Para leer sin anteojos...
Como mira usted el vacío, así, así mismo, quiero mirar yo las cosas del mundo. Yo quiero aprender con esfuerzo lo que usted tiene de regalo, de casualidad y sin siquiera proponérselo.
Perdoneme si le digo que de sus ojos nacen cosas y son las mismas cosas que veo yo cuando cierro los míos y quizás ya es de noche, y no sé si me enamoro o estoy a punto, o si algo triste o si algo hermoso está pasando lejos de mi vista domesticada por el sinfín de inventos suyos.
Bastaría secuestrarle la mirada, meterla en la cajita de objetos rehenes que le tengo, y pedir por ella un rescate imposible. Pedir, no sé, que me entregue usted la paz en el mundo desde su boca, la inmortalidad de todos los hombres sobre su dedo meñique, el amor eterno como un abrojo enganchado a sus medias.
Robarle la mirada y cuidarla para mí, para que sepa que está a salvo compartiendo conmigo una almohada, el fin de una tarde o la próxima estación.
Es una idea, no lo sé. Será cuestión de decidirme a arrebatársela y salir corriendo. O tal vez, juntando más valor y menos vergüenza, me atreva a pedírsela gentilmente como un favor, un préstamo, y eso quiebre, quizá, un poco su frente de batalla y me mire otra vez como usted sabe, haciéndome olas allí donde nunca llego.
Como sea que eso pase, no se asuste si despierta un día sin mirada: soy yo que con esa tinta estoy pintando los colores del día, para que no lloren los pajaritos y todos sepamos un poco más de su mirar sin amaestrar, de sus ojos de cosas nuevas.
Cuando me arranque la curita, verá que la piel nueva que hay debajo lleva escritas un montón de palabras abrazadas. Son palabras, se lo aseguro, que no sabe leer nadie más. Son palabras que todavía no existen hasta que usted, de a soplidos que curan el ardor, las descubre y, con los ojos, las hace decir todo lo que yo aquí no he podido.
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