jueves, 5 de julio de 2012
En mi vereda y estrellados
El sábado pasado, mi calle anocheció manchada de aviones de papel.
Se lo juro yo: había tramos de vereda que no se veían de tanto artefacto de alas machucadas que había por ahí.
Yo salía como cualquier sábado, con un poco de amor abotonado a los puños de mi camisa y la imaginación en vena como suele pasar siempre que voy a la música y los bares. Iba con mis ganas amontonadas de ver llover, cuando los encontré ahí, a la orilla de mis pies: un montón de aviones estrellados contra mi vereda.
Parecían haber sido lanzados desde algún balcón del edificio vecino, pero no estoy segura, cualquier conjetura es inútil hoy por hoy. Lo que sé es que cuando llegué todavía respiraban, a juzgar por los temblores dulces que hacía el viento en sus bordes.
Me dio mucha lástima verlos así, tan precipitados contra el suelo, maltratados por los zapatos más distraídos, ignorados por los niños que vuelan con una playstation y sin cerrar los ojos. Me dolió un poco en el pecho tener que ser testigo de ese fracaso de papel, de que estuvieran todos ellos, tantos ellos, allí tan lejos de su rol de acariciadores de azules.
No es ninguna novedad que tengo un afecto especial por estas criaturas del aire. Algo raro que ni se explica ni se discute, un cariño sin nombre y viejo, como el que se tiene por un juguete gastado, por el pueblo en donde se anduvo descalza los veranos, o por el primer amor cuya voz ya casi hemos olvidado.
Siempre pensé en ellos como puentes frágiles entre nosotros y lo celeste, eso que no renunciaremos nunca a querer alcanzar. Los aviones de papel dicen que somos tercos y voladores, y dicen que somos apasionados e inocentes. Sabemos que son inventos que no han de llegar muy alto, pero a ellos nos avocamos porque aceptarlo sería como bajar las persianas o hacer de cuenta que nunca nos sorprendió el sol en la peor tormenta, que nunca un beso nos salvó la vida, que nunca después de decir nunca hubo un giro brusco (que a la gente con dios le gusta llamar 'milagro') que fue a torcer todos los rumbos.
Por eso cuando los vi ahí abajo, tan desperdiciados, nadando algunos en charcos de agua sucia y otros secos de alguna otra muerte, sentí un sacudón como el que provoca una injusticia o un golpe bajo. Aprendí otra vez, y por el ratito que duró esa escena melancólica, la indiferencia del mundo, la cobardía de los transeúntes y el desinterés de los niños que ya no juegan a ser alas. Quiero decir que supe el gusto amargo y metálico de la derrota de esos avioncitos, y me dio un poco por llorar (pero tan sólo en mi ojo derecho, como decía una canción).
En fin. Así anocheció mi sábado, ahogado de aviones de papel estrellados a la orilla de mi puerta.
Yo sé que es un evento más que trivial: no habla del mundo y sus tragedias, no confiesa ni mis penas ni mis nuevos colores, no cuenta un secreto loco y enamorado, no es la historia taquillera que me solucionará todos los problemas del bolsillo.
Lo escribo porque creo que tal vez, por la magia de los encuentros y desencuentros oportunos, lleguen mis letras a los ojos del dueño de tantos aviones. Quién sabe y, quizá, por alguna divina justicia en la que poco creo (pero, por si acaso, perdido por perdido, qué más da), pueda ese señor, ese niño, esa muchacha, ese caballero o esa refinada dama, atender a mi sencillo pedido.
Y es que, quienquiera que usted sea, si me está leyendo, yo necesito decirle que recapacite.
¿Qué razones tan firmes pudo haber tenido para deshacerse de todos ellos? Yo sé, le habrán querido recordar, los muy jodidos, que hay cielos que no se alcanzan ya ni en puntas de pie. Le habrán de(s)velado alguna memoria dormida, algún cielo profundo que no encuentra ya en ninguna altura. Yo sé, no me lo diga.
Pero ¿qué culpa tienen ellos, avioncitos enclenques, magia del aire, intención de beso a las nubes, artesanal intento de vuelo? ¡Qué culpa tienen sus aviones de recordarle que hay alturas insospechadas y hermosas!
No tiene que explicarme nada, yo sé que uno con sus cosas puede hacer lo que prefiera sin rendirle cuentas a nadie, a eso lo sé. Yo solamente le pido que lo piense de nuevo, que sepa que no es para tanto y que lo único que debería recordarle un avión recién hecho es la verdad de que todo todo está por empezar.
Por eso señor, niño, muchacha, caballero o refinada dama, quienquiera que sea el dueño de esos aviones que entristecieron mi calle, le doy mi palabra de que está aún a tiempo de arrepentirse y venir a reclamarlos. Los he recuperado y los guardo a todos, enganchados uno a uno, cubriendo el cielorraso sobre mi cabeza. Le hacen compañía a los míos, y a mis barcos, otros inútiles intentos de zarpar los mares del mundo, inútiles pero con corazón y rabia y fuego y arte.
Venga, venga a buscarlos. Nos tomamos unos mates y le cuento de cómo es mejor mudarse de planeta que tirar uno de esos aviones, de cómo exorcizar fracasos es más fácil de lo que parece y ninguno, pero ninguno, vale ni uno sólo de esos papeles que le sirven de alas a sus aviones, esos pajaritos hechos de la ilusión de sus manos.
Venga, aquí lo esperan sus aviones listos para sobrevolar el invierno.
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2 comentarios:
Sería bonito que los aviones de papel no aterrizasen nunca.
Míos, son míos! :)
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