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miércoles, 23 de mayo de 2012

dibujante

Ahora sé dibujar. Ya no escribo más, ahora dibujo.
La escena es una fiesta en la calle, como una kermesse, de noche, donde se amontona el barrio.
Hay luces de colores atadas a los cables y algodones de azúcar. Hay nenes de la mano de sus padres comiendo manzanas de caramelo. Hay amantes hechos un nudo de abrazo en un rincón más oscuro.


Dibujo y pinto con acuarelas porque las palabras me han empezado a faltar.
Dibujo a unos abuelos bailando tangos tristes que salen de un altavoz gastado atado a un poste. Dibujo que se quieren aunque los años, aunque los dolores del cuerpo y del alma, aunque el miedo a la muerte y el frágil destino de su amor. 
Mi lápiz también descubre a un trovador parado al borde de la vereda con un sombrero con un par de monedas a sus pies. Le canta, con pena de pajarito en el suelo, a la muchacha que le falta hace tanto y tan irremediablemente. Le canta y alguien que pasa siente que el mundo es más justo, más completo y más hermoso después de esa tristísima canción.


Dibujo chicos descalzos tocando bongoes y tambores, mujeres moviendo los pies, y dos que se ven por primera vez.


No hay palabras para la noche que dibujo: hay alfabetos que se rompen en pedazos cuando abrimos los ojos, y tiembla la mano por decir de otras maneras.


Ahora dibujo las cosas que veo o que siento latir dentro mío. Ahora lo que hago vale más que mil de mis viejas palabras. Tarde o temprano, podré hacer un mundo de una pincelada, y seré la envidia de la vieja yo, con pretensiones de poesía.
Quizás dibujando pueda decir todo lo demás. Quizás pueda dibujar el cielo estancado, el charco-espejo, la cicatriz cuando arde, la memoria soplada al oído.
Y dibujaré un abismo y una flor, un espacio de ternura, y la verdad que me falta.


Voy a dibujarme rompiendo a jirones la tela del sueño para irte a buscar.


martes, 6 de marzo de 2012

El primer día del resto de su vida I



Era muy chiquitito. No sabía cómo se hacía una letra, y las palabras eran cosas que sonaban desde las bocas: largas, más cortitas, a los gritos, en la oreja, nuevitas y, algunas, imposibles.

En el jardín le habían pedido que dibujara su casa y su familia. Pero no podía. Lo intentaba y no podía, se le escapaban las formas y ni todos los crayones de colores le inspiraban a sus manos lo que sus compañeritos hacían con tanta facilidad.

Se puso chinchudo, como se ponía cuando las cosas no le salían como quería, y se fue a sentar solo a un rincón, pensando en su casa y su familia, atorados en alguna parte entre su cabecita y su brazo mareado.

Tenía tantas cosas para dibujar...Los olores a comida, el perfume de su mamá, el calor en los pies de la cama que compartía con sus hermanos, el nosequé de un beso antes de dormir.
Quiso dibujar todo ese tanto, tanto ese todo, y su manito resignada se quedó muda.

Pero sus pocos años lo habían criado peleador y mañoso, cabezadura y un poco torpe, así que se enjuagó los ojos al borde de la lágrima, y en la pared (convenientemente forrada con papeles blancos, para el desborde creativo de todos los niños) dejó que su mano, que no sabía dibujar, hablara.

Empezaron a aparecer unos garabatos de colores, idas y vueltas, firuletes a lo largo, de izquierda a derecha y sin descanso.
Sin querer, queriendo, el que no sabía dibujar se estaba inventando la palabra. Y eso ahí, amontonado y sin abecedario, era para él el recuento de toda su vida conocida.

- ¿Y eso? ¿Qué dibujaste ahí? - preguntó la señorita.
- Mi casa... Dibujé el perfume de mi mamá, que me pica en la nariz...y los gritos de mi hermana cuando no quiere el jarabe... y el ruido que hace el perro cuando se entera que llegué. 

El que nace para contar, apenas puede empieza a contarlo. Todo. Como sea.

El primer día del resto de su vida, encontró a las palabras empuñando un crayón y trazando firuletes que para el resto nada significaban
Desde entonces no las soltaría más: esos firuletes iban a salvarle la vida.



miércoles, 29 de junio de 2011

Por mi gran culpa

Lo que me pasó fue que me rodée de hojas. De papeles. De bibliotecas propias y ajenas. De notitas en la heladera. De cartas en baúles y en buzones. De aviones de papel con secretos mensajes de amor.
Hice una pila de palabras, como quien colecciona figuritas o caracoles. Las sentí como mi casa, el olor de mi ropa limpia, el remedio a todos mis catarros y el espanta-monstruos de debajo de mi cama.

