viernes, 10 de julio de 2009

La misma canción


A los amigos musicales, musicales amigos


¿A dónde tiene que llegar la canción? Y, más importante, ¿de dónde tiene que salir?¿Qué hay en juego mientras todo eso pasa? ¿Cuántas cosas se revuelven y salen del pecho? ¿Cuántas se acomodan adentro y ahí se quedan a vivir?
Todo es cuestión de encontrar otra vez la misma canción. Esa que perdimos no sé dónde, en qué vuelta desorientada, en qué vórtice de la mala memoria. Esa que ya casi no llamamos.

Pero yo la quisiera de vuelta. El día que fuera, yo quisiera que volviera, sin apuro y sola la canción.
La misma canción de siempre, la de los tropiezos más dulces, la que hice sin saber escribir, la misma que da vida y te la quita en menos de un estribillo y sin razón.
Quisiera que volviese la canción enamorada o el amor hecho canción, que es casi lo mismo.
La canción que nos hace parte de lo mismo, la marea interminable que nos arrima a las mismas costas de siempre. La que nos dice que hay que aprovechar el mismo latido y latir con él, acomodándonos a su ritmo, bailando con él.
No es mucho lo que pido, es apenas un visto bueno, una luz de faro viejo y gastado, pero una luz…una misma y vieja canción.
La canción que soñábamos en la escuela, cuando solamente queríamos cantar…y cantar las cosas que no nos animábamos a hablar, como si la canción tuviera algo de máscara y de espejo, como si fuera una musical manera de decir la verdad (y será que siempre fue un tanto así).
La canción que no afinaba con nada, que solita se bastaba para armar el mundo de un verso y soplarlo en medio compás. La de mis amigos y sus secretos, la de todo lo que nos divertimos y lo que dejamos escapar.
La canción que nos quedó del derrumbe, la que pedimos prestada y rompimos sin querer. La que adoptamos con inocencia, con ilusión y hoy se nos va, crecida, dejándonos el nido vacío.
La canción rompecabezas, con su pieza secreta durmiendo perdida bajo tu cama.
La canción vagabunda, sin asidero, la que acampa en los zaguanes y suena más bonito cada vez que toma de más.
La canción inundada pero sin ganas de llorar.
La canción desvelada que se queda despierta para oírte llegar.
La canción paracaídas que nos salva del suelo y de golpe, la que nos mantiene en vuelo, siempre a la altura de nuestros ojos.
La canción de los intentos, la que se pone a hombros el mundo y su paz, y de tanto peso se cae, pero siempre vuelve a andar.
La canción que rompe a llorar y se hace querer por frágil, por sensible y porque como esa ya no hay.
La canción que todo lo mira, la que quiere llevarse con ella a toda la ciudad. La verborrágica, la que nunca habla por hablar.
La canción que nos reúne, que nos cose a todos a la misma estrella, la que nos encuentra en las razones y en los enviones, en los pasados golpeados y en los futuros necesarios que nos habremos de inventar.
La canción que se renueva, que es una sola y un millón: que volverá en muchas voces a alargarnos la voz, la que va a llenar de flores las calles que hace rato queremos caminar.
La canción del amor por la canción, la del lugar menos pensado, la que nunca acaba de empezar. La que nos vuelve de fondo en todos los sueños, la que remueve los recuerdos y vaticina otro final. La que nos ha visto llorar y, desde entonces, no nos deja de abrazar.
La canción que cantan nuestros muertos, la que nos quisieron enseñar. La canción que duerme cerca de tu oído y es a veces una nana, y es a veces un beso de los buenos días que te ayuda a despertar.
La canción que siempre se canta al revés, la que suena torcida, tan parecida a tantas cosas que mejor no enderezar.
La canción que se lee en los ojos, la que llega por correo atada a un ramito de azahares, de azares. La que tenemos a mano, en la mesita de luz, en los bolsillos, en tus manos que no se van.
La canción envalentonada, la que va al choque y a veces sale perdiendo pero nunca del todo, porque no hay quien la sepa callar. También la tímida, la del bajo perfil, la que nos dice por lo bajo lo que sabe mejor.
La canción de las ventanas y las puertas, a saber, la canción-escapatoria, la que queda en el horizonte y tiene todos los nombres.
La canción que empaña los vidrios, la que se llueve y de tanto hacer agua, tanto más se hace querer.
La que nos falta para empezar a creer, la canción-amuleto, la que juega a las escondidas para dejarse encontrar.
La canción que vimos en una vidriera y no llegamos con las monedas a comprar, la que después encontramos tirada una medianoche en la puerta del bar. Porque todo vuelve y la canción también. Porque es leve, porque se deja llevar. Porque vive cerca de tu casa, que es tan cerca de tu entraña, que es tan cerca de mí. Porque es toda ella lo mejor de cada intención, de cada estación, lo mejor de lo que nos queda.
Esta canción, la de siempre, es el atajo hasta donde no acertamos nunca a llegar. Es el lugar de los primeros besos y del grito pelado, de la bronca y la sencilla ternura, del clavel y el fusil.

