miércoles, 23 de mayo de 2012
dibujante
La escena es una fiesta en la calle, como una kermesse, de noche, donde se amontona el barrio.
Hay luces de colores atadas a los cables y algodones de azúcar. Hay nenes de la mano de sus padres comiendo manzanas de caramelo. Hay amantes hechos un nudo de abrazo en un rincón más oscuro.
Dibujo y pinto con acuarelas porque las palabras me han empezado a faltar.
Dibujo a unos abuelos bailando tangos tristes que salen de un altavoz gastado atado a un poste. Dibujo que se quieren aunque los años, aunque los dolores del cuerpo y del alma, aunque el miedo a la muerte y el frágil destino de su amor.
Mi lápiz también descubre a un trovador parado al borde de la vereda con un sombrero con un par de monedas a sus pies. Le canta, con pena de pajarito en el suelo, a la muchacha que le falta hace tanto y tan irremediablemente. Le canta y alguien que pasa siente que el mundo es más justo, más completo y más hermoso después de esa tristísima canción.
Dibujo chicos descalzos tocando bongoes y tambores, mujeres moviendo los pies, y dos que se ven por primera vez.
No hay palabras para la noche que dibujo: hay alfabetos que se rompen en pedazos cuando abrimos los ojos, y tiembla la mano por decir de otras maneras.
Ahora dibujo las cosas que veo o que siento latir dentro mío. Ahora lo que hago vale más que mil de mis viejas palabras. Tarde o temprano, podré hacer un mundo de una pincelada, y seré la envidia de la vieja yo, con pretensiones de poesía.
Quizás dibujando pueda decir todo lo demás. Quizás pueda dibujar el cielo estancado, el charco-espejo, la cicatriz cuando arde, la memoria soplada al oído.
Y dibujaré un abismo y una flor, un espacio de ternura, y la verdad que me falta.
Voy a dibujarme rompiendo a jirones la tela del sueño para irte a buscar.
martes, 6 de marzo de 2012
El primer día del resto de su vida I
Era muy chiquitito. No sabía cómo se hacía una letra, y las palabras eran cosas que sonaban desde las bocas: largas, más cortitas, a los gritos, en la oreja, nuevitas y, algunas, imposibles.
miércoles, 29 de junio de 2011
Por mi gran culpa
Hice una pila de palabras, como quien colecciona figuritas o caracoles. Las sentí como mi casa, el olor de mi ropa limpia, el remedio a todos mis catarros y el espanta-monstruos de debajo de mi cama.
Cuando de noche me arropaban con una historia, para mí todo estaba pasando en alguna parte, era un espacio sin tiempo en donde las cosas se iban dibujando a medida en que las nombraban, como si de esos firuletes animados que eran las palabras moduladas (largas, más cortas, con entonación, en secreto) fueran naciendo mundos.
Creía en las cosas que no ven, en los huequitos que se les hacen a algunos en los costados de la boca, allá donde van a parar las palabras desbordadas. Y empecé a creer con fe ciega en los hacedores desvelados de toda clase de inventos.
Pensé en unirme a sus legiones, en hacerme digna de ellos, en decir las cosas que yo también tenía para decir y que dolieran menos, que se hicieran certeza en los oídos del resto, que dijeran con más o menos firmeza que ahí estaba también yo.
Y aunque nunca me salió del todo (y es, quizá, la batalla de una vida), con tropezones y caídas estrepitosas, me hice hija de las palabras. Empecé a respetarlas como a dioses de bolsillo, a querer llevarlas siempre a mano, a admirar con casi demasiado empeño a los que la llevaban de santo y seña, a los que vivían para ellas.
Gente que decidió sangrar negro por las manos. Los poetas enamorados de las mujeres mayores y los otros, los enamorados de las calles, los del puño apretando la rosa y un cuchillo apretado entre los labios. Me enamoré de ellos por francos, por entregados, porque su palabra era la voz que tiembla, la que no sabe mentir porque sería como decir que estos ojos que ves no son mis ojos, que no es mi nombre el que me hace voltear cuando lo dicen por la vereda.
Los cuentacuentos, los novelistas me ardieron la memoria en todos los veranos. Me prometieron otros lugares, me hicieron buscar cuerpos entre los renglones, esa manía tan mía que no he podido intentar sacármela sin arrancarme un poco a mí en el envión.
Por eso, en la calle, en la vida fuera de los anaqueles, busqué gente de palabra: hombres y mujeres que me hechizaran con dos o tres pases de magia, con sílabas cantantes, con ideas coloridas.
Por eso me enamoré de su manera de hablar mirando, de mirar hablando, como si la vida se le fuese por el rabillo del ojo. Su manera susurrada de decirme 'niña' y quedarse esperando que le perdonara la ternura. Por eso se lo escribí en un mail apurado para que leyera entre líneas. Le decía 'Te quiero. Te quiero.' Y él nunca me lo quería creer.