Cuando de noche me arropaban con una historia, para mí todo estaba pasando en alguna parte, era un espacio sin tiempo en donde las cosas se iban dibujando a medida en que las nombraban, como si de esos firuletes animados que eran las palabras moduladas (largas, más cortas, con entonación, en secreto) fueran naciendo mundos.

Creía en las cosas que no ven, en los huequitos que se les hacen a algunos en los costados de la boca, allá donde van a parar las palabras desbordadas. Y empecé a creer con fe ciega en los hacedores desvelados de toda clase de inventos.

Pensé en unirme a sus legiones, en hacerme digna de ellos, en decir las cosas que yo también tenía para decir y que dolieran menos, que se hicieran certeza en los oídos del resto, que dijeran con más o menos firmeza que ahí estaba también yo.

Y aunque nunca me salió del todo (y es, quizá, la batalla de una vida), con tropezones y caídas estrepitosas, me hice hija de las palabras. Empecé a respetarlas como a dioses de bolsillo, a querer llevarlas siempre a mano, a admirar con casi demasiado empeño a los que la llevaban de santo y seña, a los que vivían para ellas.

Gente que decidió sangrar negro por las manos. Los poetas enamorados de las mujeres mayores y los otros, los enamorados de las calles, los del puño apretando la rosa y un cuchillo apretado entre los labios. Me enamoré de ellos por francos, por entregados, porque su palabra era la voz que tiembla, la que no sabe mentir porque sería como decir que estos ojos que ves no son mis ojos, que no es mi nombre el que me hace voltear cuando lo dicen por la vereda.
Los cuentacuentos, los novelistas me ardieron la memoria en todos los veranos. Me prometieron otros lugares, me hicieron buscar cuerpos entre los renglones, esa manía tan mía que no he podido intentar sacármela sin arrancarme un poco a mí en el envión.

Por eso, en la calle, en la vida fuera de los anaqueles, busqué gente de palabra: hombres y mujeres que me hechizaran con dos o tres pases de magia, con sílabas cantantes, con ideas coloridas.
Por eso me enamoré de su manera de hablar mirando, de mirar hablando, como si la vida se le fuese por el rabillo del ojo. Su manera susurrada de decirme 'niña' y quedarse esperando que le perdonara la ternura. Por eso se lo escribí en un mail apurado para que leyera entre líneas. Le decía 'Te quiero. Te quiero.' Y él nunca me lo quería creer.
Hasta que sí, hasta que con palabras diseñamos un futuro que no pudimos llegar a ver, porque antes nos perdimos de vista y nos acabaron los malos entendidos, como pasa siempre.
Él le faltó el respeto a su palabra usándola con la peor de las liviandades. Y yo no pude más que llorar lo muda que fui y todo lo que iba a extrañar a a ese mentiroso sin palabra.

Siguió dando vueltas en mi vida el afán de decir y me embanderé de letras musicadas. Un día aprendí a tararear mi pensamiento. Hice canciones para no faltar a la verdad de estar viva en el tiempo. Canciones-testimonio de ciertos encuentros, aunque más no fueran éstos, de mi lápiz con su papel y su melodía simplona.
Y fue la palabra, o su falta, lo que me desnudó del otro lado del océano. Por eso me dio una tristeza de hospital cuando no pude decir 'nostalgia', cuando caí en que mi idioma me hace libre y entera, en que me pinta de la infancia hasta el mañana y en que no había error en sentirme derrotada ahora que las palabras eran para mí tierra de nadie.

Aún hoy sigo peleándome con esta dependencia mía. Algunas noches no me deja dormir el haber callado ciertas cosas, el no haber dicho lo mío a tiempo y sonriente, a ver si te torcía el rumbo, te quedabas conmigo y, a fuerza de dar vuelta mi mundo, otro era el cuento. Me desvela haber traicionado la palabra y ver cómo otros la destrozan en la calle, a sangre fría. No entiendo que la nieguen, que se laven las manos de ella: después de todo, es nuestra palabra, una verdad que nos arrancamos, el nombre de lo que vive en nuestra entraña.
La gente inventa rumores o habla con los dedos cruzados en la espalda. Dicen Te quiero pero se ponen guantes plásticos en el corazón, por las dudas. Se desdicen como quien se arranca un puñal y se prometen que no duele, como si la misma palabra que nos entierra pudiera servirnos de antídoto. 