¿Qué fue de toda esa canción? ¿Qué se hizo de esa canción solita que tan bien recuerdo yo?
¿De dónde nos sacamos tanta cosa encancionada?
¿Dónde pudimos guardar, en cuál melodía, en qué voz, tanto de corazón?
¿Cómo es que alcanzaron las palabras y los ritmos para hacerla sonar? ¿Cómo fue que fuimos tan torpes de dejarla ir?

Que vuelva. Que vuelva esa canción, la misma canción.
Que vuelva y se nos haga aire, que nos hinche de orgullo, que se ponga cómoda y como en su casa, y se aguante este tiempo que no puede más que cambiar.
Que vuelva y se deje acariciar.
Aquí la espero, ya la conozco. No dudaré al verla llegar.

lunes, 6 de julio de 2009

Historias con barbijo I


Nos enamoramos en lo que fue un ejercicio de la imaginación: tuvimos que adivinarnos las bocas detrás de los barbijos protectores, esos que sólo se los habíamos visto a los cirujanos de ER, y ahora llevaban todos, como un ultimísimo grito de la moda, y que salían convenientemente, el triple de lo que habían costado siempre. Pero no importaba: las sonrisas también se dibujan en los ojos y a mí, dentro de todo, me convenía para disimular la chuequera de mi boca cuando se pone nerviosa.
Tuvimos que aprender a tocarnos estratégicamente, a recorrernos con tacto precavido, con afecto desinfectado (no desafectado). Nos acariciamos con palabras ante el menor signo de un resfrío, y anticipábamos la fiebre con otras calenturas.
Y nos frotamos con alcohol en gel y nos soñamos despiertos, mientras dura la cuarentena y no queda otra que cambiar la vida por el tele, el té con limón y miel y los paños tibios.


Qué duro querernos en la enfermedad, hoy que se apaga y se guarda la ciudad. Nos cansamos de las salas de espera y pasamos directamente a la terapia intensiva: pacientes de riesgo de todo esto que no terminamos de entender. Por algo hay tanto escrito sobre el amor y la enfermedad. Será eso del contagio y el peligro, o la verdad universal de que es tan amargo el jarabe que lo cura, que preferimos soportar estóicamente el dolor agridulce, con diagnóstico reservado y bastante poco alentador.

A veces me parece que te trajo todo este apocalipsis, que viniste a ponerlo todo de cabeza, que es como decir que viniste a ser noticia, a dejar huella y también a asustar, claro, porqué no. Un susto que acelera el pecho y baja las defensas, con vos no sirve la inmunidad y una se deja caer en cama sin temer arrepentirse luego por su mala salud.
Un amor pandémico el nuestro, que va globalizándose porque hicimos que se enteren todos, de acá hasta Japón, de cómo nos conocimos y de lo contagiados sin remedio que ya estamos (con el agua hasta el pupo y chapoteando de gusto).


Yo sé, que la lluvia y la peste siempre se terminan. Yo sé. Pero quizá cuando todo pase aprenda mi cuerpo a convivir con ciertos virus, y cambie el signo y te hagas parte de mi metabolismo y no haya que temer otra recaída. Quizá. Cuando todo pase.
Mientras tanto, alguien deberá ir escribiendo sobre el amor en los tiempos de la gripe A. Otra página en la historia de la literatura. Y del amor, claro.

A Ceci, que se la vio venir... ("...Próximamente: historia de amor entre dos barbijos'...")

jueves, 25 de junio de 2009

Qué hacer con tus ojos...



No entiendo que me mires. Aquí no hay nada para ver. Éste ya no es más territorio de los ojos. Temprano ha quedado esta tierra yerma, temprano como aquellas de Vietnam, allí donde la química también hizo estragos.
No entiendo que me mires hoy que hace tanto que no encuentro ojos sueltos caminándome por la piel.
Antes los hubiera agarrado para mí, gozando del poder de tenerlos en la palma de mi mano. O hubiera contraatacado echando cientos de los míos sobre la otra piel, y a ver cómo terminaba esa batalla de miradas. Pero hoy...Hoy hace tanto de todo eso que no sé qué hacer con ellos.
Qué hacer con tus ojos... Por lo pronto, al menos voy formulando el título de una buena novela rosa.