Hasta que sí, hasta que con palabras diseñamos un futuro que no pudimos llegar a ver, porque antes nos perdimos de vista y nos acabaron los malos entendidos, como pasa siempre.
Él le faltó el respeto a su palabra usándola con la peor de las liviandades. Y yo no pude más que llorar lo muda que fui y todo lo que iba a extrañar a a ese mentiroso sin palabra.
Siguió dando vueltas en mi vida el afán de decir y me embanderé de letras musicadas. Un día aprendí a tararear mi pensamiento. Hice canciones para no faltar a la verdad de estar viva en el tiempo. Canciones-testimonio de ciertos encuentros, aunque más no fueran éstos, de mi lápiz con su papel y su melodía simplona.
Y fue la palabra, o su falta, lo que me desnudó del otro lado del océano. Por eso me dio una tristeza de hospital cuando no pude decir 'nostalgia', cuando caí en que mi idioma me hace libre y entera, en que me pinta de la infancia hasta el mañana y en que no había error en sentirme derrotada ahora que las palabras eran para mí tierra de nadie.
Aún hoy sigo peleándome con esta dependencia mía. Algunas noches no me deja dormir el haber callado ciertas cosas, el no haber dicho lo mío a tiempo y sonriente, a ver si te torcía el rumbo, te quedabas conmigo y, a fuerza de dar vuelta mi mundo, otro era el cuento. Me desvela haber traicionado la palabra y ver cómo otros la destrozan en la calle, a sangre fría. No entiendo que la nieguen, que se laven las manos de ella: después de todo, es nuestra palabra, una verdad que nos arrancamos, el nombre de lo que vive en nuestra entraña.
La gente inventa rumores o habla con los dedos cruzados en la espalda. Dicen Te quiero pero se ponen guantes plásticos en el corazón, por las dudas. Se desdicen como quien se arranca un puñal y se prometen que no duele, como si la misma palabra que nos entierra pudiera servirnos de antídoto.
Yo no puedo jugar con ellas, apenas si puedo divertirme mal rimando versos y buscando anagramas. No sé hacerlas reversibles o reciclables. Mis palabras son para siempre. Envejecerán, sí, cambiarán de forma, quizá. Pero nunca podré pedirles que se den vuelta porque sería cómo exigirles que dejaran de ser el espejo, el cristal brillante que son, porque sería negarles su estatuto de vía franca y directa hacia lo que tengo adentro, así de cobarde, todo el sentimiento.
Mi vida con las palabras es un capricho. Yo lo sé. Este debilidad con ellas y este dramatismo es solamente mío. Nadie se amarga ni se alarma cuando no hay firma al final de una hoja, cuando defienden el silencio por salud, cuando se traiciona hasta la última palabra de alguien que pronto estará muerto.
Sufro por mi culpa. Por mi gran culpa. Y soy, irremediablemente, esclava de mis palabras, como dirían los abuelos.
miércoles, 20 de octubre de 2010
Cuento
martes, 17 de agosto de 2010
Sin querer
viernes, 5 de marzo de 2010
Nunca escrita

sábado, 14 de noviembre de 2009
Los dias tristes
En los días tristes no quiere ver a nadie.
Vuelve a escribir una y otra vez la misma línea y le da bronca no tener el talento para hacerlo bien.
En días tristes no puede hacer ninguna canción. Dice que de los destrozos sólo pueden nacer ruinas, grandezas que ya llegan comidas por el tiempo, muertas antes del primer grito de nacimiento. Dice que las canciones sin alas no llegan nunca a ningún lado.
Son sus días de no encontrar sitio, sus días de buscar la noche y extrañar el día. En esos días se le vuelven a morir todos sus muertos y los vivos no saben hablar. A veces tienen alguna ventana por donde mirar el recuerdo, paisajes que se le pasan como si viajara en un tren de alta velocidad. Sólo a veces logra manotear alguno, tomarlo, olerlo profundamente, apretarlo cerca del pecho y dejarlo ir, más ancho, más hondo ahora que antes de recordar.
Pero en general los días tristes coartan cualquier posibilidad de vida plena, cualquier sesgo de amor, ese que salva.
Los días tristes se escriben siempre en un dialecto intraducible porque vienen de otro planeta o de una región gris y sin nombre.
Traen consigo una tristeza contagiosa, lejos de los romanticos y la palidez creativa. Son portadores de la mala sombra y el acorde menor. Cuando amanecen, los días tristes llueven las lágrimas que vendran, y salir a la calle es mojarse de llantos porvenires, de penas aún esperándonos en el tintero.