Yo no puedo jugar con ellas, apenas si puedo divertirme mal rimando versos y buscando anagramas. No sé hacerlas reversibles o reciclables. Mis palabras son para siempre. Envejecerán, sí, cambiarán de forma, quizá. Pero nunca podré pedirles que se den vuelta porque sería cómo exigirles que dejaran de ser el espejo, el cristal brillante que son, porque sería negarles su estatuto de vía franca y directa hacia lo que tengo adentro, así de cobarde, todo el sentimiento.
Mi vida con las palabras es un capricho. Yo lo sé. Este debilidad con ellas y este dramatismo es solamente mío. Nadie se amarga ni se alarma cuando no hay firma al final de una hoja, cuando defienden el silencio por salud, cuando se traiciona hasta la última palabra de alguien que pronto estará muerto.

Sufro por mi culpa. Por mi gran culpa. Y soy, irremediablemente, esclava de mis palabras, como dirían los abuelos.


miércoles, 20 de octubre de 2010

Cuento

Quiero contarte un cuento lleno de ventajas.
La primera ventaja es cuando llega el final del cuento, no se acaba,
sino que cae por un agujero
...y el cuento reaparece en mitad del cuento.
Ésta es la segunda ventaja, y la más grande,
que desde aquí se le puede cambiar el rumbo...
Si tú me dejas....
Si me das tiempo.

Mi cuento es muy sencillo, digno perdedor de cualquier certamen.

Es viejito, con las puntas ajadas y las hojas amarillo-bilirrubina. Tiene tachones y borradas brutas, de esas que lastiman la gomas en su lado azul, las de tinta. Con todo, siempre está mal escrito, porque es apurado y no repara en los acentos o los puntos sobre las íes. Pasa derrapando y siempre se escribe con esas lapiceras falladas que escupen manchones por todos lados.

Mi cuento se me queda en las manos: me lo encuentro antes de comer, cuando me las lavo y me cuesta horrores refregarme las metáforas gastadas que repito como un brindis de borracha.

Llevo años con él a cuestas, es un pesado y un verborrágico, no para de inventarse cosas. Se me mete entre la funda y la almohada para interrumpirme el cálculo de ovejas, y, en cambio, empieza a maquinar. Es el rey de las posibilidades, hace malabarismos con hipótesis imposibles. Y si... ¿Y si otra fuera la historia?. Ningún giro le viene bien. Quiere que lo escriba con mayúsculas y colores, aunque no tenga ni dónde caerse muerto. Se da aires de tornado y es menos que un silbido, el pobre.

Pero, al final, es un buen cuento mi cuento. Es tímido y cabizbajo, como yo en la víspera del encuentro, e igual de inconcluso. Yo también me quedé en el nudo, el del estómago, el de la garganta, el de siempre que fue la primera vez que te vi.

No tiene título, pero sí que tiene nombre. Tiene nombres, miles, y siempre se vende al mejor postor. Sabe que los cuentos son para quererlos, para adueñárselos, para que alguien levante la mano y se lo meta en el bolsillo. A él le encanta que lo paseen en bolsillo por la ciudad. Por eso se deja tatuar cualquier nombre, con indeleble, no importa: que se sepa que fue tuyo, que se sepa que eso fue un borrón, y que ardió la hoja arrancada (como me ardiste vos, alguna vez, algún párrafo), y de ahí que hay dejada tanta sangría.

Mi cuento tiene palabras que son nombres completos, son las que digo y tiemblo, son las que me viajan y me escriben a mí. En mi cuento, los amigos asoman por los renglones y están sus cuentos, como muñecas rusas, envolviéndose al mío.
Mi cuento es todos los cuentos que me contaron, los que se me fueron enganchando a los días, los de dormir, los del espanto más cierto, los que recitamos en ese preludio de un beso.

Tiene manías de caprichoso y él solito quiere contar.
Después llora, hace pucheros, tiembla de miedo. Dice que se quiere cambiar de idioma, que se aburrió de escribirse igual, que tengo que variar. Dice que es un mediocre, que necesita aire, que cómo no pruebo con menos prosa y más verso, que soy una inepta que no sabe pasar del sueño a la poesía, y que qué culpa tiene él.

Yo lo leo callada. Y lo cuido...Qué más puedo hacer... Es el único cuento que tengo. Los demás son de mentira, van y vienen, no saben nada de mí.
Éste, en cambio, tiene el olor de mi cuna, porque fue, siempre ha sido, mi beso de las buenas noches, mi refugio anti-sismo. Es el amuleto casero que protege al que decide creer. La ternura prestada de las voces que extraño yo. Es mi canción retobada, hecha tinta y sin sonar.
Y en todo lo que falla, en sus blancos sin llenar, es también, y sin querer, tu posibilidad. Porque sus huecos son los que me avisan que ya llegarás.

