Ella tiene algunas cosas que no cuenta. Y está bien que así sea, no por el misterio sino por el sólo gusto de hacer algo en secreto y sonreír para una sola y también, quién te dice, lagrimear un poco, que tampoco hace tan mal.
No dice, por ejemplo, que cuando él no está le huele las solapas de la camisa y le revisa los bolsillos. No es para encontrarse con algo que esquiva, es que le hace bien saber de él: qué olor lleva en el cuello, a saber, por dónde estuvo ayer, mientras lo extrañaba; qué guarda, cuántas monedas le faltan para llegar a fin de mes, el gusto de sus caramelos o la marca de cigarrillos.
Tampoco menciona que extraña todo lo que extraña la vida con picnics en la plaza, eso de salir al verde y que se haga tarde, que se haga naranja el cielo y no importe estar llegando tarde a alguna parte. Lo extraña y siempre que lo recuerda cantan para ella Nito y Charly que saben, como ella, que aquellos años fueron, todos juntos, como un largo verano descalzo y rubio.
Y a veces le da por llorar y otras por reír a carcajadas (quién es capaz de decir cómo debiera latir un corazón).
Ya no carga con muchas cosas, las culpas y los compromisos han matado a mucha gente o la han gastado hasta lo opaco, que es lo mismo, y ella no, no quiere eso. Hablar de lo que se quiere tampoco es políticamente correcto, es el tiempo de lo que se debe, de lo que se quiere escuchar, de adaptar el acento a los oídos y dejarse manosear.
Para hablar de lo que se quiere hoy, hace falta ser leve y vivir del viento, hace falta tener aires de hada, magias en los ojos, o un qué sé yo que quiebre todos los espacios donde vaya a posarse. Y ella todavía está pagando a cuotas su mortalidad.
Ella es un poco de varias cosas, pero nadie podría confundirla con un sueño, con una promesa, ni siquiera con un mal menor. Nadie podría confundirla con un faro pero quizá sí, quién sabe, con una luz de giro o con un puente que cruza con impunidad varias fronteras.
A veces, cuando no le huele las solapas, cuando no está extrañándolo, busca el amor por las ventanas y los balcones, por las terrazas del lado sur de la ciudad. Por momentos lo encuentra, le regala un guiño, lo mira por lo bajo diciéndole en un código torpe e infantil que bien pudiera quererlo, que a nadie le cuesta intentar, y entonces los dos segundos de ternura se le resbalan por la alcantarilla, y es de nuevo de noche o muy tarde para distinguirlo tan a media luz.
Busca el amor por la mirilla de una puerta, por el agujero de los cerrojos y las grietas en la pared. Busca el amor por donde no hay ya quien viva, y tal vez ahí esté el problema, pero eso no le importa: ¿No hemos aprendido, a estas alturas, que todas las cartografías son inútiles cuando se busca llegar a la piel, a un beso, a una palabra que hable de más?
Hace rato que ella se deshizo de consejos y de croquis, y hace rato que sueña con más fuerza que se va, que sale del barro, que lo ve llegar y no se parece a nadie que haya visto jamás, y se parece a todo lo que alguna vez se le hizo parte de la vida. Hace rato que sueña y aún sigue, oliendo las solapas, revisando los bolsillos y extrañando días de un verde claro.
Muchas veces es Ofelia y no le interesa más que ahogarse, o estar loca sin dejar de ser la cuerda entre tanta propaganda terapéutica. La callada locura de los tristes, de los solos o los perdidos, la que se deja ir entre burbujas, como Ofelia, la que desafina cantando y regala flores sin motivo. Como Ofelia, ‘incapaz de su propia angustia’.
Pero luego vuelve, o amanece en otro día y de nuevo conviene vivir, retomar las riendas y sacudirse la poesía.
Cuando no está soñando una muerte, sueña hijos, que a veces son dibujos en la pared y otra, llantos sin cuerpo que busca y no encuentra por la casa. Se despierta triste y deshecha de puro madre que sufre sin su hijo, que sufre y llora en sueños, y suele costarle noches dormirse otra vez.
Se desnuda de casi todo, como si no estuviera hecha más que de tiempo, y por allí anda, traspasando muros, respirando a través de su piel, mezclándose en su garganta y siendo su voz en una canción sin fundamentos, la canción que a todos nos rompe en pedazos sin que sepamos porqué. Desnudarse la ayuda a respirar, a que ahí se quede la vida, mirándola como un hombre a una mujer, a que se miren como dos amantes y no puedan, y no quieran, dejarse ir.
Muchas veces es Ofelia pero otras es sólo, e irremediablemente, ella.
Ella, harta de buscarse en los libros, en los otros, en los hombres que quisiera amar. Harta de romperse en pedazos y de tener que admitirlo, de que el mundo siempre quede lejos, de que ninguna canción la salve y harta de que se pueda morir en un segundo de detener todo y explotar. De buscar, de buscarse...¿Qué gracia tiene eso? ¿Qué clase de egoísmo inocentón pretende la felicidad encontrándose a sí mismo?
La cosa está en otra parte, en otra búsqueda. La cosa está en hallarlo a usted, esos son los encuentros que pueden salvar la vida, ahí queda la magia y el brillo... Mucho más hermoso, siempre más hermoso, es encontrarse en otro. Y entonces otro hubiera sido el destino de Ofelia de haberlo logrado, cerca de él y tan lejos de su transparente sepulcro, de su último suspiro de burbuja.
Otras veces, casi siempre al final, le da por pensar en la sangre, y sin darse cuenta se toca las muñecas, como si por allá corriera la herencia que se le perdió en el camino, entre las ramas taladas de un infortunado árbol genealógico. Un árbol a cuya sombra nadie sabe dormir, tampoco ella. Y es que Ofelia no ha podido velar a sus muertos, no ha podido caminar entre los escombros, y eso, siempre que recuerda, le hace mucho mal.
Pero no lo dice. Es que ella tiene algunas cosas que no cuenta. Y está bien que así sea que, lagrimear un poco, piensa ella, tampoco está tan mal.
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