jueves, 25 de junio de 2009

Qué hacer con tus ojos...



No entiendo que me mires. Aquí no hay nada para ver. Éste ya no es más territorio de los ojos. Temprano ha quedado esta tierra yerma, temprano como aquellas de Vietnam, allí donde la química también hizo estragos.
No entiendo que me mires hoy que hace tanto que no encuentro ojos sueltos caminándome por la piel.
Antes los hubiera agarrado para mí, gozando del poder de tenerlos en la palma de mi mano. O hubiera contraatacado echando cientos de los míos sobre la otra piel, y a ver cómo terminaba esa batalla de miradas. Pero hoy...Hoy hace tanto de todo eso que no sé qué hacer con ellos.
Qué hacer con tus ojos... Por lo pronto, al menos voy formulando el título de una buena novela rosa.

¿Y si los torciera? Quiero decir, los entretuviera y allá se fueran ellos, enredados en luces fascinantes, en juegos que titilan sugerentes, en pieles tan otras y tan suaves ellas que deslizan las miradas que sobre ellas se van a posar.
Y si les hablara de frente a tus ojos, enfocando los míos a mi voz más de trueno, y les dijera que se fueran, que ya no es tiempo, que no entiendo...¿entenderán así que pasan los trenes y que algunas viejas estaciones ya vieron partir todo lo bueno y lo malo que los viajes podían dar?

Mirar sin ser mirado, ¿quién quiere eso? Y, con todo, tus ojos altruistas, tus ojos solidarios, no saben mirar a otro lado. Debiera confesar que, sólo por eso, y aún sabiendo que no hay aquí lugar para ellos, de a ratos los quiero.
Camino a salvo con tus ojos por la calle: al menos sé que sólo ellos se ocupan de mi pecho y la retaguardia (que habría que tener ojos en la nunca para lograr una buena vigilancia).
Y en el espejo, de tantos ojos tuyos que llevo encima, veo a través de ellos, y estoy cada día más sugerente y más dulce, sutilmente dulce, más natural, más comoda y más graciosa.
Tus ojos me muestran cosas para las que mi imaginación se queda corta; me miran y ven por mí un mundo donde caben mi piel, mis ojos y los versos que fuimos perdiendo (mi piel, mis ojos y yo) en cada intento. Tus ojos me ven dormir y están cómodos en mi pijama; se enamoran más cuando es de noche y siempre se quedan a desayunar por la mañana.
Así y todo tendrán que saber que no puedo con ellos, que me quedan grandes, que ya hubo ojos de repartir luz y de quemar y de marcar con cicatrices y torpezas esta misma piel. Un mal de ojos, un mal que quema y cómo volver a mirar de cerca el fuego.
Tendrán que saber que de ojos también se muere la gente, que tienen peso las miradas que debieran venir con el cuerpo y otras promesas, a quedarse.

Tendrán que entender... Ay, pero, mientras tanto, qué hacer con tus ojos...Un título de novela rosa, o de cuento rosado, para empezar.


jueves, 18 de junio de 2009

Les cuento del resto de mi vida...



A los amigos de siempre, a los curiosos leedores de siempre (que son amigos sin que yo lo sepa, claro), a los que sólo pasaban por aquí por primera vez (de muchas, esperemos), y a los archi-enemigos que por ahí siempre andan, rondando:
les cuento, he inaugurado nuevo blog. Antes de que se olviden para siempre de cómo era éste, les aclaro que no piensa el nuevo desplazar a éste: van a ser dos blogs paralelos pues el uno no tendrá nada que ver con el otro.
Aquí seguiré colgando más de lo de siempre, esperando que, si no mejora la calidad, al menos a algunos siga entreteniendo.
Allá voy a emprender el duro pero no por eso menos emocionante proyecto de una novela, con forma de blog. Algo que no inventé de ninguna manera (ya existen muchas y muy buenas) pero que, con mucho gusto, quiero explorar. Una bloguela, o noveblog, o blog-novela o novela enblogada, o blog novelado... ya no sé. Pero, eso: una historia, más o menos larga, con un suspenso más o menos sostenido/sostenible, cuyas partes iré subiendo cada tanto.

Va entonces la invitación formal: entre los links de la derecha encontrarán uno que los llevará directamente a ese nuevo lugar. Responde al nombre de 'Del resto de mi vida'.