Es el cuento de mi vida. Dice todo lo que digo, con peligrosa seguridad. También dice otras cosas: si lo acariciás entre líneas, si le hacés cosquillas en algún perdido renglón... Él dice por lo bajo todo lo que callo yo.

martes, 17 de agosto de 2010

Sin querer


Yo no quise ser poeta
porque hubiera tantos
ni por el libro
y la tapa con mi nombre.

Yo quería hacerme dueña de la lluvia
y que todo lo que ella arrastra
y que su olor y su nube de color,
que todo lo que ella toca
con su caricia de humedad
también me pertenezca.

Yo no quise ser poeta
por la letra con sangre
(que no entra)
No quise para mí el título
el epíteto de la mano extendida
la obsesión por la palabra
ni siquiera porque fuera el arte
la única salida decente.

Yo quería masticar el silencio
de un año que se me perdió.
Quería desarmarlo
y encontrarle el mecanismo
para romperlo y que nunca más...
Quería una voz que oliera a estruendo
que saliera
que quebrara
que supiera abrir la puerta
para ir a jugar...

Yo no quería ser poeta
porque lo fueran mis mayores
No fue la necesidad de la mentira
ni el mejorar la ortografía
No fue querer revertir el hechizo
y volver
siempre volver
y que todo tiempo pasado
estuviera hecho de papel.

Yo quise que el acero se doblara
y no fueran todos colores primarios.
Quise la magia
y tu mano
(sobre todo quise tu mano)
todo de un solo golpe
y como envuelto para regalo.

Yo no quería ser poeta
ni por los acantilados
ni en la ternura.

No quería ni la pasión en cada espejo
ni el desamparo;
ni el frío de toda la tinta
ni el consuelo de ser de ayer.

Yo no quería ser poeta.
Será por eso que no lo soy.

Sin embargo algunos días
siento que todo eso que quería
se me desborda
como una estación

y las palabras se hacen solas

como incendios

de algún fuego escondido.





viernes, 5 de marzo de 2010

Nunca escrita

En la novela que no he escrito vuelvo a repetir mi formula de éxito, la que me llevo de las grandes editoriales a los pequeños y variados corazones.
Digo cosas hermosas que derriten a los soldados machotes que esconden mi libro bajo sus almohadas en el cuartel.
Hago literatura con solo un punto aparte preciso e inesperado. Los adolescentes que escriben sus primeros bocetos de amor con forma de poesia quieren ser, de jovenes, como yo.
En esa novela que jamas siquiera imaginé, cuento como se enamora de pronto una mujer. Cuento que nunca se sintio igual, que llora y se rie, que se vise diferente y aprende a decir palabras nuevas. Todo tremendamente viejo y gastado, pero lo digo tan bien, es un texto tan personal y unicamente mio, que todos sienten que es la primera vez que alguien cuenta algo asi.
Es mi obra maestra: yo misma estoy convencida de que ahi esta mi tope, mi techo, la puntita de la que voy a colgarme de hoy para siempre.
Mis personajes, de tan humanos son magicos y, de tan urbanos, sin casi celetes. Saben que tienen eternamente la vida por delante: nunca los dejaran de leer, recomenzaran cada vez que alguien abra otra vez el libro y los busque de nuevo, jovenes y hermosos, para verlos enamorarse y sufrir, para escucharlos llenar de frases célebres la historia de la literatura.
Con mi novela, ademas, me arreglo de por vida. Vendo en todos lados, soy traducida en mas de veinte idiomas, tengo mas guita que la autora de Harry Potter. Salgo de gira dando conferencias y firmando ejemplares: siempre me preguntan lo mismo y yo voy decorando con disimulo las mismas respuestas, como para no aburrir ni que se note tanto que no soy muy original. Por ejemplo, no hay vez que no me pregunten como se me ocurrio. Yo, entonces, cuento alguna anécdota de infancia y, con ojos vidriosos, aclaro que nada es muy autobiografico, pero ahi esta siempre la raiz. Después practico alguno de mis malaprendidos idiomas, o digo alguna palabra con un acento terrible, sabiendo que estan ahi para perdonarme todo, por lo que a menudo encuentran incluso simpatica mi patética incursion en las lenguas extranjeras. Y me aplauden. Y me vitorean. Y me hacen chistes educados para hacerme reir un poco y ganarse mi favor.
Firmo apurada a la entrada de un restaurante o un hotel. Me saco fotos con lectores de todas las edades, que juran que nunca han leido nada igual.
Me canso un poco de tanto ajetreo pero después llego a casa y me espera el hombre que me gané por escribir o, mas bien, por facturar: es que, el éxito es la mejor flecha de Cupido, la definitiva.
Nos dormimos abrazados, él y yo, y en la mesa de luz duerme mi novela. Imposible novela, universo de papel, que no he escrito jamas.



