lunes, 6 de julio de 2009

Historias con barbijo I


Nos enamoramos en lo que fue un ejercicio de la imaginación: tuvimos que adivinarnos las bocas detrás de los barbijos protectores, esos que sólo se los habíamos visto a los cirujanos de ER, y ahora llevaban todos, como un ultimísimo grito de la moda, y que salían convenientemente, el triple de lo que habían costado siempre. Pero no importaba: las sonrisas también se dibujan en los ojos y a mí, dentro de todo, me convenía para disimular la chuequera de mi boca cuando se pone nerviosa.
Tuvimos que aprender a tocarnos estratégicamente, a recorrernos con tacto precavido, con afecto desinfectado (no desafectado). Nos acariciamos con palabras ante el menor signo de un resfrío, y anticipábamos la fiebre con otras calenturas.
Y nos frotamos con alcohol en gel y nos soñamos despiertos, mientras dura la cuarentena y no queda otra que cambiar la vida por el tele, el té con limón y miel y los paños tibios.


Qué duro querernos en la enfermedad, hoy que se apaga y se guarda la ciudad. Nos cansamos de las salas de espera y pasamos directamente a la terapia intensiva: pacientes de riesgo de todo esto que no terminamos de entender. Por algo hay tanto escrito sobre el amor y la enfermedad. Será eso del contagio y el peligro, o la verdad universal de que es tan amargo el jarabe que lo cura, que preferimos soportar estóicamente el dolor agridulce, con diagnóstico reservado y bastante poco alentador.

A veces me parece que te trajo todo este apocalipsis, que viniste a ponerlo todo de cabeza, que es como decir que viniste a ser noticia, a dejar huella y también a asustar, claro, porqué no. Un susto que acelera el pecho y baja las defensas, con vos no sirve la inmunidad y una se deja caer en cama sin temer arrepentirse luego por su mala salud.
Un amor pandémico el nuestro, que va globalizándose porque hicimos que se enteren todos, de acá hasta Japón, de cómo nos conocimos y de lo contagiados sin remedio que ya estamos (con el agua hasta el pupo y chapoteando de gusto).


Yo sé, que la lluvia y la peste siempre se terminan. Yo sé. Pero quizá cuando todo pase aprenda mi cuerpo a convivir con ciertos virus, y cambie el signo y te hagas parte de mi metabolismo y no haya que temer otra recaída. Quizá. Cuando todo pase.
Mientras tanto, alguien deberá ir escribiendo sobre el amor en los tiempos de la gripe A. Otra página en la historia de la literatura. Y del amor, claro.

A Ceci, que se la vio venir... ("...Próximamente: historia de amor entre dos barbijos'...")

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