¿Y si los torciera? Quiero decir, los entretuviera y allá se fueran ellos, enredados en luces fascinantes, en juegos que titilan sugerentes, en pieles tan otras y tan suaves ellas que deslizan las miradas que sobre ellas se van a posar.
Y si les hablara de frente a tus ojos, enfocando los míos a mi voz más de trueno, y les dijera que se fueran, que ya no es tiempo, que no entiendo...¿entenderán así que pasan los trenes y que algunas viejas estaciones ya vieron partir todo lo bueno y lo malo que los viajes podían dar?

Mirar sin ser mirado, ¿quién quiere eso? Y, con todo, tus ojos altruistas, tus ojos solidarios, no saben mirar a otro lado. Debiera confesar que, sólo por eso, y aún sabiendo que no hay aquí lugar para ellos, de a ratos los quiero.
Camino a salvo con tus ojos por la calle: al menos sé que sólo ellos se ocupan de mi pecho y la retaguardia (que habría que tener ojos en la nunca para lograr una buena vigilancia).
Y en el espejo, de tantos ojos tuyos que llevo encima, veo a través de ellos, y estoy cada día más sugerente y más dulce, sutilmente dulce, más natural, más comoda y más graciosa.
Tus ojos me muestran cosas para las que mi imaginación se queda corta; me miran y ven por mí un mundo donde caben mi piel, mis ojos y los versos que fuimos perdiendo (mi piel, mis ojos y yo) en cada intento. Tus ojos me ven dormir y están cómodos en mi pijama; se enamoran más cuando es de noche y siempre se quedan a desayunar por la mañana.
Así y todo tendrán que saber que no puedo con ellos, que me quedan grandes, que ya hubo ojos de repartir luz y de quemar y de marcar con cicatrices y torpezas esta misma piel. Un mal de ojos, un mal que quema y cómo volver a mirar de cerca el fuego.
Tendrán que saber que de ojos también se muere la gente, que tienen peso las miradas que debieran venir con el cuerpo y otras promesas, a quedarse.

Tendrán que entender... Ay, pero, mientras tanto, qué hacer con tus ojos...Un título de novela rosa, o de cuento rosado, para empezar.


jueves, 18 de junio de 2009

Les cuento del resto de mi vida...



A los amigos de siempre, a los curiosos leedores de siempre (que son amigos sin que yo lo sepa, claro), a los que sólo pasaban por aquí por primera vez (de muchas, esperemos), y a los archi-enemigos que por ahí siempre andan, rondando:
les cuento, he inaugurado nuevo blog. Antes de que se olviden para siempre de cómo era éste, les aclaro que no piensa el nuevo desplazar a éste: van a ser dos blogs paralelos pues el uno no tendrá nada que ver con el otro.
Aquí seguiré colgando más de lo de siempre, esperando que, si no mejora la calidad, al menos a algunos siga entreteniendo.
Allá voy a emprender el duro pero no por eso menos emocionante proyecto de una novela, con forma de blog. Algo que no inventé de ninguna manera (ya existen muchas y muy buenas) pero que, con mucho gusto, quiero explorar. Una bloguela, o noveblog, o blog-novela o novela enblogada, o blog novelado... ya no sé. Pero, eso: una historia, más o menos larga, con un suspenso más o menos sostenido/sostenible, cuyas partes iré subiendo cada tanto.

Va entonces la invitación formal: entre los links de la derecha encontrarán uno que los llevará directamente a ese nuevo lugar. Responde al nombre de 'Del resto de mi vida'.

Lo primero ya está arriba y listo para sus mordiscos, feroces críticas, tibias devoluciones, emoticones ininteligiles o respetuosos silencios, lo que se les ocurra será aceptado por comentario...que es, al final, el motor de todo este ida y vuelta de palabras.


Saludos cordiales y reverencias para todos,


zoe.-

martes, 9 de junio de 2009

La palabra vacía

En defensa de los que usamos la palabra de manera apasionada y contra los que no entienden su rol de abrazo, de cristal, de flor.