sábado, 14 de noviembre de 2009

Los dias tristes


En los días tristes no quiere ver a nadie.
Vuelve a escribir una y otra vez la misma línea y le da bronca no tener el talento para hacerlo bien.
En días tristes no puede hacer ninguna canción. Dice que de los destrozos sólo pueden nacer ruinas, grandezas que ya llegan comidas por el tiempo, muertas antes del primer grito de nacimiento. Dice que las canciones sin alas no llegan nunca a ningún lado.
Son sus días de no encontrar sitio, sus días de buscar la noche y extrañar el día. En esos días se le vuelven a morir todos sus muertos y los vivos no saben hablar. A veces tienen alguna ventana por donde mirar el recuerdo, paisajes que se le pasan como si viajara en un tren de alta velocidad. Sólo a veces logra manotear alguno, tomarlo, olerlo profundamente, apretarlo cerca del pecho y dejarlo ir, más ancho, más hondo ahora que antes de recordar.
Pero en general los días tristes coartan cualquier posibilidad de vida plena, cualquier sesgo de amor, ese que salva.
Los días tristes se escriben siempre en un dialecto intraducible porque vienen de otro planeta o de una región gris y sin nombre.
Traen consigo una tristeza contagiosa, lejos de los romanticos y la palidez creativa. Son portadores de la mala sombra y el acorde menor. Cuando amanecen, los días tristes llueven las lágrimas que vendran, y salir a la calle es mojarse de llantos porvenires, de penas aún esperándonos en el tintero.
Es triste mirar a los ojos pues dentro, o detrás de ellos, se descubre un mundo de ausencias y pérdidas, un sendero de silencios y esperas.

Por eso, en los días tristes no quiere ver a nadie. Se pelea con el mundo y sus urgencias; dice que no para no lamentar más escombros. Sabe que son días que lo sacan a uno de órbita. Días que lo envuelven en crisálidas de mala muerte, en promesas de mariposas que no llegan porque no asoma la primavera.
Prefiere, entonces, no apostarle nada a las estrellas. Prefiere dormir todo el mal tiempo, y soñar.
Sueña que pasa el frio y los entierros. Sueña que llegan las mariposas y los duendes en añejo de la canción. Que a las melodías les crecen alas, que los recuerdos se quedan a vivir y que una gota de lluvia la riega y vuelve q crecer.

lunes, 10 de agosto de 2009

Cosas que no sé (mi problema)

No escribo de cosas que no sé. Ése es mi problema.
No escribo tu nombre.
No escribo tu casa, tus cosas desordenadas, tus huecos de tiempo, el lugar que te hacés para llorar.
No escribo tu voz, cómo podría, si no tengo ni un color para pintar mis sílabas, si no hay cómo seguirla en la oscuridad, cómo sacudirle los silencios.
No te escribo ni una carta, no me sale. No sé decir lo que no sé, imaginar un destinatario antes de mis dos puntos, soltar al viento palabras boomerang que terminen aquí, conmigo otra vez. No puedo con la correspondencia no correspondida, qué torpeza la mía.
No escribo lo que sentiste, no sé cómo agarrarlo y hacerlo tinta sin que se me haga agua y se resbale de mis manos.
No escribo que también lamentaste tanto desencuentro. Ojalá lo supiera para hacerlo letra y pasar en limpio esta historia, volverla quizá una canción que pidan siempre los tristes en sus peores momentos.
Intentaría borradores con todo lo que nadie me asegura: yo, por mí, lo haría.
Pero serían los tachones más largos e inútiles que queden dando vuelta sin gracia ni remedio.
No escribo tus fronteras, o el número donde encontrarte en horario de trabajo. No escribo recuerdos que no guardo, memorias que no pasan de un deseo o la voluntad (a dientes y puños apretados) de que alguna vez sean ciertas.
¿Cómo hago yo para escribir cosas bonitas sin saber cuáles te pueden, a vos? ¿De dónde saco la poesía? ¿Cuál es la lengua que hay que conocer para hablarte a vos, justo a vos?
Todavía no encuentro los mapas de donde iremos a parar, ni me marcan los relojes las horas que querré guardar. No se me ocurren rincones donde rastrearte ni promesas con qué tentarte: no tengo idea de lo que buscás y no puedo ayudarte a acortar camino.
Otro sería el cuento de conocer todo eso.
Es que no escribo de cosas que no sé. Ése es mi problema.

martes, 9 de junio de 2009

La palabra vacía

En defensa de los que usamos la palabra de manera apasionada y contra los que no entienden su rol de abrazo, de cristal, de flor.