Es triste mirar a los ojos pues dentro, o detrás de ellos, se descubre un mundo de ausencias y pérdidas, un sendero de silencios y esperas.
Por eso, en los días tristes no quiere ver a nadie. Se pelea con el mundo y sus urgencias; dice que no para no lamentar más escombros. Sabe que son días que lo sacan a uno de órbita. Días que lo envuelven en crisálidas de mala muerte, en promesas de mariposas que no llegan porque no asoma la primavera.
Prefiere, entonces, no apostarle nada a las estrellas. Prefiere dormir todo el mal tiempo, y soñar.
Sueña que pasa el frio y los entierros. Sueña que llegan las mariposas y los duendes en añejo de la canción. Que a las melodías les crecen alas, que los recuerdos se quedan a vivir y que una gota de lluvia la riega y vuelve q crecer.
lunes, 10 de agosto de 2009
Cosas que no sé (mi problema)
martes, 9 de junio de 2009
La palabra vacía
Siempre procuro llenarme de palabras.
Sé que mi derroche es una irresponsabilidad, que debiera cuidarlas más, sobre todo hoy que, como tantas cosas esenciales para estar vivos, andan escaseando jodidamente. Sin embargo las mías, miles, brutas, insolentes y chuecas, están siempre llenas. De todo. Mis palabras nunca pasan hambre: me ocupo de que coman al día y de todo lo que me rodea, de que engorden sin complejos con todo lo que es necesario para una palabra que pretende vivir sana muchos días. Se llenan a veces de las pasiones más insólitas e irracionales, de lo que leí ayer, de los chistes de la tv, de los malos recuerdos y de las buenas realidades del hoy por hoy. Se alimentan de tantas cosas que es como si fueran esas adictas empedernidas al fast food, hartas de sufrir las consecuencias de sus vicios pero reincidentes hasta el fin. Yo sé: he de cuidarlas a mis irresponsables y gordas palabras, tan propensas ellas a los desastres del corazón.
Pero hay algo que me tranquiliza, algo que me hace abrazarlas fuerte y agradecerles que ellas, y justo ellas, sean mías. Es que hay gente que vive llena, sí, pero de otras palabras: las que van vacías. Vacías como los colectivos cuando bajan los chicos a los colegios. Vacías como las copas a las horas últimas, cuando hay que despedir la fiesta. Vacías como mucho de que lo que va por dentro, en la vacía anatomía de quienes las tienen tan hambreadas, tan sobre exigidas, tan maltratadas.
No es justa la palabra vacía, ni con los que la reciben ni con la misma palabra.
No es justo porque quiere engañarnos, darnos vuelta la jugada y hacernos creer que es sensible, que es tan especial que no puede explicarse, que está allá arriba y es sólo para el que la entienda (como un dios de esos inútiles, llenos de intangibles verdades en las que hay que creer sin que nos de nunca nada, ni una señal de vida de tanta divinidad).
Y tampoco es justo con la palabra misma porque ella quería decir otra cosa. Ella quería llenarse, como la de los poetas y los enamorados. Quería agotar sus sentidos y decir la verdad. Quería ser sensible y transparente, dejar la ambigüedad y tanta cosa críptica para los enigmas y los crucigramas.
La palabra vacía es una palabra muerta, como un fantasma, una carcasa que queda sin nada que la mueva.
La palabra vacía es una que debió quedarse adentro hasta madurar su verde confusión. Las vacías, son palabras que no debieran decirse, que más vale respetar en nombre de todos los años en que las inventaron, las pulieron y las usaron con maestría: palabras que nombraron lo que queda dentro del corazón de los hombres y que no son nadie sin el sustento de la mano de esos hombres ¿O no suena a hueco esa fonética que tiene 'abrazo' cuando no promete, además, dos brazos envolviéndonos? ¿O acaso la palabra 'confianza' no se hace de otras palabras dichas y sentidas naturalmente sin tanta confesión?
miércoles, 8 de abril de 2009
Escribo y pare de contar
Así se hacía un cuento, entonces: la creatividad, como la vida (Kundera dixit) estaba en otra parte. Contar era elegir el mejor disfraz, era cambiar de voz todo el tiempo y ponerle la propia caligrafía a cualquier historia que anduviera rondando. Oficio de aprovechadores, de descarados. Por eso supe tan pronto que era para mí.
Escribir era desaprender, gramáticas y ortografía, poner los puntos donde hicieran más ruido, donde pesaran y obligaran a llorar, a decir basta, a mirar más hondo.
Me hice cuentista porque para contar bastaba con tener ganas de hablar. Todo lo demás eran palabras más o menos llenas por el humor del día o la mochila que el escucha/lector quisiera cargarles encima. Pobres palabras, tan leves ellas y tan llenas de cosas, tan jodidamente comprometidas con todo en el mundo.
