad.
Esa mañana vi los trabajos de los pajaritos desde los árboles a la ventanas, vi el nacimiento de todas las cosas amontonándose porque las moje de luz el sol.
Todo siempre pasa, como la figurita más repetida del álbum del mundo. Pero fue esa mañana, y no otra, que yo descubrí la mañana. O la encontré de nuevo, tapada de años y de dudas.

Mientras la luna me bajaba un telón, el sol me levantaba otro. Todo iba pasando despacito. El cielo se amanecía tímidamente, poniéndose tan colorado y vergonzoso como el corazón que llevaba yo en mi bolsillo, mientras desandaba calles y respiraba las veredas de vuelta a casa.

Fue esa mañana que descubrí la mañana, y ese mecanismo tan secreto que tiene ella de hacer el día. 
No sé las otras, pero esa mañana, esa precisa mañana, había sido yo la responsable de que amaneciera en mi ciudad. Era mi amor y mi empeño, eran mis ojos bien abiertos para verla, era la mitad que completa mi abrazo y el hilo que va de la comisura de mis labios al primero de los rayos, lo que despierta al sol e inventa otra vez el día.

Esa mañana fue mía. Nació de mis manos. Fue verdad dentro mío. La regalé en un beso y la hice durar hasta que me venció el sueño.
Y no hubo caso: cuando me desperté ya era tarde. La tarde del día que hice amanecer.




martes, 18 de diciembre de 2012

Breve introducción al Manual del Buen Perdedor


Lo primero es no tratar de entender porqué se pierde.
No es importante: un buen perdedor sabe que nunca sabrá lo que hizo mal y, si lo supiera, poco importaría pues uno sólo puede hacer una y otra vez eso que hace, eterna e irremediablemente. De otra forma, uno no sería uno y sería tal vez el almacenero de la esquina, un instructor de esquí o corredor de bolsa.

Lo segundo es hacer todo lo posible por entender cabalmente, ahora sí, que se ha perdido algo. No hace falta ponerse melodramático, es posible tomarse una pérdida como un café por la mañana, ese que nos despierta del sueño. Tómeselo en serio pero nunca se lo tome a pecho: perder, lo que se dice perder, perdemos todos. La calle está llena de perdedores y de cosas perdidas que nadie reclama, los bolsillos se acostumbran a ciertas faltas y las manos, tarde o temprano, también.
Sepa que lo que se le ha perdido no volverá porque es imposible recuperar intacto un olor, un momento, una sensación. Perder es, de alguna manera, firmar un contrato con el tiempo, uno en donde alegamos saber que él siempre pasará y que, en ese sencillo acto de transcurrir, ya se habrán perdido cosas. Los calendarios y los relojes son máquinas de ir perdiendo.

El buen perdedor puede estar triste: saber perder no implica hacerse un nudo la pena y caminar anestesiado sin sentir ni el viento que despeina. Un buen perdedor se entristece porque la tristeza es la plena conciencia de la irreparable naturaleza de su pérdida. Lloriquea, berrea y maldice porque así es como se expresa la falta y el fracaso. Ocurre que es un perdedor en el gran sentido de la palabra, porque ha sido derrotado y porque se quedó sin algo, algo perdió, hay algo que ya no tiene.
No se consuela pensando en que hay muchas cosas que ganó. Chocolate por la noticia, claro que sí, pero eso no importa. Ningún perdedor piensa en eso, la lista de lo ganado suele ser corta, trivial y totalmente vana a la hora de lo perdido. Para un buen perdedor sólo existe lo perdido y pensar en el vaso medio lleno sería como faltarle el respeto a ese dolor que tanto lo aqueja, el mismo que una vez fue intento, el que fue amor y empeño en cuidar lo ahora perdido.
Por eso es que no hace tratos hipócritas con la alegría. No se cree ni por un minuto eso de distraer su nube negra con licores y carcajadas. Por mucho que le encanten, por más que la felicidad haya sido siempre su deseo más viejo y menos secreto, el perdedor que acaba de perder no puede dedicarse a ella.
 Sabe muy bien que perder algo es no encontrarlo más allá donde solía estar, y que eso quiere decir que hay un lugar vacío, que hay un hueco en alguna parte. Y piensa que, aunque más no sea por honrar a esa persona que era antes de haber perdido, no puede ni debe creerse el cuento de la curita feliz. Al fin y al cabo, el buen perdedor es una persona con algo de mundo encima y entiende que toda pérdida (buscada o involuntaria) es, en definitiva, una ausencia, y que ninguna ausencia debería pasar desapercibida en la vida de nadie.
Entiende que no es tan trágico, que hay cosas que se le pierden a él sin que eso implique que se le pierdan al mundo. Intenta sentirlo todo en su justa medida y piensa en lo que se ha perdido en su mundo, en lo que le falta. No le importa saber que perder no es como matar o morir. Él sabe que, mientras tanto, también hay cosas encontrándose constantemente, porque así es como se mueve el mundo, esos son los cambios que nos hacen girar, que nos hacen vibrar.
Lo cierto es que lo que se ha perdido, perdido quedará. Buscarlo ya no es una opción.
Y ésa es la dura realidad a la que todo buen perdedor termina por enfrentarse.
Le duele en el alma, porque es una persona que no sabe casi nunca 'hacer como si nada', pero no puede más que sacudirse el mal tiempo y tratar de perder como el mejor.