Siempre procuro llenarme de palabras.
Ellas son instrumentos, cachivaches, detallecitos que mejor nunca dejarse en casa. Me atiborro, entonces, ya cerca de la obsesión, de todas las que puedo. A veces, de tantas que tengo dándome vueltas en el paladar, las suelto sin pensar, las derrocho, hago uso y abuso de ellas. Los desprevenidos oyentes cada vez entienden menos y se atajan con las dos o tres palabras que les quedan de reserva, en el mínimo bolsillo de una camisa.

Sé que mi derroche es una irresponsabilidad, que debiera cuidarlas más, sobre todo hoy que, como tantas cosas esenciales para estar vivos, andan escaseando jodidamente. Sin embargo las mías, miles, brutas, insolentes y chuecas, están siempre llenas. De todo. Mis palabras nunca pasan hambre: me ocupo de que coman al día y de todo lo que me rodea, de que engorden sin complejos con todo lo que es necesario para una palabra que pretende vivir sana muchos días. Se llenan a veces de las pasiones más insólitas e irracionales, de lo que leí ayer, de los chistes de la tv, de los malos recuerdos y de las buenas realidades del hoy por hoy. Se alimentan de tantas cosas que es como si fueran esas adictas empedernidas al fast food, hartas de sufrir las consecuencias de sus vicios pero reincidentes hasta el fin. Yo sé: he de cuidarlas a mis irresponsables y gordas palabras, tan propensas ellas a los desastres del corazón.


Pero hay algo que me tranquiliza, algo que me hace abrazarlas fuerte y agradecerles que ellas, y justo ellas, sean mías. Es que hay gente que vive llena, sí, pero de otras palabras: las que van vacías. Vacías como los colectivos cuando bajan los chicos a los colegios. Vacías como las copas a las horas últimas, cuando hay que despedir la fiesta. Vacías como mucho de que lo que va por dentro, en la vacía anatomía de quienes las tienen tan hambreadas, tan sobre exigidas, tan maltratadas.
Esta gente vacía, además, palabras que no pueden vivir del aire, palabras que huecas pierden sustancia y se te desmayan en los brazos: son esas palabras que nombran al amor y a todos sus hilos, las que hablan del corazón y sus motores, las grandilocuentes, palabras con sobrada razón para la soberbia; palabras que se gastan si se las frota para sacarles lustre, si se las saca de casa en frío.
Los vaciadores de palabras dicen con toda soltura sus vacías intenciones. Nombran cosas que suponen, sólo suponen, como esos que intentan dar cátedra de cuestiones que desconocen o que sólo han visto una vez, en fotos.
A veces hablan y sus palabras son expresiones de anhelo, cosas que quisieran sentir pero están lejos de tocar ni con la yema del dedo chiquito. Y no escatiman en usar las más delicadas, las más quebradizas, las más peligrosas palabras. Son como los nenes de tres años echando mano al cristal de la abuela, o peor, con una 22 cargada y sin seguro, sin saber qué hacer.
Las palabras vacías se dicen con tanta liviandad que cuesta entender cómo es que hacen semejante estruendo (ellas, las leves) al caer de las bocas. Nunca se sienten, no se pesan, no se miden. Más bien se mirotean como de reojo, a ver si están presentables para salir y así se largan, sin más preámbulos. Son hijas del lado más mecánico de la cabeza, y entonces se mezclan con teorías inverosímiles, con estrategias que hacen agua por todos lados (porque tanta matemática olvida que las palabras salen de las bocas, de la humedad de una lengua, la que acaricia, la que siente que le debe algo al pecho...y con razón).
Las palabras vacías van por por la salida fácil y no resisten una sola evidencia empírica. Arriesgan, eso sí, definiciones categóricas sobre los afectos y el corazón humano y no entienden (no están hechas para entender) que sea para tanto su soltura, su informalidad casi agresiva. Agresiva porque hay cuestiones que no pueden más que transitarse en puntas de pie, que debieran manipularse con cuidado de guantes descartables, y en cambio, los vaciadores de palabras pasan a las corridas y con las manos sucias de tocar cualquier cosa, sin esterilizar.

No es justa la palabra vacía, ni con los que la reciben ni con la misma palabra.
No es justo porque quiere engañarnos, darnos vuelta la jugada y hacernos creer que es sensible, que es tan especial que no puede explicarse, que está allá arriba y es sólo para el que la entienda (como un dios de esos inútiles, llenos de intangibles verdades en las que hay que creer sin que nos de nunca nada, ni una señal de vida de tanta divinidad).
Y tampoco es justo con la palabra misma porque ella quería decir otra cosa. Ella quería llenarse, como la de los poetas y los enamorados. Quería agotar sus sentidos y decir la verdad. Quería ser sensible y transparente, dejar la ambigüedad y tanta cosa críptica para los enigmas y los crucigramas.