Lo primero ya está arriba y listo para sus mordiscos, feroces críticas, tibias devoluciones, emoticones ininteligiles o respetuosos silencios, lo que se les ocurra será aceptado por comentario...que es, al final, el motor de todo este ida y vuelta de palabras.


Saludos cordiales y reverencias para todos,


zoe.-

martes, 9 de junio de 2009

La palabra vacía

En defensa de los que usamos la palabra de manera apasionada y contra los que no entienden su rol de abrazo, de cristal, de flor.

Siempre procuro llenarme de palabras.
Ellas son instrumentos, cachivaches, detallecitos que mejor nunca dejarse en casa. Me atiborro, entonces, ya cerca de la obsesión, de todas las que puedo. A veces, de tantas que tengo dándome vueltas en el paladar, las suelto sin pensar, las derrocho, hago uso y abuso de ellas. Los desprevenidos oyentes cada vez entienden menos y se atajan con las dos o tres palabras que les quedan de reserva, en el mínimo bolsillo de una camisa.

Sé que mi derroche es una irresponsabilidad, que debiera cuidarlas más, sobre todo hoy que, como tantas cosas esenciales para estar vivos, andan escaseando jodidamente. Sin embargo las mías, miles, brutas, insolentes y chuecas, están siempre llenas. De todo. Mis palabras nunca pasan hambre: me ocupo de que coman al día y de todo lo que me rodea, de que engorden sin complejos con todo lo que es necesario para una palabra que pretende vivir sana muchos días. Se llenan a veces de las pasiones más insólitas e irracionales, de lo que leí ayer, de los chistes de la tv, de los malos recuerdos y de las buenas realidades del hoy por hoy. Se alimentan de tantas cosas que es como si fueran esas adictas empedernidas al fast food, hartas de sufrir las consecuencias de sus vicios pero reincidentes hasta el fin. Yo sé: he de cuidarlas a mis irresponsables y gordas palabras, tan propensas ellas a los desastres del corazón.


Pero hay algo que me tranquiliza, algo que me hace abrazarlas fuerte y agradecerles que ellas, y justo ellas, sean mías. Es que hay gente que vive llena, sí, pero de otras palabras: las que van vacías. Vacías como los colectivos cuando bajan los chicos a los colegios. Vacías como las copas a las horas últimas, cuando hay que despedir la fiesta. Vacías como mucho de que lo que va por dentro, en la vacía anatomía de quienes las tienen tan hambreadas, tan sobre exigidas, tan maltratadas.
Esta gente vacía, además, palabras que no pueden vivir del aire, palabras que huecas pierden sustancia y se te desmayan en los brazos: son esas palabras que nombran al amor y a todos sus hilos, las que hablan del corazón y sus motores, las grandilocuentes, palabras con sobrada razón para la soberbia; palabras que se gastan si se las frota para sacarles lustre, si se las saca de casa en frío.
Los vaciadores de palabras dicen con toda soltura sus vacías intenciones. Nombran cosas que suponen, sólo suponen, como esos que intentan dar cátedra de cuestiones que desconocen o que sólo han visto una vez, en fotos.
A veces hablan y sus palabras son expresiones de anhelo, cosas que quisieran sentir pero están lejos de tocar ni con la yema del dedo chiquito. Y no escatiman en usar las más delicadas, las más quebradizas, las más peligrosas palabras. Son como los nenes de tres años echando mano al cristal de la abuela, o peor, con una 22 cargada y sin seguro, sin saber qué hacer.
Las palabras vacías se dicen con tanta liviandad que cuesta entender cómo es que hacen semejante estruendo (ellas, las leves) al caer de las bocas. Nunca se sienten, no se pesan, no se miden. Más bien se mirotean como de reojo, a ver si están presentables para salir y así se largan, sin más preámbulos. Son hijas del lado más mecánico de la cabeza, y entonces se mezclan con teorías inverosímiles, con estrategias que hacen agua por todos lados (porque tanta matemática olvida que las palabras salen de las bocas, de la humedad de una lengua, la que acaricia, la que siente que le debe algo al pecho...y con razón).
Las palabras vacías van por por la salida fácil y no resisten una sola evidencia empírica. Arriesgan, eso sí, definiciones categóricas sobre los afectos y el corazón humano y no entienden (no están hechas para entender) que sea para tanto su soltura, su informalidad casi agresiva. Agresiva porque hay cuestiones que no pueden más que transitarse en puntas de pie, que debieran manipularse con cuidado de guantes descartables, y en cambio, los vaciadores de palabras pasan a las corridas y con las manos sucias de tocar cualquier cosa, sin esterilizar.