Me puse a escribir porque me enamoraban ciertos sonidos que hacía la lengua en ciertas posiciones dentro de la boca, sonidos que eran, por otro lado, sólo su hobbie, algo que hacía cuando no acariciaba, cuando no estaba besando que es, todos lo sabemos, su oficio y su pasión. Digo que me enamoré de sonidos que eran también palabras, inventos que se soltaban de noche si querían salir de verdad, palabras que no entendía y usaba con total impunidad. Entre dormidas y despiertas, palabras con mucho para decir, para decirme, a mí, que andaba más bien vacía.
No estaba en los libros escribir, era otra cosa, un ejercicio sin punto de llegada, una caminata a ninguna parte que era todo camino, todo paisaje, lugares donde los dioses habían puesto sus ojos, cumbres a donde no se llega ni en un gemido.
Nunca aspiré a ser Cortázar (aunque sí quizá a ser su mejor lectora, otro imposible) porque rápido entendí que su voz era más gruesa que la mía, que en su tiempo no había internet, que ya había una Rayuela en todas las bibliotecas y que con sólo esas claridades yo ya tenía mucho que contar. Contar que no era Cortázar, ni Borges, ni Paco Urondo, ni Oliverio, ni Juan Rulfo, ni el Gabo, ni Carpentier, ni Lorca, ni Vallejo ni aquel que pasara por su ventana el exacto día en que del corazón a la tinta y de la tinta al papel se espantaba los heraldos negros con el más hermoso de los exorcismos. Hay golpes en la vida tan fuertes. Yo no sé. Yo no sé...
Sin embargo había algo que sí tenía de todos ellos, algo que en general todos prefieren barrer bajo la alfombra, la mugre del hombre moderno de lo que mejor ni hablar. Pero lo digamos: hablo del lado humano, las ganas de llorar en dos de cada tres noches, el grito pelado de la soledad, los golpes en el aire, toda el agua podrida que chorreamos sin remedio ni alcantarilla. Y también tenía, claro, una mano alfabetizada, o sea, tenía la suerte de la letra y de estar viva en el tiempo.
Empecé a escribir como quien se decide a cocinar determinado postre sólo porque tiene aquellos, y no otros, ingredientes: la necesidad de hacer algo con el tiempo libre y las cosas a mano. Las historias no importaban, todo es susceptible de ser contado y el juego es, justamente, practicar algo así como un malabarismo de palabras (un término demasiado preciso para habérseme ocurrido a mí, aclaro) sabiendo que al principio, sin duda, van a caerse todo el tiempo. Palabras para manipular y desarmar, una plastilina a donde caben todas las formas. Las palabras son para quebrarse y quebrar, para tutearlas y enseñarles cierta insolencia que nunca les viene mal.
Soy cuentista y no contadora, porque no enumero, yo reúno. No importa si mil o un millón, son las combinaciones de palabras las que cuentan, como manchones de color que hacen otro nuevo.
Y cuento, a qué seguir ocultándolo, porque no quiero olvidar nada. Porque no uso agenda ni diario personal y sólo puedo asegurar que han pasado los días si algo de ellos escupió mi tinta en un papel.
No quiero olvidar ni el amor ni los excesos, ni de cuando te vi llorar y no pude hacer nada, ni esa vez en que nos dimos tregua para siempre y ya ves...Cuento para recontar, para concatenar la vida con el sueño y que nada de nada quede suelto. Para descargar la verborragia. Para no pagar psicoanalista. Para morirme mañana y seguir hablando igual, siempre, en un eco que despertará el más póstumo de los odios de familiares y amigos. Para darle cuerpo a la memoria y alma a los proyectos, a la quimera que se encapricha en no venir. Para que salga la luna y estés en alguna parte. Para que mis amigos me tomen en serio y mis enemigos se rían de mí, que también hay que darles algo de tregua.
¡Debiera ser tantas cosas! Debiera ser paracaidista, actriz de reparto, catadora de fernet. Tendría que integrar la banda de Robin Hood, especializarme en sacar fotos sepia y marcar tendencia andando descalza por la ciudad. No me vendría mal ser buena en matemáticas, hartarme de todo y romper a volar. Ser prodigio y doctorarme a los ocho años, dibujar a mano alzada, saber todo de protocolo y urbanidad.
En cambio escribo. Escribo y pare de contar.Escribo en cuclillas para intentar hablar de pie y, aunque no me salve, tengo que aclararlo: todo lo que digo es cierto en tanto que sale del pecho. Aunque lo ponga en otra boca, sale del pecho. Que es mío. Que es siempre, agridulce e irrenunciablemente, mío.
domingo, 1 de febrero de 2009
Esbozo