Todas las palabras prefieren salir llenas, porque su rol es ser grandes y sanas, durar en las bocas y los oídos, morir en el intento y jamás mentir sobre lo que lleva adentro.

La palabra vacía es una palabra muerta, como un fantasma, una carcasa que queda sin nada que la mueva.
La palabra vacía es una que debió quedarse adentro hasta madurar su verde confusión. Las vacías, son palabras que no debieran decirse, que más vale respetar en nombre de todos los años en que las inventaron, las pulieron y las usaron con maestría: palabras que nombraron lo que queda dentro del corazón de los hombres y que no son nadie sin el sustento de la mano de esos hombres ¿O no suena a hueco esa fonética que tiene 'abrazo' cuando no promete, además, dos brazos envolviéndonos? ¿O acaso la palabra 'confianza' no se hace de otras palabras dichas y sentidas naturalmente sin tanta confesión?

Los que las usan, a las palabras así, tan sin nada adentro, están también (despacito y tan inconscientemente como abren la boca) dejándose vaciar...Pero, claro, ¿qué significará el vacío para ellos? Un espacio en blanco, indefinible, sobre el que para qué indagar más.
Se mienten y nos mienten, a nosotros, los de la boca llena de palabras llenas y ávidas de sonar cargadas de todo.
Cuiden, señores, sus palabras. Que nunca les falte nada, no las dejen salir de casa sin un buen desayuno. Que no se ajen para que no malgasten todo lo que con tanto recelo guardamos en ese castillo de arena al que, con palabra llena, nombramos 'corazón'.

lunes, 18 de mayo de 2009

Se me ha ido el credo



"...está de más decirte que a esta altura

no creo en predicadores ni en generales

ni en las nalgas de miss universo

ni en el arrepentimiento de los verdugos

ni en el catecismo del confort

ni en el flaco perdón de dios


a esta altura del partido

creo en los ojos y las manos del pueblo

en general

y en tus ojos y tus manos

en particular..."


Se me ha ido parte de mi credo, ¡con lo que me cuesta creer!

No nos conocimos, pero qué ganas de haberme tomado un café (o una cervecita, por qué no) con Mario Benedetti, qué ganas de contarle todas las palabras que le debo, los amigos a los que me unió indefectiblemente...Decirle que fue un puente hacia muchas cosas y me ayudó a entender porqué cantamos y porqué vale la pena entregarse de lleno a una palabra, a un verso por defender la alegría, la poesía y la memoria.

Te voy a extrañar.

lunes, 11 de mayo de 2009

Otra Ofelia

Ophelia: (...) To have seen what I have seen, see what I see!
(Hamlet- W. Shakespeare- Acto III, Escena 1)