No es justa la palabra vacía, ni con los que la reciben ni con la misma palabra.
No es justo porque quiere engañarnos, darnos vuelta la jugada y hacernos creer que es sensible, que es tan especial que no puede explicarse, que está allá arriba y es sólo para el que la entienda (como un dios de esos inútiles, llenos de intangibles verdades en las que hay que creer sin que nos de nunca nada, ni una señal de vida de tanta divinidad).
Y tampoco es justo con la palabra misma porque ella quería decir otra cosa. Ella quería llenarse, como la de los poetas y los enamorados. Quería agotar sus sentidos y decir la verdad. Quería ser sensible y transparente, dejar la ambigüedad y tanta cosa críptica para los enigmas y los crucigramas.

Todas las palabras prefieren salir llenas, porque su rol es ser grandes y sanas, durar en las bocas y los oídos, morir en el intento y jamás mentir sobre lo que lleva adentro.

La palabra vacía es una palabra muerta, como un fantasma, una carcasa que queda sin nada que la mueva.
La palabra vacía es una que debió quedarse adentro hasta madurar su verde confusión. Las vacías, son palabras que no debieran decirse, que más vale respetar en nombre de todos los años en que las inventaron, las pulieron y las usaron con maestría: palabras que nombraron lo que queda dentro del corazón de los hombres y que no son nadie sin el sustento de la mano de esos hombres ¿O no suena a hueco esa fonética que tiene 'abrazo' cuando no promete, además, dos brazos envolviéndonos? ¿O acaso la palabra 'confianza' no se hace de otras palabras dichas y sentidas naturalmente sin tanta confesión?

Los que las usan, a las palabras así, tan sin nada adentro, están también (despacito y tan inconscientemente como abren la boca) dejándose vaciar...Pero, claro, ¿qué significará el vacío para ellos? Un espacio en blanco, indefinible, sobre el que para qué indagar más.
Se mienten y nos mienten, a nosotros, los de la boca llena de palabras llenas y ávidas de sonar cargadas de todo.
Cuiden, señores, sus palabras. Que nunca les falte nada, no las dejen salir de casa sin un buen desayuno. Que no se ajen para que no malgasten todo lo que con tanto recelo guardamos en ese castillo de arena al que, con palabra llena, nombramos 'corazón'.

lunes, 18 de mayo de 2009

Se me ha ido el credo



"...está de más decirte que a esta altura

no creo en predicadores ni en generales

ni en las nalgas de miss universo

ni en el arrepentimiento de los verdugos

ni en el catecismo del confort

ni en el flaco perdón de dios


a esta altura del partido

creo en los ojos y las manos del pueblo

en general

y en tus ojos y tus manos

en particular..."


Se me ha ido parte de mi credo, ¡con lo que me cuesta creer!

No nos conocimos, pero qué ganas de haberme tomado un café (o una cervecita, por qué no) con Mario Benedetti, qué ganas de contarle todas las palabras que le debo, los amigos a los que me unió indefectiblemente...Decirle que fue un puente hacia muchas cosas y me ayudó a entender porqué cantamos y porqué vale la pena entregarse de lleno a una palabra, a un verso por defender la alegría, la poesía y la memoria.

Te voy a extrañar.

lunes, 11 de mayo de 2009

Otra Ofelia

Ophelia: (...) To have seen what I have seen, see what I see!
(Hamlet- W. Shakespeare- Acto III, Escena 1)