Siempre procuro llenarme de palabras.
Ellas son instrumentos, cachivaches, detallecitos que mejor nunca dejarse en casa. Me atiborro, entonces, ya cerca de la obsesión, de todas las que puedo. A veces, de tantas que tengo dándome vueltas en el paladar, las suelto sin pensar, las derrocho, hago uso y abuso de ellas. Los desprevenidos oyentes cada vez entienden menos y se atajan con las dos o tres palabras que les quedan de reserva, en el mínimo bolsillo de una camisa.

Sé que mi derroche es una irresponsabilidad, que debiera cuidarlas más, sobre todo hoy que, como tantas cosas esenciales para estar vivos, andan escaseando jodidamente. Sin embargo las mías, miles, brutas, insolentes y chuecas, están siempre llenas. De todo. Mis palabras nunca pasan hambre: me ocupo de que coman al día y de todo lo que me rodea, de que engorden sin complejos con todo lo que es necesario para una palabra que pretende vivir sana muchos días. Se llenan a veces de las pasiones más insólitas e irracionales, de lo que leí ayer, de los chistes de la tv, de los malos recuerdos y de las buenas realidades del hoy por hoy. Se alimentan de tantas cosas que es como si fueran esas adictas empedernidas al fast food, hartas de sufrir las consecuencias de sus vicios pero reincidentes hasta el fin. Yo sé: he de cuidarlas a mis irresponsables y gordas palabras, tan propensas ellas a los desastres del corazón.


Pero hay algo que me tranquiliza, algo que me hace abrazarlas fuerte y agradecerles que ellas, y justo ellas, sean mías. Es que hay gente que vive llena, sí, pero de otras palabras: las que van vacías. Vacías como los colectivos cuando bajan los chicos a los colegios. Vacías como las copas a las horas últimas, cuando hay que despedir la fiesta. Vacías como mucho de que lo que va por dentro, en la vacía anatomía de quienes las tienen tan hambreadas, tan sobre exigidas, tan maltratadas.
Esta gente vacía, además, palabras que no pueden vivir del aire, palabras que huecas pierden sustancia y se te desmayan en los brazos: son esas palabras que nombran al amor y a todos sus hilos, las que hablan del corazón y sus motores, las grandilocuentes, palabras con sobrada razón para la soberbia; palabras que se gastan si se las frota para sacarles lustre, si se las saca de casa en frío.
Los vaciadores de palabras dicen con toda soltura sus vacías intenciones. Nombran cosas que suponen, sólo suponen, como esos que intentan dar cátedra de cuestiones que desconocen o que sólo han visto una vez, en fotos.
A veces hablan y sus palabras son expresiones de anhelo, cosas que quisieran sentir pero están lejos de tocar ni con la yema del dedo chiquito. Y no escatiman en usar las más delicadas, las más quebradizas, las más peligrosas palabras. Son como los nenes de tres años echando mano al cristal de la abuela, o peor, con una 22 cargada y sin seguro, sin saber qué hacer.
Las palabras vacías se dicen con tanta liviandad que cuesta entender cómo es que hacen semejante estruendo (ellas, las leves) al caer de las bocas. Nunca se sienten, no se pesan, no se miden. Más bien se mirotean como de reojo, a ver si están presentables para salir y así se largan, sin más preámbulos. Son hijas del lado más mecánico de la cabeza, y entonces se mezclan con teorías inverosímiles, con estrategias que hacen agua por todos lados (porque tanta matemática olvida que las palabras salen de las bocas, de la humedad de una lengua, la que acaricia, la que siente que le debe algo al pecho...y con razón).
Las palabras vacías van por por la salida fácil y no resisten una sola evidencia empírica. Arriesgan, eso sí, definiciones categóricas sobre los afectos y el corazón humano y no entienden (no están hechas para entender) que sea para tanto su soltura, su informalidad casi agresiva. Agresiva porque hay cuestiones que no pueden más que transitarse en puntas de pie, que debieran manipularse con cuidado de guantes descartables, y en cambio, los vaciadores de palabras pasan a las corridas y con las manos sucias de tocar cualquier cosa, sin esterilizar.

No es justa la palabra vacía, ni con los que la reciben ni con la misma palabra.
No es justo porque quiere engañarnos, darnos vuelta la jugada y hacernos creer que es sensible, que es tan especial que no puede explicarse, que está allá arriba y es sólo para el que la entienda (como un dios de esos inútiles, llenos de intangibles verdades en las que hay que creer sin que nos de nunca nada, ni una señal de vida de tanta divinidad).
Y tampoco es justo con la palabra misma porque ella quería decir otra cosa. Ella quería llenarse, como la de los poetas y los enamorados. Quería agotar sus sentidos y decir la verdad. Quería ser sensible y transparente, dejar la ambigüedad y tanta cosa críptica para los enigmas y los crucigramas.