El buen perdedor hace lo posible por no seguir perdiendo. Por eso se ata, bien atada, la cordura, las certezas, los buenos sueños. Perder le sirve para abrazarse a lo imperdible, para distinguir lo que, de faltar, le quitaría el oxígeno, y para convencerse de que a veces es mejor perder que perderse.

Un buen perdedor es, por horas, una canción y una cachetada, es un beso amargo, es una puñalada que acaricia. Es una mezcla de cosas que no se acomodan, hasta que por fin se acomodan. Es un espacio indefinido, como las mismas ausencias, que con tanta fuerza está aún cuando no está en ningún lado.

El buen perdedor es un caos porque así es como se aprende a perder.
Y después del caos, es una lluvia finita, una hoja blanca y un día sin estrenar.



domingo, 16 de diciembre de 2012

Qué sé yo


Todo y todo lo que pasa irá a parar a los huecos de los corazones. 
Todo, hasta lo que hace una sombra en una pared. 
Yo quería decir un montón de mundos, decir que estamos atravesados de canciones y que fuimos arrancados verdes de varios sueños.
Yo quería inventarme una oración para hacer cicatrices, las de la cura, las que adelantaran las lluvias.
Quería contar de los astros y de los rumbos, todas cosas que no entiendo.

Todo y todo lo que pasa irá a parar a otro hemisferio, a otra luna, al reverso de todo lo conocido.
Así lo creo, una promesa a los cinco años no me deja mentir. 
Todo quedará en la piedra y en el regazo de una madre que es un nido para los gorrioncitos que todavía no aprenden a piar por comida.
Yo quería adivinar lo que cuentan los ojos y hacer otras miradas con los acertijos nuevos. 
Y si no, si nada de nada, entonces quería ser del silencio, hogar de los reflejos de algunas luces, de las burbujas. Quería vivir allí donde no hiere el ruido y todo duerme.

Todo y todo lo que pasa irá a parar al silencio, sí. Porque ahí dentro respiran todas las voces. También la mía.
Yo quería decir que a veces tengo vocación de cosa inexplicable, de poema inconcluso, y soy la pregunta que se pregunta y se contesta, muy convencida, un qué sé yo.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Hallazgo de alas


Me encontré un pajarito. Yo que nunca me encuentro nada, ni a mí misma, me lo encontré.
Apareció todo mojado de tormentas junto al zócalo del patio que da a la cocina. Redondito de humedad, las alitas encrespadas con agua de otros azules.
Es del tamaño del hueco de mis manos, y con su pico cerquita de mi oreja me roba una canción que más tarde hará canción de todas mis siestas. La misma que silbará para esos canarios soberbios que la señora de al lado se empeña en criar en jaulitas muy decoradas, como si la libertad se comprara con un par de chiches en la mejor pajarera.

Mi pájaro es un ave mucho más impredecible que esos canarios, porque tiene la posibilidad de volarse a cualquier parte. Sabe de la libertad, del ancho mundo, y aún así decide hoy quedarse conmigo.
Será, quizá, que al calor de mi tacto yo le conté que también hay libertad en el espacio chiquitito de unas manos, que la casa es chica pero el corazón es grande y todo eso que dicen los mayores y que, a fuerza de la misma vida que pasa y enseña, se vuelve la pura verdad.

Será que ese pajarito se me parece de alguna extraña manera, que él tiene en alas lo que yo en imaginación, que los dos nos vamos por las ramas, como buscando por ahí lo que de otra manera no habremos de hallar nunca.
O será, tal vez, que tres vidas atrás fui un gorrión asustado y él, la mano que me rescató del halcón. 

Vive en mi patio el pajarito que me encontré. Todas las mañanas salgo a ver si aún no se ha ido, si no lo conquistaron los cielos que aún no conoce, y los otros, los viejos hogares que por algún lado tendrá.
Porque, ésa es su libertad. Libre de ser pájaro es él, de dormirse a mi sombra o quebrarla de adiós. Es libre de encontrarme de mañana o de irse robándome los buenos días.

Confieso que me asusta un poco que decida el vuelo: yo me lo encontré, es cierto, pero eso quiere decir que puede volver a perderse mañana o cualquier día, como yo, que también me pierdo a veces.
Me asusta, sí. Anoche, de puro insomnio, dibujé con crayón las paredes desde el patio hasta mi cama, que es lo mismo que decir que hice un camino de colores desde sus alas hasta mis manos. Por las dudas. Por si un día se despierta desorientado y corto de memoria, para que sepa volver.

Es apenas un pajarito que me encontré, ya sé. Y sabe de libertad como sólo los pájaros saben, y vuela con piruetas en el aire, y yo no tengo nada que hacer. Ya sé.
Pero no pueden culparme por mi miedo y por mi empeño, por mis dibujos en la pared y mi insomnio. Después de todo, no cualquier pájaro cabe tan bien entre mis manos, ni me quita con tanta impunidad una canción del oído para hacerla silbo enamorado del verano, las alturas y los versos que todavía no inventé.

Me encontré un pajarito. 
No es novedad para nadie que un poco de alas y de trinos son lo mejor para cuidar un corazón.