Ella tiene algunas cosas que no cuenta. Y está bien que así sea, no por el misterio sino por el sólo gusto de hacer algo en secreto y sonreír para una sola y también, quién te dice, lagrimear un poco, que tampoco hace tan mal.
No dice, por ejemplo, que cuando él no está le huele las solapas de la camisa y le revisa los bolsillos. No es para encontrarse con algo que esquiva, es que le hace bien saber de él: qué olor lleva en el cuello, a saber, por dónde estuvo ayer, mientras lo extrañaba; qué guarda, cuántas monedas le faltan para llegar a fin de mes, el gusto de sus caramelos o la marca de cigarrillos.
Tampoco menciona que extraña todo lo que extraña la vida con picnics en la plaza, eso de salir al verde y que se haga tarde, que se haga naranja el cielo y no importe estar llegando tarde a alguna parte. Lo extraña y siempre que lo recuerda cantan para ella Nito y Charly que saben, como ella, que aquellos años fueron, todos juntos, como un largo verano descalzo y rubio.
Y a veces le da por llorar y otras por reír a carcajadas (quién es capaz de decir cómo debiera latir un corazón).
Ya no carga con muchas cosas, las culpas y los compromisos han matado a mucha gente o la han gastado hasta lo opaco, que es lo mismo, y ella no, no quiere eso. Hablar de lo que se quiere tampoco es políticamente correcto, es el tiempo de lo que se debe, de lo que se quiere escuchar, de adaptar el acento a los oídos y dejarse manosear.
Para hablar de lo que se quiere hoy, hace falta ser leve y vivir del viento, hace falta tener aires de hada, magias en los ojos, o un qué sé yo que quiebre todos los espacios donde vaya a posarse. Y ella todavía está pagando a cuotas su mortalidad.
Ella es un poco de varias cosas, pero nadie podría confundirla con un sueño, con una promesa, ni siquiera con un mal menor. Nadie podría confundirla con un faro pero quizá sí, quién sabe, con una luz de giro o con un puente que cruza con impunidad varias fronteras.
A veces, cuando no le huele las solapas, cuando no está extrañándolo, busca el amor por las ventanas y los balcones, por las terrazas del lado sur de la ciudad. Por momentos lo encuentra, le regala un guiño, lo mira por lo bajo diciéndole en un código torpe e infantil que bien pudiera quererlo, que a nadie le cuesta intentar, y entonces los dos segundos de ternura se le resbalan por la alcantarilla, y es de nuevo de noche o muy tarde para distinguirlo tan a media luz.
Busca el amor por la mirilla de una puerta, por el agujero de los cerrojos y las grietas en la pared. Busca el amor por donde no hay ya quien viva, y tal vez ahí esté el problema, pero eso no le importa: ¿No hemos aprendido, a estas alturas, que todas las cartografías son inútiles cuando se busca llegar a la piel, a un beso, a una palabra que hable de más?
Hace rato que ella se deshizo de consejos y de croquis, y hace rato que sueña con más fuerza que se va, que sale del barro, que lo ve llegar y no se parece a nadie que haya visto jamás, y se parece a todo lo que alguna vez se le hizo parte de la vida. Hace rato que sueña y aún sigue, oliendo las solapas, revisando los bolsillos y extrañando días de un verde claro.
Muchas veces es Ofelia y no le interesa más que ahogarse, o estar loca sin dejar de ser la cuerda entre tanta propaganda terapéutica. La callada locura de los tristes, de los solos o los perdidos, la que se deja ir entre burbujas, como Ofelia, la que desafina cantando y regala flores sin motivo. Como Ofelia, ‘incapaz de su propia angustia’.
Pero luego vuelve, o amanece en otro día y de nuevo conviene vivir, retomar las riendas y sacudirse la poesía.
Cuando no está soñando una muerte, sueña hijos, que a veces son dibujos en la pared y otra, llantos sin cuerpo que busca y no encuentra por la casa. Se despierta triste y deshecha de puro madre que sufre sin su hijo, que sufre y llora en sueños, y suele costarle noches dormirse otra vez.

Se desnuda de casi todo, como si no estuviera hecha más que de tiempo, y por allí anda, traspasando muros, respirando a través de su piel, mezclándose en su garganta y siendo su voz en una canción sin fundamentos, la canción que a todos nos rompe en pedazos sin que sepamos porqué. Desnudarse la ayuda a respirar, a que ahí se quede la vida, mirándola como un hombre a una mujer, a que se miren como dos amantes y no puedan, y no quieran, dejarse ir.
Muchas veces es Ofelia pero otras es sólo, e irremediablemente, ella.
Ella, harta de buscarse en los libros, en los otros, en los hombres que quisiera amar. Harta de romperse en pedazos y de tener que admitirlo, de que el mundo siempre quede lejos, de que ninguna canción la salve y harta de que se pueda morir en un segundo de detener todo y explotar. De buscar, de buscarse...¿Qué gracia tiene eso? ¿Qué clase de egoísmo inocentón pretende la felicidad encontrándose a sí mismo?
La cosa está en otra parte, en otra búsqueda. La cosa está en hallarlo a usted, esos son los encuentros que pueden salvar la vida, ahí queda la magia y el brillo... Mucho más hermoso, siempre más hermoso, es encontrarse en otro. Y entonces otro hubiera sido el destino de Ofelia de haberlo logrado, cerca de él y tan lejos de su transparente sepulcro, de su último suspiro de burbuja.