Todas las palabras prefieren salir llenas, porque su rol es ser grandes y sanas, durar en las bocas y los oídos, morir en el intento y jamás mentir sobre lo que lleva adentro.

La palabra vacía es una palabra muerta, como un fantasma, una carcasa que queda sin nada que la mueva.
La palabra vacía es una que debió quedarse adentro hasta madurar su verde confusión. Las vacías, son palabras que no debieran decirse, que más vale respetar en nombre de todos los años en que las inventaron, las pulieron y las usaron con maestría: palabras que nombraron lo que queda dentro del corazón de los hombres y que no son nadie sin el sustento de la mano de esos hombres ¿O no suena a hueco esa fonética que tiene 'abrazo' cuando no promete, además, dos brazos envolviéndonos? ¿O acaso la palabra 'confianza' no se hace de otras palabras dichas y sentidas naturalmente sin tanta confesión?

Los que las usan, a las palabras así, tan sin nada adentro, están también (despacito y tan inconscientemente como abren la boca) dejándose vaciar...Pero, claro, ¿qué significará el vacío para ellos? Un espacio en blanco, indefinible, sobre el que para qué indagar más.
Se mienten y nos mienten, a nosotros, los de la boca llena de palabras llenas y ávidas de sonar cargadas de todo.
Cuiden, señores, sus palabras. Que nunca les falte nada, no las dejen salir de casa sin un buen desayuno. Que no se ajen para que no malgasten todo lo que con tanto recelo guardamos en ese castillo de arena al que, con palabra llena, nombramos 'corazón'.