Ella tiene algunas cosas que no cuenta. Y está bien que así sea, no por el misterio sino por el sólo gusto de hacer algo en secreto y sonreír para una sola y también, quién te dice, lagrimear un poco, que tampoco hace tan mal.
No dice, por ejemplo, que cuando él no está le huele las solapas de la camisa y le revisa los bolsillos. No es para encontrarse con algo que esquiva, es que le hace bien saber de él: qué olor lleva en el cuello, a saber, por dónde estuvo ayer, mientras lo extrañaba; qué guarda, cuántas monedas le faltan para llegar a fin de mes, el gusto de sus caramelos o la marca de cigarrillos.
Tampoco menciona que extraña todo lo que extraña la vida con picnics en la plaza, eso de salir al verde y que se haga tarde, que se haga naranja el cielo y no importe estar llegando tarde a alguna parte. Lo extraña y siempre que lo recuerda cantan para ella Nito y Charly que saben, como ella, que aquellos años fueron, todos juntos, como un largo verano descalzo y rubio.
Y a veces le da por llorar y otras por reír a carcajadas (quién es capaz de decir cómo debiera latir un corazón).
Ya no carga con muchas cosas, las culpas y los compromisos han matado a mucha gente o la han gastado hasta lo opaco, que es lo mismo, y ella no, no quiere eso. Hablar de lo que se quiere tampoco es políticamente correcto, es el tiempo de lo que se debe, de lo que se quiere escuchar, de adaptar el acento a los oídos y dejarse manosear.
Para hablar de lo que se quiere hoy, hace falta ser leve y vivir del viento, hace falta tener aires de hada, magias en los ojos, o un qué sé yo que quiebre todos los espacios donde vaya a posarse. Y ella todavía está pagando a cuotas su mortalidad.
Ella es un poco de varias cosas, pero nadie podría confundirla con un sueño, con una promesa, ni siquiera con un mal menor. Nadie podría confundirla con un faro pero quizá sí, quién sabe, con una luz de giro o con un puente que cruza con impunidad varias fronteras.
A veces, cuando no le huele las solapas, cuando no está extrañándolo, busca el amor por las ventanas y los balcones, por las terrazas del lado sur de la ciudad. Por momentos lo encuentra, le regala un guiño, lo mira por lo bajo diciéndole en un código torpe e infantil que bien pudiera quererlo, que a nadie le cuesta intentar, y entonces los dos segundos de ternura se le resbalan por la alcantarilla, y es de nuevo de noche o muy tarde para distinguirlo tan a media luz.
Busca el amor por la mirilla de una puerta, por el agujero de los cerrojos y las grietas en la pared. Busca el amor por donde no hay ya quien viva, y tal vez ahí esté el problema, pero eso no le importa: ¿No hemos aprendido, a estas alturas, que todas las cartografías son inútiles cuando se busca llegar a la piel, a un beso, a una palabra que hable de más?
Hace rato que ella se deshizo de consejos y de croquis, y hace rato que sueña con más fuerza que se va, que sale del barro, que lo ve llegar y no se parece a nadie que haya visto jamás, y se parece a todo lo que alguna vez se le hizo parte de la vida. Hace rato que sueña y aún sigue, oliendo las solapas, revisando los bolsillos y extrañando días de un verde claro.
Muchas veces es Ofelia y no le interesa más que ahogarse, o estar loca sin dejar de ser la cuerda entre tanta propaganda terapéutica. La callada locura de los tristes, de los solos o los perdidos, la que se deja ir entre burbujas, como Ofelia, la que desafina cantando y regala flores sin motivo. Como Ofelia, ‘incapaz de su propia angustia’.
Pero luego vuelve, o amanece en otro día y de nuevo conviene vivir, retomar las riendas y sacudirse la poesía.
Cuando no está soñando una muerte, sueña hijos, que a veces son dibujos en la pared y otra, llantos sin cuerpo que busca y no encuentra por la casa. Se despierta triste y deshecha de puro madre que sufre sin su hijo, que sufre y llora en sueños, y suele costarle noches dormirse otra vez.

Se desnuda de casi todo, como si no estuviera hecha más que de tiempo, y por allí anda, traspasando muros, respirando a través de su piel, mezclándose en su garganta y siendo su voz en una canción sin fundamentos, la canción que a todos nos rompe en pedazos sin que sepamos porqué. Desnudarse la ayuda a respirar, a que ahí se quede la vida, mirándola como un hombre a una mujer, a que se miren como dos amantes y no puedan, y no quieran, dejarse ir.
Muchas veces es Ofelia pero otras es sólo, e irremediablemente, ella.
Ella, harta de buscarse en los libros, en los otros, en los hombres que quisiera amar. Harta de romperse en pedazos y de tener que admitirlo, de que el mundo siempre quede lejos, de que ninguna canción la salve y harta de que se pueda morir en un segundo de detener todo y explotar. De buscar, de buscarse...¿Qué gracia tiene eso? ¿Qué clase de egoísmo inocentón pretende la felicidad encontrándose a sí mismo?
La cosa está en otra parte, en otra búsqueda. La cosa está en hallarlo a usted, esos son los encuentros que pueden salvar la vida, ahí queda la magia y el brillo... Mucho más hermoso, siempre más hermoso, es encontrarse en otro. Y entonces otro hubiera sido el destino de Ofelia de haberlo logrado, cerca de él y tan lejos de su transparente sepulcro, de su último suspiro de burbuja.

Otras veces, casi siempre al final, le da por pensar en la sangre, y sin darse cuenta se toca las muñecas, como si por allá corriera la herencia que se le perdió en el camino, entre las ramas taladas de un infortunado árbol genealógico. Un árbol a cuya sombra nadie sabe dormir, tampoco ella. Y es que Ofelia no ha podido velar a sus muertos, no ha podido caminar entre los escombros, y eso, siempre que recuerda, le hace mucho mal.
Pero no lo dice. Es que ella tiene algunas cosas que no cuenta. Y está bien que así sea que, lagrimear un poco, piensa ella, tampoco está tan mal.