Otras veces, casi siempre al final, le da por pensar en la sangre, y sin darse cuenta se toca las muñecas, como si por allá corriera la herencia que se le perdió en el camino, entre las ramas taladas de un infortunado árbol genealógico. Un árbol a cuya sombra nadie sabe dormir, tampoco ella. Y es que Ofelia no ha podido velar a sus muertos, no ha podido caminar entre los escombros, y eso, siempre que recuerda, le hace mucho mal.
Pero no lo dice. Es que ella tiene algunas cosas que no cuenta. Y está bien que así sea que, lagrimear un poco, piensa ella, tampoco está tan mal.

lunes, 4 de mayo de 2009

Desgajando otra espera


Qué duras tus costuras, los huecos por donde siempre hacés agua. Qué duro que sabiendo que es una locura te vuelva a esperar.
Y que otra vez resten las horas todo lo que se hacía extrañar. Y que otra vez sume motivos el desencanto, que se queda como una pelusa, pegada a las esquinas más sucias, de tan olvidadas, del corazón. Y otra vez duele, pero de otra forma, nunca verte llegar. Duele adivinarte, mirá qué cosa, como una pitonisa que ve la muerte en la mano de quien había querido querer, ya hace tanto que, quién sabe, quizá ya no valga de nada.

Qué jodido que haya dejado de correr el viento que te arrastra y te hace remolino donde no pueda sufrirte yo. Y qué jodido que la que solía llevarte de mascarón de proa, siempre tan cerca del pecho, sea la misma que se decida a quemar las naves y la misma que, por fin, se quede a morir con el barco, la capitana en su naufragio, igual de sola.
Me da por lagrimear tanto desencuentro, especie de yuyo invasivo que no deja crecer las flores, tanto que yo las había cuidado, tanto y tanto de esperar la primavera. Y me preocupa que esta tierra quede yerma, cansada de crecer brotecitos quebradizos que ahí abajo siempre se quedan.

Me da miedo, tanto miedo me da, que no me quede nada más que dar cuando además se me vuelen, del miedo, el llanto contenido y hasta la palabra agolpada de puro maltrecha en el corazón. Miedo de que ni la palabra prospere en el vacío este que se me empieza a hacer piel, que se me empieza a hacer voz, a ser vos.

Cómo aturde que quede el mundo dado vuelta, con lo complicado que se está haciendo enderezarlo y echarlo a andar. Yo no sé cómo se le da una muerte digna a las cosas que debiéramos de una vez enterrar, no sé cambiar de aires y por eso es que vivo intoxicada. Yo no sé y no sé con qué ganas aprenderé la ciencia del tropezón mil veces con la misma piedra, no sé siquiera si quedarán ganas todavía de andar. Y andar, y andar, llamando por lo bajo al niño de mis ojos, haciéndolo canción, como si la flor hiciera primavera...y no, eso sí que no.

Qué duro que faltes otra vez allí donde alguna vez te esperaba.
Qué jodido que eso remueva tanta agua turbia.
Qué miedo que toda esa oscuridad se me quede dentro.
Y cómo aturde, cómo aturde saberlo todo así.