miércoles, 8 de abril de 2009

Escribo y pare de contar

Conté un cuento que me sabía, un cuento que no me pertenecía a mí sino a un amigo cuentista de esos que no saben lo que dicen pero lo van descubriendo en el camino. Digamos entonces que le robé la historia pero él no supo reconocerla. 'Me encantó' me dijo, '¿cómo? ¿no la reconociste? ¡Es tuya!', 'No, eso no es mío', se atajó: Yo había contado algo nuevo porque su dueño no se había encontrado ahí.
Así se hacía un cuento, entonces: la creatividad, como la vida (Kundera dixit) estaba en otra parte. Contar era elegir el mejor disfraz, era cambiar de voz todo el tiempo y ponerle la propia caligrafía a cualquier historia que anduviera rondando. Oficio de aprovechadores, de descarados. Por eso supe tan pronto que era para mí.
Escribir era desaprender, gramáticas y ortografía, poner los puntos donde hicieran más ruido, donde pesaran y obligaran a llorar, a decir basta, a mirar más hondo.
Me hice cuentista porque para contar bastaba con tener ganas de hablar. Todo lo demás eran palabras más o menos llenas por el humor del día o la mochila que el escucha/lector quisiera cargarles encima. Pobres palabras, tan leves ellas y tan llenas de cosas, tan jodidamente comprometidas con todo en el mundo.
Me puse a escribir porque me enamoraban ciertos sonidos que hacía la lengua en ciertas posiciones dentro de la boca, sonidos que eran, por otro lado, sólo su hobbie, algo que hacía cuando no acariciaba, cuando no estaba besando que es, todos lo sabemos, su oficio y su pasión. Digo que me enamoré de sonidos que eran también palabras, inventos que se soltaban de noche si querían salir de verdad, palabras que no entendía y usaba con total impunidad. Entre dormidas y despiertas, palabras con mucho para decir, para decirme, a mí, que andaba más bien vacía.
No estaba en los libros escribir, era otra cosa, un ejercicio sin punto de llegada, una caminata a ninguna parte que era todo camino, todo paisaje, lugares donde los dioses habían puesto sus ojos, cumbres a donde no se llega ni en un gemido.
Nunca aspiré a ser Cortázar (aunque sí quizá a ser su mejor lectora, otro imposible) porque rápido entendí que su voz era más gruesa que la mía, que en su tiempo no había internet, que ya había una Rayuela en todas las bibliotecas y que con sólo esas claridades yo ya tenía mucho que contar. Contar que no era Cortázar, ni Borges, ni Paco Urondo, ni Oliverio, ni Juan Rulfo, ni el Gabo, ni Carpentier, ni Lorca, ni Vallejo ni aquel que pasara por su ventana el exacto día en que del corazón a la tinta y de la tinta al papel se espantaba los heraldos negros con el más hermoso de los exorcismos. Hay golpes en la vida tan fuertes. Yo no sé. Yo no sé...
Sin embargo había algo que sí tenía de todos ellos, algo que en general todos prefieren barrer bajo la alfombra, la mugre del hombre moderno de lo que mejor ni hablar. Pero lo digamos: hablo del lado humano, las ganas de llorar en dos de cada tres noches, el grito pelado de la soledad, los golpes en el aire, toda el agua podrida que chorreamos sin remedio ni alcantarilla. Y también tenía, claro, una mano alfabetizada, o sea, tenía la suerte de la letra y de estar viva en el tiempo.
Empecé a escribir como quien se decide a cocinar determinado postre sólo porque tiene aquellos, y no otros, ingredientes: la necesidad de hacer algo con el tiempo libre y las cosas a mano. Las historias no importaban, todo es susceptible de ser contado y el juego es, justamente, practicar algo así como un malabarismo de palabras (un término demasiado preciso para habérseme ocurrido a mí, aclaro) sabiendo que al principio, sin duda, van a caerse todo el tiempo. Palabras para manipular y desarmar, una plastilina a donde caben todas las formas. Las palabras son para quebrarse y quebrar, para tutearlas y enseñarles cierta insolencia que nunca les viene mal.
Soy cuentista y no contadora, porque no enumero, yo reúno. No importa si mil o un millón, son las combinaciones de palabras las que cuentan, como manchones de color que hacen otro nuevo.
Y cuento, a qué seguir ocultándolo, porque no quiero olvidar nada. Porque no uso agenda ni diario personal y sólo puedo asegurar que han pasado los días si algo de ellos escupió mi tinta en un papel.
No quiero olvidar ni el amor ni los excesos, ni de cuando te vi llorar y no pude hacer nada, ni esa vez en que nos dimos tregua para siempre y ya ves...Cuento para recontar, para concatenar la vida con el sueño y que nada de nada quede suelto. Para descargar la verborragia. Para no pagar psicoanalista. Para morirme mañana y seguir hablando igual, siempre, en un eco que despertará el más póstumo de los odios de familiares y amigos. Para darle cuerpo a la memoria y alma a los proyectos, a la quimera que se encapricha en no venir. Para que salga la luna y estés en alguna parte. Para que mis amigos me tomen en serio y mis enemigos se rían de mí, que también hay que darles algo de tregua.
¡Debiera ser tantas cosas! Debiera ser paracaidista, actriz de reparto, catadora de fernet. Tendría que integrar la banda de Robin Hood, especializarme en sacar fotos sepia y marcar tendencia andando descalza por la ciudad. No me vendría mal ser buena en matemáticas, hartarme de todo y romper a volar. Ser prodigio y doctorarme a los ocho años, dibujar a mano alzada, saber todo de protocolo y urbanidad.
En cambio escribo. Escribo y pare de contar.Escribo en cuclillas para intentar hablar de pie y, aunque no me salve, tengo que aclararlo: todo lo que digo es cierto en tanto que sale del pecho. Aunque lo ponga en otra boca, sale del pecho. Que es mío. Que es siempre, agridulce e irrenunciablemente, mío.

domingo, 1 de febrero de 2009

Esbozo

A mis profesores, que se hartaron de hacer la misma pregunta y de esperar la misma respuesta.Yo se las reboto: "¿Qué es la literatura?"
Si lo sabe, dígamelo usted. En cinco años, no puedo más que esbozar posibilidades. Y cuando ya me quedo sin, las invento. Yo sé que una respuesta de éstas puede costarme varios exámenes con aplazos pero es mi pura verdad, entonces al menos tendré que decirlo aquí.
Si la literatura no fuera todo esto, que me llena, que me suena, que me mueve y a mi mundo hace bailar, no sé qué hago yo acá.



La literatura no es lo que se enseña. No es la de los anaqueles de las grandes bibliotecas. No queda inexorablemente en Shakespeare. No es un muerto de renombre ni un cadáver exquisito.
La literatura no es de donde vive sino del lugar preciso en que nació, y eso queda a menudo en los cuartos solos, en ciertos terribles desengaños, en las madrugadas después del amor, en los paisajes de la niñez, en una servilleta de un bar de una noche de un azar. Es de los suburbios sucios y del miedo. Es una torpeza de principiante, o el intento pobre de alargarle la vida a un sueño.
Literatura es escribir de bronca, de golpe: como un escupitajo certero que quisiera cortarnos la tinta. No entra por sangre, sino por la piel, porque respira por todos nuestros poros y nos oxigena el empeño.
La letra es el reverso del mundo, la calla paralela a la decepción, perpendicular a esa avenida donde sale a buscarse la ilusión.
Es un juego que nadie pierde, un beso sin humedad, una verdad que no cupo en la historia.