jueves, 25 de junio de 2009

Qué hacer con tus ojos...



No entiendo que me mires. Aquí no hay nada para ver. Éste ya no es más territorio de los ojos. Temprano ha quedado esta tierra yerma, temprano como aquellas de Vietnam, allí donde la química también hizo estragos.
No entiendo que me mires hoy que hace tanto que no encuentro ojos sueltos caminándome por la piel.
Antes los hubiera agarrado para mí, gozando del poder de tenerlos en la palma de mi mano. O hubiera contraatacado echando cientos de los míos sobre la otra piel, y a ver cómo terminaba esa batalla de miradas. Pero hoy...Hoy hace tanto de todo eso que no sé qué hacer con ellos.
Qué hacer con tus ojos... Por lo pronto, al menos voy formulando el título de una buena novela rosa.

¿Y si los torciera? Quiero decir, los entretuviera y allá se fueran ellos, enredados en luces fascinantes, en juegos que titilan sugerentes, en pieles tan otras y tan suaves ellas que deslizan las miradas que sobre ellas se van a posar.
Y si les hablara de frente a tus ojos, enfocando los míos a mi voz más de trueno, y les dijera que se fueran, que ya no es tiempo, que no entiendo...¿entenderán así que pasan los trenes y que algunas viejas estaciones ya vieron partir todo lo bueno y lo malo que los viajes podían dar?

Mirar sin ser mirado, ¿quién quiere eso? Y, con todo, tus ojos altruistas, tus ojos solidarios, no saben mirar a otro lado. Debiera confesar que, sólo por eso, y aún sabiendo que no hay aquí lugar para ellos, de a ratos los quiero.
Camino a salvo con tus ojos por la calle: al menos sé que sólo ellos se ocupan de mi pecho y la retaguardia (que habría que tener ojos en la nunca para lograr una buena vigilancia).
Y en el espejo, de tantos ojos tuyos que llevo encima, veo a través de ellos, y estoy cada día más sugerente y más dulce, sutilmente dulce, más natural, más comoda y más graciosa.
Tus ojos me muestran cosas para las que mi imaginación se queda corta; me miran y ven por mí un mundo donde caben mi piel, mis ojos y los versos que fuimos perdiendo (mi piel, mis ojos y yo) en cada intento. Tus ojos me ven dormir y están cómodos en mi pijama; se enamoran más cuando es de noche y siempre se quedan a desayunar por la mañana.
Así y todo tendrán que saber que no puedo con ellos, que me quedan grandes, que ya hubo ojos de repartir luz y de quemar y de marcar con cicatrices y torpezas esta misma piel. Un mal de ojos, un mal que quema y cómo volver a mirar de cerca el fuego.
Tendrán que saber que de ojos también se muere la gente, que tienen peso las miradas que debieran venir con el cuerpo y otras promesas, a quedarse.

Tendrán que entender... Ay, pero, mientras tanto, qué hacer con tus ojos...Un título de novela rosa, o de cuento rosado, para empezar.


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