domingo, 3 de mayo de 2009

Amanecer más vieja


Amanecer más vieja es mentira. Nadie crece así, tan de sopetón. Es un poco más difícil hacerse grandes, no se puede dormir y con dos o tres vueltas en la cama, despertarse del lado mayor de la vida. Porque es que la vida tiene esa cosa de pedir que la anden y le den vueltas, que le saquen el jugo como a una naranja o, en todo caso, que la acaben a mordizcos rabiosos. La vida no se duerme ni se amanece, por más temprano que una intente despertarse.
De cuando le tenía miedo a los años (miedo que, sospecho, volverá cuando éstos sean cada vez más) me quedaron muchas cosas escritas, como me ocurre con todo: la mala maña de escribir no te permite olvidar muchas cosas. Y el terror a los años era terror al cambio, a que algo se me diera vuelta, a que se quebraran los esquemas, y se cayeran los castillos de arena y de aire, a que me robaran el sueño o, peor, a que lo renunciara yo solita. No me culpo, eso todavía me asusta un poco. Pero hoy conozco algunos secretos, algunas cosas que me dan por sobrevivir y por celebrar que tengo tiempo para seguir hablando, tropezando, rompiendo a llorar y agradecer. Sé, por ejemplo, que el tiempo sólo se lleva lo que puede, que derrapa, sí, como la creciente de un río, pero hay cosas tan mezlcladas dentro, tan atoradas en el pecho de una, que no hay caso. Y a veces todo nos desgarra, y sufrimos los arañazos más hostiles del calendario, pero lo de adentro no, y no se toca, y no hay quién pueda, y no hay quién deba, dejarlo partir.
Sé que adelante estamos nosotros también, los mismos, los de siempre, y temerle al espejo es una torpeza. Es mejor pensar que mañana es un mundo habitable, como dijera el trovador, y buscarlo de a trocitos, de a retazos, en las cosas buenas que hoy nos hacen guiños, y en las cosas torcidas que tendremos que enderezar. No sé si contaremos con muchas manos, pero están las tuyas, y están las mías, y las de algunos más, quiero decir, están las nuestras...y si no es suficiente, entonces, es una pena, porque tendrá que alcanzar. Tendrá que alcanzar.
Cuando tenía, ahora, 8 años menos, escribí para cuidarme, para resguardarme del olvido, del cambio, de los años, y del miedo de que todo se terminara y no quedara un rastro de quien era entonces. Creía que venía esa creciente de río y que iba a quedarme sin hogar. En cambio, ocurrió que la creciente no logró inundarme la habitación, ni me deshizo los papeles ni me embarró el camino aquel por donde volvía de la escuela, el de la casa de los amigos, el de la mía propia que es, y esto es lo mejor, todavía la misma.
A los 16 años escribía yo:

Te voy a hacer un mapa de lo que soy yo en este momento.
Quiero que te acuerdes bien de las cosas de las que hoy estoy segura:
No sé olvidar, todavía no lo aprendo aunque lo busco.
Por propia experiencia, soy capaz de asegurarlo: La única libertad que le queda a la gente hoy en día, es la libertad del alma.
Las personas nunca dejan de sorprenderme.
El abandono tiene que ser algún tipo de “deja-vú”.
Intentar burlar al destino, se está convirtiendo en una especie de misión para mí.
A veces cuando lloro alcanzo a sentirme vacía, y eso es sano.
A veces cuando lloro alcanzo a sentirme demasiado vacía y eso es preocupante.
Me gusta masticar un chicle de menta todos los días. Ahora sospecho que con eso estoy matando toda la ansiedad.
En el fondo no entiendo nada de nada, pero estoy casi convencida de que, en realidad, los otros tampoco.
Silvio Rodríguez, a fin de cuentas, tiene razón: eso de lo eterno es un invento, o como dice él “La eternidad no es más que un truco para continuar” (¿era así, no?)
Siempre me guardo los boletos de ómnibus, aunque ni me fijo si me tocó capicúa.
El tiempo tiene que ser una ilusión, igual que la muerte.
Quiero dedicarme, de ahora en más, a conocer: todo, lo que sea, no me importa. Me imagino que para eso se está, ¿o no?
“Escapad gente tierna, que ésta tierra está enferma. Y no esperes mañana lo que no te dio ayer, que no hay nada que hacer”
Quiero saber cómo será en realidad, ver hasta dónde morir es dejar de existir y desde dónde morir es renacer en otro y de otra forma. ¡Lo que no daría porque así fuera!Tengo ganas de ser otra aunque de nada de mi vida me arrepienta.
Quiero saber lo que es alcanzar una meta, si realmente es como tocar el cielo con las manos o esa es sólo la imagen que nos venden.
Quiero tener que morir de pie.
Es verdad eso que vos decís, que hablo sola. Y sé que no soy la única. Nosotros, yo y todo los que hablan solos como yo, somos la prueba viviente de que el deseo de soledad absoluta no existe, porque es insoportable, hasta para mí.
Sartre siempre tuvo la razón, o por lo menos, a mí me cierra perfectamente.
Cuando hablo de dios algo me tiembla adentro, como si por alguna parte me estuvieran amenazando con un cuchillo: “Cuidado con lo que vas a decir...”Y en una de esas es así, ¿O no viste como cada vez que alguien dice “no creo en dios” donde sea que esté todos los ojos cercanos se dan vuelta para mirarlo?
A esto de tener la capacidad de repeler cierto tipo de gente, siempre lo vi como una desventaja, y sin embargo empiezo a darme cuenta de que dentro de todo es un buen negocio...o por lo menos me garantiza que nadie que se me acerque puede ser tan distinto a mí...al contrario...
Hablando ya de frivolidades, me gusta mucho más el azul que el turquesa, y el rojo que el fucsia; me gusta caminar por la lluvia hasta que las zapatillas hagan ese ruidito al caminar llenas de agua adentro; me gusta reírme a carcajadas y hasta que me duela la panza; me gusta el viento; me encanta cuando las dos, vos y yo, decimos la misma palabra o la misma frase al mismo tiempo y vos me mirás extrañada como si no supieras que parecemos nacidas de lo mismo y que nuestras conciencias trabajan juntas, consultándose.
¿Nunca sentiste que todos somos más simples de lo que creemos? Y no nos vamos a terminar de descubrir nunca porque estamos hechos para cosas más complicadas.
Tengo miedo de estar por morirme y que, en ese momento, en el que la vida entera pasa frente a tus ojos, no vaya a ver más que un par de imágenes tristes del pedacito, ese mínimo, de almas y de lugares que llegué a tocar y a pisar, que tenga que ver, sintiéndome lástima, nada más que el mundito que conocí, y que siempre fue el único para mí.
Creo que sí existe, claro que existe, el fin de toda fuerza humana, el último y final “me rindo”, el ineludible dejarse vencer y para siempre tirar todo, porque a esa altura nada lo vale. Y creo que la gente ha llegado a eso sin darse cuenta, muchas veces más de lo que se imagina.
¿Viste como las presencias de las personas están siempre en ciertos lugares, los que son de propios de ellos, sus lugares particulares, pero las ausencias, todas, cualquiera de ellas, te persiguen y están en todas partes?

A los 23, lo firmo, todo. Todo está intacto. Hoy sólo querría agregar algunas obviedades que entonces no aclaré (quizá porque a la adolescente que era le parecían evidentes).
Y entonces quiero decir que me gusta latir, aún con toda la taquicardia que me aqueja, porque sospecho que estar viva es un juego y una promesa, una apuesta y un paseo, y habría que ser bruto para no querer probarla.
Me gusta cuando mis amigos se me adelantan en lo que voy a decir. No es magia, es sólo (y no es poco) tiempo y afecto compartidos, mucho de ambos. O sí, es magia.
Me gustan los nocturnos de Chopin, el claro de luna de Debussy, ese llanto musical que sabe componer Morricone: música desnuda de palabras que me habla de la tristeza, de un domingo a la tarde o de las cosas que a la fuerza se agarran al alma y no se pueden arrancar.
Me gusta, me encanta, este barrio, y esta casa: conservar el lugar donde di los primeros pasos y me choqué a los primeros miedos, salir a ver el cielo desde el mismo balcón.
Me gusta la casa sola y los crepúsculos, la música y el mate mientras corre el aire, suenan llamadores de ángeles y todo huele a sahumerios.
A veces me da por llorar bajo la ducha, para que no lo sepa nadie. Hay que llorar cuando el cuerpo así lo pide. Llorar para hacerse fuertes contra el llanto, algo así como una vacuna contra la enfermedad.
Soy azul oscuro, casi, casi, negro. Estoy buscando los colores y las luces. Buscar es mi signo, yo sé, nací bajo esa estrella y renegar de una cosa así, sería inútil.
Lo que quiero es conformar al espejo, a las ilusiones, a este tiempo. Quiero creer que el amor es para todos, que se tropieza, que se demora y al final, más temprano que tarde, nos hace el guiño que faltaba. Y no basta con desearlo. Lo que quiero es oirlo, de una vez, oirlo.

Lo que quiero es vivir a la altura de mis ojos, de mis manos y de las caprichosas exigencias de mi corazón, que me pide terremotos y eso de nunca estarse quieta.

Hoy que 'amanezco más vieja', lo que quiero es vivir.